Parte 1La belleza de Psique y la envidia de Venus
Había en cierta ciudad un rey y una reina. Tuvieron tres hijas de notable hermosura, pero las dos mayores, aunque de aspecto muy agradable, se consideraba que podían ser alabadas dignamente con elogios humanos; en cambio, la belleza de la menor era tan excepcional y tan espléndida que la pobreza del lenguaje humano no alcanzaba a expresarla ni siquiera a alabarla suficientemente. Al fin, muchos ciudadanos y abundantes extranjeros, a quienes la noticia de tan extraordinario espectáculo congregaba con entusiasta afluencia, estupefactos por la admiración de aquella belleza inaccesible, llevándose la mano derecha a la boca con el dedo índice apoyado sobre el pulgar erguido, la veneraban con adoraciones religiosas como si fuera la mismísima diosa Venus.
Y ya se había extendido la fama por las ciudades cercanas y las regiones limítrofes de que la diosa que engendró el azul abismo del mar y educó el rocío de las espumantes olas concedía ahora los beneficios de su divinidad mezclándose por todas partes entre las multitudes del pueblo, o al menos de que, por un nuevo germen de semillas celestiales, había brotado otra Venus dotada de flor virginal, no del mar sino de las tierras. Así la opinión avanzaba sin medida cada día, así la fama extendida llegaba ya a las islas próximas y a gran parte de las tierras y a muchísimas provincias.
Ya muchos mortales confluían con largos viajes y travesías de altísimos mares para contemplar la gloriosa maravilla del siglo. Nadie navegaba a Pafos, nadie a Cnido, ni siquiera a Citera para ver a la diosa Venus; los sacrificios se descuidaban, los templos se deterioraban, los almohadones se pisoteaban, las ceremonias se abandonaban: las estatuas sin coronas y los altares vacíos quedaban afeados con ceniza fría. A la muchacha se le suplicaba y en el rostro humano se aplacaban los poderes de tan gran diosa, y en la salida matutina de la virgen se propiciaba con víctimas y banquetes el nombre de la Venus ausente, y ya cuando pasaba por las calles las multitudes frecuentes le rogaban con flores en guirnaldas y sueltas.
Esta traslación desmesurada de honores celestiales al culto de una muchacha mortal encendió intensamente el ánimo de la verdadera Venus, e incapaz de soportar la indignación, sacudiendo la cabeza y gimiendo profundamente, habló consigo misma de este modo: «¡Mira, yo, la antigua madre de la naturaleza, el origen primordial de los elementos, la Venus nutricia de todo el orbe, soy tratada con honor compartido de majestad con una muchacha mortal, y mi nombre establecido en el cielo es profanado con inmundicias terrenales!
¿Acaso soportaré, sin duda, la incertidumbre de una veneración vicaria por el común piadoso de mi nombre, y paseará mi imagen una muchacha destinada a morir? En vano aquel pastor, cuya justicia y fidelidad aprobó el gran Júpiter, me prefirió a tan grandes diosas por mi extraordinaria belleza. Pero no va a disfrutar tanto esa, quienquiera que sea, de haber usurpado mis honores: ya haré que se arrepienta incluso de esa misma belleza ilícita». Y llama enseguida a su hijo, aquel alado y bastante temerario, que con sus malas costumbres, despreciando la disciplina pública, armado con llamas y flechas, corriendo de noche por casas ajenas y corrompiendo todos los matrimonios, comete impunemente tantas infamias y no hace nada bueno en absoluto.
A este, aunque procaz por su licencia natural, lo estimula además con palabras y lo lleva a aquella ciudad y le muestra a Psique —pues así se llamaba la muchacha—, y relatada toda aquella historia de la rivalidad de belleza, gimiendo y bramando de indignación: «Te lo suplico» dice «por el vínculo del cariño materno, por las dulces heridas de tu flecha, por las melosas quemaduras de esa llama: concede plena venganza a tu madre y castiga severamente la belleza contumaz, y haz gustosamente esto solo y único por todo: que esta virgen quede presa de amor ardentísimo por el hombre más ínfimo, a quien la Fortuna haya condenado en dignidad, patrimonio e integridad a la vez, y tan vil que en todo el orbe no encuentre igual a su miseria».
