Libro I
Carta de Arriano a Lucio Gelio
Disertaciones ordenadas por Arriano. Carta de Arriano a Lucio Gelio. Arriano saluda a Lucio Gelio.
Yo no he compuesto las palabras de Epicteto como uno compondría tales cosas, ni las he difundido entre los hombres, pues ni siquiera afirmo haberlas compuesto. Cuanto lo oía decir, eso mismo intenté anotarlo con sus propias palabras en la medida en que me fue posible, para conservarlo como notas para mí en el futuro, de su pensamiento y de su franqueza. Por tanto, son de tal clase como es natural que sean las cosas que alguien diría impulsado en el momento a otro, no como las que escribiría pensando en que después las lean algunos. Siendo tales, no sé cómo, sin mi consentimiento ni conocimiento, llegaron a manos de la gente. Pero a mí no me importa mucho si parezco incapaz de escribir, ni a Epicteto tampoco le importa poco si alguien desprecia sus palabras, puesto que al decirlas dejaba claro que a ninguna otra cosa aspiraba sino a mover las convicciones de los oyentes hacia lo mejor. Si estas palabras logran precisamente eso, tendrían, creo yo, lo que deben tener las palabras de los filósofos; y si no, que sepan al menos quienes las lean que, cuando él mismo las decía, era inevitable que el oyente experimentara lo que él quería que experimentara. Y si las palabras por sí mismas no logran esto, quizá sea yo el culpable, o quizá también sea inevitable que sea así. Que te vaya bien.
Capítulo1Sobre lo que depende de nosotros y lo que no depende de nosotros
No encontrarás ninguna otra facultad que se observe a sí misma, ni tampoco, por tanto, que se apruebe o desapruebe a sí misma. La gramática, ¿hasta dónde tiene la capacidad de observar? Hasta reconocer las letras. ¿La música? Hasta reconocer la melodía. ¿Acaso alguna de ellas se observa a sí misma? De ninguna manera. Pero cuando escribes algo a un amigo, la gramática te dirá qué debes escribir; pero si debes escribir o no a tu amigo, la gramática no te lo dirá. Y lo mismo ocurre con la música respecto a las melodías: si debes cantar ahora y tocar la cítara o no debes cantar ni tocar la cítara, no te lo dirá. ¿Quién te lo dirá entonces? La facultad que se observa a sí misma y a todas las demás. ¿Y cuál es esta? La facultad racional; pues solo esta nos ha sido dada para comprenderse a sí misma: qué es, qué puede hacer, con qué valor ha venido, y también comprender a todas las demás. Pues ¿qué otra cosa dice que el oro es hermoso? El oro mismo no lo dice. Es evidente que la facultad que maneja las impresiones. ¿Qué otra cosa discrimina la música, la gramática, las demás facultades, aprueba sus usos y señala sus momentos oportunos? Ninguna otra.
Así pues, como era digno, solo lo mejor de todo y lo que manda, los dioses lo pusieron en nuestro poder: el uso correcto de las impresiones; pero lo demás no lo pusieron en nuestro poder. ¿Acaso porque no quisieron? Yo creo que, si hubieran podido, también aquello nos lo habrían confiado; pero no podían en absoluto. Pues estando en la tierra y atados a un cuerpo como este y a compañeros como estos, ¿cómo era posible en estas cosas no estar impedidos por lo externo?
Pero ¿qué dice Zeus? «Epicteto, si hubiera sido posible, también tu cuerpecito y tu posesioncilla los habría hecho libres y sin impedimentos. Pero ahora no te pase inadvertido: esto no es tuyo, sino arcilla amasada con arte. Puesto que esto no podía, te hemos dado una parte nuestra: esta facultad de impulsarse y rechazar, de desear y rehuir, y en resumen, la de manejar las impresiones; si te cuidas de ella y pones en ella lo tuyo, jamás serás impedido, jamás serás obstaculizado, no gemirás, no te quejarás, no adularás a nadie. ¿Qué entonces? ¿Te parecen pequeñas estas cosas?» «¡De ningún modo!» «¿Te bastan entonces?» «Ruego a los dioses».
Pero ahora, pudiendo cuidarnos de una sola cosa y vincularnos a una sola, preferimos cuidarnos de muchas y estar atados a muchas: al cuerpo, a la propiedad, al hermano, al amigo, al hijo, al esclavo. Por estar atados a muchas cosas, nos vemos abrumados por ellas y arrastrados. Por eso, si no hay vientos favorables para navegar, nos quedamos sentados atormentándonos y nos asomamos constantemente: «¿Qué viento sopla? El Norte». ¿Y qué tenemos que ver con él? «¿Cuándo soplará el Oeste?» Cuando él quiera, buen hombre, o cuando quiera Eolo. Pues el dios no te hizo a ti administrador de los vientos, sino a Eolo. ¿Qué entonces? Hay que disponer lo mejor posible lo que depende de nosotros, y usar lo demás tal como es por naturaleza. «¿Y cómo es por naturaleza?» Como el dios quiera.
«¿Entonces ahora debo ser decapitado yo solo?» ¿Qué entonces? ¿Querías que todos fueran decapitados para que tú tuvieras consuelo? ¿No quieres extender el cuello como cierto Laterano en Roma, a quien Nerón ordenó decapitar? Pues extendió el cuello, y cuando recibió el golpe y este resultó débil, se encogió un poco, pero luego volvió a extenderlo. Más aún, antes, cuando se acercó Epafrodito, el liberto de Nerón, y lo interrogaba sobre la conjura, le dijo: «Si quiero decir algo, se lo diré a tu amo».
«¿Qué hay que tener entonces a mano en tales circunstancias?» ¿Qué otra cosa sino qué es mío y qué no es mío, y qué me está permitido y qué no me está permitido? Debo morir: ¿acaso debo también gemir? Debo ser encadenado: ¿acaso también lamentarme? Debo ser desterrado: ¿acaso alguien me impide ir riendo, animado y tranquilo? «Revela los secretos». No los revelo: pues esto depende de mí. «Pero te encadenaré». Hombre, ¿qué dices? ¿A mí? Encadenarás mi pierna, pero mi capacidad de elección ni Zeus puede vencerla. «Te meteré en la cárcel». Mi cuerpecito. «Te cortaré la cabeza». ¿Cuándo te dije que mi cuello era el único que no puede ser cortado? Estas cosas debían practicar los que filosofan, escribir esto cada día, ejercitarse en esto.
Trasea solía decir: «Prefiero ser ejecutado hoy antes que desterrado mañana». ¿Qué le dijo entonces Rufo? «Si lo eliges por ser más pesado, ¿cuál es la estupidez de tu elección? Si por ser más ligero, ¿quién te lo ha dado? ¿No quieres practicar el contentarte con lo dado?»
Por eso Agripino, ¿qué decía? «Yo no me convierto en obstáculo para mí mismo». Le anuncian: «Tu caso se juzga en el Senado». «Con buena suerte. Pero ha llegado la hora quinta» (a esa hora solía hacer ejercicio y bañarse con agua fría); «vayamos a ejercitarnos». Después de ejercitarse, alguien viene y le dice: «Has sido condenado». «¿A destierro», dice, «o a muerte?» «A destierro». «¿Mis bienes qué?» «No han sido confiscados». «Entonces vayamos a Aricia y almorcemos allá». Esto es haber practicado lo que hay que practicar, haber preparado el deseo y la aversión sin impedimentos e inevitables. Debo morir. Si es ya, muero; y si es dentro de poco, ahora almuerzo puesto que ha llegado la hora, luego moriré. ¿Cómo? Como corresponde al que devuelve lo ajeno.
Capítulo2Cómo podría uno preservar su dignidad en todo
Solo para el ser racional es insoportable lo irracional, lo razonable es soportable. Los golpes no son insoportables por naturaleza. —¿Cómo es eso?— Mira de qué manera: los lacedemonios soportan ser azotados porque han aprendido que es razonable. —¿Ahorcarse no es insoportable?— Pues cuando a uno le parece razonable, se va y se ahorca. En resumen, si prestamos atención, descubriremos que el ser viviente no es afligido por nada tanto como por lo irracional, y por otra parte no es arrastrado a nada tanto como a lo razonable.
Pero lo razonable y lo irracional aparecen de modo distinto a cada uno, igual que el bien y el mal, lo conveniente y lo inconveniente, son distintos para cada uno. Por esto sobre todo necesitamos educación: para aprender a aplicar la noción previa de lo razonable y lo irracional a las sustancias particulares conforme a la naturaleza. Para juzgar lo razonable y lo irracional, no solo utilizamos el valor de las cosas externas, sino también cada uno el de las cosas relativas a su propia persona. Porque a uno le parece razonable sostener la bacinilla, mirando solo que si no la sostiene recibirá golpes y no recibirá comida, pero si la sostiene no sufrirá nada duro ni molesto; a otro, en cambio, no solo le parece insoportable sostenerla él mismo, sino también tolerar que otro la sostenga. Si me preguntas entonces «¿sostengo la bacinilla o no?», te diré que recibir comida tiene mayor valor que no recibirla, y recibir golpes mayor desvalor que no recibirlos; de modo que si mides tus asuntos con esto, ve y sostenla. «Pero no sería digno de mí». Eso debes tú incorporar al examen, no yo. Pues tú eres el que te conoces a ti mismo, cuánto vales para ti y por cuánto te vendes a ti mismo; pues unos se venden por un precio, otros por otro.
Por eso Agripino, cuando Floro deliberaba si debía bajar a los espectáculos de Nerón para participar él también en algún servicio, le dijo: «Baja». Pero cuando Floro le preguntó: «¿Por qué tú no bajas?», respondió: «Porque yo ni siquiera me lo planteo». Pues quien una vez baja a considerar tales cosas y a sopesar el valor de lo externo y a emitir su voto, está cerca de los que han olvidado su propio papel. ¿Qué me preguntas? «¿Es preferible la muerte o la vida?». Digo que la vida. «¿El dolor o el placer?». Digo que el placer. «Pero si no hago de actor trágico, me cortarán la cabeza». Ve entonces y haz de actor trágico, pero yo no lo haré. «¿Por qué?». Porque tú te consideras un simple hilo entre los que forman la túnica. ¿Y qué te toca hacer entonces? Preocuparte de cómo no ser igual que los demás hombres, como tampoco el hilo quiere tener algo extraordinario respecto a los demás hilos. Pero yo quiero ser púrpura, ese poquito que es brillante y hace que el resto parezca elegante y bello. ¿Por qué me dices entonces «hazte igual a la mayoría»? Y si lo hago, ¿cómo voy a seguir siendo púrpura?
Esto lo vio también Prisco Helvidio, y cuando lo vio, actuó. Cuando Vespasiano le mandó recado para que no entrara en el Senado, respondió: «Está en tu mano no permitir que yo sea senador; pero mientras lo sea, debo entrar». «Está bien, pero si entras», dice, «guarda silencio». «No me pidas opinión y guardaré silencio». «Pero tengo que pedírtela». «Y yo tengo que decir lo que me parece justo». «Pero si lo dices, te mataré». «¿Cuándo te he dicho que soy inmortal? Tú harás tu parte y yo la mía. Lo tuyo es matar, lo mío morir sin temblar; lo tuyo desterrar, lo mío salir sin sufrir». ¿De qué sirvió entonces Prisco, siendo uno solo? ¿Y de qué sirve la púrpura a la prenda? ¿De qué más sino de destacar en ella como púrpura y de ofrecerse como hermoso ejemplo para los demás? Otro, si César le hubiera dicho en tales circunstancias que no fuera al Senado, habría respondido: «Te agradezco que me perdones la vida». A ese ni siquiera le habría impedido entrar, sino que sabría que o se quedaría sentado como una vasija o, si hablaba, diría lo que sabe que César quiere y añadiría aún más.
De este modo también cierto atleta que corría el peligro de morir si no se cortaba los genitales, cuando se le acercó su hermano —que era filósofo— y le dijo: «Vamos, hermano, ¿qué vas a hacer? ¿Nos cortamos esta parte y seguimos yendo al gimnasio?», no lo soportó, sino que perseveró y murió. Cuando alguien preguntó: «¿Cómo hizo esto? ¿Como atleta o como filósofo?», respondió: «Como hombre, y un hombre proclamado vencedor en los Juegos Olímpicos y que ha competido, que se ha movido en ese ámbito, no untándose de aceite en casa de Batón». Otro se habría dejado cortar incluso el cuello si hubiera podido vivir sin cuello. Eso es el papel propio: tan poderoso es entre los acostumbrados a tenerlo en cuenta en sus propias deliberaciones. «Venga, Epicteto, aféitate». Si soy filósofo, respondo: «No me afeito». «Entonces te cortaré la cabeza». Si te conviene más, córtala.
Preguntó alguien: «¿Cómo percibirá entonces cada uno su papel propio?». ¿Cómo percibe el toro, respondió, solo su propia capacidad cuando se acerca el león, y se lanza adelante en defensa de toda la manada? ¿No es evidente que, al mismo tiempo que tiene la capacidad, surge también la conciencia de ella? Y también entre nosotros, quien tenga tal capacidad no la ignorará. Pero no se hace uno toro de repente, ni hombre noble de repente, sino que hay que pasar el invierno, prepararse, y no lanzarse temerariamente a lo que no nos corresponde.
Solo reflexiona a qué precio vendes tu capacidad de elección. Hombre, si no otra cosa, al menos no la vendas por poco. Lo grande y extraordinario quizá les corresponde a otros, a Sócrates y a los semejantes a él. «Entonces, ¿por qué, si hemos nacido para esto, no todos o muchos llegan a ser así?». ¿Acaso todos los caballos se vuelven veloces? ¿Todos los perros buenos rastreadores? ¿Qué entonces? ¿Porque no tengo dotes naturales, voy a abandonar el cuidado de esto? ¡De ningún modo! Epicteto no será superior a Sócrates; pero si no es inferior, eso me basta. Pues tampoco seré Milón, y sin embargo no descuido mi cuerpo; ni Creso, y sin embargo no descuido mi hacienda; ni en general por la desesperación de alcanzar la excelencia abandonamos ningún otro cuidado.
Capítulo3Cómo podría uno, desde la idea de que Dios es padre de los hombres, llegar a las consecuencias
Si alguien pudiera asimilar dignamente este principio de que todos hemos sido engendrados por Dios principalmente y que Dios es padre de hombres y dioses, creo que no concebiría nada innoble ni rastrero sobre sí mismo. Pero si César te adoptara, nadie soportaría tu arrogancia; ¿y si sabes que eres hijo de Zeus, no te sentirás orgulloso? Ahora, sin embargo, no lo hacemos, sino que, puesto que dos elementos se han mezclado en nuestro nacimiento, el cuerpo común con los animales, y la razón y el juicio comunes con los dioses, unos se inclinan hacia ese parentesco desdichado y muerto, pocos hacia el divino y dichoso. Por consiguiente, puesto que necesariamente todo hombre usa cada cosa según la opinión que tiene de ella, aquellos pocos que creen haber nacido para la lealtad, para el respeto y para el uso seguro de las representaciones, no conciben nada rastrero ni innoble sobre sí mismos, pero la mayoría lo contrario. «Pues ¿qué soy yo? Un pobre hombrecillo», y «mis miserables carnecitas». Ciertamente miserables, pero tienes algo superior a las carnecitas. Entonces, ¿por qué abandonas aquello y te apegas a esto?
Por causa de este parentesco, unos, inclinándose hacia él, nos volvemos semejantes a lobos, desleales, traidores y dañinos; otros a leones, salvajes, bestiales e indómitos; la mayoría de nosotros nos volvemos zorros y desgracias entre los animales. Pues ¿qué otra cosa es un hombre difamador y malvado sino un zorro o qué más desdichado y rastrero? Mirad, pues, y prestad atención, no sea que os convirtáis en alguna de estas desgracias.
Capítulo4Sobre el progreso
El que progresa, habiendo aprendido de los filósofos que el deseo es de cosas buenas y la aversión hacia las malas, habiendo aprendido también que la tranquilidad y la imperturbabilidad le sobrevienen al hombre solo cuando no fracasa en el deseo ni cae en aquello que rechaza, ha eliminado el deseo de sí mismo por completo y lo ha pospuesto, y usa la aversión solo hacia lo que depende de la elección. Pues si siente aversión hacia algo de lo que no depende de la elección, sabe que alguna vez caerá en algo contrario a su aversión y será desdichado. Y si la virtud promete producir felicidad, imperturbabilidad y tranquilidad, ciertamente también el progreso hacia ella es progreso hacia cada una de estas cosas. Pues siempre hacia donde la perfección de algo conduce enteramente, hacia eso el progreso es aproximación.
¿Cómo entonces admitimos que la virtud es tal cosa, pero buscamos y mostramos el progreso en otras? ¿Qué obra es propia de la virtud? La tranquilidad. ¿Quién progresa entonces? ¿El que ha leído muchos tratados de Crisipo? ¿Acaso la virtud es esto, haber comprendido a Crisipo? Pues si es esto, se admite que el progreso no es otra cosa que comprender muchas cosas de Crisipo. Ahora bien, admitimos que la virtud produce una cosa, pero declaramos que la aproximación a ella, el progreso, es otra. «Este», dice alguien, «ya puede leer a Crisipo por sí mismo». ¡Bien, por los dioses, progresas, hombre! ¡Qué progreso! «¿Por qué te burlas de él?». ¿Por qué lo apartas de la conciencia de sus propios males? ¿No quieres mostrarle la obra de la virtud, para que aprenda dónde debe buscar el progreso? Búscalo allí, desdichado, donde está tu obra. ¿Y dónde está tu obra? En el deseo y la aversión, para que no fracases ni caigas; en los impulsos y contra-impulsos, para que no yerres; en el asentimiento y la suspensión, para que no te engañes. Los primeros ámbitos son los primeros y más necesarios. Pero si buscas no caer mientras tiemblas y te lamentas, ¿cómo vas a progresar?
Muéstrame entonces aquí tu progreso. Como si hablara con un atleta: «Muéstrame los hombros», y luego él dijera: «Mira mis pesas». Tú mira tus pesas; yo quiero ver el resultado de las pesas. «Toma el tratado sobre el impulso y conoce cómo lo he leído». Esclavo, no busco eso, sino cómo te impulsas y contra qué, cómo deseas y rechazas, cómo te propones, te dispones y te preparas, si en armonía con la naturaleza o en desarmonía. Pues si es en armonía, muéstramelo y te diré que progresas; pero si es en desarmonía, vete y no solo comentes los libros, sino escribe tú mismo otros tales. ¿Y de qué te servirá? ¿No sabes que todo el libro vale cinco denarios? ¿Acaso el que lo comenta cree valer más de cinco denarios? Nunca, pues, busquéis la obra en un sitio y el progreso en otro.
¿Dónde está, pues, el progreso? Si alguno de vosotros, apartándose de las cosas externas, se ha vuelto hacia su propia capacidad de elección para trabajarla y perfeccionarla, de modo que resulte conforme con la naturaleza, elevada, libre, sin trabas, sin obstáculos, fiel, honesta; y ha aprendido que quien desea o rehúye lo que no depende de él no puede ser fiel ni libre, sino que por fuerza ha de cambiar y dejarse arrastrar junto con aquello, y por fuerza ha de someterse también a otros, a quienes pueden procurar o impedir esas cosas; y en adelante, desde que se levanta por la mañana, esto observa y esto guarda, se baña como fiel, come como honesto, y del mismo modo en cada situación que se presenta trabaja sus deberes principales, como el corredor en lo propio del correr y el preparador vocal en lo propio de su arte; ése es el que verdaderamente progresa, y ése es el que no ha salido de viaje en vano. Pero si se dedica a adquirir conocimiento de los libros y trabaja en esto y ha salido de viaje para esto, le digo que regrese al punto a casa y no descuide sus asuntos de allí; pues aquello para lo que ha salido de viaje no es nada. Pero aquello otro sí: practicar el extirpar de su vida los lamentos y gemidos, el «ay de mí» y el «pobre de mí», la desdicha y el infortunio, y aprender qué es la muerte, qué el destierro, qué la cárcel, qué la cicuta, para que pueda decir en prisión «querido Critón, si así les place a los dioses, así sea», y no aquellas cosas: «Pobre de mí, viejo como soy, ¿para esto me guardaron estas canas?». ¿Quién dice esto? ¿Pensáis que os voy a nombrar a alguien oscuro y humilde? ¿Acaso no lo dice Príamo? ¿Acaso no lo dice Edipo? ¡Pero si lo dicen todos los reyes! Pues ¿qué otra cosa son las tragedias sino representaciones en verso de los sufrimientos de hombres que han admirado las cosas externas? Y si fuera necesario que uno aprendiese mediante engaño que ninguna de las cosas externas y ajenas a nuestra capacidad de elección nos concierne, yo preferiría ese engaño, gracias al cual iba a vivir con fluidez y tranquilidad; pero vosotros veréis qué preferís.
¿Qué nos ofrece, pues, Crisipo? «Para que sepas —dice— que estas doctrinas, de las cuales proceden el fluir tranquilo y la serenidad, no son falsas, toma mis libros y conocerás cómo son verdaderas y conformes con la naturaleza las que me hacen impasible». ¡Oh, gran fortuna! ¡Oh, gran bienhechor el que muestra el camino! Y entonces a Triptólemo todos los hombres le han levantado templos y altares porque nos dio el alimento cultivado, pero a quien descubrió la verdad y la llevó a la luz y la difundió entre todos los hombres —no la verdad sobre el vivir, sino sobre el vivir bien—, ¿quién de vosotros ha erigido por esto un altar, o ha consagrado un templo o una estatua, o venera al dios por esto? Pero porque nos dieron la vid o el trigo, sacrificamos por ello; ¿y porque produjeron tal fruto en la mente humana, mediante el cual iban a mostrarnos la verdad acerca de la felicidad, por esto no daremos gracias al dios?
Capítulo5Contra los académicos
Si alguien —dice— se opone a lo perfectamente evidente, no es fácil encontrar un argumento con el cual persuadirle. Y esto no ocurre por la fuerza de aquél ni por la debilidad del maestro, sino que cuando alguien endurecido se petrifica, ¿cómo puede uno todavía emplear el razonamiento con él?
Hay dos clases de petrificación: la petrificación de la inteligencia y la petrificación de la vergüenza, cuando uno se ha atrincherado para no asentir a lo evidente ni apartarse de las posiciones contradictorias. Pero la mayoría tememos la muerte corporal y lo haríamos todo para no caer en algo así, mientras que de la muerte del alma no nos importa nada. Y por Zeus, en lo que toca al alma misma, si alguien está en tal estado que no sigue nada ni entiende nada, también creemos que está mal; pero si se le muere a alguien la vergüenza y el respeto, a esto todavía lo llamamos fuerza de carácter.
¿Te das cuenta de que estás despierto? «No —dice—, pues tampoco cuando imagino en sueños que estoy despierto me doy cuenta». ¿Esta impresión no difiere en nada de aquella? «En nada». ¿Todavía voy a dialogar con éste? ¿Y qué fuego o qué hierro le voy a aplicar para que se dé cuenta de que está muerto? Si se da cuenta pero lo disimula, está peor que un muerto. Aquél no ve su discordancia: está mal. Éste la ve pero no se mueve ni progresa: está todavía más miserablemente. Tiene extirpados el respeto y la vergüenza, y la razón no se la han extirpado, sino que se ha embrutecido. ¿Voy a llamar a esto fuerza? Que no ocurra, a menos que llame también fuerza a la de los degenerados, por la cual hacen y dicen en público todo lo que les viene en gana.
Capítulo6Sobre la providencia
A partir de cada una de las cosas que ocurren en el mundo es fácil alabar a la providencia, si uno tiene en sí mismo estas dos cosas: capacidad para ver en conjunto lo que corresponde a cada ser, y gratitud. Si no es así, uno no verá la utilidad de lo que ha ocurrido, y el otro no dará gracias por ello aunque lo vea. Si el dios hubiese hecho los colores pero no hubiese hecho la capacidad de verlos, ¿de qué habría servido? —De nada en absoluto. —Pero a la inversa, si hubiese hecho la capacidad pero no hubiese hecho los seres tales que caigan bajo la capacidad visual, ¿de qué serviría tampoco? —De nada en absoluto. —¿Y qué? Si hubiese hecho ambas cosas pero no hubiese hecho la luz, ¿tampoco serviría de nada? —Así es. —Entonces, ¿quién armonizó esto con aquello y aquello con esto? ¿Quién armonizó la espada con la vaina y la vaina con la espada? ¿Nadie? ¡Pero si solemos demostrar a partir de la misma estructura de las obras acabadas que son sin duda trabajo de algún artesano, y no están construidas al azar! ¿Acaso, pues, cada una de estas cosas manifiesta al artesano, pero las cosas visibles, la visión y la luz no lo manifiestan? ¿Y el macho y la hembra, y el mutuo deseo de unión de cada uno, y la capacidad de usar los órganos construidos para ello, ni siquiera estas cosas manifiestan al artesano? Pero sea, estas sí; pero la estructura de la mente, tal que no simplemente recibimos la impresión de lo que cae bajo los sentidos, sino que también seleccionamos algo, sustraemos, añadimos, combinamos ciertas cosas a través de ellos, y por Zeus pasamos de unas cosas a otras que de algún modo están relacionadas, ¿ni siquiera estas cosas son suficientes para mover a algunos y convertirlos para que no abandonen al artesano? O que nos expliquen qué es lo que produce cada una de estas cosas, o cómo es posible que cosas tan admirables y artísticas ocurran al azar y espontáneamente.
¿Qué, entonces? ¿Estas cosas ocurren sólo en nosotros? Muchas sólo en nosotros, de las cuales tenía necesidad especial el animal racional, pero encontrarás que muchas las compartimos también con los irracionales. Entonces, ¿acaso también aquéllos comprenden lo que ocurre? De ningún modo. Pues una cosa es el uso y otra la comprensión. El dios necesitaba de aquéllos que usaran las impresiones, pero de nosotros que comprendiéramos el uso. Por eso a ellos les basta comer, beber, descansar, aparearse y realizar cada uno sus demás funciones, pero a nosotros, a quienes también dio la capacidad de comprender, ya no nos bastan estas cosas, sino que si no actuamos apropiadamente, con orden y conforme a la naturaleza y constitución de cada uno, ya no alcanzaremos nuestro propio fin. Pues aquellos cuyas constituciones son diferentes tienen también diferentes funciones y fines. Por tanto, aquel cuya constitución es sólo para el uso, a éste le basta usar de cualquier manera; pero aquel cuya constitución es también para comprender el uso, si no se añade el actuar apropiadamente, jamás alcanzará su fin. ¿Y qué? El dios constituye cada uno de aquellos de modo que uno sea comido, otro sirva para la agricultura, otro produzca queso, otro para algún otro uso semejante; ¿para qué necesitan éstos seguir las impresiones y poder distinguirlas? Pero al hombre lo introdujo como espectador de sí mismo y de sus obras, y no sólo espectador, sino también intérprete de ellas. Por eso es vergonzoso para el hombre comenzar y terminar donde también los irracionales, sino más bien comenzar desde donde ellos, pero terminar en lo que la naturaleza culminó en nosotros. Y culminó en contemplación, comprensión y una vida conforme con la naturaleza. Mirad, pues, no morir sin haber contemplado estas cosas.
Pero viajáis a Olimpia para ver la obra de Fidias, y cada uno de vosotros considera una desgracia morir sin haber conocido estas cosas; pero donde ni siquiera es necesario viajar, sino que ya estáis allí y presentes ante las obras, ¿no desearéis contemplarlas y comprenderlas? ¿No os daréis cuenta, entonces, ni de quiénes sois ni para qué habéis nacido ni qué es aquello para cuya contemplación habéis sido admitidos? —Pero ocurren cosas desagradables y difíciles en la vida. —¿Y en Olimpia no ocurren? ¿No pasáis calor? ¿No os agobiáis? ¿No os bañáis mal? ¿No os empapáis cuando llueve? ¿No compartís el tumulto, el griterío y otras molestias? Pero creo que, poniendo todo esto frente al valor del espectáculo, lo soportáis y aguantáis. Vamos, ¿no habéis recibido capacidades con las que soportaréis todo lo que ocurra? ¿No habéis recibido magnanimidad? ¿No habéis recibido valentía? ¿No habéis recibido resistencia? ¿Y qué me importa ya, siendo magnánimo, lo que pueda suceder? ¿Qué me sacará de quicio o perturbará, o qué me parecerá penoso? ¿No usaré la capacidad para aquello para lo cual la he recibido, sino que me lamentaré y gemiré por lo que suceda?
«Sí, pero me moquea la nariz». Entonces ¿para qué tienes manos, esclavo? ¿No es para limpiarte tú mismo? — «Pero ¿tiene sentido que existan los mocos en el mundo?» — ¿Y cuánto mejor es que te limpies en lugar de quejarte? O bien, ¿qué crees que habría sido de Hércules si no hubiera existido aquel león, la hidra, el ciervo, el jabalí y ciertos hombres injustos y salvajes a los que él expulsaba y limpiaba? ¿Y qué habría hecho si nada de eso hubiera existido? ¿No está claro que habría dormido arropado? Pues bien, en primer lugar no habría llegado a ser Hércules durmiendo toda su vida en semejante comodidad y tranquilidad; y si acaso hubiera llegado a serlo, ¿de qué habría servido? ¿Y qué uso habrían tenido sus brazos, su fuerza, su resistencia y su nobleza, si tales circunstancias y pruebas no le hubieran sacudido y ejercitado? ¿Qué entonces? ¿Debía procurarse él mismo esas pruebas y buscar de dónde traer un león a su propia tierra, o un jabalí, o una hidra? Eso sería locura y demencia. Pero una vez que existían y aparecían, eran útiles para mostrar y ejercitar a Hércules.
Vamos pues, tú también, habiéndote dado cuenta de esto, contempla las capacidades que tienes y, tras contemplarlas, di: «Tráeme ahora, Zeus, la circunstancia que quieras; pues tengo el equipamiento que me has dado y los recursos para honrarme a mí mismo a través de lo que suceda». No; sino que os quedáis sentados temblando de que no os ocurra algo, y cuando os ocurre, lamentándoos, haciendo duelo y gimiendo; luego os quejáis de los dioses. Pues ¿qué otra cosa puede seguirse de tal bajeza sino también la impiedad? Y sin embargo el dios no solo nos dio estas capacidades, conforme a las cuales soportaremos todo lo que suceda sin ser humillados ni quebrados por ello, sino que —como era propio de un buen rey y verdaderamente de un padre— nos lo dio sin obstáculos, sin imposiciones, sin trabas, lo puso todo entero en nuestro poder, sin reservarse para sí ninguna fuerza para impedirlo u obstaculizarlo. Teniendo estas cosas libres y vuestras, no las usáis ni os dais cuenta de lo que habéis recibido ni de quién, sino que os quedáis haciendo duelo y gimiendo, unos ciegos ante aquel mismo que os lo dio y sin reconocer a vuestro bienhechor, otros por bajeza cayendo en reproches y acusaciones contra el dios. Y sin embargo yo te mostraré que tienes recursos y equipamiento para la magnanimidad y el valor, pero tú muéstrame qué recursos tienes para quejarte y acusar.
Capítulo7Sobre la utilidad de los argumentos variables e hipotéticos y similares
La ocupación con los argumentos variables e hipotéticos, y además con los que concluyen mediante preguntas y, en general, con todos los argumentos de este tipo, escapa a la mayoría que se trata sobre el deber. Pues investigamos en cada materia cómo podría el hombre noble y bueno encontrar la conducta y el comportamiento apropiado en ella. Que digan entonces, o bien que el hombre virtuoso no se prestará a la pregunta y la respuesta, o bien que, prestándose, no se cuidará de no comportarse en la pregunta y respuesta al azar o casualmente; o bien, si no aceptan ninguna de estas dos cosas, es necesario reconocer que hay que hacer cierto examen de estos temas en torno a los cuales principalmente giran la pregunta y la respuesta. Pues ¿qué es lo que promete en el razonamiento? Establecer lo verdadero, eliminar lo falso, suspender el juicio ante lo incierto. ¿Acaso basta con aprender solo esto? — «Basta», dice. — ¿Acaso también le basta al que quiere no equivocarse en el uso de la moneda con solo oír por qué aceptas las dracmas auténticas y rechazas las falsas? — No basta. — ¿Qué debe añadir entonces? ¿Qué otra cosa sino la capacidad de examinar y distinguir las dracmas auténticas de las falsas? Luego también en el razonamiento no basta lo dicho, sino que es necesario hacerse capaz de examinar y distinguir lo verdadero de lo falso y de lo incierto. — Es necesario. — Además de esto, ¿qué se recomienda en el razonamiento? Acepta lo que es consecuente con lo que has concedido correctamente. Vamos, ¿acaso basta también aquí con saber esto? No basta, sino que hay que aprender cómo algo resulta consecuente con algunas cosas, y cómo a veces una cosa es consecuente con una sola, y a veces con varias conjuntamente. ¿Acaso entonces no es también necesario que adquiera esto el que va a comportarse inteligentemente en el razonamiento, y tanto demostrará cada cosa presentándola, como seguirá a los que demuestran y no será engañado por los que sofistican como si estuvieran demostrando? Luego nos ha venido la ocupación con los argumentos y modos silogísticos, y el ejercicio, y ha resultado necesario.
Pero sucede que en algunos casos hemos concedido correctamente las premisas y se sigue esto de ellas; sin embargo, siendo falso, no por ello deja de seguirse. ¿Qué me corresponde hacer entonces? ¿Aceptar lo falso? ¿Y cómo es posible? Sino decir que «no concedí correctamente lo acordado». Pero tampoco esto se permite. Sino que «no se sigue de lo concedido». Pero tampoco esto se permite. ¿Qué hay que hacer entonces en estos casos? ¿Acaso no es que, así como no basta haber recibido un préstamo para seguir debiéndolo, sino que es necesario que además persista el préstamo y no haya sido cancelado, así tampoco basta para tener que conceder la conclusión el haber dado las premisas, sino que es necesario persistir en la concesión de ellas? Y ciertamente mientras permanezcan hasta el final tal como fueron concedidas, es del todo necesario que persistamos en la concesión y aceptemos lo que se sigue de ellas. Pues ni siquiera para nosotros ni según nosotros se sigue ya esta conclusión, puesto que nos hemos apartado de la concesión de las premisas. Hay que examinar pues también este tipo de premisas y tal cambio y transformación de ellas, según la cual en la misma pregunta o respuesta o silogismo o alguna otra cosa semejante † tomando las transformaciones proporciona ocasión a los necios para turbarse al no ver la consecuencia. ¿Por qué razón? Para que en este ámbito no nos comportemos contra el deber ni al azar ni de manera confusa.
Y lo mismo ocurre con las hipótesis y los argumentos hipotéticos. Pues es necesario a veces pedir una hipótesis como punto de partida para el razonamiento siguiente. ¿Hay que conceder entonces toda hipótesis dada o no toda? Y si no toda, ¿cuál? [¿Sobre qué trata el examen? Sobre el deber.] Y habiendo concedido, ¿hay que mantenerse siempre en la observancia o a veces hay que apartarse, aceptando lo consecuente y no aceptando lo contradictorio? — Sí. — Pero dice alguien que «te haré, habiendo aceptado algo posible, ser conducido a lo imposible». ¿No se prestará a esto el prudente, sino que evitará el examen y el diálogo? ¿Y quién más es hábil en el razonamiento y capaz en la pregunta y la respuesta y, por Zeus, a la vez no engañable y no sofístico? Pero se prestará, aunque no se preocupará de no comportarse en el razonamiento al azar y casualmente. ¿Y cómo será todavía tal como lo concebimos? Pero sin tal ejercicio y preparación, ¿es capaz de mantener la consecuencia? Que demuestren esto y todos estos teoremas resultan superfluos, eran absurdos e incompatibles con la noción del hombre virtuoso.
¿Por qué seguimos siendo perezosos, negligentes y torpes, y buscamos excusas por las cuales no nos esforzaremos ni velaremos elaborando nuestro propio razonamiento? — «Entonces, si me equivoco en esto, ¿acaso no habré matado a mi padre?» — Esclavo, ¿pues dónde había aquí un padre para que lo mataras? ¿Qué hiciste entonces? El único error posible según el tema, ese cometiste. Precisamente esto mismo le dije yo también a Rufo cuando me reprendía porque no encontraba la premisa omitida en cierto silogismo. «¿No es», digo, «como si hubiera incendiado el Capitolio?». Y él: «Esclavo», dijo, «aquí la premisa omitida es el Capitolio». ¿O es que estos son los únicos errores, incendiar el Capitolio y matar al padre, pero usar al azar, en vano y casualmente las propias representaciones y no seguir el razonamiento ni la demostración ni el sofisma ni, en general, ver lo que es relevante y lo que no es relevante en la pregunta y la respuesta, de estas cosas ninguna es un error?
Capítulo8Que las capacidades no son seguras para los no educados
De cuantas maneras es posible intercambiar lo que es equivalente entre sí, de tantas maneras es posible también producir los tipos de argumentos y entimemas en los razonamientos mediante el intercambio. Por ejemplo, toma este modo: si recibiste un préstamo y no lo devolviste, me debes el dinero; pero no es que recibiste un préstamo y no lo devolviste; luego no me debes el dinero. Y hacer esto competentemente a nadie le corresponde más que al filósofo. Pues si el entimema es un silogismo incompleto, es evidente que el que se ha ejercitado en el silogismo completo, este sería capaz igualmente también respecto del incompleto.
¿Por qué, entonces, no nos ejercitamos nosotros mismos y unos a otros de esta manera? Porque ahora, aunque no nos ejercitamos en estas cosas ni os distraigo yo al menos del cuidado del carácter, sin embargo no avanzamos nada en la virtud. ¿Qué hay que esperar, pues, si añadiéramos además esta ocupación? Y sobre todo porque no solo resultaría una ocupación que nos aparta de lo más necesario, sino también un motivo de presunción y vanidad nada despreciable. Porque es grande el poder de la argumentación y de la persuasión, y más aún si se beneficia de un ejercicio adicional y adquiere cierta elegancia gracias al vocabulario. Porque en general toda capacidad es peligrosa para los inexpertos y débiles cuando les sobreviene, pues tiende a ensoberbecerlos y envanecerlos. ¿Con qué artimañas se podría aún convencer al joven que destaca en estas cosas de que no debe convertirse él en un añadido de ellas, sino añadirlas ellas a sí mismo? ¿No pisoteará más bien todos estos razonamientos y se paseará ante nosotros engreído y envanecido, sin soportar siquiera que alguien lo toque y le recuerde de qué se ha quedado corto y hacia dónde se ha desviado?
¿Qué pasa entonces? ¿Acaso Platón no era filósofo? — ¿Acaso Hipócrates no era médico? Pero ves cómo se expresa Hipócrates. ¿Entonces Hipócrates se expresa así en tanto que médico? ¿Por qué mezclas cosas que se dieron juntas por casualidad en las mismas personas? Y si Platón era hermoso y fuerte, ¿debía yo también, sentado aquí, esforzarme por hacerme hermoso o fuerte, como si esto fuera necesario para la filosofía, puesto que cierto filósofo era a la vez hermoso y filósofo? ¿No quieres darte cuenta y distinguir en virtud de qué los hombres se hacen filósofos y qué otras cosas poseen adicionalmente? Veamos: si yo fuera filósofo, ¿deberíais vosotros también volveros cojos? ¿Entonces qué? ¿Acaso suprimo estas capacidades? ¡No lo permitan los dioses! Tampoco suprimo la vista. Sin embargo, si me preguntas qué es el bien del hombre, no puedo decirte otra cosa sino que es una elección moral de cierta cualidad.
Capítulo9Cómo podría uno, partiendo de nuestro parentesco con dios, llegar a las consecuencias
Si son verdaderas estas cosas que dicen los filósofos acerca del parentesco entre dios y los hombres, ¿qué otra cosa les queda a los hombres sino lo de Sócrates: no decir nunca, ante quien le pregunta de dónde es, que es ateniense o corintio, sino que es cosmopolita? Porque ¿por qué dices que eres ateniense y no solo de aquel rincón en el que fue arrojado tu cuerpecillo al nacer? ¿O acaso es evidente que a partir de lo más importante y abarcador, que contiene no solo aquel rincón sino también toda tu casa y, en definitiva, el lugar del que el linaje de tus antepasados ha descendido hasta ti, de ahí te llamas ateniense o corintio? Pues bien, quien ha seguido el gobierno del cosmos y ha aprendido que «el mayor, más importante y más abarcador de todos los sistemas es este que se compone de hombres y dios, y que de él han caído las semillas no solo en mi padre ni en mi abuelo, sino en todos los seres que nacen y crecen sobre la tierra, pero principalmente en los racionales, porque solo estos están naturalmente capacitados para compartir con dios su trato mediante la razón en que están entrelazados», ¿por qué no se dirá a sí mismo cosmopolita? ¿Por qué no hijo de dios? ¿Y por qué temerá algo de lo que sucede entre los hombres? ¿Acaso el parentesco con el César o con algún otro de los poderosos en Roma es suficiente para permitir vivir en seguridad, sin ser despreciado y sin temer absolutamente nada, pero el tener a dios como creador y padre y protector no nos liberará ya de dolores y temores? — «¿Y de dónde comeré», dice, «si no tengo nada?» — ¿Y cómo los esclavos, cómo los fugitivos? ¿En qué confiando se alejan aquellos de sus amos? ¿En los campos, en los criados, en la vajilla de plata? En nada, sino en sí mismos; y sin embargo no les faltan alimentos. ¿Y nuestro filósofo deberá viajar confiando y apoyándose en otros, en lugar de cuidar de sí mismo, y ser peor y más cobarde que los animales irracionales, cada uno de los cuales, bastándose a sí mismo, ni carece del alimento apropiado ni del modo de vida adecuado y conforme a la naturaleza?
Yo creo que el anciano debería sentarse aquí no maquinando cómo evitar que tengáis pensamientos humildes ni que tengáis sobre vosotros mismos razonamientos humildes o vulgares, sino procurando que no aparezcan jóvenes de tal clase que, habiendo reconocido su parentesco con los dioses y que tenemos atadas a nosotros estas cadenas —el cuerpo y sus posesiones y todo lo que por causa de ellos se nos hace necesario para la administración y el trato en la vida—, quieran arrojarlas como cargas penosas e inútiles y marcharse hacia sus parientes. Y este debería ser el combate que librara vuestro maestro y educador, si es que lo hubiera: vosotros vendríais diciendo: «Epicteto, ya no soportamos estar atados a este cuerpecillo, alimentarlo y darle de beber, hacerlo descansar y limpiarlo, y luego por causa de él vernos mezclados con unos y otros. ¿No son estas cosas indiferentes y nada para nosotros, y la muerte no es un mal? ¿Y no somos ciertos parientes de dios y de allí hemos venido? Déjanos volver adonde hemos venido, déjanos liberarnos de una vez de estas cadenas que nos tienen sujetos y que nos pesan. Aquí hay bandidos y ladrones y tribunales y los llamados tiranos, que parecen tener cierto poder sobre nosotros a causa del cuerpecillo y de sus posesiones. Déjanos mostrarles que no tienen poder sobre nadie». Y yo diría en esta situación: «Hombres, aguardad a dios. Cuando él dé la señal y os libere de este servicio, entonces marchaos hacia él; pero por el momento soportad habitar esta región a la que él os ha destinado. Breve es, pues, este tiempo de residencia y fácil para quienes están así dispuestos. Porque ¿qué tirano o qué ladrón o qué tribunales son terribles para quienes así han tenido en nada el cuerpo y sus posesiones? Permaneced, no os marchéis irreflexivamente».
Algo así debería ocurrir por parte del educador hacia los jóvenes de buena naturaleza. Pero ahora ¿qué sucede? El educador es un cadáver y vosotros sois cadáveres. Cuando hoy os habéis saciado, os sentáis llorando por el mañana, de dónde comeréis. ¡Esclavo! Si lo tienes, lo tendrás; si no lo tienes, te irás; la puerta está abierta. ¿Por qué te lamentas? ¿Qué lugar queda aún para las lágrimas? ¿Qué motivo queda aún para la adulación? ¿Por qué uno envidiará a otro? ¿Por qué admirará a los que poseen mucho o a los que están colocados en el poder, sobre todo si además son fuertes e iracundos? Porque ¿qué nos harán? Lo que pueden hacer, no nos ocuparemos de ello; de lo que nos importa, no pueden hacerlo. ¿Quién, pues, dominará aún al que está así dispuesto? ¿Cómo se comportaba Sócrates ante estas cosas? ¿Cómo sino como debía comportarse quien estaba convencido de que es pariente de los dioses? «Si me decís», dice, «ahora: "Te dejamos libre con estas condiciones, que no vuelvas a sostener estas conversaciones que hasta ahora sostenías ni molestes a nuestros jóvenes ni a nuestros ancianos", responderé que sois ridículos vosotros que pretendéis que, si vuestro general me hubiera colocado en cierta posición, debía yo mantenerla y custodiarla y preferir morir mil veces antes que abandonarla, pero si dios me ha colocado en cierto lugar y modo de vida, debemos abandonarlo». Este es un hombre verdaderamente emparentado con los dioses. Nosotros, en cambio, pensamos sobre nosotros mismos como vientres, como intestinos, como genitales, porque tememos, porque deseamos; adulamos a quienes pueden cooperar en estas cosas, y a estos mismos los tememos.
Alguien me pidió que escribiera a Roma en su favor, pues, según opinión de muchos, había sufrido desgracias: antes había sido ilustre y rico, después había perdido todo y vivía aquí. Y yo escribí en su favor humildemente. Pero él, tras leer la carta, me la devolvió y dijo: «Yo quería ser ayudado por ti, no compadecido; no tengo ningún mal». Del mismo modo Rufo, poniéndome a prueba, solía decir: «Te sucederá esto y esto por parte de tu amo». Y cuando yo le respondía: «Son cosas humanas», «¿Por qué, pues, seguir rogándole a él, pudiendo obtenerlas de ti mismo?». Porque en verdad es superfluo y vano recibir de otro lo que uno puede tener por sí mismo. Yo, pues, pudiendo obtener de mí mismo lo magnánimo y noble, ¿recibiré de ti un campo, dinero o algún cargo? ¡No lo permitan los dioses! No seré tan insensible a mis propias posesiones. Pero cuando alguien es cobarde y vil, ¿qué otra cosa hay que hacer por él sino escribir cartas como por un muerto: «Regálanos el cadáver de fulano y un cuartillo de sangre»? Porque en verdad tal persona es un cadáver y un cuartillo de sangre, nada más. Si fuera algo más, se daría cuenta de que uno no es desgraciado por causa de otro.
Capítulo10Contra los que se han afanado por los ascensos en Roma
Si nos hubiéramos aplicado tan intensamente a nuestra propia tarea como los ancianos en Roma a aquello en lo que se han afanado, quizá algo habríamos logrado también nosotros. Conozco a un hombre mayor que yo, que ahora está al cargo del trigo en Roma, cuando pasó por aquí de regreso de su exilio, las cosas que me dijo despotricando contra su vida anterior y prometiendo sobre el futuro que, una vez de vuelta, no se afanaría por ninguna otra cosa sino por pasar el resto de su vida en quietud y tranquilidad: «Porque ¿cuánto me queda aún?». Y yo le decía: «No lo harás, sino que en cuanto huelas Roma olvidarás todo esto». Y si además se te ofrece alguna entrada a palacio, que entrarás contento y dando gracias a dios. — «Si me encuentras, Epicteto, poniendo un solo pie en palacio, piensa lo que quieras». Pues bien, ¿qué ha hecho ahora? Antes de llegar a Roma le salieron al encuentro mensajes del César; y él, al recibirlos, se olvidó de todo aquello y desde entonces ha ido acumulando una cosa tras otra. Querría presentarme ante él ahora para recordarle las palabras que decía al pasar y decirle: «¡Cuánto mejor adivino soy yo que tú!».
¿Qué entonces? ¿Digo yo que el ser vivo es inactivo? ¡De ningún modo! Pero ¿por qué nosotros no somos activos? Desde luego, yo el primero, cuando se hace de día, me recuerdo brevemente qué debo releer. Luego en seguida me digo a mí mismo: «¿Y a mí qué me importa cómo lee fulano? