
Quinientas cuatro frases que desmontan, una a una, todas tus buenas intenciones. La Rochefoucauld fue un noble que conspiró, perdió y se retiró a los salones de París a observar a sus semejantes con una lucidez despiadada. Su conclusión: casi todo lo que llamamos virtud es amor propio disfrazado. La generosidad busca reconocimiento; la clemencia, fama; la humildad suele ser una forma más fina de orgullo. No es cinismo barato: es un espejo. Cada máxima cabe en dos líneas y tarda días en soltarte. Nietzsche lo admiraba, y con razón: pocos han visto tan hondo en las motivaciones humanas.
François de La Rochefoucauld (1613-1680), duque y par de Francia, participó en las intrigas de la Fronda contra el poder real, resultó herido y arruinado políticamente. Retirado de la vida pública, frecuentó los salones parisinos —en especial el de Madame de Sablé—, donde el juego de componer «sentencias» era pasatiempo de moda. De ahí nacieron sus Máximas.
La idea que las recorre es el amour-propre, el amor propio: esa fuerza que se disfraza de virtud para seguir sirviéndose a sí misma. «Nuestras virtudes no son la mayoría de las veces más que vicios disfrazados», advierte el epígrafe. La Rochefoucauld no predica ni condena: se limita a describir, con una precisión de cirujano, lo que de verdad nos mueve.
Esta edición recoge las 504 máximas de la quinta edición (1678), la última revisada por el autor y considerada canónica. Se leen de una en una, al azar o en orden; funcionan mejor cuanto más despacio.

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