Libro 1Sobre La Naturaleza De La Guerra
Capítulo1Qué es la guerra
1. INTRODUCCIÓN.
Nos proponemos considerar primero los elementos singulares de nuestro tema, luego cada rama o parte y, por último, el conjunto en todas sus relaciones; avanzar, por tanto, de lo simple a lo complejo. Pero es necesario que comencemos con una mirada a la naturaleza del conjunto, porque es particularmente necesario que al considerar cualquiera de las partes se mantenga constantemente a la vista su relación con el todo.
2. DEFINICIÓN.
No entraremos en ninguna de las abstrusas definiciones de la guerra usadas por los publicistas. Nos atendremos al elemento de la cosa misma, al duelo. La guerra no es más que un duelo a gran escala. Si quisiéramos concebir como una unidad el incontable número de duelos que conforman una guerra, lo haríamos mejor imaginándonos a dos luchadores. Cada uno se esfuerza mediante la fuerza física por obligar al otro a someterse a su voluntad: cada uno procura derribar a su adversario y dejarlo así incapaz de mayor resistencia.
La guerra es, por tanto, un acto de violencia destinado a obligar a nuestro oponente a cumplir nuestra voluntad.
La violencia se arma con las invenciones del arte y la ciencia para contender contra la violencia. Restricciones autoimpuestas, casi imperceptibles y apenas dignas de mención, denominadas usos del derecho internacional, la acompañan sin mermar esencialmente su poder. La violencia, es decir, la fuerza física (pues no hay fuerza moral sin la concepción de Estados y derecho), es por tanto el medio; el sometimiento forzoso del enemigo a nuestra voluntad es el objeto último. Para alcanzar plenamente este objeto, el enemigo debe ser desarmado, y el desarme se convierte así en el objeto inmediato de las hostilidades en teoría. Ocupa el lugar del objeto final y lo aparta como algo que podemos eliminar de nuestros cálculos.
3. EMPLEO MÁXIMO DE LA FUERZA.
Ahora bien, los filántropos pueden imaginar fácilmente que existe un método hábil de desarmar y vencer a un enemigo sin gran derramamiento de sangre, y que esta es la tendencia propia del arte de la guerra. Por plausible que esto parezca, es un error que debe extirparse; pues en cosas tan peligrosas como la guerra, los errores que proceden de un espíritu de benevolencia son los peores. Dado que el uso de la fuerza física hasta el grado máximo no excluye en modo alguno la cooperación de la inteligencia, se sigue que quien usa la fuerza sin moderación, sin consideración por el derramamiento de sangre involucrado, debe obtener una superioridad si su adversario emplea menos vigor en su aplicación. El primero dicta entonces la ley al segundo, y ambos avanzan hacia los extremos a los que las únicas limitaciones son las impuestas por la cantidad de fuerza contraria en cada lado.
Esta es la manera en que debe verse el asunto y no sirve de nada, es incluso contrario al propio interés, apartarse de la consideración de la naturaleza real del asunto porque el horror de sus elementos provoca repugnancia.
Si las guerras de los pueblos civilizados son menos crueles y destructivas que las de los salvajes, la diferencia surge de la condición social tanto de los Estados en sí mismos como en sus relaciones entre sí. De esta condición social y sus relaciones surge la guerra, y por ella la guerra queda sometida a condiciones, es controlada y modificada. Pero estas cosas no pertenecen a la guerra misma; son solo condiciones dadas; e introducir en la filosofía de la guerra misma un principio de moderación sería un absurdo.
Dos motivos llevan a los hombres a la guerra: la hostilidad instintiva y la intención hostil. En nuestra definición de la guerra, hemos elegido como su característica el segundo de estos elementos, porque es el más general. Es imposible concebir la pasión del odio en su forma más salvaje, lindante con el mero instinto, sin combinarla con la idea de una intención hostil. Por otra parte, las intenciones hostiles pueden existir a menudo sin estar acompañadas por ninguna hostilidad de sentimiento, o en todo caso por ninguna extrema. Entre los salvajes predominan las visiones que emanan de los sentimientos, entre las naciones civilizadas las que emanan del entendimiento; pero esta diferencia surge de circunstancias concomitantes, instituciones existentes, etc., y por tanto no se encuentra necesariamente en todos los casos, aunque prevalece en la mayoría. En suma, incluso las naciones más civilizadas pueden arder con odio apasionado entre sí.
Podemos ver por esto qué falacia sería referir la guerra de una nación civilizada enteramente a un acto inteligente por parte del gobierno, e imaginarla liberándose continuamente cada vez más de todo sentimiento de pasión de tal manera que al final ya no se requirieran las masas físicas de combatientes; en realidad, bastarían sus meras relaciones: una especie de acción algebraica.
La teoría empezaba a derivar en esta dirección hasta que los hechos de la última guerra (*) le enseñaron mejor. Si la guerra es un acto de fuerza, pertenece necesariamente también a los sentimientos. Si no se origina en los sentimientos, reacciona sobre ellos, más o menos, y la extensión de esta reacción no depende del grado de civilización, sino de la importancia y duración de los intereses involucrados.
(*) Clausewitz alude aquí a las «guerras de liberación», 1813, 14, 15.
Por tanto, si encontramos que las naciones civilizadas no matan a sus prisioneros, no devastan pueblos y países, esto es porque su inteligencia ejerce mayor influencia en su modo de hacer la guerra y les ha enseñado medios más efectivos de aplicar la fuerza que estos actos rudos de mero instinto. La invención de la pólvora, el constante progreso de las mejoras en la construcción de armas de fuego, son pruebas suficientes de que la tendencia a destruir al adversario que yace en el fondo de la concepción de la guerra no se ha cambiado ni modificado en modo alguno mediante el progreso de la civilización.
Repetimos por tanto nuestra proposición: que la guerra es un acto de violencia llevado hasta sus límites máximos; como un lado dicta la ley al otro, surge una especie de acción recíproca que lógicamente debe llevar a un extremo. Esta es la primera acción recíproca y el primer extremo con que nos encontramos (primera acción recíproca).
4. EL OBJETIVO ES DESARMAR AL ENEMIGO.
Ya hemos dicho que el objetivo de toda acción en la guerra es desarmar al enemigo, y ahora mostraremos que esto, teóricamente al menos, es indispensable.
Si queremos que nuestro oponente cumpla con nuestra voluntad, debemos colocarlo en una situación que le sea más opresiva que el sacrificio que le exigimos; pero las desventajas de esta posición naturalmente no deben ser de naturaleza transitoria, al menos en apariencia, pues de otro modo el enemigo, en lugar de ceder, resistirá en la perspectiva de un cambio a mejor. Todo cambio en esta posición producido por una continuación de la guerra debería ser por tanto un cambio a peor. La peor condición en que puede colocarse un beligerante es la de estar completamente desarmado. Si, por tanto, el enemigo ha de ser reducido a la sumisión mediante un acto de guerra, debe ser positivamente desarmado o colocado en tal posición que sea amenazado con ello. De esto se sigue que el desarme o derrocamiento del enemigo, como queramos llamarlo, debe ser siempre el objetivo de la guerra. Ahora bien, la guerra es siempre el choque de dos cuerpos hostiles en colisión, no la acción de una fuerza viva sobre una masa inanimada, porque un estado absoluto de resistencia pasiva no sería hacer la guerra; por tanto, lo que acabamos de decir sobre el objetivo de la acción en la guerra se aplica a ambas partes. He aquí, pues, otro caso de acción recíproca. Mientras el enemigo no sea derrotado, puede derrotarme a mí; entonces ya no seré mi propio amo; él me dictará la ley como yo se la dicté a él. Esta es la segunda acción recíproca y lleva a un segundo extremo (segunda acción recíproca).
5. MÁXIMO ESFUERZO DE FUERZAS.
Si deseamos derrotar al enemigo, debemos proporcionar nuestros esfuerzos a sus poderes de resistencia. Esto se expresa mediante el producto de dos factores que no pueden separarse, a saber, la suma de medios disponibles y la fuerza de la voluntad. La suma de los medios disponibles puede estimarse en cierta medida, ya que depende (aunque no enteramente) de los números; pero la fuerza de la voluntad es más difícil de determinar y solo puede estimarse hasta cierto punto por la fuerza de los motivos. Concedido que hemos obtenido de esta manera una aproximación a la fuerza del poder que debe contenderse, podemos entonces tomar nuestros propios medios y o bien aumentarlos de modo que obtengamos una preponderancia, o en caso de que no tengamos los recursos para efectuar esto, entonces hacer lo mejor posible aumentando nuestros medios tanto como sea posible. Pero el adversario hace lo mismo; por tanto, hay un nuevo realce mutuo que, en concepción pura, debe crear un nuevo esfuerzo hacia un extremo. Este es el tercer caso de acción recíproca y un tercer extremo con que nos encontramos (tercera acción recíproca).
6. MODIFICACIÓN EN LA REALIDAD.
Razonando así en lo abstracto, la mente no puede detenerse antes de un extremo, porque tiene que tratar con un extremo, con un conflicto de fuerzas abandonadas a sí mismas y que no obedecen más que sus propias leyes internas. Si procuráramos deducir de la concepción pura de la guerra un punto absoluto para el objetivo que propondremos y para los medios que aplicaremos, esta constante acción recíproca nos envolvería en extremos que no serían más que un juego de ideas producido por una cadena casi invisible de sutilezas lógicas. Si, adhiriéndonos estrechamente a lo absoluto, tratamos de evitar todas las dificultades mediante un plumazo e insistimos con rigor lógico en que en cada caso el extremo debe ser el objeto y que debe ejercerse el máximo esfuerzo en esa dirección, tal plumazo sería una mera ley de papel, de ningún modo adaptada al mundo real.
Incluso suponiendo que esta tensión extrema de fuerzas fuera un absoluto que pudiera determinarse fácilmente, aún debemos admitir que la mente humana difícilmente se sometería a esta clase de quimera lógica. Habría en muchos casos un desperdicio innecesario de poder, que estaría en oposición con otros principios del arte de gobernar; se requeriría un esfuerzo de voluntad desproporcionado al objeto propuesto, que por tanto sería imposible de realizar, pues la voluntad humana no deriva su impulso de sutilezas lógicas.
Pero todo toma una forma diferente cuando pasamos de las abstracciones a la realidad. En las primeras, todo debe estar sujeto al optimismo, y debemos imaginar un lado tanto como el otro esforzándose por la perfección e incluso alcanzándola. ¿Tendrá esto lugar alguna vez en la realidad? Lo tendrá si,
(1) La guerra se convierte en un acto completamente aislado, que surge súbitamente y no está conectado en modo alguno con la historia previa de los Estados combatientes.
(2) Si se limita a una única solución, o a varias soluciones simultáneas.
(3) Si contiene en sí misma la solución perfecta y completa, libre de toda reacción sobre ella, mediante un cálculo previo de la situación política que se seguirá de ella.
7. LA GUERRA NUNCA ES UN ACTO AISLADO.
Con respecto al primer punto, ninguno de los dos oponentes es una persona abstracta para el otro, ni siquiera en cuanto a ese factor en la suma de resistencia que no depende de cosas objetivas, a saber, la voluntad. Esta voluntad no es una cantidad enteramente desconocida; indica lo que será mañana por lo que es hoy. La guerra no surge de manera completamente súbita, no se extiende en toda su magnitud en un momento; cada uno de los dos oponentes puede, por tanto, formarse una opinión del otro, en gran medida, por lo que es y lo que hace, en lugar de juzgarlo según lo que, estrictamente hablando, debería ser o debería hacer. Pero ahora bien, el hombre con su organización incompleta está siempre por debajo de la línea de perfección absoluta, y así estas deficiencias, teniendo influencia en ambos lados, se convierten en un principio modificador.
8. LA GUERRA NO CONSISTE EN UN ÚNICO GOLPE INSTANTÁNEO.
El segundo punto da lugar a las siguientes consideraciones:
Si la guerra terminara en una única solución, o en un número de soluciones simultáneas, entonces naturalmente todos los preparativos para la misma tendrían una tendencia al extremo, pues una omisión no podría repararse de ningún modo; lo máximo, entonces, que el mundo de la realidad podría proporcionarnos como guía serían los preparativos del enemigo, en la medida en que nos son conocidos; todo el resto caería en el dominio de lo abstracto. Pero si el resultado se compone de varios actos sucesivos, entonces naturalmente lo que precede con todas sus fases puede tomarse como medida para lo que seguirá, y de esta manera el mundo de la realidad vuelve a tomar el lugar de lo abstracto y así modifica el esfuerzo hacia el extremo.
Sin embargo, toda guerra se resolvería necesariamente en una única solución, o en una suma de resultados simultáneos, si todos los medios requeridos para la lucha se levantaran de una vez, o pudieran levantarse de una vez; pues como un resultado adverso disminuye necesariamente los medios, entonces si todos los medios se han aplicado en el primero, no puede suponerse propiamente un segundo. Todos los actos hostiles que pudieran seguir pertenecerían esencialmente al primero y formarían, en realidad, solo su duración.
Pero ya hemos visto que incluso en la preparación para la guerra el mundo real ocupa el lugar de la mera concepción abstracta —un patrón material en lugar de las hipótesis de un extremo—: que por tanto de esa manera ambas partes, por la influencia de la reacción mutua, permanecen por debajo de la línea de esfuerzo extremo, y por tanto no todas las fuerzas se adelantan a la vez.
Está también en la naturaleza de estas fuerzas y su aplicación que no puedan todas ponerse en actividad al mismo tiempo. Estas fuerzas son los ejércitos efectivamente en pie, el país con su extensión superficial y su población, y los aliados.
De hecho, el país, con su área superficial y la población, además de ser la fuente de toda fuerza militar, constituye en sí mismo una parte integral de las cantidades eficientes en la guerra, proporcionando ya sea el teatro de la guerra o ejerciendo una influencia considerable sobre el mismo.
Ahora bien, es posible poner todas las fuerzas militares móviles de un país en operación a la vez, pero no todas las fortalezas, ríos, montañas, pueblos, etc.; en suma, no todo el país, a menos que sea tan pequeño que pueda ser completamente abarcado por el primer acto de la guerra. Además, la cooperación de los aliados no depende de la voluntad de los beligerantes; y por la naturaleza de las relaciones políticas de los estados entre sí, esta cooperación frecuentemente no se proporciona hasta después de que la guerra ha comenzado, o puede aumentarse para restablecer el equilibrio de poder.
Que esta parte de los medios de resistencia, que no puede ponerse en actividad de una vez, en muchos casos es una parte mucho mayor del conjunto de lo que podría suponerse al principio, y que a menudo restablece el equilibrio de poder seriamente afectado por la gran fuerza de la primera decisión, se mostrará más plenamente en adelante. Aquí es suficiente mostrar que una concentración completa de todos los medios disponibles en un momento de tiempo es contradictoria con la naturaleza de la guerra.
Ahora bien, esto en sí mismo no proporciona fundamento para relajar nuestros esfuerzos por acumular fuerza para ganar el primer resultado, porque un resultado desfavorable es siempre una desventaja a la que nadie se expondría a propósito, y también porque la primera decisión, aunque no la única, tendrá más influencia sobre los acontecimientos subsiguientes cuanto mayor sea en sí misma.
Pero la posibilidad de ganar un resultado posterior hace que los hombres se refugien en esa expectativa, debido a la repugnancia en la mente humana a hacer esfuerzos excesivos; y por tanto las fuerzas no se concentran y las medidas no se toman para la primera decisión con esa energía que de otro modo se usaría. Cualquier cosa que un beligerante omita por debilidad se convierte para el otro en un fundamento objetivo real para limitar sus propios esfuerzos, y así de nuevo, mediante esta acción recíproca, las tendencias extremas se reducen a esfuerzos de escala limitada.
9. EL RESULTADO EN LA GUERRA NUNCA ES ABSOLUTO.
Por último, incluso la decisión final de una guerra entera no siempre debe considerarse como absoluta. El Estado vencido a menudo ve en ella solo un mal pasajero, que puede repararse en tiempos posteriores mediante combinaciones políticas. Cuánto debe esto modificar el grado de tensión y el vigor de los esfuerzos realizados es evidente en sí mismo.
10. LAS PROBABILIDADES DE LA VIDA REAL TOMAN EL LUGAR DE LAS CONCEPCIONES DEL EXTREMO Y LO ABSOLUTO.
De esta manera, todo el acto de la guerra es removido de la rigurosa ley de fuerzas ejercidas al máximo. Si el extremo ya no ha de temerse y ya no ha de buscarse, queda al juicio determinar los límites para los esfuerzos a realizar en su lugar, y esto solo puede hacerse sobre los datos proporcionados por los hechos del mundo real mediante las LEYES DE PROBABILIDAD. Una vez que los beligerantes ya no son meras concepciones, sino Estados y gobiernos individuales, una vez que la guerra ya no es un ideal, sino un procedimiento sustancial definido, entonces la realidad proporcionará los datos para computar las cantidades desconocidas que se requiere encontrar.
A partir del carácter, las medidas, la situación del adversario y las relaciones que lo rodean, cada bando extraerá conclusiones según la ley de probabilidad sobre los designios del otro, y actuará en consecuencia.
11. EL OBJETO POLÍTICO REAPARECE AHORA.
Aquí la cuestión que habíamos dejado de lado se impone de nuevo en nuestra consideración (véase núm. 2), a saber, el objeto político de la guerra. La ley del extremo, el propósito de desarmar al adversario, de derrocarlo, ha usurpado hasta cierto punto el lugar de este fin u objeto. En la medida en que esta ley pierde su fuerza, lo político debe volver a imponerse. Si toda la consideración es un cálculo de probabilidades basado en personas y relaciones definidas, entonces el objeto político, siendo el motivo original, debe ser un factor esencial en el producto. Cuanto menor sea el sacrificio que exijamos al adversario, menor será, cabe esperar, el medio de resistencia que empleará; pero cuanto menor sea su preparación, menor necesitará ser la nuestra. Además, cuanto menor sea nuestro objeto político, menos valor le daremos, y con más facilidad nos veremos inducidos a renunciar a él por completo.
Así pues, el objeto político, como motivo original de la guerra, será el criterio para determinar tanto el objetivo de la fuerza militar como también la cantidad de esfuerzo que ha de hacerse. No puede serlo en sí mismo, pero lo es en relación con ambos Estados beligerantes, porque nos ocupamos de realidades, no de meras abstracciones. Un mismo objeto político puede producir efectos totalmente diferentes en pueblos distintos, o incluso en el mismo pueblo en momentos diferentes; por tanto, solo podemos admitir el objeto político como medida al considerarlo en sus efectos sobre aquellas masas que debe mover, y en consecuencia la naturaleza de esas masas también entra en consideración. Es fácil ver que así el resultado puede ser muy diferente según estas masas estén animadas por un espíritu que infunda vigor a la acción o no. Es perfectamente posible que exista tal estado de ánimo entre dos Estados que un motivo político muy insignificante para la guerra produzca un efecto totalmente desproporcionado; de hecho, una auténtica explosión.
Esto se aplica a los esfuerzos que el objeto político suscitará en los dos Estados, y al objetivo que la acción militar debe prescribirse a sí misma. A veces puede ser en sí mismo ese objetivo, como, por ejemplo, la conquista de una provincia. En otras ocasiones el objeto político en sí mismo no es adecuado como objetivo de la acción militar; entonces debe elegirse uno que sea equivalente a él, y que ocupe su lugar en lo que respecta a la conclusión de la paz. Pero también en esto se supone siempre la debida atención al carácter peculiar de los Estados concernidos. Hay circunstancias en que el equivalente debe ser mucho mayor que el objeto político, a fin de asegurar este último. El objeto político será tanto más el criterio del objetivo y el esfuerzo, y tendrá más influencia en sí mismo, cuanto más indiferentes sean las masas, cuanto menos exista entre los dos Estados un sentimiento mutuo de hostilidad por otras causas, y por tanto hay casos en que el objeto político casi por sí solo será decisivo.
Si el objetivo de la acción militar es un equivalente del objeto político, esa acción disminuirá en general a medida que el objeto político disminuya, y en mayor grado cuanto más domine el objeto político. Así se explica cómo, sin ninguna contradicción en sí misma, puede haber guerras de todos los grados de importancia y energía, desde una guerra de exterminio hasta el mero uso de un ejército de observación. Esto, sin embargo, conduce a una cuestión de otra índole que habremos de desarrollar y responder más adelante.
12. UNA SUSPENSIÓN EN LA ACCIÓN DE LA GUERRA QUE NO SE EXPLICA POR NADA DE LO DICHO HASTA AHORA.
Por insignificantes que sean las pretensiones políticas mutuamente planteadas, por débiles que sean los medios empleados, por pequeño que sea el objetivo al que se dirige la acción militar, ¿puede suspenderse esta acción siquiera por un momento? Esta es una cuestión que penetra profundamente en la naturaleza del tema.
Toda transacción requiere para su cumplimiento un cierto tiempo que llamamos su duración. Esta puede ser mayor o menor, según la persona que actúa imprima más o menos rapidez a sus movimientos.
Sobre este más o menos no nos ocuparemos aquí. Cada persona actúa a su manera; pero la persona lenta no prolonga la cosa porque desee emplear más tiempo en ella, sino porque por su naturaleza requiere más tiempo, y si se apresurara más no haría la cosa tan bien. Este tiempo, por tanto, depende de causas subjetivas, y pertenece a la extensión, así llamada, de la acción.
Si concedemos ahora a cada acción en la guerra este tiempo suyo, entonces debemos suponer, al menos a primera vista, que cualquier gasto de tiempo más allá de esta extensión, es decir, toda suspensión de la acción hostil, aparece como un absurdo; respecto a esto no debe olvidarse que ahora no hablamos del progreso de uno u otro de los dos oponentes, sino del progreso general de toda la acción de la guerra.
13. SOLO HAY UNA CAUSA QUE PUEDE SUSPENDER LA ACCIÓN, Y ESTA PARECE SER POSIBLE ÚNICAMENTE EN UN BANDO EN CUALQUIER CASO.
Si dos partes se han armado para la lucha, entonces un sentimiento de animosidad debe haberlas movido a ello; mientras sigan armadas, es decir, no lleguen a términos de paz, este sentimiento debe existir; y solo puede detenerse en cualquiera de los bandos por un único motivo, que es QUE ESPERA UN MOMENTO MÁS FAVORABLE PARA LA ACCIÓN. Ahora bien, a primera vista parece que este motivo no puede existir nunca excepto en un bando, porque, ipso facto, debe ser perjudicial para el otro. Si uno tiene interés en actuar, entonces el otro debe tener interés en esperar.
Un completo equilibrio de fuerzas no puede nunca producir una suspensión de la acción, porque durante esta suspensión quien tiene el objeto positivo (es decir, el asaltante) debe continuar progresando; pues si imagináramos un equilibrio de tal manera que quien tiene el objeto positivo, y por tanto el motivo más fuerte, solo puede al mismo tiempo disponer de los medios menores, de modo que la ecuación se complete por el producto del motivo y el poder, entonces debemos decir: si no ha de esperarse ninguna alteración en esta condición de equilibrio, las dos partes deben hacer la paz; pero si ha de esperarse una alteración, entonces solo puede ser favorable a un bando, y por tanto el otro tiene un interés manifiesto en actuar sin demora. Vemos que la concepción de un equilibrio no puede explicar una suspensión de armas, sino que termina en la cuestión de la EXPECTATIVA DE UN MOMENTO MÁS FAVORABLE.
Supongamos, por tanto, que uno de dos Estados tiene un objeto positivo, como, por ejemplo, la conquista de una de las provincias del enemigo, que ha de utilizarse en el arreglo de la paz. Después de esta conquista, su objeto político se cumple, cesa la necesidad de acción, y para él sobreviene una pausa. Si el adversario también está conforme con esta solución, hará la paz; si no, debe actuar. Ahora bien, si suponemos que en cuatro semanas estará en mejor condición para actuar, entonces tiene motivos suficientes para posponer el momento de la acción.
Pero desde ese momento el curso lógico para el enemigo parece ser actuar para no dar a la parte conquistada EL TIEMPO DESEADO. Por supuesto, en este modo de razonar se supone una visión completa del estado de circunstancias en ambos bandos.
14. ASÍ SE PRODUCIRÁ UNA CONTINUACIÓN DE LA ACCIÓN QUE AVANZARÁ HACIA UN CLÍMAX.
Si esta continuidad ininterrumpida de operaciones hostiles existiera realmente, el efecto sería que todo se vería de nuevo impulsado hacia el extremo; pues, independientemente del efecto de tal actividad incesante en inflamar los sentimientos e infundir en el conjunto un mayor grado de pasión, una mayor fuerza elemental, resultaría también de esta continuación de la acción una continuidad más estricta, una conexión más estrecha entre causa y efecto, y así cada acción individual adquiriría más importancia, y en consecuencia estaría más repleta de peligro.
Pero sabemos que el curso de la acción en la guerra rara vez o nunca tiene esta continuidad ininterrumpida, y que ha habido muchas guerras en las que la acción ocupó con mucho la porción más pequeña del tiempo empleado, consumiéndose todo el resto en inacción. Es imposible que esto sea siempre una anomalía; la suspensión de la acción en la guerra debe por tanto ser posible, es decir, no es una contradicción en sí misma. Ahora procedemos a mostrar cómo es esto.
15. AQUÍ, POR TANTO, SE PONE EN ACCIÓN EL PRINCIPIO DE POLARIDAD.
Como hemos supuesto que los intereses de un comandante son siempre antagónicos a los del otro, hemos asumido una verdadera polaridad. Reservamos una explicación más completa de esto para otro capítulo, haciendo meramente la siguiente observación al respecto por el momento.
El principio de polaridad solo es válido cuando puede concebirse en una misma cosa, donde lo positivo y su opuesto lo negativo se destruyen completamente entre sí. En una batalla ambos bandos se esfuerzan por conquistar; eso es verdadera polaridad, pues la victoria de un bando destruye la del otro. Pero cuando hablamos de dos cosas diferentes que tienen una relación común externa a ellas mismas, entonces no son las cosas sino sus relaciones las que tienen la polaridad.
16. ATAQUE Y DEFENSA SON COSAS DE DISTINTA NATURALEZA Y DE FUERZA DESIGUAL. LA POLARIDAD, POR TANTO, NO ES APLICABLE A ELLAS.
Si hubiera solo una forma de guerra, a saber, el ataque al enemigo, por tanto ninguna defensa; o, en otras palabras, si el ataque se distinguiera de la defensa meramente por el motivo positivo que uno tiene y el otro no, pero los métodos de cada uno fueran precisamente los mismos: entonces en esta clase de lucha toda ventaja ganada en un bando sería una desventaja correspondiente en el otro, y existiría verdadera polaridad.
Pero la acción en la guerra se divide en dos formas, ataque y defensa, que, como explicaremos más particularmente en adelante, son muy diferentes y de fuerza desigual. La polaridad por tanto reside en aquello con lo que ambas guardan relación, en la decisión, pero no en el ataque o la defensa en sí mismos.
Si un comandante desea que la solución se posponga, el otro debe desear acelerarla, pero solo mediante la misma forma de acción. Si es del interés de A no atacar a su enemigo en el presente, sino dentro de cuatro semanas, entonces es del interés de B ser atacado, no dentro de cuatro semanas, sino en el momento presente. Este es el antagonismo directo de intereses, pero de ningún modo se sigue que sea del interés de B atacar a A de inmediato. Eso es claramente algo totalmente diferente.
17. EL EFECTO DE LA POLARIDAD ES A MENUDO DESTRUIDO POR LA SUPERIORIDAD DE LA DEFENSA SOBRE EL ATAQUE, Y ASÍ SE EXPLICA LA SUSPENSIÓN DE LA ACCIÓN EN LA GUERRA.
Si la forma de defensa es más fuerte que la de ofensiva, como mostraremos en adelante, surge la cuestión: ¿Es la ventaja de una decisión aplazada tan grande en un bando como la ventaja de la forma defensiva en el otro? Si no lo es, entonces no puede por su contrapeso equilibrar esta última, e influir así en el progreso de la acción de la guerra. Vemos, por tanto, que la fuerza impulsora existente en la polaridad de intereses puede perderse en la diferencia entre la fuerza de la ofensiva y la defensiva, y volverse así ineficaz.
Si, por tanto, aquel bando para el cual el presente es favorable es demasiado débil para poder prescindir de la ventaja de la defensiva, debe aceptar las perspectivas desfavorables que el futuro le depara; pues todavía puede ser mejor librar una batalla defensiva en el futuro poco prometedor que asumir la ofensiva o hacer la paz en el presente. Ahora bien, estando convencidos de que la superioridad de la defensiva (*) (correctamente entendida) es muy grande, y mucho mayor de lo que puede parecer a primera vista, concebimos que el mayor número de esos períodos de inacción que ocurren en la guerra se explican así sin implicar ninguna contradicción. Cuanto más débiles sean los motivos para la acción, más serán absorbidos y neutralizados por esta diferencia entre ataque y defensa, más frecuentemente, por tanto, se detendrá la acción en la guerra, como de hecho enseña la experiencia.
(*) Debe recordarse que todo esto es anterior en algunos años a la introducción de las armas de largo alcance.
18. UN SEGUNDO FUNDAMENTO CONSISTE EN EL CONOCIMIENTO IMPERFECTO DE LAS CIRCUNSTANCIAS.
Pero hay todavía otra causa que puede detener la acción en la guerra, a saber, una visión incompleta de la situación. Cada comandante solo puede conocer plenamente su propia posición; la de su oponente solo puede conocerla por informes, que son inciertos; puede, por tanto, formar un juicio equivocado respecto a ella basándose en datos de esta descripción, y, en consecuencia de ese error, puede suponer que el poder de tomar la iniciativa reside en su adversario cuando en realidad reside en él mismo. Esta falta de visión perfecta podría ciertamente ocasionar tan a menudo una acción inoportuna como una inacción inoportuna, y por tanto no contribuiría en sí misma más a demorar que a acelerar la acción en la guerra. Aun así, siempre debe considerarse como una de las causas naturales que pueden detener la acción en la guerra sin implicar una contradicción. Pero si reflexionamos en cuánto más estamos inclinados e inducidos a estimar el poder de nuestros oponentes demasiado alto que demasiado bajo, porque reside en la naturaleza humana hacerlo así, admitiremos que nuestra visión imperfecta de los hechos en general debe contribuir mucho a demorar la acción en la guerra, y a modificar la aplicación de los principios que rigen nuestra conducta.
La posibilidad de una interrupción introduce en la acción de la guerra una nueva modificación, en la medida en que diluye esa acción con el elemento del tiempo, frena la influencia o el sentido de peligro en su curso, y aumenta los medios de restablecer un equilibrio de fuerzas perdido. Cuanto mayor sea la tensión de sentimientos de la que brota la guerra, mayor por tanto la energía con que se lleva a cabo, tanto más breves serán los períodos de inacción; por otra parte, cuanto más débil sea el principio de actividad bélica, más largos serán estos períodos: pues motivos poderosos aumentan la fuerza de la voluntad, y esta, como sabemos, es siempre un factor en el producto de la fuerza.
19. LOS FRECUENTES PERÍODOS DE INACCIÓN EN LA GUERRA LA ALEJAN MÁS DEL ABSOLUTO, Y LA CONVIERTEN AÚN MÁS EN UN CÁLCULO DE PROBABILIDADES.
Pero cuanto más lentamente procede la acción en la guerra, cuanto más frecuentes y largos son los períodos de inacción, tanto más fácilmente puede repararse un error; por tanto, tanto más audaz será un general en sus cálculos, tanto más fácilmente los mantendrá por debajo de la línea de lo absoluto, y construirá todo sobre probabilidades y conjeturas. Así, según el curso de la guerra sea más o menos lento, se concederá más o menos tiempo para lo que la naturaleza de un caso concreto requiere particularmente, el cálculo de probabilidades basado en circunstancias dadas.
20. POR TANTO, SOLO FALTA EL ELEMENTO DEL AZAR PARA HACER DE LA GUERRA UN JUEGO, Y EN ESE ELEMENTO ES LO QUE MENOS DEFICIENTE ES.
Vemos por lo anterior cuánto la naturaleza objetiva de la guerra la convierte en un cálculo de probabilidades; ahora solo falta un único elemento para convertirla en un juego, y ese elemento ciertamente no le falta: es el azar. No hay ningún asunto humano que esté tan constante y tan generalmente en estrecha conexión con el azar como la guerra. Pero junto con el azar, lo accidental, y junto con ello la buena suerte, ocupan un gran lugar en la guerra.
21. LA GUERRA ES UN JUEGO TANTO OBJETIVA COMO SUBJETIVAMENTE.
Si ahora echamos una mirada a la naturaleza subjetiva de la guerra, es decir, a aquellas condiciones bajo las cuales se lleva a cabo, nos parecerá todavía más un juego. En primer lugar, el elemento en el que se desarrollan las operaciones de la guerra es el peligro; pero ¿cuál de todas las cualidades morales es la primera en el peligro? El valor. Ahora bien, ciertamente el valor es perfectamente compatible con el cálculo prudente, pero aun así son cosas de naturaleza totalmente diferente, cualidades esencialmente distintas de la mente; por otra parte, la osada confianza en la buena fortuna, la audacia, la temeridad, son solo expresiones del valor, y todas estas propensiones de la mente buscan lo fortuito (o accidental), porque es su elemento.
Vemos, por tanto, cómo, desde el comienzo, lo absoluto, lo matemático como se le llama, no encuentra en ninguna parte una base segura en los cálculos en el arte de la guerra; y que desde el principio hay un juego de posibilidades, probabilidades, buena y mala suerte, que se extiende con todos los hilos gruesos y finos de su tela, y hace de la guerra, de todas las ramas de la actividad humana, la más parecida a un juego de azar.
22. CÓMO ESTO CONCUERDA MEJOR CON LA MENTE HUMANA EN GENERAL.
Aunque nuestro intelecto siempre se siente impulsado hacia la claridad y la certeza, nuestra mente a menudo se ve atraída por la incertidumbre. En lugar de abrirse camino con el entendimiento por la estrecha senda de las investigaciones filosóficas y las conclusiones lógicas, para llegar, casi inconsciente de sí misma, a espacios donde se siente extraña y donde parece separarse de todos los objetos conocidos, prefiere permanecer con la imaginación en los reinos del azar y la suerte. En lugar de vivir allá en la pobre necesidad, se recrea aquí en la riqueza de las posibilidades; animado por ello, el valor despliega entonces sus alas, y el atrevimiento y el peligro se convierten en el elemento en el que se lanza como un nadador intrépido se arroja a la corriente.
¿Debe la teoría dejarlo ahí y seguir adelante, satisfecha de sí misma con conclusiones y reglas absolutas? Entonces no tiene utilidad práctica. La teoría debe también tomar en cuenta el elemento humano; debe conceder un lugar al valor, a la audacia, incluso a la temeridad. El arte de la guerra tiene que vérselas con fuerzas vivas y morales, cuya consecuencia es que nunca puede alcanzar lo absoluto y positivo. Por lo tanto, hay en todas partes un margen para lo accidental, y tanto en las cosas más grandes como en las más pequeñas. Así como hay espacio para este elemento accidental por un lado, por el otro debe haber valor y confianza en uno mismo en proporción al espacio disponible. Si estas cualidades están presentes en alto grado, el margen dejado puede ser igualmente grande. El valor y la confianza en uno mismo son, por tanto, principios absolutamente esenciales para la guerra; en consecuencia, la teoría debe establecer solamente reglas que permitan amplio margen para todos los grados y variedades de estas necesarias y más nobles virtudes militares. En el atrevimiento todavía puede haber sabiduría, y prudencia también, solo que se estiman según un criterio de valor diferente.
23. LA GUERRA ES SIEMPRE UN MEDIO SERIO PARA UN OBJETO SERIO. SU DEFINICIÓN MÁS PARTICULAR.
Tal es la guerra; tal el comandante que la conduce; tal la teoría que la rige. Pero la guerra no es un pasatiempo; no es mera pasión por aventurarse y ganar; no es obra de un entusiasmo libre: es un medio serio para un objeto serio. Toda esa apariencia que viste con los diversos matices de la fortuna, todo lo que asimila en sí misma de las oscilaciones de la pasión, del valor, de la imaginación, del entusiasmo, son solo propiedades particulares de este medio.
La guerra de una comunidad —de naciones enteras, y particularmente de naciones civilizadas— siempre parte de una condición política y es provocada por un motivo político. Es, por tanto, un acto político. Ahora bien, si fuera una expresión perfecta, ilimitada y absoluta de la fuerza, tal como tuvimos que deducirla de su mero concepto, entonces en el momento en que es convocada por la política ocuparía el lugar de la política y, como algo completamente independiente de ella, la haría a un lado y solo seguiría sus propias leyes, tal como una mina en el momento de la explosión no puede ser dirigida en otra dirección que aquella que le ha sido dada por los preparativos previos. Así es como la cosa ha sido realmente vista hasta ahora, cada vez que una falta de armonía entre la política y la conducción de una guerra ha llevado a distinciones teóricas de este tipo. Pero no es así, y la idea es radicalmente falsa. La guerra en el mundo real, como ya hemos visto, no es una cosa extrema que se agota en una sola descarga; es la operación de poderes que no se desarrollan completamente de la misma manera y en la misma medida, sino que a veces se expanden lo suficiente como para superar la resistencia opuesta por la inercia o la fricción, mientras que en otras son demasiado débiles para producir un efecto; es, por tanto, en cierta medida, una pulsación de fuerza violenta más o menos vehemente, que en consecuencia hace sus descargas y agota sus poderes más o menos rápidamente —en otras palabras, conduce más o menos rápidamente al objetivo, pero siempre dura lo suficiente como para admitir que se ejerza influencia sobre ella en su curso, de modo que se le dé esta o aquella dirección, en resumen, para estar sujeta a la voluntad de una inteligencia guiadora. Si reflexionamos que la guerra tiene su raíz en un objeto político, entonces naturalmente este motivo original que la llamó a la existencia debería seguir siendo también la primera y más alta consideración en su conducción. Sin embargo, el objeto político no es por ello un legislador despótico; debe acomodarse a la naturaleza de los medios, y aunque los cambios en estos medios puedan implicar modificación en el objetivo político, este último siempre retiene un derecho prioritario de consideración. La política, por tanto, está entretejida con toda la acción de la guerra, y debe ejercer una influencia continua sobre ella, en la medida en que la naturaleza de las fuerzas liberadas por ella lo permita.
24. LA GUERRA ES UNA MERA CONTINUACIÓN DE LA POLÍTICA POR OTROS MEDIOS.
Vemos, por tanto, que la guerra no es meramente un acto político, sino también un verdadero instrumento político, una continuación del comercio político, una ejecución de lo mismo por otros medios. Todo lo que está más allá de esto que es estrictamente peculiar a la guerra se relaciona meramente con la naturaleza peculiar de los medios que utiliza. Que las tendencias y puntos de vista de la política no sean incompatibles con estos medios, el arte de la guerra en general y el comandante en cada caso particular pueden exigirlo, y esta exigencia verdaderamente no es trivial. Pero por muy poderosamente que esto pueda reaccionar sobre los puntos de vista políticos en casos particulares, aún debe ser considerado siempre como solo una modificación de ellos; porque el punto de vista político es el objeto, la guerra es el medio, y el medio debe incluir siempre el objeto en nuestra concepción.
25. DIVERSIDAD EN LA NATURALEZA DE LAS GUERRAS.
Cuanto mayores y más poderosos son los motivos de una guerra, más afecta a toda la existencia de un pueblo. Cuanto más violenta es la excitación que precede a la guerra, tanto más se acercará la guerra a su forma abstracta, tanto más se dirigirá a la destrucción del enemigo, tanto más coincidirán los fines militares y políticos, tanto más puramente militar y menos política parecerá ser la guerra; pero cuanto más débiles sean los motivos y las tensiones, tanto menos coincidirá la dirección natural del elemento militar —es decir, la fuerza— con la dirección que indica el elemento político; tanto más debe, por tanto, la guerra desviarse de su dirección natural, el objeto político divergir del objetivo de una guerra ideal, y la guerra parecer volverse política.
Pero, para que el lector no forme concepciones falsas, debemos observar aquí que por esta tendencia natural de la guerra solo nos referimos a la filosófica, la estrictamente lógica, y de ningún modo a la tendencia de las fuerzas realmente comprometidas en el conflicto, con lo cual se supondría que se incluyen todas las emociones y pasiones de los combatientes. Sin duda en algunos casos estas también podrían excitarse hasta tal grado como para ser contenidas y confinadas con dificultad al camino político; pero en la mayoría de los casos tal contradicción no surgirá, porque la existencia de tales esfuerzos enérgicos implicaría un gran plan en armonía con ellos. Si el plan se dirige solo a un objeto pequeño, entonces los impulsos de sentimiento entre las masas serán también tan débiles que estas masas requerirán ser estimuladas más que reprimidas.
26. TODAS PUEDEN SER CONSIDERADAS COMO ACTOS POLÍTICOS.
Volviendo ahora al tema principal, aunque es cierto que en un tipo de guerra el elemento político parece casi desaparecer, mientras que en otro tipo ocupa un lugar muy prominente, aún podemos afirmar que una es tan política como la otra; porque si consideramos la política del Estado como la inteligencia del Estado personificado, entonces entre todas las constelaciones en el cielo político cuyos movimientos tiene que calcular, deben incluirse aquellas que surgen cuando la naturaleza de sus relaciones impone la necesidad de una gran guerra. Es solo si entendemos por política no una verdadera apreciación de los asuntos en general, sino la concepción convencional de una astucia cautelosa, sutil, también deshonesta, reacia a la violencia, que el último tipo de guerra puede pertenecer más a la política que el primero.
27. INFLUENCIA DE ESTE PUNTO DE VISTA SOBRE LA CORRECTA COMPRENSIÓN DE LA HISTORIA MILITAR Y SOBRE LOS FUNDAMENTOS DE LA TEORÍA.
Vemos, por tanto, en primer lugar, que bajo todas las circunstancias la guerra debe ser considerada no como una cosa independiente, sino como un instrumento político; y es solo adoptando este punto de vista que podemos evitar encontrarnos en oposición a toda la historia militar. Este es el único medio de abrir el gran libro y hacerlo inteligible. En segundo lugar, este punto de vista nos muestra cómo las guerras deben diferir en carácter según la naturaleza de los motivos y circunstancias de las que proceden.
Ahora bien, el primer, el más grandioso y más decisivo acto de juicio que ejercen el estadista y el general es comprender correctamente en este respecto la guerra en la que se compromete, no tomarla por algo, o desear hacer de ella algo, que por la naturaleza de sus relaciones es imposible que sea. Este es, por tanto, el primero, el más amplio, de todos los problemas estratégicos. Entraremos en esto más plenamente al tratar del plan de una guerra.
Por el momento nos contentamos con haber llevado el tema hasta este punto, y con haber fijado así el punto de vista principal desde el cual la guerra y su teoría deben ser estudiadas.
28. RESULTADO PARA LA TEORÍA.
La guerra es, por tanto, no solo camaleónica en carácter, porque cambia su color en cierto grado en cada caso particular, sino que es también, como un todo, en relación con las tendencias predominantes que hay en ella, una trinidad maravillosa, compuesta de la violencia original de sus elementos, el odio y la animosidad, que pueden ser considerados como instinto ciego; del juego de probabilidades y el azar, que la convierten en una actividad libre del alma; y de la naturaleza subordinada de un instrumento político, por lo cual pertenece puramente a la razón.
La primera de estas tres fases concierne más al pueblo; la segunda, más al general y su ejército; la tercera, más al gobierno. Las pasiones que estallan en la guerra deben tener ya una existencia latente en los pueblos. El alcance que el despliegue de valor y talentos obtendrá en el reino de las probabilidades y del azar depende de las características particulares del general y su ejército, pero los objetos políticos pertenecen solo al gobierno.
Estas tres tendencias, que aparecen como otros tantos legisladores diferentes, están profundamente arraigadas en la naturaleza del tema, y al mismo tiempo son variables en grado. Una teoría que dejara fuera de consideración cualquiera de ellas, o estableciera una relación arbitraria entre ellas, inmediatamente se vería envuelta en tal contradicción con la realidad, que podría ser considerada destruida de inmediato solo por eso.
El problema es, por tanto, que la teoría se mantenga equilibrada de alguna manera entre estas tres tendencias, como entre tres puntos de atracción.
La forma en que solo este difícil problema puede resolverse la examinaremos en el libro sobre la «Teoría de la guerra». En todo caso, la concepción de la guerra, tal como aquí se define, será el primer rayo de luz que nos muestre el verdadero fundamento de la teoría, y que primero separe las grandes masas y nos permita distinguirlas unas de otras.
Capítulo2Fines y medios en la guerra
Habiendo comprobado en el capítulo anterior la naturaleza compleja y variable de la guerra, ahora nos ocuparemos de examinar la influencia que esta naturaleza tiene sobre el fin y los medios en la guerra.
Si preguntamos, en primer lugar, por el objeto hacia el cual debe dirigirse todo el esfuerzo de la guerra, para que este baste para alcanzar el objetivo político, encontraremos que es tan variable como lo son el objetivo político y las circunstancias particulares de la guerra.
Si, a continuación, volvemos una vez más a la concepción pura de la guerra, entonces debemos decir que el objetivo político propiamente yace fuera de su ámbito, pues si la guerra es un acto de violencia para obligar al enemigo a cumplir nuestra voluntad, entonces en cada caso todo depende de derrocar al enemigo, es decir, desarmarlo, y únicamente de eso. Este objeto, derivado de concepciones abstractas, pero que es también el que se persigue en un gran número de casos en la realidad, lo examinaremos, en primer lugar, en esta realidad.
En relación con el plan de una campaña examinaremos más adelante con mayor detalle el significado de desarmar a una nación, pero aquí debemos establecer de inmediato una distinción entre tres cosas que, como tres objetivos generales, comprenden todo lo demás dentro de ellas. Son el *poder militar, el país* y *la voluntad del enemigo*.
El poder militar debe ser destruido, es decir, reducido a un estado tal que no pueda proseguir la guerra. Este es el sentido en el que deseamos ser comprendidos de aquí en adelante, siempre que usemos la expresión «destrucción del poder militar del enemigo».
El *país* debe ser conquistado, pues del país puede formarse una nueva fuerza militar.
Pero incluso cuando ambas cosas se han hecho, todavía la guerra, es decir, el sentimiento hostil y la acción de agentes hostiles, no puede considerarse concluida en tanto la *voluntad* del enemigo no haya sido también sometida; esto es, su gobierno y sus aliados deben ser obligados a firmar una paz, o el pueblo a rendirse; porque mientras estamos en plena ocupación del país, la guerra puede estallar de nuevo, ya sea en el interior o mediante la ayuda proporcionada por aliados. Sin duda, esto puede ocurrir también después de una paz, pero eso no muestra más que el hecho de que no toda guerra lleva en sí misma los elementos para una decisión completa y un arreglo final.
Pero incluso si este es el caso, aun así con la conclusión de la paz siempre se extinguen cierto número de chispas que habrían seguido ardiendo silenciosamente, y la excitación de las pasiones disminuye, porque todos aquellos cuyas mentes están dispuestas a la paz, que en todas las naciones y bajo todas las circunstancias son siempre un gran número, se apartan completamente del camino de la resistencia. Sea lo que sea que ocurra posteriormente, siempre debemos considerar el objeto como alcanzado, y el asunto de la guerra como terminado, mediante una paz.
Como la protección del país es el objetivo primario para el cual existe la fuerza militar, por tanto el orden natural es que primero esta fuerza sea destruida, luego el país sometido; y mediante el efecto de estos dos resultados, así como la posición que entonces ocupamos, el enemigo debe ser obligado a hacer la paz. Generalmente la destrucción de la fuerza del enemigo se hace por grados, y en la misma medida la conquista del país sigue inmediatamente. Ambas igualmente suelen reaccionar una sobre la otra, porque la pérdida de provincias ocasiona una disminución de la fuerza militar. Pero este orden no es de ningún modo necesario, y por ese motivo tampoco tiene lugar siempre. El ejército del enemigo, antes de ser sensiblemente debilitado, puede retirarse al lado opuesto del país, o incluso completamente fuera de él. En este caso, por tanto, la mayor parte o la totalidad del país es conquistada.
Pero este objeto de la guerra en abstracto, este medio final de alcanzar el objetivo político en el cual todos los demás se combinan, el *desarme del enemigo*, rara vez se alcanza en la práctica y no es una condición necesaria para la paz. Por tanto, no puede de ningún modo establecerse en teoría como una ley. Hay innumerables ejemplos de tratados en los que la paz se ha acordado antes de que ninguna de las partes pudiera considerarse desarmada; más aún, incluso antes de que el equilibrio de poder hubiera experimentado alguna alteración sensible. Más todavía, si miramos el caso en concreto, entonces debemos decir que en toda una clase de casos, la idea de una derrota completa del enemigo sería un mero vuelo imaginativo, especialmente cuando el enemigo es considerablemente superior.
La razón por la cual el objeto deducido de la concepción de la guerra no se adapta en general a la guerra real radica en la diferencia entre ambas, que se discute en el capítulo anterior. Si fuera como la teoría pura lo presenta, entonces una guerra entre dos Estados de fuerza militar muy desigual parecería un absurdo; por tanto imposible. A lo sumo, la desigualdad entre las fuerzas físicas podría ser tal que pudiera equilibrarse con las fuerzas morales, y eso no llegaría lejos con nuestra condición social actual en Europa. Por tanto, si hemos visto guerras tener lugar entre Estados de poder muy desigual, ha sido el caso porque existe una amplia diferencia entre la guerra en la realidad y su concepción original.
Hay dos consideraciones que como motivos pueden prácticamente tomar el lugar de la incapacidad de continuar la contienda. La primera es la improbabilidad, la segunda es el precio excesivo del éxito.
Según lo que hemos visto en el capítulo anterior, la guerra debe siempre liberarse de la estricta ley de la necesidad lógica, y buscar ayuda en el cálculo de probabilidades; y como esto es tanto más el caso cuanto más la guerra tiene una inclinación en esa dirección, por las circunstancias de las cuales ha surgido —cuanto más pequeños son sus motivos y la excitación que ha provocado— así también es concebible cómo de este cálculo de probabilidades pueden surgir incluso motivos para la paz. La guerra no requiere, por tanto, siempre ser librada hasta que una parte sea derrocada; y podemos suponer que, cuando los motivos y pasiones son leves, una débil probabilidad será suficiente para mover al lado al cual le es desfavorable a ceder. Ahora bien, si el otro lado estuviera convencido de esto de antemano, es natural que él se esforzara solo por esta probabilidad, en lugar de primero desperdiciar tiempo y esfuerzo en el intento de lograr la destrucción total del ejército del enemigo.
Aún más general en su influencia sobre la resolución de paz es la consideración del gasto de fuerza ya hecho, y el que aún se requiere. Como la guerra no es acto de pasión ciega, sino que está dominada por el objetivo político, por tanto el valor de ese objeto determina la medida de los sacrificios mediante los cuales debe comprarse. Este será el caso, no solo en cuanto a la extensión, sino también en cuanto a la duración. Tan pronto, por tanto, como el gasto requerido se vuelve tan grande que el objetivo político ya no tiene igual valor, el objeto debe abandonarse, y la paz será el resultado.
Vemos, por tanto, que en guerras donde un lado no puede desarmar completamente al otro, los motivos para la paz en ambos lados subirán o bajarán en cada lado según la probabilidad de éxito futuro y el gasto requerido. Si estos motivos fueran igualmente fuertes en ambos lados, se encontrarían en el centro de su diferencia política. Donde son fuertes en un lado, podrían ser débiles en el otro. Si su cantidad es apenas suficiente, seguirá la paz, pero naturalmente a favor de aquel lado que tiene el motivo más débil para su conclusión. Pasamos aquí intencionalmente por alto la diferencia que el carácter *positivo* y *negativo* del fin político debe necesariamente producir prácticamente; porque aunque eso es, como mostraremos más adelante, de la mayor importancia, aún nos vemos obligados a mantenernos aquí en un punto de vista más general, porque las perspectivas políticas originales en el curso de la guerra cambian mucho, y al final pueden volverse totalmente diferentes, *precisamente porque están determinadas por resultados y acontecimientos probables*.
Ahora viene la pregunta de cómo influir en la probabilidad de éxito. En primer lugar, naturalmente mediante los mismos medios que usamos cuando el objeto es la subyugación del enemigo, mediante la destrucción de su fuerza militar y la conquista de sus provincias; pero estos dos medios no son exactamente de la misma importancia aquí como lo serían en referencia a aquel objeto. Si atacamos el ejército del enemigo, es algo muy diferente si pretendemos seguir el primer golpe con una sucesión de otros, hasta que toda la fuerza sea destruida, o si nos conformamos con una victoria para sacudir el sentimiento de seguridad del enemigo, convencerlo de nuestra superioridad, e instilar en él un sentimiento de aprensión sobre el futuro. Si este es nuestro objeto, solo vamos tan lejos en la destrucción de sus fuerzas como sea suficiente. De igual manera, la conquista de las provincias del enemigo es una medida completamente diferente si el objeto no es la destrucción del ejército del enemigo. En el último caso la destrucción del ejército es la verdadera acción efectiva, y tomar las provincias solo una consecuencia de ello; tomarlas antes de que el ejército haya sido derrotado siempre se vería solo como un mal necesario. Por otro lado, si nuestros puntos de vista no están dirigidos a la destrucción completa de la fuerza del enemigo, y si estamos seguros de que el enemigo no busca sino teme llevar los asuntos a una decisión sangrienta, tomar posesión de una provincia débil o indefensa es una ventaja en sí misma, y si esta ventaja es de suficiente importancia para hacer que el enemigo tenga aprensión sobre el resultado general, entonces también puede considerarse como un camino más corto hacia la paz.
Pero ahora llegamos a un medio peculiar de influir en la probabilidad del resultado sin destruir el ejército del enemigo, a saber, a las expediciones que tienen una conexión directa con perspectivas políticas. Si hay empresas que son particularmente propensas a romper las alianzas del enemigo o hacerlas inefectivas, a ganar nuevas alianzas para nosotros mismos, a elevar poderes políticos a nuestro favor, etc., etc., entonces es fácil concebir cuánto estas pueden aumentar la probabilidad de éxito, y convertirse en un camino más corto hacia nuestro objeto que la derrota de las fuerzas del enemigo.
La segunda pregunta es cómo actuar sobre el gasto del enemigo en fuerza, es decir, elevar el precio del éxito.
El gasto del enemigo en fuerza radica en el *desgaste* de sus fuerzas, consecuentemente en la *destrucción* de ellas de nuestra parte, y en la *pérdida* de *provincias*, consecuentemente la *conquista* de ellas por nosotros.
Aquí, nuevamente, a causa de las diversas significaciones de estos medios, así igualmente se encontrará que ninguno de ellos será idéntico en su significación en todos los casos si los objetos son diferentes. Lo pequeño en general de esta diferencia no debe causarnos perplejidad, pues en realidad los motivos más débiles, los matices más finos de diferencia, a menudo deciden a favor de este o aquel método de aplicar la fuerza. Nuestro único asunto aquí es mostrar que, suponiendo ciertas condiciones, la posibilidad de alcanzar nuestro propósito de diferentes maneras no es contradicción, absurdo, ni siquiera error.
Además de estos dos medios, hay otros tres modos peculiares de aumentar directamente el gasto de la fuerza del enemigo. El primero es la *invasión*, es decir *la ocupación del territorio del enemigo, no con la intención de conservarlo*, sino para imponer contribuciones sobre él, o para devastarlo.
El objeto inmediato aquí no es ni la conquista del territorio del enemigo ni la derrota de su fuerza armada, sino simplemente *causarle daño de manera general*. El segundo modo es seleccionar como objeto de nuestras empresas aquellos puntos en los cuales podemos hacer al enemigo el mayor daño. Nada es más fácil de concebir que dos direcciones diferentes en las cuales nuestra fuerza puede emplearse, la primera de las cuales es preferible si nuestro objeto es derrotar el ejército del enemigo, mientras que la otra es más ventajosa si la derrota del enemigo está fuera de cuestión. Según el modo usual de hablar, diríamos que la primera es primariamente militar, la otra más política. Pero si tomamos nuestra perspectiva desde el punto más alto, ambas son igualmente militares, y ninguna de las dos puede ser elegible a menos que se adapte a las circunstancias del caso. La tercera, con mucho la más importante, por el gran número de casos que abarca, es el *desgaste* del enemigo. Elegimos esta expresión no solo para explicar nuestro significado en pocas palabras, sino porque representa la cosa exactamente, y no es tan figurativa como podría parecer al principio. La idea del desgaste en una lucha equivale en la práctica a *un agotamiento gradual de los poderes físicos y de la voluntad por la larga continuación del esfuerzo*.
Ahora, si queremos vencer al enemigo mediante la duración de la contienda, debemos contentarnos con objetos tan pequeños como sea posible, pues está en la naturaleza de la cosa que un gran fin requiere un mayor gasto de fuerza que uno pequeño; pero el objeto más pequeño que podemos proponernos es la simple resistencia pasiva, es decir un combate sin ninguna perspectiva positiva. De esta manera, por tanto, nuestros medios alcanzan su mayor valor relativo, y por tanto el resultado está mejor asegurado. ¿Hasta dónde ahora puede llevarse este modo negativo de proceder? Claramente no hasta la pasividad absoluta, pues la mera resistencia no sería combatir; y la defensiva es una actividad mediante la cual debe destruirse tanto del poder del enemigo que este debe abandonar su objeto. Eso solo es a lo que apuntamos en cada acto individual, y en eso consiste la naturaleza negativa de nuestro objeto.
Sin duda este objeto negativo en su acto individual no es tan efectivo como lo sería el objeto positivo en la misma dirección, suponiéndolo exitoso; pero hay esta diferencia a su favor, que tiene éxito más fácilmente que el positivo, y por tanto ofrece mayor certeza de éxito; lo que falta en la eficacia de su acto individual debe ganarse a través del tiempo, es decir, a través de la duración de la contienda, y por tanto esta intención negativa, que constituye el principio de la defensa pura, es también el medio natural de vencer al enemigo mediante la duración del combate, es decir de desgastarlo.
Aquí reside el origen de esa diferencia de *Ofensiva* y *Defensiva*, cuya influencia prevalece a través de toda la provincia de la guerra. No podemos por el momento perseguir este tema más allá que para observar que de esta intención negativa deben deducirse todas las ventajas y todas las formas más fuertes de combate que están del lado de la *Defensiva*, y en las cuales se realiza esa ley filosófica-dinámica que existe entre la grandeza y la certeza del éxito. Retomaremos la consideración de todo esto más adelante.
Si entonces el propósito negativo, es decir la concentración de todos los medios en un estado de pura resistencia, ofrece una superioridad en la contienda, y si esta ventaja es suficiente para *equilibrar* cualquier superioridad en números que el adversario pueda tener, entonces la mera *duración* de la contienda bastará para llevar gradualmente la pérdida de fuerza de parte del adversario a un punto en el cual el objeto político ya no puede ser equivalente, un punto en el cual, por tanto, debe abandonar la contienda. Vemos entonces que esta clase de medios, el desgaste del enemigo, incluye el gran número de casos en los que el más débil resiste al más fuerte.
Federico el Grande, durante la Guerra de los Siete Años, nunca fue lo suficientemente fuerte como para derrocar la monarquía austriaca; y si hubiera intentado hacerlo a la manera de Carlos XII, inevitablemente habría tenido que sucumbir él mismo. Pero después de que su hábil aplicación del sistema de administrar sus recursos mostró a las potencias aliadas contra él, mediante una lucha de siete años, que el gasto real de fuerza excedía con mucho lo que habían anticipado al principio, hicieron la paz.
Vemos entonces que hay muchos caminos hacia el objeto propio en la guerra; que la subyugación completa del enemigo no es esencial en cada caso; que la destrucción de la fuerza militar del enemigo, la conquista de las provincias del enemigo, la mera ocupación de ellas, la mera invasión de ellas —empresas que están dirigidas directamente a objetivos políticos— por último, una expectativa pasiva del golpe del enemigo, son todos medios que, cada uno en sí mismo, puede usarse para forzar la voluntad del enemigo según las circunstancias particulares del caso nos lleven a esperar más de uno u otro. Podríamos aún añadir a estos toda una categoría de métodos más cortos de alcanzar el fin, que podrían llamarse argumentos ad hominem. ¿Qué rama de los asuntos humanos hay en la cual estas chispas de espíritu individual no hayan hecho su aparición, superando todas las consideraciones formales? Y menos que todo pueden faltar en la guerra, donde el carácter personal de los combatientes juega un papel tan importante, tanto en el gabinete como en el campo. Nos limitamos a señalar esto, ya que sería pedantería intentar reducir tales influencias a clases. Incluyendo estas, podemos decir que el número de posibles maneras de alcanzar el objeto se eleva al infinito.
Para evitar subestimar estos diferentes atajos hacia nuestro propósito, ya sea considerándolos únicamente como raras excepciones o considerando insignificante la diferencia que causan en la conducta de la guerra, debemos tener presente la diversidad de objetivos políticos que pueden causar una guerra: medir de un vistazo la distancia que hay entre una lucha a muerte por la existencia política y una guerra que una alianza forzada o tambaleante convierte en un desagradable deber. Entre ambas se dan en la práctica innumerables gradaciones. Si rechazamos una de estas gradaciones en la teoría, podríamos con igual derecho rechazar el conjunto entero, lo que equivaldría a cerrar completamente los ojos ante el mundo real.
Estas son las circunstancias generales relacionadas con el objetivo que debemos perseguir en la guerra; pasemos ahora a los medios.
Hay un solo medio, es el combate. Por muy diversificado que sea en su forma, por mucho que difiera de una burda explosión de odio y animosidad en un enfrentamiento cuerpo a cuerpo, sea cual sea el número de cosas que puedan introducirse que no son propiamente combate, siempre está implícito en el concepto de guerra que todos los efectos manifestados tienen sus raíces en el combate.
Que esto debe ser así siempre, en la mayor diversidad y complicación de la realidad, se demuestra de una manera muy simple. Todo lo que ocurre en la guerra ocurre mediante fuerzas armadas, pero donde se aplican las fuerzas de la guerra, es decir, hombres armados, allí la idea de combate debe necesariamente estar en el fundamento.
Todo, por lo tanto, lo que se relaciona con las fuerzas de la guerra —todo lo que está conectado con su creación, mantenimiento y aplicación— pertenece a la actividad militar.
La creación y el mantenimiento son obviamente solo los medios, mientras que la aplicación es el objeto.
La contienda en la guerra no es una contienda de individuo contra individuo, sino un todo organizado, que consiste en múltiples partes; en este gran todo podemos distinguir unidades de dos clases, una determinada por el sujeto, la otra por el objeto. En un ejército, la masa de combatientes se ordena siempre en un conjunto de nuevas unidades, que a su vez forman miembros de un orden superior. El combate de cada uno de estos miembros forma, por lo tanto, también una unidad más o menos distinta. Además, el motivo del combate, y por tanto su objeto, forma su unidad.
Ahora bien, a cada una de estas unidades que distinguimos en la contienda le aplicamos el nombre de combate.
Si la idea de combate yace en el fundamento de toda aplicación del poder armado, entonces también la aplicación de la fuerza armada en general no es nada más que la determinación y disposición de un cierto número de combates.
Toda actividad en la guerra, por lo tanto, se relaciona necesariamente con el combate, ya sea directa o indirectamente. El soldado es reclutado, vestido, armado, adiestrado, duerme, come, bebe y marcha, todo meramente para combatir en el momento y lugar adecuados.
Si, por lo tanto, todos los hilos de la actividad militar terminan en el combate, los abarcaremos todos cuando determinemos el orden de los combates. Solo de este orden y su ejecución proceden los efectos, nunca directamente de las condiciones que los preceden. Ahora bien, en el combate toda la acción se dirige a la destrucción del enemigo, o más bien de su poder de combate, pues esto yace en el concepto de combate. La destrucción del poder de combate del enemigo es, por lo tanto, siempre el medio para alcanzar el objetivo del combate.
Este objetivo puede ser asimismo la mera destrucción de la fuerza armada del enemigo; pero eso no es de ningún modo necesario, y puede ser algo completamente diferente. Siempre que, por ejemplo, como hemos mostrado, la derrota del enemigo no sea el único medio para alcanzar el objetivo político, siempre que haya otros objetivos que puedan perseguirse como meta en una guerra, entonces se sigue por sí mismo que tales otros objetivos pueden convertirse en el objetivo de actos particulares de la guerra, y por lo tanto también en el objetivo de combates.
Pero incluso aquellos combates que, como actos subordinados, están en sentido estricto dedicados a la destrucción del poder de combate del enemigo, no necesitan tener esa destrucción misma como su primer objetivo.
Si pensamos en las múltiples partes de una gran fuerza armada, en el número de circunstancias que entran en actividad cuando se la emplea, entonces queda claro que el combate de tal fuerza debe también requerir una organización múltiple, una subordinación de partes y formación. Puede y debe naturalmente surgir para partes particulares un número de objetivos que no son en sí mismos la destrucción de la fuerza armada del enemigo, y que, aunque ciertamente contribuyan a aumentar esa destrucción, lo hacen solo de manera indirecta. Si se ordena a un batallón expulsar al enemigo de una elevación o un puente, etc., entonces propiamente la ocupación de tal localidad es el objeto real, y la destrucción de la fuerza armada del enemigo que tiene lugar es solo el medio o asunto secundario. Si el enemigo puede ser expulsado meramente mediante una demostración, el objetivo se alcanza igualmente; pero esta colina o puente es, de hecho, solo requerida como medio de aumentar la cantidad bruta de pérdidas infligidas a la fuerza armada del enemigo. Si esto es así en el campo de batalla, mucho más debe serlo en todo el teatro de guerra, donde no solo un ejército se opone a otro, sino un Estado, una Nación, un país entero a otro. Aquí el número de posibles relaciones, y en consecuencia posibles combinaciones, es mucho mayor, la diversidad de medidas aumenta, y por la gradación de objetivos, cada uno subordinado a otro, el primer medio empleado está más alejado del objetivo último.
Es por lo tanto por muchas razones posible que el objetivo de un combate no sea la destrucción de la fuerza del enemigo, es decir, de la fuerza inmediatamente opuesta a nosotros, sino que esto solo aparezca como un medio. Pero en todos esos casos ya no se trata de una destrucción completa, pues el combate no es aquí otra cosa que una medida de fuerza —no tiene valor en sí mismo excepto solo el de su resultado presente, es decir, de su decisión.
Pero una medición de fuerza puede efectuarse en casos donde los lados opuestos son muy desiguales mediante una mera estimación comparativa. En tales casos no tendrá lugar combate alguno, y el más débil cederá inmediatamente.
Si el objetivo de un combate no es siempre la destrucción de las fuerzas del enemigo allí comprometidas —y si su objetivo puede alcanzarse a menudo igual de bien sin que el combate tenga lugar en absoluto, meramente tomando la resolución de combatir, y por las circunstancias a que da lugar esta resolución— entonces eso explica cómo una campaña entera puede llevarse a cabo con gran actividad sin que el combate real desempeñe papel notable alguno en ella.
Que esto puede ser así lo prueba la historia militar con cien ejemplos. Cuántos de esos casos pueden justificarse, es decir, sin implicar una contradicción, y si algunas de las celebridades surgidas de ellos resistirían la crítica, lo dejaremos indeciso, pues todo lo que tenemos que hacer con el asunto es mostrar la posibilidad de tal curso de acontecimientos en la guerra.
Tenemos solo un medio en la guerra —la batalla; pero este medio, por la infinita variedad de caminos en que puede aplicarse, nos conduce a todas las diferentes vías que la multiplicidad de objetivos permite, de modo que parece que no hemos ganado nada; pero no es así, pues de esta unidad de medios procede un hilo que asiste al estudio del tema, ya que corre a través de toda la trama de la actividad militar y la mantiene unida.
Pero hemos considerado la destrucción de la fuerza del enemigo como uno de los objetivos que pueden perseguirse en la guerra, y dejamos indeciso qué importancia relativa debería dársele entre otros objetivos. En ciertos casos dependerá de las circunstancias, y como cuestión general hemos dejado su valor indeterminado. Somos traídos de vuelta una vez más a ello, y seremos capaces de obtener una visión del valor que necesariamente debe concedérsele.
El combate es la única actividad en la guerra; en el combate la destrucción del enemigo opuesto a nosotros es el medio para el fin; lo es incluso cuando el combate no tiene lugar realmente, porque en ese caso yace en la raíz de la decisión el supuesto en todo caso de que esta destrucción debe considerarse como fuera de duda. Se sigue, por lo tanto, que la destrucción de la fuerza militar del enemigo es la piedra fundamental de toda acción en la guerra, el gran soporte de todas las combinaciones, que descansan sobre ella como el arco sobre sus pilares. Toda acción, por lo tanto, tiene lugar bajo el supuesto de que si la solución por las armas que yace en su fundamento llegara a realizarse, será favorable. La decisión por las armas es, para todas las operaciones en la guerra, grandes y pequeñas, lo que el pago en efectivo es en las transacciones con letras. Por muy remotas que sean estas relaciones entre sí, por muy raramente que pueda tener lugar la realización, nunca puede dejar de ocurrir por completo.
Si la decisión por las armas yace en el fundamento de todas las combinaciones, entonces se sigue que el enemigo puede derrotar cada una de ellas ganando una victoria en el campo, no meramente en aquella de la que nuestra combinación depende directamente, sino también en cualquier otro encuentro, si es solo suficientemente importante; pues toda decisión importante por las armas —es decir, la destrucción de las fuerzas del enemigo— repercute en todas las precedentes, porque, como un elemento líquido, tienden a ponerse a nivel.
Así, la destrucción de la fuerza armada del enemigo aparece, por lo tanto, siempre como el medio superior y más eficaz, ante el cual todos los demás deben ceder.
Es, sin embargo, solo cuando hay una supuesta igualdad en todas las demás condiciones que podemos atribuir a la destrucción de la fuerza armada del enemigo la mayor eficacia. Sería, por lo tanto, un gran error sacar la conclusión de que un ataque ciego debe siempre ganar la victoria sobre la habilidad y la precaución. Un ataque torpe llevaría a la destrucción de nuestra propia fuerza y no de la del enemigo, y por lo tanto no es lo que aquí se entiende. La eficacia superior pertenece no al medio sino al fin, y solo estamos comparando el efecto de un propósito realizado con el otro.
Si hablamos de la destrucción de la fuerza armada del enemigo, debemos señalar expresamente que nada nos obliga a confinar esta idea a la mera fuerza física; al contrario, el elemento moral está necesariamente implicado también, porque ambos de hecho están entretejidos entre sí, incluso en los más mínimos detalles, y por lo tanto no pueden separarse. Pero es justamente en conexión con el efecto inevitable al que se ha hecho referencia, de un gran acto de destrucción (una gran victoria) sobre todas las demás decisiones por las armas, que este elemento moral es más fluido, si podemos usar esa expresión, y por lo tanto se distribuye más fácilmente a través de todas las partes.
Contra el valor muy superior que la destrucción de la fuerza armada del enemigo tiene sobre todos los demás medios se alza el gasto y el riesgo de este medio, y es solo para evitar estos que se toman otros medios. Que estos deben ser costosos es natural, pues el desgaste de nuestras propias fuerzas militares debe, ceteris paribus, ser siempre mayor cuanto más se dirija nuestra meta a la destrucción del poder del enemigo.
El peligro radica en que la mayor eficacia que buscamos recae sobre nosotros mismos, y por lo tanto tiene peores consecuencias en caso de que no tengamos éxito.
Otros métodos son, por lo tanto, menos costosos cuando tienen éxito, menos peligrosos cuando fracasan; pero en esto está necesariamente alojada la condición de que solo se oponen a otros similares, es decir, que el enemigo actúa sobre el mismo principio; pues si el enemigo eligiera la vía de una gran decisión por las armas, nuestros medios deben por ese motivo cambiarse contra nuestra voluntad, para corresponder con los suyos. Entonces todo depende del resultado del acto de destrucción; pero por supuesto es evidente que, ceteris paribus, en este acto debemos estar en desventaja en todos los aspectos porque nuestras miras y nuestros medios habían estado dirigidos en parte hacia otros objetivos, lo cual no es el caso con el enemigo. Dos objetivos diferentes de los cuales uno no es parte del otro se excluyen mutuamente, y por lo tanto una fuerza que puede ser aplicable para uno puede no servir para el otro. Si, por lo tanto, uno de dos beligerantes está determinado a buscar la gran decisión por las armas, entonces tiene una alta probabilidad de éxito, tan pronto como está seguro de que su oponente no tomará ese camino, sino que sigue un objetivo diferente; y todo aquel que se propone ante sí cualquier otro objetivo lo hace solo de manera razonable, siempre que actúe bajo el supuesto de que su adversario tiene tan poca intención como él de recurrir a la gran decisión por las armas.
Pero lo que aquí hemos dicho de otra dirección de miras y fuerzas se relaciona solo con otros objetivos positivos, que podemos proponernos en la guerra, además de la destrucción de la fuerza del enemigo, de ningún modo con la pura defensiva, que puede adoptarse con vistas a agotar así las fuerzas del enemigo. En la pura defensiva falta el objetivo positivo, y por lo tanto, mientras estamos a la defensiva, nuestras fuerzas no pueden al mismo tiempo estar dirigidas a otros objetivos; solo pueden emplearse para derrotar las intenciones del enemigo.
Tenemos ahora que considerar lo opuesto a la destrucción de la fuerza armada del enemigo, es decir, la preservación de la nuestra. Estos dos esfuerzos van siempre juntos, ya que mutuamente actúan y reaccionan entre sí; son partes integrales de una misma visión, y solo tenemos que determinar qué efecto se produce cuando uno u otro tiene la predominancia. El esfuerzo de destruir la fuerza del enemigo tiene un objetivo positivo, y lleva a resultados positivos, cuya meta final es la conquista del enemigo. La preservación de nuestras propias fuerzas tiene un objetivo negativo, lleva por lo tanto a la derrota de las intenciones del enemigo, es decir, a pura resistencia, cuya meta final no puede ser nada más que prolongar la duración de la contienda, de modo que el enemigo se agote en ella.
El esfuerzo con un objetivo positivo trae a la existencia el acto de destrucción; el esfuerzo con el objetivo negativo lo aguarda.
Hasta dónde debe y puede llevarse este estado de espera entraremos en ello más particularmente en la teoría del ataque y la defensa, en cuyo origen nos encontramos nuevamente. Aquí nos contentaremos con decir que la espera no debe ser una resistencia absoluta, y que en la acción ligada a ella la destrucción de la fuerza armada del enemigo comprometida en este conflicto puede ser el objetivo igual de bien que cualquier otra cosa. Sería por lo tanto un gran error en la idea fundamental suponer que la consecuencia del curso negativo es que estamos excluidos de elegir la destrucción de la fuerza militar del enemigo como nuestro objetivo, y debemos preferir una solución incruenta. La ventaja que da el esfuerzo negativo puede ciertamente llevar a eso, pero solo a riesgo de que no sea el método más aconsejable, ya que esa cuestión depende de condiciones totalmente diferentes, que no descansan en nosotros sino en nuestros oponentes. Esta otra vía incruenta no puede, por lo tanto, considerarse en absoluto como el medio natural de satisfacer nuestra gran ansiedad de preservar nuestras fuerzas; al contrario, cuando las circunstancias no son favorables, sería el medio de arruinarlas completamente. Muchísimos generales han caído en este error, y han sido arruinados por él. El único efecto necesario que resulta de la superioridad del esfuerzo negativo es el retraso de la decisión, de modo que la parte que actúa se refugia de esa manera, por así decir, en la expectativa del momento decisivo. La consecuencia de eso es generalmente el aplazamiento de la acción tanto como sea posible en tiempo, y también en espacio, en la medida en que el espacio está en conexión con ello. Si llega el momento en que esto ya no puede hacerse sin desventaja ruinosa, entonces la ventaja de lo negativo debe considerarse como agotada, y entonces se presenta sin cambios el esfuerzo por la destrucción de la fuerza del enemigo, que fue contenido por un contrapeso, pero nunca descartado.
Hemos visto, por lo tanto, en las reflexiones precedentes, que hay muchos caminos hacia la meta, es decir, hacia el logro del objetivo político; pero que el único medio es el combate, y que en consecuencia todo está sujeto a una ley suprema: que es la decisión por las armas; que donde esto es realmente exigido por uno, es un recurso que no puede ser rechazado por el otro; que, por lo tanto, un beligerante que tome cualquier otro camino debe asegurarse de que su oponente no tomará este medio de recurso, o su causa puede perderse en ese tribunal supremo; de ahí por lo tanto que la destrucción de la fuerza armada del enemigo, entre todos los objetivos que pueden perseguirse en la guerra, aparece siempre como aquel que prevalece sobre todos los demás.
Lo que puede lograrse mediante combinaciones de otro tipo en la guerra solo lo aprenderemos en la continuación, y naturalmente solo por grados. Nos contentamos aquí con reconocer en general su posibilidad, como algo que señala la diferencia entre la realidad y el concepto, y la influencia de circunstancias particulares. Pero no podíamos evitar mostrar de inmediato que la solución sangrienta de la crisis, el esfuerzo por la destrucción de la fuerza del enemigo, es el hijo primogénito de la guerra. Si cuando los objetivos políticos son poco importantes, los motivos débiles, la excitación de fuerzas pequeña, un comandante prudente intenta de todas las formas, sin grandes crisis y soluciones sangrientas, abrirse paso hábilmente hacia una paz a través de las debilidades características de su enemigo en el campo y en el gabinete, no tenemos derecho a criticarlo, si las premisas sobre las que actúa están bien fundadas y justificadas por el éxito; sin embargo debemos exigirle que recuerde que solo viaja por caminos prohibidos, donde el Dios de la Guerra puede sorprenderlo; que debe siempre mantener su ojo sobre el enemigo, para no tener que defenderse con un espadín de gala si el enemigo toma una espada afilada.
Las consecuencias de la naturaleza de la guerra, cómo actúan en ella fines y medios, cómo en las modificaciones de la realidad se desvía a veces más, a veces menos, de su estricta concepción original, fluctuando hacia adelante y hacia atrás, pero permaneciendo siempre bajo esa estricta concepción como bajo una ley suprema: todo esto debemos retenerlo ante nosotros, y tenerlo constantemente presente en la consideración de cada uno de los temas siguientes, si queremos comprender correctamente sus verdaderas relaciones e importancia propia, y no vernos envueltos incesantemente en las más flagrantes contradicciones con la realidad, y al final con nosotros mismos.
Capítulo3El genio guerrero
Toda vocación especial en la vida, si se quiere seguir con éxito, requiere cualidades peculiares de entendimiento y alma. Cuando estas son de alto orden y se manifiestan mediante logros extraordinarios, la mente a la que pertenecen se denomina GENIO.
Sabemos muy bien que esta palabra se usa en muchas acepciones que son muy diferentes tanto en extensión como en naturaleza, y que con muchas de estas acepciones resulta una tarea muy difícil definir la esencia del Genio; pero como no profesamos ser ni filósofos ni gramáticos, debemos permitirnos atenernos al significado usual en el lenguaje ordinario, y entender por «genio» una capacidad mental muy elevada para ciertos empleos.
Deseamos detenernos un momento en esta facultad y dignidad de la mente, a fin de reivindicar su título y explicar más plenamente el significado de la concepción. Pero no nos detendremos en aquel (genio) que ha obtenido su título mediante un talento muy grande, en el genio propiamente dicho, es decir, una concepción que no tiene límites definidos. Lo que tenemos que hacer es poner bajo consideración toda tendencia común de los poderes de la mente y el alma hacia el negocio de la Guerra, el conjunto de cuyas tendencias comunes podemos considerar como la ESENCIA DEL GENIO MILITAR. Decimos «común», porque justamente en eso consiste el genio militar, en que no es una sola cualidad relacionada con la Guerra, como, por ejemplo, el coraje, mientras que otras cualidades de la mente y el alma están ausentes o tienen una dirección que no sirve para la Guerra, sino que es UNA ASOCIACIÓN ARMONIOSA DE PODERES, en la cual uno u otro puede predominar, pero ninguno debe estar en oposición.
Si cada combatiente necesitara estar dotado en mayor o menor medida de genio militar, entonces nuestros ejércitos serían muy débiles; porque como esto implica una inclinación peculiar de los poderes inteligentes, por tanto solo puede encontrarse raramente donde los poderes mentales de un pueblo son requeridos y entrenados de muchas maneras diferentes. Cuantos menos empleos sigue una Nación, cuanto más predomina el de las armas, tanto más prevalente se encontrará también el genio militar. Pero esto meramente se aplica a su prevalencia, de ningún modo a su grado, porque ese depende del estado general de cultura intelectual en el país. Si miramos a una raza salvaje y guerrera, entonces encontramos un espíritu guerrero en los individuos mucho más común que en un pueblo civilizado; porque en el primero casi todo guerrero lo posee, mientras que en el civilizado las masas enteras solo son arrastradas por él por necesidad, nunca por inclinación. Pero entre pueblos incivilizados nunca encontramos un General verdaderamente grande, y muy raramente lo que podemos llamar propiamente un genio militar, porque eso requiere un desarrollo de los poderes inteligentes que no puede encontrarse en un estado incivilizado. Que un pueblo civilizado pueda tener también una tendencia y desarrollo guerreros es algo evidente; y cuanto más general sea esto, más frecuentemente también se encontrará el espíritu militar en los individuos de sus ejércitos. Ahora bien, como esto coincide en tal caso con el grado más alto de civilización, por tanto de tales naciones han surgido las más brillantes hazañas militares, como los romanos y los franceses han ejemplificado. Los nombres más grandes en estas y en todas las demás naciones que han sido renombradas en la Guerra pertenecen estrictamente a épocas de cultura superior.
De esto podemos inferir cuán gran parte tienen los poderes inteligentes en el genio militar superior. Ahora examinaremos más de cerca este punto.
La Guerra es la provincia del peligro, y por tanto el coraje sobre todas las cosas es la primera cualidad de un guerrero.
El coraje es de dos clases: primero, el coraje físico, o coraje ante el peligro para la persona; y luego, el coraje moral, o coraje ante la responsabilidad, ya sea ante el tribunal de la autoridad externa o del poder interior, la conciencia. Aquí solo hablamos del primero.
El coraje ante el peligro para la persona, nuevamente, es de dos clases. Primero, puede ser indiferencia al peligro, ya provenga del organismo del individuo, del desprecio de la muerte o del hábito: en cualquiera de estos casos ha de considerarse como una condición permanente.
En segundo lugar, el coraje puede proceder de motivos positivos, como el orgullo personal, el patriotismo, el entusiasmo de cualquier clase. En este caso el coraje no es tanto una condición normal como un impulso.
Podemos concebir que las dos clases actúan de manera diferente. La primera clase es más segura, porque se ha convertido en una segunda naturaleza, nunca abandona al hombre; la segunda a menudo lo lleva más lejos. En la primera hay más firmeza, en la segunda, más audacia. La primera deja el juicio más frío, la segunda eleva su poder a veces, pero a menudo lo desconcierta. Las dos combinadas constituyen la clase más perfecta de coraje.
La Guerra es la provincia del esfuerzo físico y el sufrimiento. Para no ser completamente superado por ellos, se requiere cierta fuerza de cuerpo y mente que, ya sea natural o adquirida, produce indiferencia hacia ellos. Con estas cualificaciones, bajo la guía simplemente de un entendimiento sano, un hombre es ya un instrumento apropiado para la Guerra; y estas son las cualificaciones que tan generalmente se encuentran entre tribus salvajes y semicivilizadas. Si vamos más allá en las exigencias que la Guerra hace sobre ella, entonces encontramos que predominan los poderes del entendimiento. La Guerra es la provincia de la incertidumbre: tres cuartas partes de aquellas cosas sobre las cuales debe calcularse la acción en la Guerra, están ocultas más o menos en las nubes de una gran incertidumbre. Aquí, entonces, sobre todo se requiere una mente fina y penetrante, para buscar la verdad mediante el tacto de su juicio.
Un intelecto medio puede, en un momento, quizás dar con esta verdad por accidente; un coraje extraordinario, en otro, puede compensar la falta de este tacto; pero en la mayoría de los casos el resultado medio siempre sacará a la luz el entendimiento deficiente.
La Guerra es la provincia del azar. En ninguna esfera de la actividad humana ha de dejarse tal margen para este intruso, porque ninguna está tanto en contacto constante con él por todos lados. Él aumenta la incertidumbre de toda circunstancia, y trastorna el curso de los acontecimientos.
De esta incertidumbre de toda inteligencia y suposiciones, esta interposición continua del azar, el actor en la Guerra constantemente encuentra las cosas diferentes de sus expectativas; y esto no puede dejar de tener una influencia sobre sus planes, o al menos sobre las presunciones conectadas con estos planes. Si esta influencia es tan grande como para volver completamente inútil el plan predeterminado, entonces, como regla, debe sustituirse uno nuevo en su lugar; pero en el momento a menudo faltan los datos necesarios para esto, porque en el curso de la acción las circunstancias presionan para una decisión inmediata, y no permiten tiempo para buscar datos nuevos, a menudo ni siquiera suficiente para una consideración madura.
Pero sucede más a menudo que la corrección de una premisa, y el conocimiento de acontecimientos azarosos que han surgido, no son suficientes para echar abajo nuestros planes completamente, sino que solo bastan para producir vacilación. Nuestro conocimiento de las circunstancias ha aumentado, pero nuestra incertidumbre, en lugar de haber disminuido, solo ha aumentado. La razón de esto es que no ganamos toda nuestra experiencia de una vez, sino por grados; así nuestras determinaciones continúan siendo asaltadas incesantemente por experiencia nueva; y la mente, si podemos usar la expresión, debe estar siempre «sobre las armas».
Ahora bien, si ha de salir con seguridad de este conflicto perpetuo con lo inesperado, son indispensables dos cualidades: en primer lugar un intelecto que, incluso en medio de esta intensa oscuridad, no esté sin algunos rastros de luz interior, que conduzcan a la verdad, y luego el coraje para seguir esta luz tenue. La primera se expresa figurativamente mediante la frase francesa coup d'œil. La otra es resolución. Como la batalla es el rasgo de la Guerra al cual se dirigió originalmente la atención principalmente, y como el tiempo y el espacio son elementos importantes en ella, más particularmente cuando la caballería con sus rápidas decisiones era el arma principal, la idea de decisión rápida y correcta se relacionó en primera instancia con la estimación de estos dos elementos, y para denotar la idea se adoptó una expresión que realmente solo señala un juicio correcto mediante el ojo. Muchos maestros del Arte de la Guerra entonces dieron esta significación limitada como la definición de coup d'œil. Pero es innegable que todas las decisiones hábiles formadas en el momento de la acción pronto llegaron a ser entendidas por la expresión, como, por ejemplo, el dar con el punto correcto de ataque, etc. Por tanto, no es solo el ojo físico, sino más frecuentemente el ojo mental lo que se entiende en coup d'œil. Naturalmente, la expresión, como la cosa, está siempre más en su lugar en el campo de la táctica: sin embargo, no debe faltar en la estrategia, en la medida en que en ella las decisiones rápidas son a menudo necesarias. Si despojamos esta concepción de aquello que la expresión le ha dado de lo excesivamente figurativo y restringido, entonces se reduce simplemente al descubrimiento rápido de una verdad que para la mente ordinaria o no es visible en absoluto o solo se vuelve así después de largo examen y reflexión.
La resolución es un acto de coraje en casos singulares, y si se convierte en un rasgo característico, es un hábito de la mente. Pero aquí no nos referimos al coraje ante el peligro corporal, sino ante la responsabilidad, por tanto, hasta cierto punto contra el peligro moral. Esto se ha llamado a menudo courage d'esprit, sobre la base de que surge del entendimiento; sin embargo, no es un acto del entendimiento por ese motivo; es un acto del sentimiento. La mera inteligencia todavía no es coraje, porque a menudo vemos a las personas más inteligentes desprovistas de resolución. La mente debe, por tanto, primero despertar el sentimiento de coraje, y luego ser guiada y sostenida por él, porque en emergencias momentáneas el hombre está influido más por sus sentimientos que por sus pensamientos.
Hemos asignado a la resolución el oficio de eliminar los tormentos de la duda, y los peligros de la demora, cuando no hay motivos suficientes para guiarse. Mediante el uso poco escrupuloso del lenguaje que prevalece, este término se aplica a menudo a la mera propensión al atrevimiento, a la valentía, la audacia o la temeridad. Pero, cuando hay motivos suficientes en el hombre, ya sean objetivos o subjetivos, verdaderos o falsos, no tenemos derecho a hablar de su resolución; porque, cuando lo hacemos, nos ponemos en su lugar, y arrojamos en la balanza dudas que no existían con él.
Aquí no hay cuestión de nada sino de fuerza y debilidad. No somos lo suficientemente pedantes para disputar con el uso del lenguaje sobre esta pequeña mala aplicación, nuestra observación solo pretende eliminar objeciones equivocadas.
Esta resolución ahora, que supera el estado de duda, solo puede ser suscitada por el intelecto, y, de hecho, por una tendencia peculiar del mismo. Mantenemos que la mera unión de un entendimiento superior y los sentimientos necesarios no son suficientes para constituir la resolución. Hay personas que poseen la percepción más aguda para los problemas más difíciles, que tampoco temen la responsabilidad, y sin embargo en casos de dificultad no pueden llegar a una resolución. Su coraje y su sagacidad operan independientemente uno del otro, no se dan la mano, y por ese motivo no producen resolución como resultado. El precursor de la resolución es un acto de la mente que hace evidente la necesidad de aventurarse, y así influye en la voluntad. Esta dirección muy peculiar de la mente, que conquista todo otro temor en el hombre mediante el temor de vacilar o dudar, es lo que constituye la resolución en mentes fuertes; por tanto, en nuestra opinión, los hombres que tienen poca inteligencia nunca pueden ser resueltos. Pueden actuar sin vacilación bajo circunstancias desconcertantes, pero entonces actúan sin reflexión. Ahora bien, por supuesto, cuando un hombre actúa sin reflexión no puede estar en desacuerdo consigo mismo por dudas, y tal modo de acción puede de vez en cuando conducir al punto correcto; pero decimos ahora como antes, es el resultado medio el que indica la existencia del genio militar. Si nuestra afirmación parece extraordinaria a alguien, porque conoce a muchos oficiales de húsares resueltos que no son pensadores profundos, debemos recordarle que la cuestión aquí es acerca de una dirección peculiar de la mente, y no acerca de grandes poderes de pensamiento.
Creemos, por tanto, que la resolución está en deuda con una dirección especial de la mente para su existencia, una dirección que pertenece a una cabeza fuerte más bien que a una brillante. En corroboración de esta genealogía de la resolución podemos añadir que ha habido muchos casos de hombres que han mostrado la mayor resolución en un rango inferior, y la han perdido en una posición más alta. Mientras que, por un lado, están obligados a resolver, por otro ven los peligros de una decisión equivocada, y como están rodeados de cosas nuevas para ellos, su entendimiento pierde su fuerza original, y se vuelven solo más tímidos cuanto más se dan cuenta del peligro de la irresolución en la que han caído, y cuanto más han estado anteriormente en el hábito de actuar por impulso del momento.
Del coup d'œil y la resolución debemos hablar naturalmente de su cualidad afín, la presencia de ánimo, que en una región de lo inesperado como la Guerra debe desempeñar un gran papel, pues de hecho no es nada sino una gran conquista sobre lo inesperado. Así como admiramos la presencia de ánimo en una respuesta contundente a algo dicho inesperadamente, así la admiramos en un expediente oportuno ante un peligro repentino. Ni la respuesta ni el expediente necesitan ser en sí mismos extraordinarios, si solo dan en el punto; porque aquello que como resultado de reflexión madura no sería nada inusual, por tanto insignificante en su impresión sobre nosotros, puede como acto instantáneo de la mente producir una impresión agradable. La expresión «presencia de ánimo» ciertamente denota muy apropiadamente la prontitud y rapidez de la ayuda prestada por la mente.
Si esta noble cualidad de un hombre ha de atribuirse más a la peculiaridad de su mente o a la ecuanimidad de sus sentimientos, depende de la naturaleza del caso, aunque ninguno de los dos puede estar totalmente ausente. Una réplica contundente revela más bien un ingenio listo, un expediente oportuno ante un peligro repentino implica más particularmente una mente bien equilibrada.
Si tomamos una visión general de los cuatro elementos que componen la atmósfera en la cual se mueve la Guerra, del peligro, el esfuerzo físico, la incertidumbre, y el azar, es fácil concebir que se requiere una gran fuerza de mente y entendimiento para poder abrirse camino con seguridad y éxito entre elementos tan opuestos, una fuerza que, según las diferentes modificaciones que surgen de las circunstancias, encontramos denominada por escritores militares y cronistas como energía, firmeza, constancia, fuerza de mente y carácter. Todas estas manifestaciones de la naturaleza heroica podrían considerarse como uno y el mismo poder de volición, modificado según las circunstancias; pero estrechamente relacionadas como estas cosas están entre sí, sin embargo no son una y la misma cosa, y es deseable para nosotros distinguir aquí un poco más de cerca al menos la acción de los poderes del alma en relación con ellas.
En primer lugar, para hacer clara la concepción, es esencial observar que el peso, la carga, la resistencia, o como quiera que se llame, mediante el cual esa fuerza del alma en el General es sacada a la luz, es solo en una medida muy pequeña la actividad del enemigo, la resistencia del enemigo, la acción del enemigo directamente. La actividad del enemigo solo afecta al General directamente en primer lugar en relación con su persona, sin perturbar su acción como Comandante. Si el enemigo, en lugar de dos horas, resiste durante cuatro, el Comandante en lugar de dos horas está cuatro horas en peligro; esta es una cantidad que claramente disminuye cuanto más alto es el rango del Comandante. ¿Qué es eso para uno en el puesto de Comandante en Jefe? No es nada.
En segundo lugar, aunque la oposición ofrecida por el enemigo tiene un efecto directo sobre el Comandante mediante la pérdida de medios que surge de la resistencia prolongada, y la responsabilidad conectada con esa pérdida, y su fuerza de voluntad es primero puesta a prueba y suscitada por estas consideraciones ansiosas, sin embargo mantenemos que esta no es la carga más pesada ni de lejos que él tiene que soportar, porque solo tiene que arreglárselas consigo mismo. Todos los demás efectos de la resistencia del enemigo actúan directamente sobre los combatientes bajo su mando, y mediante ellos reaccionan sobre él.
Mientras sus hombres, llenos de buen ánimo, combaten con entusiasmo y espíritu, rara vez es necesario que el Jefe muestre gran energía de propósito en la persecución de su objetivo. Pero tan pronto como surgen dificultades —y esto debe suceder siempre que están en juego grandes resultados—, entonces las cosas ya no marchan por sí solas como una máquina bien engrasada, la máquina misma empieza a ofrecer resistencia, y para vencer esto el Comandante debe tener una gran fuerza de voluntad. Por esta resistencia no debemos suponer exactamente desobediencia y murmuraciones, aunque estas sean bastante frecuentes en determinados individuos; es todo el sentimiento de la disolución de todo poder físico y moral, es la visión desgarradora del sangriento sacrificio con la que el Comandante debe lidiar en sí mismo, y después en todos los demás que directa o indirectamente le transfieren sus impresiones, sentimientos, ansiedades y deseos. A medida que las fuerzas en un individuo tras otro quedan postradas y ya no pueden ser excitadas y sostenidas por un esfuerzo de su propia voluntad, toda la inercia de la masa descarga gradualmente su peso sobre la Voluntad del Comandante: por la chispa en su pecho, por la luz de su espíritu, la chispa del propósito, la luz de la esperanza, debe encenderse de nuevo en los demás: solo en la medida en que él esté a la altura de esto, se mantiene por encima de las masas y continúa siendo su señor; cuando esa influencia cesa, y su propio espíritu ya no es lo bastante fuerte para reavivar el espíritu de todos los demás, las masas arrastrándolo con ellas se hunden en la región inferior de la naturaleza animal, que rehuye el peligro y no conoce la vergüenza. Estos son los pesos que el valor y las facultades inteligentes del Comandante militar deben vencer si quiere hacer ilustre su nombre. Aumentan con las masas, y por lo tanto, si las fuerzas en cuestión han de continuar iguales a la carga, deben elevarse en proporción a la altura del puesto.
La energía en la acción expresa la fuerza del motivo por el cual la acción es excitada, ya tenga el motivo su origen en una convicción del entendimiento o en un impulso. Pero este último difícilmente puede faltar donde ha de mostrarse gran fuerza.
De todos los nobles sentimientos que llenan el corazón humano en el tumulto excitante de la batalla, ninguno, debemos admitirlo, es tan poderoso y constante como la sed del alma de honor y renombre, que la lengua alemana trata tan injustamente y tiende a menospreciar con las indignas asociaciones en las palabras Ehrgeiz (codicia de honor) y Ruhmsucht (ansia de gloria). Sin duda es justamente en la Guerra donde el abuso de estas orgullosas aspiraciones del alma debe atraer sobre la raza humana los ultrajes más espantosos, pero por su origen ciertamente deben contarse entre los sentimientos más nobles que pertenecen a la naturaleza humana, y en la Guerra son el principio vivificante que da al enorme cuerpo un espíritu. Aunque otros sentimientos puedan ser más generales en su influencia, y muchos de ellos —como el amor a la patria, el fanatismo, la venganza, el entusiasmo de toda clase— puedan parecer estar más altos, la sed de honor y renombre sigue siendo indispensable. Esos otros sentimientos pueden despertar a las grandes masas en general, y excitarlas más poderosamente, pero no dan al Líder un deseo de querer más que los demás, lo cual es un requisito esencial en su posición si ha de distinguirse en ella. No hacen, como la sed de honor, del acto militar especialmente propiedad del Líder, que él se esfuerza por aprovechar al máximo; donde ara con esfuerzo, siembra con cuidado, para poder cosechar abundantemente. Es a través de estas aspiraciones de las que hemos estado hablando en los Comandantes, desde el más alto al más bajo, esta clase de energía, este espíritu de emulación, estos incentivos, que la acción de los ejércitos es principalmente animada y hecha exitosa. Y ahora en cuanto a lo que concierne especialmente al jefe de todos, preguntamos, ¿ha habido alguna vez un gran Comandante desprovisto del amor al honor, o es siquiera concebible tal carácter?
La firmeza denota la resistencia de la voluntad en relación con la fuerza de un solo golpe, la constancia en relación con una continuación de golpes. Por estrecha que sea la analogía entre ambas, y por frecuente que sea el uso de una en lugar de la otra, existe todavía una diferencia notable entre ellas que no puede equivocarse, en la medida en que la firmeza contra una sola impresión poderosa puede tener su raíz en la mera fuerza de un sentimiento, pero la constancia debe estar más bien apoyada por el entendimiento, pues cuanto mayor es la duración de una acción más deliberación sistemática está conectada con ella, y de esto la constancia deriva en parte su poder.
Si ahora nos volvemos a la fuerza de mente o alma, entonces la primera pregunta es, ¿Qué debemos entender por ello?
Claramente no son expresiones vehementes de sentimiento, ni pasiones fácilmente excitadas, pues eso sería contrario a todo el uso del lenguaje, sino el poder de escuchar a la razón en medio de la más intensa excitación, en la tormenta de las pasiones más violentas. ¿Debería este poder depender solo de la fuerza del entendimiento? Lo dudamos. El hecho de que haya hombres del mayor intelecto que no pueden dominarse a sí mismos ciertamente no prueba nada en contra, pues podríamos decir que quizás requiere un entendimiento de naturaleza poderosa más que comprehensiva; pero creemos que estaremos más cerca de la verdad si asumimos que el poder de someterse al control del entendimiento, incluso en momentos de la más violenta excitación de los sentimientos, ese poder que llamamos dominio de sí mismo, tiene su raíz en el corazón mismo. Es, de hecho, otro sentimiento, que en mentes fuertes equilibra las pasiones excitadas sin destruirlas; y es solo a través de este equilibrio que se asegura el dominio del entendimiento. Este contrapeso no es otra cosa que un sentido de la dignidad del hombre, ese orgullo más noble, ese deseo profundamente arraigado del alma de actuar siempre como un ser dotado de entendimiento y razón. Podemos por tanto decir que una mente fuerte es aquella que no pierde su equilibrio ni siquiera bajo la más violenta excitación.
Si echamos un vistazo a la variedad que se observa en el carácter humano respecto al sentimiento, encontramos, primero, algunas personas que tienen muy poca excitabilidad, que se llaman flemáticas o indolentes.
En segundo lugar, algunas muy excitables, pero cuyos sentimientos nunca sobrepasan ciertos límites, y que por lo tanto son conocidas como hombres llenos de sentimiento, pero sobrios.
En tercer lugar, aquellos que son muy fácilmente despertados, cuyos sentimientos se encienden rápida y violentamente como la pólvora, pero no duran.
En cuarto y último lugar, aquellos que no pueden ser conmovidos por causas leves, y que generalmente no son despertados de repente, sino solo gradualmente; pero cuyos sentimientos se vuelven muy poderosos y son mucho más duraderos. Estos son hombres con pasiones fuertes, que yacen profundas y latentes.
Esta diferencia de carácter probablemente yace cerca de los confines de los poderes físicos que mueven el organismo humano, y pertenece a esa organización anfibia que llamamos el sistema nervioso, que parece ser en parte material, en parte espiritual. Con nuestra débil filosofía, no avanzaremos más en este campo misterioso. Pero es importante para nosotros detenernos un momento sobre los efectos que estas diferentes naturalezas tienen en la acción en la Guerra, y ver hasta qué punto puede esperarse de ellas una gran fuerza de mente.
Los hombres indolentes no pueden ser fácilmente sacados de su ecuanimidad, pero ciertamente no podemos decir que hay fuerza de mente donde falta toda manifestación de poder.
Al mismo tiempo, no se puede negar que tales hombres tienen cierta aptitud peculiar para la Guerra, a cuenta de su constante ecuanimidad. A menudo les falta el motivo positivo para la acción, el impulso, y consecuentemente la actividad, pero no son propensos a poner las cosas en desorden.
La peculiaridad de la segunda clase es que son fácilmente excitados a actuar por razones triviales, pero en asuntos grandes son fácilmente abrumados. Los hombres de esta clase muestran gran actividad en ayudar a un individuo desafortunado, pero por la angustia de una Nación entera solo se inclinan a desesperar, no a actuar.
Tales personas no carecen ni de actividad ni de ecuanimidad en la Guerra; pero nunca conseguirán nada grande a menos que una gran fuerza intelectual proporcione el motivo, y muy raramente una mente fuerte e independiente se combina con tal carácter.
Los sentimientos excitables, inflamables, son en sí mismos poco adecuados para la vida práctica, y por lo tanto no son muy aptos para la Guerra. Ciertamente tienen la ventaja de los impulsos fuertes, pero eso no puede sostenerlos largo tiempo. Al mismo tiempo, si la excitabilidad en tales hombres toma la dirección del valor, o un sentido del honor, a menudo pueden ser muy útiles en posiciones inferiores en la Guerra, porque la acción en la Guerra sobre la cual los comandantes en posiciones inferiores tienen control es generalmente de duración más corta. Aquí una resolución valiente, una efervescencia de las fuerzas del alma, a menudo bastará. Un ataque valiente, un hurra que conmueve el alma, es obra de unos pocos momentos, mientras que un combate valiente en el campo de batalla es obra de un día, y una campaña obra de un año.
Debido al rápido movimiento de sus sentimientos, es doblemente difícil para los hombres de esta descripción preservar el equilibrio de la mente; por lo tanto, frecuentemente pierden la cabeza, y esa es la peor fase en su naturaleza respecto a la conducta de la Guerra. Pero sería contrario a la experiencia sostener que los espíritus muy excitables nunca pueden preservar un equilibrio constante —es decir, que no pueden hacerlo ni siquiera bajo la más fuerte excitación. ¿Por qué no habrían de tener el sentimiento del respeto propio, pues, por regla general, son hombres de naturaleza noble? Este sentimiento rara vez les falta, pero no tiene tiempo de producir un efecto. Después de un estallido sufren más de un sentimiento de humillación interior. Si a través de la educación, la auto-observación y la experiencia de la vida, han aprendido, tarde o temprano, los medios de estar en guardia, de modo que en el momento de la excitación poderosa son conscientes a tiempo de la fuerza contrarrestante dentro de sus propios pechos, entonces incluso tales hombres pueden tener gran fuerza de mente.
Por último, aquellos que son difíciles de conmover, pero por eso susceptibles de sentimientos muy profundos, hombres que están en la misma relación con los precedentes como el rojo incandescente con una llama, son los mejor adaptados por medio de su fuerza titánica para hacer rodar las enormes masas mediante las cuales podemos representar figurativamente las dificultades que asedian el mando en la Guerra. El efecto de sus sentimientos es como el movimiento de un gran cuerpo, más lento, pero más irresistible.
Aunque tales hombres no son tan propensos a ser sorprendidos repentinamente por sus sentimientos y arrastrados de modo que después se avergüencen de sí mismos, como los precedentes, sería contrario a la experiencia creer que nunca pueden perder su ecuanimidad, o ser vencidos por una pasión ciega; por el contrario, esto debe suceder siempre que falta el orgullo noble del autocontrol, o tan a menudo como no tiene suficiente peso. Vemos ejemplos de esto con mayor frecuencia en hombres de mente noble pertenecientes a naciones salvajes, donde el bajo grado de cultivo mental favorece siempre el dominio de las pasiones. Pero incluso entre las clases más civilizadas en Estados civilizados, la vida está llena de ejemplos de esta clase —de hombres arrastrados por la violencia de sus pasiones, como el cazador furtivo de antaño encadenado al ciervo en el bosque.
Decimos por tanto una vez más que una mente fuerte no es una que sea meramente susceptible de fuerte excitación, sino una que puede mantener su serenidad bajo la más poderosa excitación, de modo que, a pesar de la tormenta en el pecho, la percepción y el juicio puedan actuar con perfecta libertad, como la aguja de la brújula en el barco sacudido por la tormenta.
Por el término fuerza de carácter, o simplemente carácter, se denota tenacidad de convicción, ya sea resultado de nuestras propias opiniones o de las de otros, y ya sean principios, opiniones, inspiraciones momentáneas, o cualquier clase de emanaciones del entendimiento; pero esta clase de firmeza ciertamente no puede manifestarse si las opiniones mismas están sujetas a cambios frecuentes. Este cambio frecuente no necesita ser consecuencia de influencias externas; puede proceder de la actividad continua de nuestra propia mente, en cuyo caso indica una inestabilidad característica de la mente. Evidentemente no deberíamos decir de un hombre que cambia sus opiniones a cada momento, por mucho que los motivos del cambio puedan originarse en él mismo, que tiene carácter. Solo aquellos hombres, por lo tanto, pueden decirse que poseen esta cualidad cuya convicción es muy constante, ya sea porque está profundamente arraigada y clara en sí misma, poco susceptible de alteración, o porque, como en el caso de los hombres indolentes, hay una falta de actividad mental, y por lo tanto una falta de motivos para cambiar; o por último, porque un acto explícito de la voluntad, derivado de una máxima imperativa del entendimiento, rechaza cualquier cambio de opinión hasta cierto punto.
Ahora bien, en la Guerra, debido a las muchas y poderosas impresiones a las que está expuesta la mente, y en la incertidumbre de todo conocimiento y de toda ciencia, ocurren más cosas para desviar a un hombre del camino en que ha entrado, para hacerle dudar de sí mismo y de los demás, que en cualquier otra actividad humana.
La visión desgarradora del peligro y el sufrimiento lleva fácilmente a que los sentimientos ganen ascendencia sobre la convicción del entendimiento; y en el crepúsculo que rodea todo, una visión profunda y clara es tan difícil que un cambio de opinión es más concebible y más perdonable. Es, en todo momento, solo conjetura o adivinanzas de la verdad sobre las que tenemos que actuar. Esta es la razón por la cual las diferencias de opinión no son en ninguna parte tan grandes como en la Guerra, y la corriente de impresiones que actúan en contra de las propias convicciones nunca cesa de fluir. Incluso la mayor impasibilidad de mente difícilmente es prueba contra ellas, porque las impresiones son poderosas en su naturaleza, y siempre actúan al mismo tiempo sobre los sentimientos.
Cuando el discernimiento es claro y profundo, solo principios generales y puntos de vista de acción desde una perspectiva elevada pueden ser el resultado; y sobre estos principios descansa, por así decirlo, como en anclas, la opinión en cada caso particular inmediatamente bajo consideración. Pero aferrarse a estos resultados de la reflexión pasada, en oposición a la corriente de opiniones y fenómenos que trae consigo el presente, es justamente la dificultad. Entre el caso particular y el principio a menudo hay un amplio espacio que no siempre puede atravesarse por una cadena visible de conclusiones, y donde es necesaria cierta fe en uno mismo y cierta cantidad de escepticismo es útil. Aquí a menudo nada más nos ayudará sino una máxima imperativa que, independiente de la reflexión, la controla inmediatamente: esa máxima es, en todos los casos dudosos adherirse a la primera opinión, y no renunciar a ella hasta que una convicción clara nos fuerce a hacerlo. Debemos creer firmemente en la autoridad superior de las máximas bien probadas, y bajo la influencia deslumbrante de los acontecimientos momentáneos no olvidar que su valor es de sello inferior. Por esta preferencia que en casos dudosos damos a las primeras convicciones, por la adhesión a las mismas, nuestras acciones adquieren esa estabilidad y consistencia que constituyen lo que se llama carácter.
Es fácil ver cuán esencial es una mente bien equilibrada para la fuerza de carácter; por lo tanto, los hombres de mentes fuertes generalmente tienen mucho carácter.
La fuerza de carácter nos lleva a una variedad espuria de ella —LA OBSTINACIÓN.
A menudo es muy difícil en casos concretos decir dónde termina una y empieza la otra; por otro lado, no parece difícil determinar la diferencia en la idea.
La obstinación no es un defecto del entendimiento; usamos el término denotando una resistencia contra nuestro mejor juicio, y sería inconsistente cargar eso al entendimiento, ya que el entendimiento es el poder del juicio. La obstinación es UN DEFECTO DE LOS SENTIMIENTOS o del corazón. Esta inflexibilidad de voluntad, esta impaciencia de contradicción, tienen su origen solo en una clase particular de egoísmo, que coloca por encima de todo otro placer el de gobernar tanto a sí mismo como a los demás por su propia mente solamente. Lo llamaríamos una clase de vanidad, si no fuera decididamente algo mejor. La vanidad se satisface con la mera apariencia, pero la obstinación descansa sobre el disfrute de la cosa.
Decimos, por lo tanto, que la fuerza de carácter degenera en obstinación siempre que la resistencia a juicios opuestos no procede de mejores convicciones o una confianza en una máxima digna de confianza, sino de un sentimiento de oposición. Si esta definición, como ya hemos admitido, es de poca ayuda prácticamente, todavía impedirá que la obstinación sea considerada meramente fuerza de carácter intensificada, mientras que es algo esencialmente diferente —algo que ciertamente yace cerca de ella y está emparentado con ella, pero que al mismo tiempo tan poco es una intensificación de ella que hay hombres muy obstinados que por falta de entendimiento tienen muy poca fuerza de carácter.
Habiendo en estos altos atributos de un gran Comandante militar conocido aquellas cualidades en las que corazón y cabeza cooperan, ahora llegamos a una especialidad de la actividad militar que quizás pueda ser vista como la más marcada si no es la más importante, y que solo hace una demanda sobre el poder de la mente sin consideración a las fuerzas de los sentimientos. Es la conexión que existe entre la Guerra y el país o terreno.
Esta conexión es, en primer lugar, una condición permanente de la guerra, pues es imposible imaginar que nuestros ejércitos organizados efectúen ninguna operación si no es en algún espacio determinado; en segundo lugar, es de la importancia más decisiva, porque modifica, a veces altera por completo, la acción de todas las fuerzas; en tercer lugar, mientras que por un lado atañe a menudo a los rasgos más diminutos del terreno, por otro puede aplicarse a extensiones inmensas de territorio.
De este modo se confiere una gran peculiaridad al efecto de esta conexión de la guerra con el país y el terreno. Si pensamos en otras ocupaciones del hombre que guardan relación con estos objetos, en la horticultura, la agricultura, en la construcción de casas y obras hidráulicas, en la minería, en la caza y la silvicultura, todas ellas se hallan confinadas dentro de espacios muy limitados que pronto pueden explorarse con suficiente exactitud. Pero el comandante en la guerra debe confiar la empresa que tiene entre manos a un espacio correspondiente que su ojo no puede abarcar, que el celo más agudo no siempre puede explorar, y con el que, debido a los cambios constantes que tienen lugar, raras veces puede familiarizarse adecuadamente. Ciertamente el enemigo por lo general se encuentra en la misma situación; sin embargo, en primer lugar, la dificultad, aunque común a ambos, no deja de ser una dificultad, y quien mediante el talento y la práctica la supere tendrá una gran ventaja de su lado; en segundo lugar, esta igualdad de la dificultad en ambos bandos es meramente una suposición abstracta que rara vez se realiza en el caso particular, pues uno de los dos oponentes (el defensivo) suele conocer mucho más del terreno que su adversario.
Esta dificultad tan peculiar debe superarse mediante un don mental natural de una clase especial que se conoce con el término —demasiado restrictivo— de *Ortsinn*, sentido del terreno. Es el poder de formarse rápidamente una idea geométrica correcta de cualquier porción de territorio, y en consecuencia de ser capaz de encontrar la propia posición en él con exactitud en cualquier momento. Esto es claramente un acto de la imaginación. La percepción sin duda se forma en parte por medio del ojo físico, en parte por la mente, que completa lo que falta con ideas derivadas del conocimiento y la experiencia, y a partir de los fragmentos visibles al ojo físico forma un todo; pero que este todo deba presentarse vívidamente a la razón, deba convertirse en un cuadro, un mapa mentalmente trazado, que este cuadro deba fijarse, que los detalles no vuelvan a separarse jamás —todo eso solo puede efectuarse mediante la facultad mental que llamamos imaginación. Si algún gran poeta o pintor se sintiera ofendido de que exijamos de su diosa tal oficio; si se encoge de hombros ante la idea de que un guardabosques perspicaz deba necesariamente destacar en imaginación, concedemos fácilmente que solo hablamos aquí de la imaginación en un sentido limitado, de su servicio en una capacidad realmente servil. Pero, por leve que sea este servicio, debe ser igualmente obra de ese don natural, pues si ese don falta, sería difícil imaginar las cosas claramente en toda la plenitud de lo visible. Que una buena memoria es una gran ayuda lo admitimos libremente, pero si la memoria ha de considerarse como una facultad independiente de la mente en este caso, o si es justamente ese poder de la imaginación lo que aquí fija estas cosas mejor en la memoria, lo dejamos sin decidir, pues en muchos aspectos parece difícil en general concebir estos dos poderes mentales separados uno del otro.
Que la práctica y la agudeza mental tienen mucho que ver con ello es innegable. Puységur, el célebre intendente general del famoso Luxemburgo, solía decir que al principio tenía muy poca confianza en sí mismo a este respecto, porque si tenía que ir a buscar la *parole* desde lejos siempre se perdía.
Es natural que el campo para el ejercicio de este talento aumente con el rango. Si el húsar y el fusilero al mando de una patrulla deben conocer bien todos los caminos principales y secundarios, y si para ello bastan unas pocas señales, unas limitadas facultades de observación, el jefe de un ejército debe familiarizarse con los rasgos geográficos generales de una provincia y de un país; debe tener siempre vívidamente ante sus ojos la dirección de las carreteras, ríos y colinas, sin que por ello pueda prescindir del "sentido del terreno" (*Ortsinn*) más estrecho. Sin duda, la información de diversas clases sobre objetos en general, mapas, libros, memorias, y para los detalles la asistencia de su estado mayor, son una gran ayuda para él; pero es no obstante cierto que si él mismo tiene un talento para formarse una imagen ideal de un territorio rápida y distintamente, esto presta a su acción un paso más fácil y firme, le salva de cierta impotencia mental, y le hace menos dependiente de otros.
Si este talento ha de atribuirse entonces a la imaginación, es también casi el único servicio que la actividad militar requiere de esa errática diosa, cuya influencia es más perjudicial que útil en otros aspectos.
Creemos haber pasado ahora revista a aquellas manifestaciones de los poderes de la mente y el alma que la actividad militar requiere de la naturaleza humana. En todas partes el intelecto aparece como una fuerza cooperadora esencial; y así podemos comprender cómo el trabajo de la guerra, aunque tan claro y simple en sus efectos, no puede nunca conducirse con éxito distinguido por gente sin poderes distinguidos del entendimiento.
Cuando hemos alcanzado este punto de vista, ya no necesitamos considerar una idea tan natural como el envolvimiento de una posición enemiga, que se ha hecho mil veces, y otras cien concepciones similares, como el resultado de un gran esfuerzo del genio.
Ciertamente uno está acostumbrado a considerar al soldado llano y honesto como el opuesto mismo del hombre de reflexión, lleno de invenciones e ideas, o del espíritu brillante que resplandece con los ornamentos de una educación refinada de toda clase. Esta antítesis tampoco carece en absoluto de verdad; pero no muestra que la eficiencia del soldado consista solo en su valor, y que no se requiera ninguna energía particular y capacidad del cerebro además para hacer de un hombre meramente lo que se llama un verdadero soldado. Debemos repetir de nuevo que no hay nada más común que oír de hombres que pierden su energía al ser elevados a una posición superior, para la cual no se sienten a la altura; pero también debemos recordar a nuestros lectores que estamos hablando de servicios preeminentes, de aquellos que dan renombre en la rama de actividad a la que pertenecen. Cada grado de mando en la guerra forma por tanto su propio estrato de capacidad requerida de fama y honor.
Un espacio inmenso yace entre un general —esto es, uno al frente de una guerra entera, o de un teatro de guerra— y su segundo al mando, por la simple razón de que este último se encuentra en subordinación más inmediata a una autoridad y supervisión superiores, en consecuencia está restringido a una esfera más limitada de pensamiento independiente. Por eso la opinión común no ve lugar para el ejercicio del alto talento excepto en los puestos altos, y considera una capacidad ordinaria como suficiente para todo lo que está por debajo: por eso la gente está más bien inclinada a considerar a un general subordinado encanecido en el servicio, y en quien la constante ejecución de deberes rutinarios ha producido una decidida pobreza de mente, como un hombre de intelecto menguante, y, con todo respeto a su valentía, a reírse de su simplicidad. No es nuestro objeto ganar para estos hombres valientes una mejor suerte —eso no contribuiría en nada a su eficiencia, y poco a su felicidad—; solo deseamos representar las cosas como son, y exponer el error de creer que un mero valentón sin intelecto puede distinguirse en la guerra.
Como consideramos requisitos talentos distinguidos para aquellos que han de alcanzar distinción, incluso en posiciones inferiores, naturalmente se sigue que pensamos muy bien de aquellos que llenan con renombre el puesto de segundo al mando de un ejército; y su aparente simplicidad de carácter comparada con un polígrafo, con hombres de negocios expeditos, o con consejeros de estado, no debe engañarnos sobre la naturaleza superior de su actividad intelectual. Sucede a veces que los hombres importan la fama ganada en una posición inferior a una superior, sin merecerla realmente en la nueva posición; y entonces si no son muy empleados, y por tanto no están muy expuestos al riesgo de mostrar sus puntos débiles, el juicio no distingue muy exactamente qué grado de fama se les debe realmente; y así tales hombres son a menudo la ocasión de que se forme una estimación demasiado baja de las características requeridas para brillar en ciertas situaciones.
Para cada puesto, desde el más bajo en adelante, para prestar servicios distinguidos en la guerra, debe haber un genio particular. Pero el título de genio, la historia y el juicio de la posteridad solo lo confieren, en general, a aquellas mentes que han brillado en el rango más alto, el de comandantes en jefe. La razón es que aquí, de hecho, la demanda sobre los poderes del razonamiento e intelectuales en general es mucho mayor.
Para conducir una guerra entera, o sus grandes actos, que llamamos campañas, a una terminación exitosa, debe haber un conocimiento íntimo de la política del Estado en sus relaciones superiores. La conducción de la guerra y la política del Estado aquí coinciden, y el general se convierte al mismo tiempo en el estadista.
No damos a Carlos XII el nombre de un gran genio, porque no pudo hacer que el poder de su espada estuviera subordinado a un juicio y filosofía superiores —no pudo alcanzar mediante ella un objeto glorioso. No damos ese título a Enrique IV (de Francia), porque no vivió lo suficiente para resolver las relaciones de diferentes Estados mediante su actividad militar, y ocuparse en ese campo superior donde los sentimientos nobles y una disposición caballeresca tienen menos que ver en dominar al enemigo que en superar la disensión interna.
Para que el lector pueda apreciar todo lo que debe ser comprendido y juzgado correctamente de un vistazo por un general, remitimos al primer capítulo. Decimos que el general se convierte en un estadista, pero no debe dejar de ser el general. Tiene en cuenta todas las relaciones del Estado por un lado; por otro, debe saber exactamente qué puede hacer con los medios a su disposición.
Como la diversidad, y los límites indefinidos, de todas las circunstancias ponen en consideración un gran número de factores en la guerra, como la mayoría de estos factores solo pueden estimarse según la probabilidad, por tanto, si el jefe de un ejército no aporta sobre ellos una mente con una percepción intuitiva de la verdad, debe producirse una confusión de ideas y puntos de vista, en medio de la cual el juicio quedará desconcertado. En este sentido, Bonaparte tenía razón cuando decía que muchas de las cuestiones que se presentan ante un general para su decisión constituirían problemas para un cálculo matemático no indignos de los poderes de Newton o Euler.
Lo que aquí se requiere de los poderes superiores de la mente es un sentido de unidad, y un juicio elevado a tal amplitud como para dar a la mente una facultad extraordinaria de visión que en su alcance calma y aparta mil nociones oscuras que un entendimiento ordinario solo podría traer a la luz con gran esfuerzo, y sobre las cuales se agotaría. Pero esta actividad superior de la mente, esta mirada del genio, todavía no se convertiría en materia de historia si las cualidades de temperamento y carácter de las que hemos tratado no le dieran su apoyo.
La verdad por sí sola no es sino un motivo débil de acción en los hombres, y de ahí que siempre haya una gran diferencia entre conocer y actuar, entre ciencia y arte. El hombre recibe el impulso más fuerte a la acción a través de los sentimientos, y el auxilio más poderoso, si podemos usar la expresión, a través de aquellas facultades del corazón y la mente que hemos considerado bajo los términos de resolución, firmeza, perseverancia y fuerza de carácter.
Si, sin embargo, esta condición elevada del corazón y la mente en el general no se manifestara en los efectos generales que resultan de ella, y solo pudiera aceptarse por confianza y fe, entonces rara vez se convertiría en materia de historia.
Todo lo que llega a conocerse del curso de los acontecimientos en la guerra es usualmente muy simple, y tiene una gran uniformidad en apariencia; nadie en la mera relación de tales acontecimientos percibe las dificultades conectadas con ellos que tuvieron que superarse. Solo de vez en cuando, en las memorias de generales o de aquellos en su confianza, o en razón de alguna investigación histórica especial dirigida a una circunstancia particular, es que una porción de los muchos hilos que componen la trama entera sale a la luz. Las reflexiones, dudas mentales y conflictos que preceden a la ejecución de grandes actos son ocultados a propósito porque afectan intereses políticos, o el recuerdo de ellos se pierde accidentalmente porque han sido considerados como mero andamiaje que tuvo que ser retirado al completarse el edificio.
Si, ahora, en conclusión, sin aventurarnos en una definición más cercana de los poderes superiores del alma, admitiéramos una distinción en las facultades inteligentes mismas según las ideas comunes establecidas por el lenguaje, y nos preguntáramos qué clase de mente se acerca más al genio militar, entonces una mirada al tema así como la experiencia nos dirán que mentes inquisitivas más que inventivas, mentes comprensivas más que aquellas que tienen una inclinación especial, cabezas frías más que ardientes, son aquellas a las que en tiempo de guerra deberíamos preferir confiar el bienestar de nuestras mujeres e hijos, el honor y la seguridad de nuestra patria.
Capítulo4Del peligro en la guerra
Por lo general, antes de que hayamos aprendido lo que el peligro es realmente, nos formamos una idea de él que resulta más bien atractiva que repulsiva. En la embriaguez del entusiasmo, lanzarse a la carga sobre el enemigo, ¿a quién le importan entonces las balas y los hombres que caen? Arrojarse, cegado por la excitación durante un instante, contra la muerte fría, sin saber si nosotros u otro lograremos escapar de ella, y todo esto junto a la puerta dorada de la victoria, junto al fruto abundante que la ambición ansía, ¿puede ser difícil? No lo será, y menos aún lo parecerá. Pero tales momentos, que sin embargo no son obra de un solo latido, como se supone, sino más bien como las medicinas de los médicos, deben tomarse diluidos y estropeados por la mezcla con el tiempo; tales momentos, decimos, son pocos.
Acompañemos al novato al campo de batalla. A medida que nos acercamos, el trueno del cañón, que se vuelve cada vez más claro, pronto es seguido por el aullido de los proyectiles, que atrae la atención del inexperto. Las balas comienzan a golpear el suelo cerca de nosotros, delante y detrás. Nos apresuramos hacia la colina donde se encuentra el general y su numeroso estado mayor. Aquí el impacto cercano de las balas de cañón y el estallido de los obuses es tan frecuente que la seriedad de la vida se hace visible a través del cuadro juvenil de la imaginación. De repente cae alguien conocido nuestro; un obús estalla entre la multitud y provoca algunos movimientos involuntarios; empezamos a sentir que ya no estamos perfectamente tranquilos y serenos; incluso el más valiente está al menos en cierto grado confuso. Ahora, un paso más hacia la batalla que se desata ante nosotros como una escena en un teatro, llegamos al general de división más cercano; aquí bala sigue a bala, y el ruido de nuestros propios cañones aumenta la confusión. Del general de división al brigadier. Él, un hombre de reconocido valor, se mantiene cuidadosamente detrás de un terreno elevado, una casa o un árbol: señal inequívoca de un peligro creciente. La metralla repiquetea sobre los tejados de las casas y en los campos; las balas de cañón aullan sobre nosotros y surcan el aire en todas direcciones, y pronto hay un frecuente silbido de balas de mosquete. Un paso más hacia las tropas, hacia esa infantería robusta que durante horas ha mantenido su firmeza bajo este fuego intenso; aquí el aire está lleno del siseo de las balas que anuncian su proximidad con un ruido breve y agudo al pasar a una pulgada del oído, la cabeza o el pecho.
Para añadir a todo esto, la compasión golpea el corazón palpitante con piedad ante la visión de los mutilados y los caídos. El joven soldado no puede alcanzar ninguno de estos diferentes estratos de peligro sin sentir que la luz de la razón no se mueve aquí en el mismo medio, que no se refracta de la misma manera que en la contemplación especulativa. En efecto, debe ser un hombre muy extraordinario quien, bajo estas impresiones por primera vez, no pierda el poder de tomar decisiones instantáneas. Es verdad que el hábito pronto embota tales impresiones; en media hora empezamos a ser más o menos indiferentes a todo lo que sucede a nuestro alrededor: pero un carácter ordinario nunca alcanza una frialdad completa ni la elasticidad natural de la mente; y así percibimos que aquí también las cualidades ordinarias no bastarán: algo que gana en verdad cuanto más amplia es la esfera de actividad que se debe ocupar. Valor entusiasta, estoico, natural, gran ambición, o también larga familiaridad con el peligro: mucho de todo esto debe haber si todos los efectos producidos en este medio resistente no han de quedarse muy por debajo de lo que en el estudio puede parecer solo el nivel ordinario.
El peligro en la guerra pertenece a su fricción; una idea correcta de su influencia es necesaria para la verdad de la percepción, y por eso se menciona aquí.
Capítulo5Del esfuerzo físico en la guerra
Si a nadie se le permitiera emitir una opinión sobre los acontecimientos de la guerra, salvo en un momento en que esté entumecido por el frío, desfalleciendo de calor y sed, o muriendo de hambre y fatiga, ciertamente tendríamos menos juicios correctos objetivamente; pero lo serían, subjetivamente, al menos; es decir, contendrían en sí mismos la relación exacta entre la persona que emite el juicio y el objeto. Podemos percibir esto observando cuán modestamente moderada, incluso abatida y desalentada, es la opinión que emiten sobre los resultados de acontecimientos adversos quienes han sido testigos oculares, pero especialmente si han sido partícipes implicados. Este es, según nuestro punto de vista, un criterio de la influencia que ejerce la fatiga corporal, y de la consideración que debe otorgársele en cuestiones de opinión.
Entre las muchas cosas en la guerra para las que no puede fijarse ninguna tarifa, el esfuerzo corporal puede contarse especialmente. Siempre que no haya desperdicio, es un coeficiente de todas las fuerzas, y nadie puede decir exactamente hasta qué punto puede llevarse. Pero lo que es notable es que, así como solo un brazo fuerte permite al arquero tensar la cuerda del arco hasta su máxima extensión, también en la guerra es solo por medio de un gran espíritu director que podemos esperar que se desarrolle la plena potencia latente en las tropas. Porque una cosa es si un ejército, a consecuencia de grandes desgracias, rodeado de peligro, se desmorona como un muro que ha sido derribado, y solo puede encontrar salvación en el máximo esfuerzo de su fuerza corporal; es algo enteramente distinto cuando un ejército victorioso, arrastrado únicamente por sentimientos de orgullo, es conducido a voluntad de su jefe. El mismo esfuerzo que en un caso podría a lo sumo excitar nuestra compasión debe en el otro provocar nuestra admiración, porque es mucho más difícil de sostener.
Con esto sale a la luz para el ojo inexperto una de esas cosas que ponen grilletes en la oscuridad, por así decirlo, a la acción de la mente, y desgastan en secreto las fuerzas del alma.
Aunque aquí la cuestión se refiere estrictamente solo al esfuerzo extremo que un comandante exige de su ejército, un líder de sus seguidores, por tanto del espíritu para exigirlo y del arte de conseguirlo, sin embargo no debe pasarse por alto el esfuerzo físico personal de los generales y del comandante en jefe. Habiendo llevado el análisis de la guerra concienzudamente hasta este punto, no podíamos dejar de tener en cuenta también el peso de este pequeño residuo restante.
Hemos hablado aquí del esfuerzo corporal, principalmente porque, como el peligro, pertenece a las causas fundamentales de la fricción, y porque su cantidad indefinida lo hace como un cuerpo elástico, cuya fricción es bien sabido que es difícil de calcular.
Para evitar el abuso de estas consideraciones, de tal examen de las cosas que agravan las dificultades de la guerra, la naturaleza ha dado a nuestro juicio una guía en nuestras sensibilidades, del mismo modo que un individuo no puede con provecho referirse a sus deficiencias personales si es insultado y maltratado, pero bien puede hacerlo si ha rechazado con éxito la afrenta, o la ha vengado plenamente, así ningún comandante o ejército disminuirá la impresión de una derrota vergonzosa describiendo el peligro, la angustia, los esfuerzos, cosas que aumentarían inmensamente la gloria de una victoria. Así nuestro sentimiento, que después de todo es solo una clase superior de juicio, nos prohíbe hacer lo que parece un acto de justicia al que nuestro juicio estaría inclinado.
Capítulo6La información en la guerra
Con la palabra «información» designamos todo el conocimiento que tenemos del enemigo y de su país; por tanto, de hecho, el fundamento de todas nuestras ideas y acciones. Consideremos tan solo la naturaleza de este fundamento, su falta de fiabilidad, su carácter cambiante, y pronto sentiremos qué edificio tan peligroso es la guerra, con qué facilidad puede desmoronarse y enterrarnos bajo sus ruinas. Pues aunque en todos los libros se afirma como máxima que solo debemos confiar en la información segura, que debemos mostrarnos siempre suspicaces, eso no es más que un miserable consuelo de libro, perteneciente a esa clase de conocimiento en el que se refugian los autores de sistemas y compendios a falta de algo mejor que decir.
Gran parte de la información obtenida en la guerra es contradictoria, una parte aún mayor es falsa, y con mucho la mayor parte es de carácter dudoso. Lo que se requiere de un oficial es cierto poder de discernimiento, que solo pueden dar el conocimiento de los hombres y las cosas y el buen juicio. La ley de probabilidad debe ser su guía. Esta no es una dificultad insignificante ni siquiera respecto a los primeros planes, que pueden formarse en el despacho fuera de la esfera real de la guerra, pero aumenta enormemente cuando en medio de la guerra misma un informe sigue pisándole los talones a otro; entonces es afortunado si estos informes al contradecirse muestran cierto equilibrio de probabilidad, y así mismos provocan un examen. Es mucho peor para el inexperto cuando el azar no le presta este servicio, sino que un informe respalda a otro, lo confirma, lo magnifica, completa el cuadro con nuevos toques de color, hasta que la necesidad en urgente prisa nos arranca una resolución que pronto se descubrirá como insensatez, habiendo sido todos aquellos informes mentiras, exageraciones, errores, etc., etc. En pocas palabras, la mayoría de los informes son falsos, y la timidez de los hombres actúa como multiplicador de mentiras y falsedades. Como regla general, todos están más inclinados a dar crédito a lo malo que a lo bueno. Todos están inclinados a magnificar lo malo en cierta medida, y aunque las alarmas que así se propagan como las olas del mar se calman por sí mismas, aún así, como ellas, sin causa aparente vuelven a elevarse. Firme en la confianza en sus propias mejores convicciones, el jefe debe mantenerse como una roca contra la cual el mar rompe su furia en vano. El papel no es fácil; quien no sea por naturaleza de temperamento optimista, o esté curtido por la experiencia en la guerra y maduro en el juicio, puede establecer como su regla hacer violencia a su propia convicción natural inclinándose del lado del temor al de la esperanza; solo por ese medio será capaz de preservar su equilibrio. Esta dificultad de ver las cosas correctamente, que es una de las mayores fuentes de fricción en la guerra, hace que las cosas parezcan muy diferentes de lo esperado. La impresión de los sentidos es más fuerte que la fuerza de las ideas resultantes de la reflexión metódica, y esto llega tan lejos que ninguna empresa importante se ha llevado a cabo jamás sin que el comandante haya tenido que vencer nuevas dudas en sí mismo en el momento de comenzar la ejecución de su obra. Los hombres ordinarios que siguen las sugerencias de otros se vuelven, por tanto, generalmente indecisos en el momento; piensan que han encontrado circunstancias diferentes de las esperadas, y esta visión gana fuerza al ceder de nuevo a las sugerencias de otros. Pero incluso el hombre que ha hecho sus propios planes, cuando llega a ver las cosas con sus propios ojos a menudo pensará que ha obrado mal. Una firme confianza en sí mismo debe hacerlo resistente contra la presión aparente del momento; su primera convicción al final resultará verdadera, cuando el decorado de primer plano que el destino ha empujado al escenario de la guerra, con su acompañamiento de objetos terribles, sea retirado y el horizonte se extienda. Este es uno de los grandes abismos que separan la concepción de la ejecución.
Capítulo7La fricción en la guerra
Mientras no tengamos conocimiento personal de la guerra, no podemos concebir dónde residen esas dificultades de las que tanto se habla, y qué tienen realmente que hacer ese genio y esos extraordinarios poderes mentales que se exigen en un general. Todo parece tan sencillo, todas las ramas necesarias del conocimiento parecen tan claras, todas las combinaciones tan poco importantes, que en comparación con ellas el problema más fácil de matemática superior nos impresiona con cierta dignidad científica. Pero si hemos visto la guerra, todo se vuelve inteligible; y aun así, después de todo, es extremadamente difícil describir qué es lo que produce este cambio, especificar este factor invisible y completamente eficaz.
Todo es muy simple en la guerra, pero lo más simple es difícil. Estas dificultades se acumulan y producen una fricción que ningún hombre puede imaginar exactamente si no ha visto la guerra. Supongamos ahora a un viajero que hacia el anochecer espera completar las dos etapas al final de la jornada de su día, cuatro o cinco leguas, con caballos de posta, por la carretera principal: no es nada. Llega ahora a la penúltima estación, no encuentra caballos, o muy malos; luego una región montañosa, malos caminos; es una noche oscura, y se alegra cuando, después de muchas dificultades, alcanza la siguiente estación y encuentra allí algún alojamiento miserable. Así en la guerra, a través de la influencia de una infinidad de circunstancias insignificantes que no pueden describirse propiamente en papel, las cosas nos decepcionan y no alcanzamos la meta. Una poderosa voluntad de hierro supera esta fricción; aplasta los obstáculos, pero ciertamente la máquina junto con ellos. A menudo nos encontraremos con este resultado. Como un obelisco hacia el cual convergen las calles principales de una ciudad, la fuerte voluntad de un espíritu orgulloso se alza prominente y dominante en medio del arte de la guerra.
La fricción es la única concepción que de manera general corresponde a lo que distingue la guerra real de la guerra sobre el papel. La máquina militar, el ejército y todo lo que le pertenece, es de hecho simple, y parece por esta razón fácil de manejar. Pero reflexionemos que ninguna parte de ella es de una sola pieza, que está compuesta enteramente de individuos, cada uno de los cuales mantiene su propia fricción en todas direcciones. Teóricamente todo suena muy bien: el comandante de un batallón es responsable de la ejecución de la orden dada; y como el batallón por su disciplina está pegado en una sola pieza, y el jefe debe ser un hombre de celo reconocido, la viga gira sobre un pasador de hierro con poca fricción. Pero no es así en la realidad, y todo lo que hay de exagerado y falso en tal concepción se manifiesta de inmediato en la guerra. El batallón siempre permanece compuesto de cierto número de hombres, de los cuales, si el azar así lo quiere, el más insignificante es capaz de ocasionar demora e incluso irregularidad. El peligro que trae consigo la guerra, los esfuerzos corporales que requiere, aumentan tanto este mal que pueden considerarse las mayores causas del mismo.
Esta enorme fricción, que no está concentrada, como en la mecánica, en unos pocos puntos, está por lo tanto en todas partes en contacto con el azar, y así suceden incidentes sobre los cuales era imposible calcular, siendo su origen principal el azar. Como ejemplo de uno de estos azares: el tiempo atmosférico. Aquí la niebla impide que el enemigo sea descubierto a tiempo, que una batería dispare en el momento adecuado, que un informe llegue al general; allí la lluvia impide que un batallón llegue en el momento adecuado, porque en lugar de tres tuvo que marchar quizás ocho horas; que la caballería cargue eficazmente porque está atascada en terreno pesado.
Estos son solo unos pocos incidentes de detalle a modo de aclaración, para que el lector pueda seguir al autor, pues podrían escribirse volúmenes enteros sobre estas dificultades. Para evitar esto, y aun así dar una concepción clara de la multitud de pequeñas dificultades con las que hay que contender en la guerra, podríamos seguir acumulando ilustraciones, si no temiéramos resultar tediosos. Pero quienes ya nos han comprendido nos permitirán añadir algunas más.
La actividad en la guerra es movimiento en un medio resistente. Así como un hombre sumergido en el agua es incapaz de realizar con facilidad y regularidad el movimiento más natural y simple, el de caminar, así en la guerra, con poderes ordinarios, uno no puede mantener ni siquiera la línea de la mediocridad. Esta es la razón por la que el teórico correcto es como un maestro de natación que enseña en tierra seca movimientos que se requieren en el agua, los cuales deben parecer grotescos y ridículos a quienes olvidan el agua. Por esto también los teóricos que nunca se han sumergido ellos mismos, o que no pueden deducir ninguna generalidad de su experiencia, son poco prácticos e incluso absurdos, porque solo enseñan lo que todos saben: cómo caminar.
Además, toda guerra es rica en hechos particulares, mientras que al mismo tiempo cada una es un mar inexplorado, lleno de rocas de las cuales el general puede tener sospecha, pero que nunca ha visto con sus ojos, y alrededor de las cuales, además, debe navegar en la noche. Si además surge un viento contrario, es decir, si algún gran acontecimiento accidental se declara adverso a él, entonces se requieren la habilidad más consumada, presencia de ánimo y energía, mientras que a quienes solo observan desde la distancia todo parece proceder con la mayor facilidad. El conocimiento de esta fricción es una parte principal de esa tan a menudo mencionada experiencia en la guerra que se requiere en un buen general. Ciertamente no es el mejor general aquel en cuya mente asume las mayores dimensiones, quien está más abrumado por ella (esto incluye esa clase de generales demasiado ansiosos, de los cuales hay tantos entre los experimentados); sino que un general debe ser consciente de ella para poder superarla, donde eso sea posible, y para no esperar un grado de precisión en los resultados que es imposible debido precisamente a esta fricción. Además, nunca puede aprenderse teóricamente; y si pudiera, todavía faltaría esa experiencia del juicio que se llama tacto, y que siempre es más necesaria en un campo lleno de innumerables objetos pequeños y diversificados que en casos grandes y decisivos, cuando el propio juicio puede ser ayudado por la consulta con otros. Así como el hombre de mundo, a través del tacto de juicio que se ha vuelto hábito, habla, actúa y se mueve solo como conviene a la ocasión, así el oficial experimentado en la guerra siempre, en asuntos grandes y pequeños, en cada pulsación de la guerra por así decirlo, decidirá y determinará adecuadamente a la ocasión. A través de esta experiencia y práctica la idea acude por sí misma a su mente de que tal o cual cosa no conviene. Y así no se colocará fácilmente en una posición por la cual quede comprometido, lo cual, si ocurre a menudo en la guerra, sacude todos los fundamentos de la confianza y se vuelve extremadamente peligroso.
Es por lo tanto esta fricción, o lo que aquí se denomina así, lo que hace que lo que parece fácil en la guerra sea difícil en la realidad. A medida que procedamos, nos encontraremos a menudo con este tema de nuevo, y quedará claro en adelante que además de experiencia y una voluntad fuerte, todavía se requieren muchas otras raras cualidades de la mente para hacer de un hombre un general consumado.
Capítulo8Observaciones finales, Libro I
Aquellas cosas que como elementos se encuentran juntas en la atmósfera de la guerra y la convierten en un medio resistente para toda actividad las hemos designado bajo los términos de peligro, esfuerzo corporal (fatiga), información y fricción. En sus efectos obstaculizadores pueden, por tanto, comprenderse de nuevo en la noción colectiva de una fricción general. Ahora bien, ¿no existe entonces ningún tipo de aceite capaz de disminuir esta fricción? Solo uno, y ese no está siempre disponible a voluntad del comandante o de su ejército. Es la habituación de un ejército a la guerra.
El hábito da fuerza al cuerpo en el gran esfuerzo, a la mente en el gran peligro, al juicio contra las primeras impresiones. Por él se gana generalmente una valiosa circunspección en cada rango, desde el húsar y el fusilero hasta el general de división, que facilita el trabajo del comandante en jefe.
Así como el ojo humano en una habitación oscura dilata su pupila, absorbe la poca luz que hay, distingue parcialmente los objetos poco a poco y al final los conoce bastante bien, así ocurre en la guerra con el soldado experimentado, mientras que al novato solo le sale al encuentro la oscuridad más cerrada.
La habituación a la guerra ningún general puede dársela a su ejército de una vez, y los campos de maniobras (ejercicios en tiempo de paz) proporcionan solo un débil sustituto de ella, débil en comparación con la experiencia real en la guerra, pero no débil en relación con otros ejércitos en los que el entrenamiento se limita a meros ejercicios mecánicos de rutina. Regular los ejercicios en tiempo de paz de modo que incluyan algunas de estas causas de fricción, para que el juicio, la circunspección e incluso la resolución de los jefes particulares puedan ejercitarse, es de mucha mayor consecuencia de lo que creen quienes no conocen la cosa por experiencia. Es de inmensa importancia que el soldado, de alto o bajo rango, cualquiera que sea el suyo, no tenga que enfrentarse en la guerra a aquellas cosas que, cuando las ve por primera vez, lo ponen en asombro y perplejidad; si solo se ha topado con ellas una sola vez antes, ya con eso está medio familiarizado con ellas. Esto se refiere incluso a las fatigas corporales. Deben practicarse menos para acostumbrar el cuerpo a ellas que la mente. En la guerra el soldado joven es muy propenso a considerar las fatigas inusuales como consecuencia de faltas, errores y desconcierto en la conducción del conjunto, y a angustiarse y desanimarse como consecuencia. Esto no sucedería si hubiera sido preparado para ello de antemano mediante ejercicios en tiempo de paz.
Otro medio menos amplio pero aun así muy importante de ganar habituación a la guerra en tiempo de paz es invitar al servicio a oficiales de ejércitos extranjeros que hayan tenido experiencia en la guerra. La paz rara vez reina sobre toda Europa, y nunca en todos los rincones del mundo. Un Estado que ha estado largo tiempo en paz debería, por tanto, buscar siempre procurarse algunos oficiales que hayan prestado buen servicio en los diferentes escenarios de guerra, o enviar allí a algunos de los suyos propios, para que reciban una lección en la guerra.
Por muy pequeño que parezca el número de oficiales de esta descripción en proporción a la masa, aun así su influencia se siente muy sensiblemente.(*) Su experiencia, la inclinación de su genio, el sello de su carácter, influyen en sus subordinados y camaradas; y además de eso, si no pueden ser colocados en posiciones de mando superior, siempre pueden considerarse como hombres conocedores del terreno, a quienes puede consultarse en muchas ocasiones especiales.
(*) La guerra de 1870 proporciona una ilustración notable. Von Moltke y von Goeben, por no mencionar a muchos otros, habían prestado servicio de esta manera, el primero en Turquía y Siria, el segundo en España.—EDITOR.
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