Dicho esto y besado el hijo largo rato con boca ansiosa y a presión, se dirige a las orillas más cercanas del reflujo del litoral, y pisando con sus plantas rosadas el último rocío de las olas vibrantes, he aquí que ya se sienta en la cima tranquila del profundo mar, y lo mismo que empieza a querer se cumple al instante, como si lo hubiera ordenado de antemano, sin que se retrase el servicio marino: se presentan las hijas de Nereo cantando en coro y Portuno hirsuto con barbas cerúleas y Salacia preñada con su seno lleno de peces y el pequeño auriga Palemón con sus delfines;
ya por todas partes las turbas de Tritones saltando por los mares, este toca suavemente la sonora caracola, aquel con un velo de seda protege del ardiente sol enemigo, otro presenta un espejo ante los ojos de la señora, otros nadan bajo el carro con sus parejas de caballos. Tal ejército de acompañantes seguía a Venus en su camino hacia el Océano. Mientras tanto Psique, con su belleza evidente para sí misma, no percibe ningún fruto de su hermosura.
Es contemplada por todos, alabada por todos, pero nadie, ni rey ni príncipe ni siquiera de la plebe deseando sus nupcias, se acerca como pretendiente. Admiran ciertamente la divina belleza, pero todos la admiran como se admira una estatua primorosamente pulida. Tiempo atrás las dos hermanas mayores, cuya moderada hermosura ningún pueblo había divulgado, prometidas ya a reyes pretendientes, habían alcanzado felices matrimonios, pero Psique, virgen viuda, permaneciendo en casa lamenta su soledad abandonada, enferma de cuerpo, herida de alma, y aunque agradaba a pueblos enteros odia en sí misma su propia hermosura.
Así el desdichado padre de la desventuradísima hija, sospechando odios celestiales y temiendo la ira de los dioses superiores, consulta el oráculo del antiquísimo dios de Mileto, y de tan gran divinidad pide con súplicas y víctimas nupcias y marido para la desdichada virgen. Pero Apolo, aunque griego y jonio, a causa del fundador de Mileto respondió así con oráculo latino: «En la roca de un monte elevado, rey, coloca a la muchacha adornada para el mundo de un tálamo funeral.
No esperes un yerno nacido de estirpe mortal, sino un mal cruel y feroz y viperino, que volando con alas sobre el éter todo lo fatiga y con fuego y hierro cada cosa debilita, que el mismo Júpiter teme y las divinidades aterrorizan, y los ríos y las tinieblas estigias se estremecen». El rey, otrora feliz, recibido el mensaje de la santa profecía, afligido y triste regresa a casa y explica a su esposa los preceptos del oráculo funesto.
Se llora, se lloran lágrimas, se lamentan durante varios días. Pero ya urge el funesto cumplimiento del cruel destino. Ya se prepara para la desdichada virgen el cortejo de las nupcias funerales, ya la luz de la antorcha languidece con la ceniza de negra hollín, y el sonido de la flauta nupcial se cambia en lúgubre modo lidio y el canto alegre del himeneo termina en fúnebre alarido, y la muchacha que va a casarse limpia sus lágrimas con su propio velo.
Así, por el triste hado de la casa afligida, toda la ciudad también se lamentaba, y por el duelo público se decreta de inmediato un cese de actividades. Pero la necesidad de obedecer los mandatos celestiales reclamaba a la pobre Psique para el castigo destinado. Realizadas, pues, las ceremonias del tálamo funeral con suma tristeza, seguida por todo el pueblo se conduce un entierro vivo, y Psique llorosa acompaña no sus nupcias sino sus exequias. Y mientras los tristes padres, golpeados por tan grande mal, vacilan en cumplir el nefando acto, ella misma, la hija, los exhorta con estas palabras: «¿Por qué atormentáis con llanto prolongado la infeliz vejez?
¿Por qué fatigáis con frecuentes lamentos vuestro espíritu, que es más mío? ¿Por qué con lágrimas ineficaces afeáis vuestros rostros venerables para mí? ¿Por qué desgarráis en vuestros ojos mis propios ojos? ¿Por qué arrancáis las canas? ¿Por qué golpeáis el pecho, los pechos sagrados? Estos serán para vosotros los insignes premios de mi extraordinaria hermosura. Heridos por el golpe mortal de la nefasta envidia sentís tarde. Cuando las gentes y pueblos nos celebraban con honores divinos, cuando con boca unánime me proclamaban nueva Venus, entonces debisteis doleros, entonces llorar, entonces llorarme ya como muerta.
Ya lo entiendo, ya veo que he perecido solo por el nombre de Venus. Llevadme y colocadme en la roca a la que me asignó el destino. Me apresuro a cumplir esas felices nupcias, me apresuro a ver a ese noble marido mío. ¿Por qué difiero, por qué rechazo al que nació para la destrucción de todo el orbe?» Dicho esto la virgen calló y con paso ya firme se mezcló entre el cortejo del pueblo que la seguía.
Se va a la roca establecida de un monte escarpado, en cuya cumbre más alta todos abandonan a la muchacha colocada allí, y dejando las antorchas nupciales con las que habían precedido, extinguidas allí mismo con sus lágrimas, con las cabezas bajas se preparan para el regreso a casa. Y los pobres padres de ella, agotados por tan gran calamidad, encerrados en su casa clausurada en tinieblas, se entregaron a la noche perpetua. Pero a Psique, que temía y temblaba y lloraba en el mismo vértice de la roca, la suave brisa del Céfiro que soplaba blandamente, agitadas por aquí y por allá las orlas de su vestido y henchido su seno, levantándola suavemente con su tranquilo soplo la lleva y, descendiendo poco a poco por las pendientes de la alta roca, la reclina en el regazo del césped florido del valle que había debajo.
Psique, recostada suavemente en aquel tierno y herboso lugar en el mismo lecho de húmeda hierba, sosegada tan grande perturbación de su mente, descansó dulcemente. Y ya renovada con suficiente y plácido sueño se levanta con ánimo tranquilo. Ve un bosque plantado de árboles altos y vastos, ve una fuente de transparente caudal vítreo; en medio del bosque, en el centro, cerca del fluir de la fuente, hay una casa real edificada no con manos humanas sino con artes divinas.
Ya sabrás desde la primera entrada que estás viendo la espléndida y amena morada de algún dios. Pues techos artesanados de cedro y marfil labrados con cuidado se sostienen sobre columnas de oro, todas las paredes se cubren con cinceladura de plata con bestias y animales de ese género que salen al encuentro ante la boca de los que entran. Admirable sin duda hombre de gran arte, o más bien semidiós o ciertamente dios, el que con la sutileza de gran arte dio tanta vida salvaje a la plata.
Además, los pavimentos mismos están divididos en diversos géneros de pintura con piedra preciosa cortada en pequeños trozos: muy dichosos una y otra vez y repetidas veces los que caminan sobre gemas y joyas. Ya las demás partes de la casa dispuestas a lo largo y a lo ancho son preciosas sin precio, y todas las paredes construidas con masas de oro macizo resplandecen con su propio brillo, de modo que crean su propio día en la casa aunque el sol no quiera: así brillan las habitaciones, así los pórticos, así las mismas puertas.
Ni menos las demás riquezas responden a la majestad de la casa, de manera que sin duda parece que el gran Júpiter fabricó ese palacio celestial para su conversación con los humanos. Invitada Psique por el deleite de tales lugares se acerca más cerca y un poco más confiada se introduce dentro del umbral, luego atraída por el interés de la bellísima visión examina cada cosa y al otro lado de los edificios ve almacenes perfeccionados con elevada construcción y abarrotados de grandes tesoros.
Y no hay nada que no esté allí. Pero además de la admiración por las demás riquezas tan grandes, lo más admirable era esto, que aquel tesoro de todo el orbe no estaba protegido con ningún cerrojo, ningún cierre, ningún guardián. Mientras contemplaba estas cosas con suma voluptas, se le presenta cierta voz desnuda de cuerpo y dice: «¿Por qué, señora, te asombras de riquezas tan grandes?
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