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Libro I

Cartas a Lucilio · Séneca · 43 min de lectura

Carta1

Haz esto, querido Lucilio: reclama tu derecho sobre ti mismo, y recoge y conserva el tiempo que hasta ahora te robaban, te hurtaban o se te escapaba. Convéncete de que es tal como te escribo: hay momentos que nos arrebatan, otros que nos sustraen, otros que se nos escurren. Pero la pérdida más vergonzosa es la que ocurre por negligencia. Y si quieres prestar atención, gran parte de la vida se les escapa a quienes viven mal, la mayor parte a quienes no hacen nada, y toda la vida entera a quienes se ocupan de otras cosas. ¿A quién puedo mostrarte que le dé algún valor al tiempo, que aprecie el día, que entienda que muere cada día? En esto nos engañamos, en que vemos la muerte como algo futuro: ya ha pasado gran parte de ella; todo lo que de nuestra vida queda atrás lo tiene la muerte. Haz, pues, querido Lucilio, lo que me escribes que estás haciendo: abraza todas las horas; así dependerás menos del mañana, si echas mano al día de hoy. Mientras lo aplazamos, la vida pasa de largo. Todo, Lucilio, es ajeno, solo el tiempo es nuestro; la naturaleza nos puso en posesión de esta única cosa fugaz y resbaladiza, de la cual nos expulsa quien quiera. Y tan grande es la estupidez de los mortales que cuando han conseguido que se les cargue en cuenta lo que es mínimo y sin valor, desde luego recuperable, nadie considera que debe algo por haber recibido tiempo, siendo esto precisamente lo único que ni siquiera el agradecido puede devolver.

Tal vez me preguntes qué hago yo que te doy estos consejos. Lo confesaré con franqueza: lo que le ocurre a quien es derrochador pero ordenado, tengo las cuentas claras de mis gastos. No puedo decir que no pierdo nada, pero diré qué pierdo y por qué y cómo; daré razón de las causas de mi pobreza. Pero me pasa lo que a la mayoría de los que han llegado a la indigencia sin culpa propia: todos perdonan, nadie ayuda. ¿Y qué? No considero pobre a aquel a quien le basta cualquier poco que le quede; pero tú, de todos modos, conserva lo tuyo, y empezarás en buen momento. Pues, como les pareció a nuestros mayores, «en el fondo del tonel, el ahorro llega tarde»; y es que no solo queda lo mínimo en el fondo, sino también lo peor. Adiós.

Carta2

Por lo que me escribes y por lo que oigo concibo buenas esperanzas sobre ti: no andas de un lado a otro ni te inquietan los cambios de lugar. Esa agitación es propia de un ánimo enfermo: considero que el primer indicio de un espíritu equilibrado es poder permanecer quieto y estar consigo mismo. Pero ten cuidado de que esa lectura de muchos autores y de libros de toda clase no contenga algo de dispersión e inestabilidad. Conviene detenerse en determinados ingenios y alimentarse de ellos, si quieres extraer algo que se asiente fielmente en tu ánimo. No está en ninguna parte quien está en todas partes. A quienes pasan la vida viajando les ocurre que tienen muchos hospedajes, ninguna amistad; necesariamente les sucede lo mismo a quienes no se aplican familiarmente a ningún ingenio, sino que recorren todos a la carrera y de prisa. No aprovecha el alimento ni llega al cuerpo lo que apenas consumido es expulsado; nada impide tanto la salud como el cambio frecuente de remedios; no llega la herida a la cicatriz cuando se prueban medicamentos; no se fortalece la planta que se trasplanta a menudo; nada tan útil es como para que sirva de paso. La multitud de libros dispersa; así que, puesto que no puedes leer cuanto tengas, basta con que tengas cuanto leas. «Pero», dices, «quiero hojear ahora este libro, ahora aquel». Es propio de un estómago delicado picotear muchas cosas; cuando son variadas y diferentes, ensucian, no alimentan. Lee, pues, siempre a los autores de probada calidad, y si alguna vez te apetece desviarte hacia otros, vuelve a los anteriores. Prepara cada día algún auxilio contra la pobreza, algo contra la muerte, y no menos contra las demás desgracias; y cuando hayas recorrido muchas cosas, extrae una que digieras ese día. Yo mismo hago esto también; de lo mucho que leo retengo algo. He aquí lo de hoy, que encontré en Epicuro —pues suelo también pasarme al campo enemigo, no como desertor, sino como explorador—: «Una cosa honesta», dice, «es la pobreza alegre». Pero aquella en verdad no es pobreza, si es alegre; no es pobre quien tiene poco, sino quien desea más. Pues ¿qué importa cuánto tenga en el arca, cuánto en los graneros, cuánto engorde en ganado o preste a interés, si codicia lo ajeno, si calcula no lo adquirido sino lo que ha de adquirir? ¿Preguntas cuál es la medida de las riquezas? La primera, tener lo necesario; la siguiente, tener lo suficiente. Adiós.

Carta3

Le entregaste mis cartas para que me las trajera, según me escribes, a un amigo tuyo; luego me adviertes que no le comunique todo lo que te concierne, porque ni tú mismo sueles hacer tal cosa: así en la misma carta lo llamaste amigo y lo negaste. Por lo tanto, si usaste esa palabra propia como si fuera de uso común, y lo llamaste amigo así como a todos los candidatos los llamamos «hombres buenos», y como saludamos de «señores» a los que nos cruzamos si no nos viene el nombre a la memoria, pase. Pero si consideras amigo a alguien en quien no confías tanto como en ti mismo, te equivocas gravemente y no conoces suficientemente la fuerza de la verdadera amistad. Delibera en verdad todo con tu amigo, pero primero sobre él mismo: después de la amistad hay que confiar, antes de la amistad hay que juzgar. Aquellos en verdad confunden de modo invertido los deberes, quienes, contra los preceptos de Teofrasto, juzgan después de haber amado, y no aman después de haber juzgado. Piensa largamente si alguien debe ser admitido en tu amistad. Cuando te haya complacido hacerlo, acógelo con todo tu pecho; habla con él tan abiertamente como contigo mismo. Vive de tal modo que no te confíes nada salvo lo que puedas confiar incluso a tu enemigo; pero porque hay ciertas cosas que la costumbre ha hecho reservadas, mezcla con tu amigo todas tus preocupaciones, todos tus pensamientos. Lo harás fiel si lo consideras tal; pues algunos han enseñado a engañar al temer ser engañados, y le han dado derecho a fallar por sospechar. ¿Por qué habría de retener alguna palabra ante mi amigo? ¿Por qué no habría de considerarme solo en su presencia? Algunos narran a cualquiera lo que solo debe confiarse a los amigos, y en cualquier oído descargan lo que les quema; otros, en cambio, temen incluso la conciencia de sus más queridos y, si pudieran, ni siquiera confiando en sí mismos guardan en su interior todo secreto. No debe hacerse ni lo uno ni lo otro; pues ambas cosas son vicio, tanto confiar en todos como en nadie, pero diré que una es un vicio más honesto, la otra más seguro. Así debes reprobar tanto a los que siempre están inquietos como a los que siempre reposan. Pues aquella que goza con el tumulto no es actividad sino el ir y venir de un espíritu agitado, y esta otra no es reposo la que juzga molesto todo movimiento, sino disolución y languidez. Por eso debes grabarte en el ánimo esto que leí en Pomponio: «Algunos se refugian tanto en escondrijos que consideran turbio todo lo que está en la luz». Estas cosas deben mezclarse entre sí: tanto el que reposa debe actuar como el que actúa debe reposar. Consulta con la naturaleza: ella te dirá que hizo tanto el día como la noche. Adiós.

