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Parte 1El buen sentido y mi método

Discurso del método · René Descartes · 12 min de lectura

El buen sentido es la cosa mejor repartida del mundo, pues cada cual piensa estar tan bien provisto de él, que incluso quienes son más difíciles de contentar en cualquier otra cosa no acostumbran desear más del que tienen. En lo cual no es verosímil que todos se equivoquen, sino que más bien esto demuestra que el poder de juzgar bien y distinguir lo verdadero de lo falso, que es propiamente lo que se llama el buen sentido o la razón, es naturalmente igual en todos los hombres; y así que la diversidad de nuestras opiniones no viene de que unos sean más razonables que otros, sino solamente de que conducimos nuestros pensamientos por diversas vías, y no consideramos las mismas cosas.

Pues no basta con tener un buen entendimiento, sino que lo principal es aplicarlo bien. Las almas más grandes son capaces de los vicios más grandes lo mismo que de las virtudes más grandes; y quienes avanzan muy lentamente pueden progresar mucho más, si siguen siempre el camino recto, que quienes corren y se alejan de él.

En cuanto a mí, nunca he presumido que mi entendimiento fuera en nada más perfecto que el de la gente común; incluso he deseado a menudo tener el pensamiento tan rápido, o la imaginación tan nítida y clara, o la memoria tan amplia o tan presente, como algunos otros. Y no conozco otras cualidades que estas que sirvan a la perfección del entendimiento; pues en cuanto a la razón, o el sentido, dado que es lo único que nos hace hombres y nos distingue de las bestias, quiero creer que está entera en cada uno; y en esto sigo la opinión común de los filósofos, que dicen que solo hay más o menos entre los accidentes, y de ningún modo entre las formas o naturalezas de los individuos de una misma especie.

Pero no temeré decir que creo haber tenido mucha suerte al encontrarme desde mi juventud en ciertos caminos que me han conducido a consideraciones y máximas de las que he formado un método, mediante el cual me parece que tengo forma de aumentar gradualmente mi conocimiento, y de elevarlo poco a poco al punto más alto al que la mediocridad de mi entendimiento y la corta duración de mi vida le permitirán alcanzar. Pues ya he recogido tales frutos de él, que aunque en el juicio que hago de mí mismo procuro inclinarme siempre hacia el lado de la desconfianza más bien que hacia el de la presunción, y aunque, mirando con ojo de filósofo las diversas acciones y empresas de todos los hombres, casi ninguna hay que no me parezca vana e inútil, no dejo de recibir una extrema satisfacción del progreso que pienso haber hecho ya en la búsqueda de la verdad, y de concebir tales esperanzas para el futuro, que si, entre las ocupaciones de los hombres, puramente hombres, hay alguna que sea sólidamente buena e importante, me atrevo a creer que es la que he elegido.

Sin embargo, puede ser que me equivoque, y quizá no sea más que un poco de cobre y de vidrio lo que tomo por oro y diamantes. Sé cuán propensos somos a equivocarnos en lo que nos concierne, y cuán sospechosos deben sernos también los juicios de nuestros amigos, cuando son en nuestro favor. Pero tendré mucho gusto en mostrar en este discurso cuáles son los caminos que he seguido, y en representar en él mi vida como en un cuadro, para que cada cual pueda juzgar, y para que, al enterarme por el rumor común de las opiniones que sobre él se tendrán, esto sea un nuevo medio de instruirme, que añadiré a aquellos de los que acostumbro servirme.

Así pues, mi propósito no es enseñar aquí el método que cada cual debe seguir para conducir bien su razón, sino solamente mostrar de qué manera he procurado conducir la mía. Quienes se dedican a dar preceptos deben estimarse más hábiles que aquellos a quienes los dan; y si fallan en la más mínima cosa, son censurables. Pero, al no proponer este escrito más que como una historia, o, si lo prefieres, como una fábula, en la cual, entre algunos ejemplos que se pueden imitar, se encontrarán quizá también varios otros que se tendrá razón en no seguir, espero que sea útil a algunos sin ser perjudicial para nadie, y que todos me agradecerán mi franqueza.

Fui educado en las letras desde mi infancia; y, como me persuadían de que por medio de ellas se podía adquirir un conocimiento claro y seguro de todo lo que es útil para la vida, tenía un extremo deseo de aprenderlas. Pero tan pronto como terminé todo ese curso de estudios, al cabo del cual se acostumbra ser recibido en el rango de los doctos, cambié enteramente de opinión. Pues me encontraba embarazado por tantas dudas y errores, que me parecía no haber obtenido otro provecho, al procurar instruirme, sino que había descubierto cada vez más mi ignorancia.

Y sin embargo estaba en una de las más célebres escuelas de Europa, donde pensaba que debía haber hombres sabios, si los había en algún lugar de la tierra. Había aprendido allí todo lo que los demás aprendían; e incluso, no habiéndome contentado con las ciencias que se nos enseñaban, había recorrido todos los libros que trataban de aquellas que se estiman las más curiosas y las más raras, que habían podido caer en mis manos. Con todo esto sabía los juicios que los demás hacían de mí; y no veía que me estimaran inferior a mis condiscípulos, aunque ya había entre ellos algunos a quienes se destinaba a ocupar los puestos de nuestros maestros.

Y, en fin, nuestro siglo me parecía tan floreciente y tan fértil en buenos ingenios como hubiera sido cualquiera de los precedentes. Lo cual me hacía tomar la libertad de juzgar por mí a todos los demás, y de pensar que no había ninguna doctrina en el mundo que fuera tal como antes me habían hecho esperar.

No dejaba sin embargo de estimar los ejercicios a los que uno se dedica en las escuelas. Sabía que las lenguas que allí se aprenden son necesarias para la inteligencia de los libros antiguos; que la gracia de las fábulas despierta el espíritu; que las acciones memorables de las historias lo elevan, y que, siendo leídas con discreción, ayudan a formar el juicio; que la lectura de todos los buenos libros es como una conversación con las personas más distinguidas de los siglos pasados, que han sido sus autores, e incluso una conversación estudiada en la cual no nos descubren más que lo mejor de sus pensamientos;

que la elocuencia tiene fuerzas y bellezas incomparables; que la poesía tiene delicadezas y dulzuras muy cautivadoras; que las matemáticas tienen invenciones muy sutiles, y que pueden servir mucho tanto para contentar a los curiosos como para facilitar todas las artes y disminuir el trabajo de los hombres; que los escritos que tratan de las costumbres contienen muchas enseñanzas y muchas exhortaciones a la virtud que son muy útiles; que la teología enseña a ganar el cielo; que la filosofía da medio de hablar verosímilmente de todas las cosas, y hacerse admirar por los menos sabios;

que la jurisprudencia, la medicina y las otras ciencias aportan honores y riquezas a quienes las cultivan; y, en fin, que es bueno haberlas examinado todas, incluso las más supersticiosas y las más falsas, a fin de conocer su justo valor y guardarse de ser engañado por ellas.

Pero creía haber dedicado ya bastante tiempo a las lenguas, e incluso también a la lectura de los libros antiguos, y a sus historias, y a sus fábulas. Pues es casi lo mismo conversar con los de otros siglos que viajar. Es bueno saber algo de las costumbres de diversos pueblos, para juzgar las nuestras con más sensatez, y para que no pensemos que todo lo que es contrario a nuestras modas sea ridículo y contrario a la razón, como acostumbran hacer quienes no han visto nada.

Pero cuando se emplea demasiado tiempo en viajar, uno se vuelve finalmente extranjero en su propio país; y cuando se es demasiado curioso de las cosas que se practicaban en los siglos pasados, se permanece ordinariamente muy ignorante de las que se practican en el presente. Además de que las fábulas hacen imaginar muchos acontecimientos como posibles que no lo son; y que incluso las historias más fidedignas, si no cambian ni aumentan el valor de las cosas para hacerlas más dignas de ser leídas, al menos omiten casi siempre las circunstancias más bajas y menos ilustres, de donde viene que el resto no parece tal cual es, y que quienes regulan sus costumbres por los ejemplos que de ellas sacan están sujetos a caer en las extravagancias de los paladines de nuestras novelas, y a concebir proyectos que sobrepasan sus fuerzas.

Estimaba mucho la elocuencia, y estaba enamorado de la poesía; pero pensaba que una y otra eran dones del ingenio más bien que frutos del estudio. Quienes tienen el razonamiento más fuerte, y que digieren mejor sus pensamientos para hacerlos claros e inteligibles, siempre pueden persuadir mejor lo que proponen, aunque solo hablaran bajo bretón y nunca hubieran aprendido retórica; y quienes tienen las invenciones más agradables y que las saben expresar con más ornamento y dulzura, no dejarían de ser los mejores poetas, aunque el arte poético les fuera desconocido.

Me gustaban sobre todo las matemáticas, a causa de la certeza y de la evidencia de sus razones: pero todavía no advertía su verdadero uso; y, pensando que solo servían para las artes mecánicas, me asombraba de que, siendo sus fundamentos tan firmes y tan sólidos, no se hubiera construido sobre ellos nada más elevado: como al contrario comparaba los escritos de los antiguos paganos que tratan de las costumbres, con palacios muy suntuosos y muy magníficos, que no estaban construidos más que sobre arena y barro: elevan muy alto las virtudes, y las hacen parecer estimables por encima de todas las cosas que hay en el mundo;

pero no enseñan bastante a conocerlas, y a menudo lo que llaman con tan hermoso nombre no es más que una insensibilidad, o un orgullo, o una desesperación, o un parricidio.

Reverenciaba nuestra teología, y pretendía tanto como cualquier otro ganar el cielo: pero habiendo aprendido, como cosa muy cierta, que el camino no está menos abierto a los más ignorantes que a los más doctos, y que las verdades reveladas que conducen a él están por encima de nuestra inteligencia, no me habría atrevido a someterlas a la debilidad de mis razonamientos; y pensaba que, para emprender examinarlas y tener éxito en ello, era necesario tener alguna asistencia extraordinaria del cielo, y ser más que hombre.

No diré nada de la filosofía, sino que, viendo que ha sido cultivada por los ingenios más excelentes que han vivido desde hace varios siglos, y que sin embargo no se encuentra todavía en ella ninguna cosa de la que no se dispute, y por consiguiente que no sea dudosa, no tenía bastante presunción para esperar encontrar en ella nada mejor que los demás; y que, considerando cuántas diversas opiniones puede haber tocante a una misma materia, que sean sostenidas por gentes doctas, sin que pueda haber jamás más de una sola que sea verdadera, reputaba casi por falso todo lo que no era más que verosímil.

Luego, en cuanto a las otras ciencias, dado que toman prestados sus principios de la filosofía, juzgaba que no se podía haber construido nada que fuera sólido sobre fundamentos tan poco firmes; y ni el honor ni la ganancia que prometen eran suficientes para invitarme a aprenderlas: pues no me sentía, gracias a Dios, en condición que me obligara a hacer un oficio de la ciencia para el alivio de mi fortuna; y, aunque no hiciera profesión de despreciar la gloria como un cínico, hacía sin embargo muy poco caso de aquella que no esperaba poder adquirir más que con falsos títulos.

Y, en fin, en cuanto a las malas doctrinas, pensaba conocer ya bastante lo que valían para no estar más sujeto a ser engañado ni por las promesas de un alquimista, ni por las predicciones de un astrólogo, ni por las imposturas de un mago, ni por los artificios o la vanagloria de ninguno de los que hacen profesión de saber más de lo que saben.

Por eso, tan pronto como la edad me permitió salir de la sujeción de mis preceptores, abandoné enteramente el estudio de las letras; y, resolviéndome a no buscar más otra ciencia que la que pudiera encontrarse en mí mismo, o bien en el gran libro del mundo, empleé el resto de mi juventud en viajar, en ver cortes y ejércitos, en frecuentar gentes de diversos humores y condiciones, en recoger diversas experiencias, en ponerme a prueba a mí mismo en los encuentros que la fortuna me proponía, y en todas partes en hacer tal reflexión sobre las cosas que se presentaban que pudiera sacar de ellas algún provecho.

Pues me parecía que podría encontrar mucha más verdad en los razonamientos que cada cual hace tocante a los asuntos que le importan, y cuyo resultado debe castigarlo poco después si ha juzgado mal, que en aquellos que hace un hombre de letras en su gabinete, tocante a especulaciones que no producen ningún efecto, y que no le son de otra consecuencia, sino que quizá sacará de ellas tanta más vanidad cuanto más alejadas estén del sentido común, porque habrá debido emplear tanto más ingenio y artificio en procurar hacerlas verosímiles.

Y siempre tuve un extremo deseo de aprender a distinguir lo verdadero de lo falso, para ver claro en mis acciones, y caminar con seguridad en esta vida.

Es verdad que mientras solo me dedicaba a considerar las costumbres de los otros hombres, apenas encontraba de qué asegurarme, y que advertía en ellas casi tanta diversidad como había encontrado antes entre las opiniones de los filósofos. De suerte que el mayor provecho que sacaba de ello era que, viendo muchas cosas que, aunque nos parezcan muy extravagantes y ridículas, no dejan de ser comúnmente recibidas y aprobadas por otros grandes pueblos, aprendía a no creer nada demasiado firmemente de lo que solo me había sido persuadido por el ejemplo y por la costumbre: y así me libraba poco a poco de muchos errores que pueden ofuscar nuestra luz natural, y hacernos menos capaces de escuchar la razón.

Pero, después de haber empleado algunos años en estudiar así en el libro del mundo, y en procurar adquirir alguna experiencia, tomé un día la resolución de estudiar también en mí mismo, y de emplear todas las fuerzas de mi ingenio en elegir los caminos que debía seguir; lo cual me salió mucho mejor, me parece, que si nunca me hubiera alejado ni de mi país ni de mis libros.

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