Carta4

Persevera como has empezado y date prisa cuanto puedas, para que puedas disfrutar más tiempo de tu ánimo enmendado y equilibrado. Disfrutarás ciertamente también mientras lo enmiendas, mientras lo equilibras: pero distinto es aquel placer que se percibe de la contemplación de un espíritu puro de toda mancha y resplandeciente. Seguramente recuerdas cuánto gozo sentiste cuando, depuesta la toga pretexta, tomaste la toga viril y fuiste conducido al foro: espera uno mayor cuando hayas depuesto el ánimo pueril y la filosofía te haya inscrito entre los hombres. Pues todavía permanece no la infancia sino, lo que es más grave, la puerilidad; y esto en verdad es peor, porque tenemos la autoridad de los ancianos, los vicios de los niños, y no solo de los niños sino de los infantes: aquellos temen lo ligero, estos lo falso, nosotros ambas cosas. Progresa solamente: entenderás que ciertas cosas deben temerse menos porque producen mucho miedo. No hay mal grande el que es extremo. La muerte viene hacia ti: debía ser temida si pudiera estar contigo: necesariamente o no llega o pasa de largo. «Es difícil», dices, «conducir el ánimo al desprecio de la vida». ¿No ves por causas cuán frívolas se la desprecia? Uno pendió del lazo ante la puerta de su amante, otro se precipitó del techo para no oír más tiempo a su amo enfurecido, otro clavó el hierro en sus entrañas para no ser traído de vuelta de su huida: ¿no crees que la virtud logrará lo que logra el miedo excesivo? A nadie puede tocarle una vida segura si piensa demasiado en prolongarla, si cuenta entre los grandes bienes los muchos consulados. Medita esto a diario, para que puedas abandonar la vida con ánimo sereno, a la cual muchos se aferran y se agarran como quienes son arrastrados por un torrente se agarran a las espinas y a lo áspero. La mayoría fluctúan miserablemente entre el miedo a la muerte y los tormentos de la vida, y no quieren vivir, no saben morir. Hazte, pues, agradable la vida entera abandonando toda preocupación por ella. Ningún bien ayuda al que lo posee a menos que el ánimo esté preparado para su pérdida; y de ninguna cosa hay pérdida más fácil que de aquella que una vez perdida no puede ser echada de menos. Por lo tanto, exhórtate y endurécete contra estas cosas que pueden suceder incluso a los más poderosos. Sobre la cabeza de Pompeyo decidieron un pupilo y un eunuco, sobre la de Craso un parto cruel e insolente; Cayo César ordenó a Lépido ofrecer la cerviz al tribuno Dextro, él mismo se la ofreció a Querea; a nadie elevó tanto la fortuna que no le amenazara tanto como le había concedido. No confíes en esta tranquilidad: en un momento se revuelve el mar; el mismo día en que jugaron los navíos son engullidos. Piensa que tanto un ladrón como un enemigo pueden acercar el hierro a tu garganta; aunque falte un poder mayor, todo esclavo tiene sobre ti arbitrio de vida o muerte. Te digo esto: quien ha despreciado su vida es dueño de la tuya. Recuerda los ejemplos de quienes han perecido por insidias domésticas, ya por violencia abierta o por engaño: entenderás que no han caído menos por ira de esclavos que por ira de reyes. ¿Qué te importa, pues, cuán poderoso sea aquel a quien temes, si lo que temes lo puede cualquiera? Pero si por azar caes en manos de enemigos, el vencedor ordenará que te lleven —ciertamente adonde ya te llevan—. ¿Por qué te engañas a ti mismo y ahora por primera vez entiendes lo que desde hace tiempo padecías? Te digo esto: desde que naciste, te llevan. Estas cosas y otras semejantes deben darse vueltas en el ánimo si queremos esperar con placidez aquella última hora cuyo miedo hace inquietas todas las demás.

Pero para poner fin a esta carta, acepta lo que hoy me ha gustado —y también esto está tomado de los huertos ajenos—: «una gran riqueza es la pobreza ordenada según la ley de la naturaleza». Y ya sabes qué límites nos fija aquella ley de la naturaleza: no tener hambre, no tener sed, no tener frío. Para ahuyentar el hambre y la sed no es necesario sentarse a las soberbias puertas, ni soportar el ceño grave y la humanidad insultante, no es necesario aventurarse por los mares ni seguir los campamentos: es fácil de conseguir lo que la naturaleza desea y está a mano. Por lo superfluo se suda; esas son las cosas que desgastan la toga, que nos obligan a envejecer bajo la tienda de campaña, que nos arrojan a costas extrañas: está al alcance de la mano lo que es suficiente. Quien se lleva bien con la pobreza es rico. Adiós.

Carta5

Que estudies con tenacidad y que dejando todo lo demás te dediques únicamente a esto, a hacerte mejor cada día, lo apruebo y me alegro, y no solo te animo a que perseveres sino que también te lo ruego. Pero te advierto esto: no hagas nada al modo de aquellos que no desean progresar sino ser vistos, cosas que resulten notables en tu aspecto o género de vida; evita el vestido áspero y la cabeza sin peinar y la barba descuidada y el odio declarado a la plata y el lecho puesto en el suelo y todo lo demás que sigue a la ambición por camino torcido. Ya el nombre mismo de filosofía, incluso si se practica con moderación, es odioso: ¿qué pasará si empezamos a separarnos de las costumbres de los hombres? Por dentro sea todo diferente, nuestro aspecto exterior corresponda al pueblo. Que la toga no brille, pero que tampoco esté sucia; no tengamos plata en la que haya descendido el grabado del oro macizo, pero no creamos que es señal de frugalidad carecer de oro y plata. Obremos de tal modo que sigamos una vida mejor que la del vulgo, no contraria: de otro modo hacemos huir y apartamos de nosotros a aquellos que queremos corregir; también logramos esto: que no quieran imitar nada nuestro, mientras temen que haya que imitarlo todo. Esto es lo primero que promete la filosofía: el sentido común, la humanidad y la convivencia; de esa declaración nos separará la diferencia. Cuidemos que esas cosas por las que queremos conseguir admiración no sean ridículas y odiosas. Sin duda nuestro propósito es vivir según la naturaleza: esto es contrario a la naturaleza, atormentar el propio cuerpo y odiar los adecentamientos fáciles y buscar la suciedad y usar alimentos no solo baratos sino repugnantes y horribles. Del mismo modo que desear cosas refinadas es propio del lujo, así huir de las habituales y que no cuestan mucho es demencia. La filosofía exige frugalidad, no castigo; pero la frugalidad puede no ser descuidada. Me agrada esta medida: que la vida se module entre las buenas costumbres y las públicas; que todos admiren nuestra vida pero la reconozcan. «¿Qué entonces? ¿haremos lo mismo que los demás? ¿no habrá diferencia entre nosotros y ellos?» Muchísima: quien nos examine más de cerca sepa que somos distintos del vulgo; quien entre en nuestra casa debe admirarnos a nosotros más que nuestro mobiliario. Grande es aquel que usa la loza como si fuera plata, ni menor es aquel que usa la plata como si fuera loza; es propio de un ánimo débil no poder soportar las riquezas.

Pero para compartir contigo también la ganancia de este día, encontré en nuestro Hecatón que el fin de los deseos sirve también como remedio para los temores. «Dejarás de temer», dice, «si dejas de esperar». Dirás: «¿cómo estas cosas tan opuestas van juntas?». Es así, mi querido Lucilio: aunque parezcan disentir, están unidas. Del mismo modo que una misma cadena une al preso y al soldado, así estas cosas tan diferentes caminan juntas: al miedo sigue la esperanza. Ni me extraña que vayan así: ambas son propias de un ánimo en suspenso, ambas propias de quien está inquieto por la expectativa del futuro. Pero la causa mayor de ambas es que no nos adaptamos a lo presente sino que enviamos nuestros pensamientos a lo lejano; y así la previsión, el mayor bien de la condición humana, se ha vuelto un mal. Las fieras huyen de los peligros que ven, cuando los han evitado están seguras: nosotros nos atormentamos tanto por el futuro como por el pasado. Muchos de nuestros bienes nos dañan; pues la memoria trae de vuelta el tormento del miedo, la previsión lo anticipa; nadie es desgraciado solo por lo presente. Adiós.

Carta6

Comprendo, Lucilio, que no solo me estoy corrigiendo sino transformándome; y no prometo ya ni espero que no quede nada en mí que deba cambiarse. ¿Cómo no he de tener muchas cosas que deban recomponerse, adelgazarse, levantarse? Y esto mismo es prueba de un ánimo cambiado a mejor: que ve sus vicios que hasta ahora ignoraba; a algunos enfermos se les felicita cuando ellos mismos han sentido que están enfermos. Desearía pues compartir contigo esta transformación tan repentina de mí mismo; entonces habría empezado a tener una confianza más cierta en nuestra amistad, en aquella verdadera que no arranca ni la esperanza, ni el temor, ni el cuidado de la propia utilidad, aquella con la que los hombres mueren, por la que mueren. Te daré muchos ejemplos de quienes no carecieron de amigo sino de amistad: esto no puede suceder cuando una voluntad igual arrastra los ánimos a la unión de desear lo honesto. ¿Cómo no ha de poder? pues saben que ellos mismos tienen todo en común, y más aún las cosas adversas.

No puedes concebir en tu ánimo cuánto provecho veo que me aportan los días uno a uno. «Envíanos también», dices, «esas cosas que has experimentado tan eficaces». Yo verdaderamente deseo volcarlo todo en ti, y en esto me alegro de algo: aprender para enseñar; ninguna cosa me agradará, aunque sea extraordinaria y saludable, si voy a saberla solo para mí. Si se diera la sabiduría con esta condición, que la retenga encerrada y no la divulgue, la rechazaría: ningún bien sin compañero tiene una posesión agradable. Te enviaré pues los libros mismos, y para que no gastes mucho esfuerzo mientras buscas aquí y allá lo provechoso, pondré marcas, para que accedas directamente a aquello mismo que apruebo y admiro. Pero más te servirá la voz viva y la convivencia que el discurso; conviene que vengas a la cosa presente, primero porque los hombres creen más a los ojos que a los oídos, segundo porque es largo el camino a través de los preceptos, breve y eficaz a través de los ejemplos. Cleantes no habría reproducido a Zenón si solo lo hubiera escuchado: participó de su vida, examinó sus intimidades, observó si vivía según su propia norma. Platón y Aristóteles y toda la multitud de sabios que habría de irse en direcciones opuestas sacó más de las costumbres de Sócrates que de sus palabras; a Metrodoro y Hermarco y Polieno los hizo grandes hombres no la escuela de Epicuro sino la convivencia. Ni te llamo solo para que progreses, sino para que seas útil; pues nos aportaremos muchísimo el uno al otro.

Entretanto, puesto que te debo la paguilla diaria, te diré qué me ha agradado hoy en Hecatón. «Preguntas», dice, «qué he progresado? He empezado a ser amigo de mí mismo». Ha progresado mucho: nunca estará solo. Has de saber que este es amigo de todos. Adiós.

Carta7

Preguntas qué debes evitar sobre todo: la multitud. Todavía no puedes confiarte a ella con seguridad. Yo ciertamente confesaré mi debilidad: nunca traigo de vuelta las costumbres que saqué; algo de lo que ordené se altera, algo de lo que ahuyenté vuelve. Lo que les sucede a los enfermos a quienes una larga debilidad ha afectado hasta el punto de que no pueden ser sacados a ninguna parte sin daño, esto nos sucede a nosotros cuyos ánimos se rehacen de una larga enfermedad. Es enemiga la compañía de muchos: nadie hay que no nos recomiende algún vicio o nos lo imprima o nos lo unte sin saberlo. Sin duda cuanto mayor es el pueblo con el que nos mezclamos, tanto más peligro hay. Pero nada es tan dañino para las buenas costumbres como sentarse en algún espectáculo; pues entonces a través del placer se deslizan más fácilmente los vicios. ¿Qué crees que digo? vuelvo más avaro, más ambicioso, más lujurioso. Es más: vuelvo más cruel e inhumano, porque estuve entre hombres. Por casualidad caí en un espectáculo del mediodía, esperando juegos y bromas y algún relajamiento con el que los ojos de los hombres descansaran de la sangre humana. Es al contrario: todo lo que se luchó antes fue misericordia; ahora, dejadas las tonterías, son homicidios puros. No tienen con qué cubrirse; expuestos con todo el cuerpo al golpe, nunca envían la mano en vano. La mayoría prefiere esto a las parejas ordinarias y las pedidas. ¿Cómo no han de preferirlo? ni casco ni escudo rechaza el hierro. ¿Para qué defensas? ¿para qué técnicas? todas esas son dilaciones de la muerte. Por la mañana arrojan hombres a los leones y osos, al mediodía a sus propios espectadores. Mandan arrojar a los matadores contra quienes van a matarlos y reservan al vencedor para otra muerte; la salida de los combatientes es la muerte. Con hierro y fuego se lleva el asunto. Esto sucede mientras está libre la arena. «Pero uno cometió un latrocinio, mató a un hombre». ¿Qué entonces? Porque mató, él mereció sufrir esto: tú ¿qué mereciste, desgraciado, para ver esto? «¡Mata, golpea, quema! ¿Por qué se lanza tan tímidamente al hierro? ¿por qué mata tan poco audazmente? ¿por qué muere tan poco voluntariamente? Que sea empujado a golpes hacia las heridas, que reciban mutuos golpes con pechos desnudos y expuestos». Se ha interrumpido el espectáculo: «entretanto que sean degollados hombres, para que no se haga nada». Vamos, ¿no entendéis ni siquiera esto, que los malos ejemplos recaen sobre quienes los hacen? Dad gracias a los dioses inmortales de que enseñáis a ser cruel a quien no puede aprender.

Hay que apartar a un espíritu joven e incapaz de mantenerse firme en el bien lejos de la multitud: fácilmente se pasa al bando de la mayoría. Incluso a Sócrates, a Catón y a Lelio podría haberles arrebatado su propio carácter una multitud de gente distinta a ellos: hasta tal punto ninguno de nosotros, por mucho que estemos educando nuestro talento, puede soportar el embate de los vicios cuando vienen acompañados de tan gran séquito. Un solo ejemplo de lujo o de avaricia causa mucho daño: un compañero de mesa refinado poco a poco debilita y ablanda, un vecino rico irrita la codicia, un compañero malicioso contagia su herrumbre incluso a quien es sincero y sencillo: ¿qué crees tú que les ocurre a aquellos caracteres contra los que se ha lanzado públicamente el ataque? Es necesario que o los imites o los odies. Pero hay que evitar ambas cosas: no te hagas semejante a los malos porque son muchos, ni enemigo de muchos porque son distintos a ti. Retírate hacia ti mismo cuanto puedas; trata con quienes van a hacerte mejor, admite a aquellos a quienes tú puedes hacer mejores. Estas cosas suceden recíprocamente, y los hombres aprenden mientras enseñan. No hay razón para que el deseo de dar a conocer tu talento te empuje a presentarte en público, de modo que quieras recitar o discutir ante esa gente; cosa que yo desearía que hicieras si tuvieras una mercancía adecuada para ese público: no hay nadie que pueda entenderte. Tal vez se presentará alguno, uno o dos, y aun este mismo tendrá que ser formado e instruido por ti para comprenderte. «¿Para quién, entonces, he aprendido estas cosas?» No hay motivo para que temas haber perdido tu esfuerzo, si has aprendido para ti.

Pero para no haber aprendido hoy solo para mí, compartiré contigo tres frases que me han venido a la mente, dichas magníficamente sobre casi el mismo tema, de las cuales una pagará la deuda de esta carta, las otras dos las recibes por adelantado. Demócrito dice: «Uno solo vale para mí tanto como el pueblo, y el pueblo tanto como uno solo». Bien dijo también aquel, quienquiera que fuese —pues se discute sobre el autor—, cuando le preguntaron con qué fin ponía tanto cuidado en un arte que iba a llegar a muy pocos: «Me bastan pocos», dijo, «me basta uno, me basta ninguno». Magníficamente esta tercera de Epicuro, cuando escribía a uno de sus compañeros de estudios: «Esto», dice, «no lo escribo para muchos, sino para ti; pues el uno para el otro somos un teatro suficientemente grande». Estas cosas, mi querido Lucilio, deben guardarse en el ánimo, para que desprecies el placer que viene del asentimiento de muchos. Muchos te alaban: ¿acaso tienes razón para estar satisfecho de ti, si eres de los que muchos pueden entender? Tus bienes deben mirar hacia dentro. Adiós.

Carta8

«Tú», dices, «me mandas evitar la multitud, retirarme y contentarme con mi conciencia: ¿dónde están aquellos preceptos vuestros que ordenan morir en acción?» ¿Qué? ¿Te parezco que te aconsejo la inactividad? Me he retirado y he cerrado las puertas para poder ser útil a más personas. Ningún día se me va en ociosidad; reivindico para mis estudios parte de las noches; no dispongo de tiempo para el sueño sino que me rindo ante él, y mantengo mis ojos fatigados por la vigilia y que se cierran fijos en el trabajo. Me he retirado no solo de los hombres sino de los asuntos, y sobre todo de mis propios asuntos: me ocupo de los negocios de la posteridad. Para ellos escribo algunas cosas que puedan serles útiles; consigno por escrito advertencias saludables, como las recetas de medicamentos útiles, tras haber experimentado que son eficaces en mis propias llagas, que aunque no se han curado del todo, han dejado de extenderse. Muestro a otros el camino recto, que conocí tarde y cansado de vagar. Grito: «Evitad todas las cosas que agradan al vulgo, que el azar atribuye; ante todo bien fortuito deteneos suspicaces y temerosos: tanto la fiera como el pez son engañados por alguna esperanza halagadora. ¿Creéis que esos son regalos de la fortuna? Son trampas. Cualquiera de vosotros que quiera vivir una vida segura, evite cuanto más pueda esos beneficios pegajosos en los que también somos engañados de la manera más miserable: creemos que los tenemos, pero estamos atrapados. Esa carrera conduce a precipicios; el final de esta vida elevada es caer. Después ni siquiera está permitido resistir, cuando la felicidad ha comenzado a arrastrarnos de lado, o al menos caer de una vez: la fortuna no nos vuelca sino que nos hace dar vueltas y nos estrella. Mantened, pues, esta forma de vida sana y saludable, de modo que concedáis al cuerpo solo lo que es suficiente para la buena salud. Hay que tratarlo con más dureza para que no obedezca mal al ánimo: que la comida calme el hambre, la bebida extinga la sed, el vestido aparte el frío, la casa sea una protección contra las inclemencias del tiempo. Nada importa si la levantó el césped o una piedra varia de tierra extranjera: sabed que el hombre se cubre tan bien con paja como con oro. Despreciad todo lo que el trabajo superfluo coloca como adorno y distinción; pensad que nada es admirable excepto el ánimo, para el cual, cuando es grande, nada es grande». Si digo estas cosas conmigo mismo, si las digo con la posteridad, ¿no te parece que soy más útil que cuando bajaba como abogado a una citación judicial, o imprimía mi anillo en las tablas de un testamento, o prestaba mi voz y mi mano a un candidato en el senado? Créeme, quienes parecen no hacer nada hacen cosas mayores: tratan al mismo tiempo asuntos humanos y divinos.

Pero ya hay que poner fin y pagar algo por esta carta, según mi costumbre. Esto no saldrá de mi cuenta: aún estamos saqueando a Epicuro, cuya frase he leído hoy: «Conviene servir a la filosofía, para que te alcance la verdadera libertad». No se aplaza para mañana quien se ha sometido y entregado a ella: inmediatamente queda libre; pues esto mismo, servir a la filosofía, es libertad. Puede ser que me preguntes por qué cito tantas frases bien dichas de Epicuro en lugar de las de los nuestros: ¿pero qué razón hay para que creas que esas palabras de Epicuro son suyas y no públicas? ¡Cuántos poetas dicen cosas que los filósofos han dicho o deben decir! No tocaré a los trágicos ni a nuestras togadas —pues también estas tienen algo de severidad y son intermedias entre las comedias y las tragedias—: ¡cuántos versos muy elocuentes yacen entre los mimos! ¡cuántas cosas de Publilio deben decirse no por quienes van descalzos sino por quienes llevan coturnos! Citaré un verso suyo, que pertenece a la filosofía y a esta parte que hace poco teníamos entre manos, en el que niega que debamos considerar nuestro lo fortuito:

«Es ajeno todo lo que sucede por deseo».

Recuerdo que tú has dicho este pensamiento mucho mejor y de forma más concisa:

«No es tuyo lo que la fortuna hizo tuyo».

No pasaré por alto tampoco esto aún mejor dicho por ti:

«Puede ser quitado el bien que pudo ser dado».

Esto no lo cargo a cuenta pagada: es de tu propio caudal. Adiós.

Carta9

Deseas saber si Epicuro reprocha con razón en cierta carta a quienes dicen que el sabio se basta a sí mismo y que por ello no necesita un amigo. Esto se les objeta por Epicuro a Estilpón y a aquellos para quienes el bien supremo pareció ser un ánimo insensible al sufrimiento. Tendremos que caer en la ambigüedad si queremos expresar rápidamente la apatía con una sola palabra y decir insensibilidad al sufrimiento; pues podrá entenderse lo contrario de lo que queremos significar. Nosotros queremos hablar de quien rechaza toda sensación de mal: se entenderá aquel que no puede soportar ningún mal. Mira, pues, si es mejor decir ánimo invulnerable o ánimo situado más allá de todo sufrimiento. Esta es la diferencia entre nosotros y ellos: nuestro sabio vence ciertamente todo infortunio pero lo siente, el de ellos ni siquiera lo siente. Esto nos es común a nosotros y a ellos: que el sabio se basta a sí mismo. Pero sin embargo quiere tener también un amigo, un vecino y un compañero, aunque se baste a sí mismo. Mira cuánto se basta a sí mismo: a veces se contenta con una parte de sí. Si una enfermedad o un enemigo le cortó la mano, si alguna desgracia le arrancó un ojo o los ojos, se conformará con lo que le queda de sí y estará tan contento con su cuerpo disminuido y mutilado como lo estuvo con el íntegro; pero aunque no echa de menos lo que le falta, prefiere que no le falte. De este modo el sabio se basta a sí mismo, no en el sentido de que quiera estar sin amigo sino de que pueda; y esto que digo «pueda» es tal: soporta con ánimo sereno la pérdida. Ciertamente nunca estará sin amigo: tiene en su poder el reponerlo cuanto antes. Así como si Fidias pierde una estatua hará otra al momento, así este artífice de hacer amistades pondrá a otro en lugar del perdido. Preguntas cómo hará un amigo rápidamente. Te lo diré, si hemos convenido en esto, que yo te pague enseguida lo que debo y quedemos en paz en cuanto a esta carta. Hecatón dice: «Yo te mostraré un filtro de amor sin medicamento, sin hierba, sin conjuro de ninguna hechicera: si quieres ser amado, ama». Pero no solo tiene gran placer el uso de una amistad vieja y segura sino también el inicio y la adquisición de una nueva. La diferencia que hay entre el agricultor que cosecha y el que siembra, esa hay entre quien ha conseguido un amigo y quien lo consigue. El filósofo Átalo solía decir que es más agradable hacer un amigo que tenerlo, «así como para el artista es más agradable pintar que haber pintado». Aquella solicitud intensa ocupada en su obra tiene un enorme deleite en la ocupación misma: no se deleita igualmente quien ha apartado la mano de la obra terminada. Ya disfruta del fruto de su arte: disfrutaba del arte misma cuando pintaba. La adolescencia de los hijos es más fructífera, pero la infancia más dulce.

Ahora volvamos al tema propuesto. El sabio, aunque se basta a sí mismo, desea sin embargo tener un amigo, aunque no sea más que para ejercitar la amistad, para que una virtud tan grande no quede inactiva; no con el fin que decía Epicuro en esta misma carta, «para tener quien le asista en la enfermedad, le ayude si es encerrado en prisión o si está en la indigencia», sino para tener alguien a quien él mismo asista en la enfermedad, a quien él mismo libere cuando esté rodeado de una guardia hostil. Quien se mira a sí mismo y por eso se acerca a la amistad piensa mal. Como empezó, así acabará: se ha procurado un amigo para que le preste ayuda frente a las cadenas; en cuanto resuene la cadena, se marchará. Estas son las amistades que el pueblo llama ocasionales; quien ha sido aceptado por utilidad agradará mientras sea útil. Por esta razón, una turba de amigos rodea a los que prosperan, mientras que en torno a los caídos reina la soledad, y de ahí huyen los amigos cuando son puestos a prueba; por esta razón hay tantos ejemplos criminales de unos que abandonan por miedo a otros, otros que traicionan por miedo. Necesariamente los comienzos y los finales concuerdan entre sí: quien empezó a ser amigo porque le conviene <también dejará de serlo porque le conviene>; algo tendrá valor frente a la amistad, si algo tiene valor en ella que no sea ella misma. «¿Para qué te procuras un amigo?» Para tener alguien por quien pueda morir, para tener a quien seguir al exilio, a cuya muerte me oponga y me sacrifique: eso que describes es una transacción comercial, no amistad, la que se acerca por conveniencia, la que mira qué va a conseguir. Sin duda el sentimiento de los amantes tiene algo parecido a la amistad; podrías decir que es una amistad enloquecida. ¿Acaso alguien ama por lucro? ¿Acaso por ambición o gloria? El amor mismo, despreciando todas las demás cosas, enciende los ánimos en el deseo de la belleza, no sin esperanza de un cariño mutuo. ¿Qué pasa entonces? ¿Un sentimiento vergonzoso surge de una causa más honesta? «No se trata ahora», dices, «de si la amistad debe buscarse por sí misma.» Al contrario, nada debe probarse más; pues si debe buscarse por sí misma, puede acceder a ella quien se basta a sí mismo. «¿Cómo accede entonces a ella?» Como a una cosa hermosísima, no cautivado por el lucro ni aterrado por las vicisitudes de la fortuna; quien prepara la amistad para los casos favorables le resta su majestad.

«El sabio se basta a sí mismo.» Esto, mi querido Lucilio, muchos lo interpretan erróneamente: apartan al sabio de todo y lo encierran dentro de su propia piel. Pero hay que distinguir qué y hasta qué punto promete esta expresión: el sabio se basta a sí mismo para vivir felizmente, no para vivir; pues para esto necesita muchas cosas, para aquello solo un ánimo sano y erguido y que desprecie la fortuna. Quiero indicarte también la distinción de Crisipo. Dice que el sabio no carece de nada, pero sin embargo necesita muchas cosas: «en cambio, al necio no le hace falta nada —pues no sabe usar nada—, pero carece de todo». El sabio necesita de las manos y de los ojos y de muchas cosas necesarias para el uso cotidiano, pero no carece de nada; carecer es propio de la necesidad, nada es necesario para el sabio. Por tanto, aunque se baste a sí mismo, necesita amigos; desea tener el mayor número posible, no para vivir felizmente; pues vivirá felizmente incluso sin amigos. El bien supremo no busca instrumentos externos; se cultiva en casa, procede enteramente de sí mismo; empieza a estar sometido a la fortuna si busca fuera alguna parte de sí. «Sin embargo, ¿cómo será la vida del sabio si queda sin amigos, encerrado en prisión, o abandonado en algún pueblo extranjero, o retenido en una larga navegación, o arrojado a una costa desierta?» Como la de Júpiter, cuando, disuelto el mundo y fundidos los dioses en uno solo, cesando por un momento la naturaleza, descansa en sí mismo entregado a sus pensamientos. Algo parecido hace el sabio: se retira a sí mismo, está consigo mismo. Mientras le sea permitido ordenar sus cosas según su propio criterio, se basta a sí mismo y se casa; se basta a sí mismo <y> tiene hijos; se basta a sí mismo y sin embargo no viviría si tuviera que vivir sin ser humano. Lo lleva a la amistad no su propia utilidad, sino el impulso natural; pues como nos es innato el dulce atractivo de otras cosas, así también el de la amistad. Como existe el odio a la soledad y el apetito de compañía, como la naturaleza concilia al hombre con el hombre, así también en esto hay un estímulo que nos hace deseosos de amistades. Sin embargo, aunque sea muy amante de sus amigos, aunque los compare consigo, a menudo los prefiera, encerrará todo bien dentro de sí y dirá lo que dijo aquel Estilbón, Estilbón a quien persigue la carta de Epicuro. Pues este, cuando su patria fue tomada, perdidos sus hijos, perdida su esposa, al salir solo del incendio público y sin embargo feliz, preguntándole Demetrio, cuyo sobrenombre fue Poliorcetes por la destrucción de ciudades, si había perdido algo, dijo: «Todos mis bienes están conmigo». He aquí un hombre fuerte y valeroso: venció la victoria misma de su enemigo. «Nada», dijo, «he perdido»: lo obligó a dudar de si había vencido. «Todos mis bienes están conmigo»: la justicia, la virtud, la prudencia, esto mismo, considerar que nada es bueno que pueda ser arrebatado. Admiramos a ciertos animales que atraviesan en medio de las llamas sin daño a sus cuerpos: ¡cuánto más admirable es este hombre que salió ileso e indemne a través del hierro y las ruinas y los fuegos! ¿Ves cuánto más fácil es vencer a un pueblo entero que a un solo hombre? Esta expresión le es común con el estoico: también este lleva intactos sus bienes a través de las ciudades incendiadas; pues él mismo se basta a sí mismo; con este límite marca su felicidad. No creas que solo nosotros lanzamos palabras generosas, también el propio Epicuro, crítico de Estilbón, emitió una expresión semejante a la suya, que te ruego tomes a bien, aunque ya he agotado este día. «Si a alguien», dice, «sus bienes no le parecen grandísimos, aunque sea dueño del mundo entero, es sin embargo infeliz.» O si te parece que se enuncia mejor de este modo —pues hay que procurar que no sirvamos a las palabras sino a los sentidos—, «es infeliz quien no se juzga a sí mismo felicísimo, aunque mande en el mundo». Pero para que sepas que estos pensamientos son comunes, dictados evidentemente por la naturaleza, encontrarás en el poeta cómico:

«No es feliz quien no se cree que lo es.»

Pues ¿qué importa cuál sea tu condición, si te parece mala? «¿Qué entonces?», dices, «si aquel rico vergonzosamente y aquel que es dueño de muchos pero esclavo de más se declaran felices, ¿se volverán felices por su propia opinión?» No importa lo que diga sino lo que sienta, y no lo que sienta un día, sino lo que sienta continuamente. Pero no hay por qué temas que una cosa tan grande llegue a alguien indigno: solo al sabio le placen sus cosas; toda necedad sufre de hastío de sí misma. Adiós.

Carta10

Así es, no cambio de opinión: huye de la multitud, huye de la minoría, huye incluso del individuo. No tengo a nadie con quien quiera que te comuniques. Y mira qué juicio tengo de ti: me atrevo a confiarte a ti mismo. Crates, según dicen, oyente de ese mismo Estilbón de quien hice mención en la carta anterior, cuando vio a un jovencito paseando en soledad, le preguntó qué hacía allí solo. «Hablo conmigo», dijo. A lo que Crates: «Ten cuidado», dijo, «te lo ruego, y presta atención: hablas con un hombre malo». Solemos vigilar a quien llora y tiene miedo, para que no haga mal uso de la soledad. No hay ningún imprudente que deba ser abandonado a sí mismo; entonces agitan malos consejos, entonces traman peligros futuros para otros o para sí mismos, entonces ordenan deseos deshonestos; entonces el ánimo expone lo que ocultaba con miedo o con pudor, entonces agudiza la audacia, irrita la lujuria, instiga la ira. Finalmente, lo único que tiene de ventaja la soledad, no confiar nada a nadie, no temer al delator, se pierde para el necio: él mismo se delata. Mira entonces qué espero de ti, más aún, qué me prometo a mí mismo —pues la esperanza es el nombre de un bien incierto—: no encuentro con quién prefiera que estés más que contigo. Recuerdo con cuánto valor has pronunciado ciertas palabras, de cuánta firmeza llenas: en seguida me felicité y dije: «Estas no vinieron de los labios superficiales, estas palabras tienen fundamento; este hombre no es uno del pueblo, mira hacia la salvación». Así habla, así vive; procura que nada te abata. Puedes dar gracias a los dioses por tus antiguos votos, emprende otros de nuevo: pide una mente buena, buena salud del alma, luego entonces la del cuerpo. ¿Por qué no habrías de hacer esos votos con frecuencia? Ruega audazmente a dios: no le vas a rogar nada ajeno.

Pero para que, según mi costumbre, envíe la carta con algún presente, es verdad lo que encontré en Atenodoro: «Entonces sabrás que estás libre de todos los deseos, cuando llegues a esto: a no pedir nada a dios excepto lo que puedas pedir públicamente». Pues ahora ¡qué locura la de los hombres! Susurran a los dioses votos vergonzosísimos; si alguien acerca el oído, callan, y lo que no quieren que sepa el hombre se lo narran a dios. Mira entonces si puede aconsejarse esto saludablemente: vive con los hombres como si dios te viera, habla con dios como si los hombres escucharan. Adiós.

Carta11

Ha hablado conmigo un amigo tuyo de buena índole, en quien cuánto ánimo había, cuánto talento, cuánto incluso progreso ya, lo mostró la primera conversación. Nos dio una muestra, a la que responderá; pues no habló con preparación, sino sorprendido de repente. Cuando se recomponía, apenas pudo sacudirse la timidez, buen signo en un joven; hasta tal punto se le difundió el rubor desde lo profundo. Este, según sospecho, lo seguirá incluso cuando se haya fortalecido y se haya despojado de todos los vicios, incluso siendo sabio. Pues con ninguna sabiduría se eliminan los defectos naturales del cuerpo o del alma: lo que está arraigado e innato se suaviza con el arte, no se vence. A algunos, incluso muy constantes, el sudor les brota a la vista del pueblo, no de otro modo que suele suceder a los fatigados y acalorados, a algunos les tiemblan las rodillas al hablar, a otros les castañetean los dientes, la lengua titubea, los labios se juntan: esto ni la disciplina ni la práctica lo elimina jamás, sino que la naturaleza ejerce su fuerza y con ese defecto suyo advierte incluso a los más robustos. Entre estas cosas sé que está también el rubor, que se difunde súbitamente incluso en los hombres más serios. Aparece más en los jóvenes, en quienes hay más calor y la frente es tierna; sin embargo, afecta también a los veteranos y a los ancianos. Algunos nunca son más temibles que cuando se ruborizan, como si hubieran derramado todo pudor; Sila era entonces violentísimo cuando la sangre invadía su rostro. No había nada más delicado que el rostro de Pompeyo; siempre se ruborizaba ante muchos, sobre todo en las asambleas. Recuerdo que Fabiano, cuando fue introducido como testigo en el senado, se ruborizó, y ese pudor le sentó maravillosamente. Esto no ocurre por debilidad de la mente sino por novedad de la situación, que, aunque no sacuda, mueve a los inexpertos, propensos en esto por la facilidad natural del cuerpo; pues como algunos son de sangre buena, así algunos la tienen agitada y móvil y que sale rápidamente al rostro. Estas cosas, como dije, ninguna sabiduría las ahuyenta: de otro modo tendría bajo su dominio la naturaleza de las cosas, si erradicara todos los defectos. Lo que asignaron la condición del nacimiento y el temperamento del cuerpo, cuando el alma se ha compuesto mucho y largamente, permanecerá; nada de esto puede prohibirse, ni más ni menos que convocarse. Los actores teatrales, que imitan afectos, que expresan el miedo y la agitación, que representan la tristeza, con este indicio imitan la timidez. Pues bajan el rostro, someten las palabras, clavan los ojos en la tierra y los deprimen: el rubor no pueden expresárselo; este ni se prohíbe ni se aduce. Contra estas cosas la sabiduría no promete nada, no logra nada: son de su propio derecho, vienen sin ser llamadas, se van sin ser llamadas.

Ya la carta reclama su cierre. Recibe, y ciertamente útil y saludable, una sentencia que quiero que grabes en tu ánimo: «Debemos escoger a algún hombre bueno y tenerlo siempre ante los ojos, para vivir como si él nos estuviera mirando y hacer todo como si él nos viera». Esto, mi querido Lucilio, lo prescribió Epicuro; nos dio un guardián y un guía, y no sin razón: gran parte de las faltas se eliminan si a quien va a pecar se le pone delante un testigo. Que tu espíritu tenga a alguien a quien respetar, con cuya autoridad haga más santo incluso su interior. ¡Feliz aquel que no solo presente, sino incluso pensado, enmienda! ¡Feliz quien puede respetar a alguien de tal modo que al recordarlo se compone y se ordena! Quien puede respetar así a alguien pronto será respetable. Elige, pues, a Catón; si este te parece demasiado rígido, elige a Lelio, varón de espíritu más moderado. Elige a aquel cuya vida y palabra te agradaron, y cuyo rostro mismo muestra su alma; muéstratelo siempre como guardián o como modelo. Es necesario, digo, tener alguien ante quien nuestras costumbres se examinen a sí mismas: si no tienes una regla, no corregirás lo torcido. Adiós.

Carta12

Allá donde me vuelva, veo pruebas de mi vejez. Había llegado a mi finca de las afueras y me quejaba de los gastos de un edificio que se venía abajo. Me dice el administrador que no es culpa de su negligencia, que él hace todo, pero que la casa es vieja. Esta casa creció entre mis manos: ¿qué será de mí, si tan decrépitas están las piedras de mi edad? Irritado con él, aprovecho la primera ocasión para desahogar mi enfado. «Está claro», digo, «que estos plátanos están descuidados: no tienen hojas. ¡Qué nudosas y retorcidas están sus ramas, qué tristes y sucios los troncos! Esto no ocurriría si alguien los cavara alrededor, si los regara». Jura por mi genio que él lo hace todo, que no descuida ningún cuidado, pero que son viejos. Entre nosotros, yo los había plantado, yo había visto su primera hoja. Me vuelvo hacia la puerta. «¿Quién es este?», digo, «¿este decrépito que con razón han puesto junto a la puerta? Porque mira hacia fuera. ¿De dónde lo has sacado? ¿Qué te ha complacido de llevarte a un muerto ajeno?». Pero él dice: «¿No me reconoces? Soy Felición, a quien solías traer regalitos; soy el hijo del administrador Filosito, tu favorito». «Completamente», digo, «este delira: un chiquillo, ¿se ha convertido también en mi favorito? Realmente puede ser: precisamente se le están cayendo los dientes».

Debo esto a mi finca de las afueras: que allá donde me volviera se me apareció mi vejez. Abracémosla y amémonos; está llena de placer, si sabes disfrutarla. Los frutos son más gratos cuando están a punto de irse; la infancia tiene su máxima belleza en su final; a los entregados al vino les deleita la última copa, la que sumerge, la que pone el broche final a la borrachera; toda voluptuosidad guarda lo más agradable para su fin. La edad ya en declive es muy placentera, aunque no precipitada, y juzgo que incluso aquella que está ya en la última teja tiene sus placeres; o bien esto mismo sucede en lugar de los placeres: no necesitar ninguno. ¡Qué dulce es haber fatigado y abandonado los deseos! «Es molesto», dices, «tener la muerte ante los ojos». En primer lugar, esta debe estar tanto ante los ojos del viejo como del joven —pues no nos llaman según el censo—; además, nadie es tan viejo que no pueda esperar impropiamente un día más. Pero un solo día es un escalón de la vida. Toda la edad consta de partes y tiene círculos trazados, mayores y menores: hay uno que las abarca y rodea a todas —este se extiende desde el nacimiento hasta el último día—; hay otro que excluye los años de la juventud; hay uno que encierra toda la infancia en su circuito; está luego por sí mismo el año, que contiene en sí todos los tiempos cuya multiplicación compone la vida; el mes está ceñido por un círculo más estrecho; el día tiene el giro más angosto, pero también este va del inicio al fin, del orto al ocaso. Por eso Heráclito, a quien la oscuridad de su lenguaje dio sobrenombre, dice: «un solo día es igual a todos». Esto lo interpretó cada uno de modo diferente. Uno dijo que es igual en horas, y no miente; pues si el día es el espacio de veinticuatro horas, es necesario que todos los días sean iguales entre sí, porque la noche tiene lo que el día perdió. Otro dice que un solo día es igual a todos por semejanza; pues el espacio del tiempo más largo no tiene nada que no encuentres también en un solo día: luz y noche, y en las vicisitudes alternas del mundo estos hacen más, no otros: unas veces más corto, otras más largo. Así pues, debe ordenarse cada día como si cerrara la marcha y consumara y completara la vida. Pacuvio, que hizo de Siria su patria por costumbre, cuando con vino y aquellos banquetes fúnebres se celebraba sus propias exequias, era llevado así desde la cena al dormitorio mientras entre los aplausos de los afeminados se cantaba esto con acompañamiento musical: «Ha vivido, ha vivido». En ningún día dejó de celebrar sus propias exequias. Lo que él hacía por mala conciencia, hagámoslo nosotros por buena, y al irnos a dormir digamos alegres y contentos:

«Viví y el curso que me dio la fortuna he cumplido».

Si Dios añade el mañana, recibámoslo alegres. Aquel es el más feliz y poseedor seguro de sí mismo que espera el mañana sin inquietud; quienquiera que haya dicho «viví» se levanta cada día con ganancia.

Pero ya debo cerrar la carta. «Así», dices, «¿vendrá a mí sin ningún obsequio?». No temas: trae algo consigo. ¿Por qué dije algo? Mucho. Pues ¿qué hay más excelente que esta sentencia que te entrego para que te la lleve? «Malo es vivir en la necesidad, pero vivir en la necesidad no es ninguna necesidad». ¿Por qué no ha de ser ninguna? Los caminos hacia la libertad están abiertos por todas partes, muchos, breves, fáciles. Demos gracias a Dios porque nadie puede ser retenido en la vida: es lícito pisotear las necesidades mismas. «Epicuro», dices, «lo dijo: ¿qué tienes que ver con lo ajeno?». Lo que es verdadero es mío; seguiré inculcándote a Epicuro, para que quienes juran por las palabras de otro y no valoran lo que se dice sino quién lo dice, sepan que las mejores cosas son comunes. Adiós.

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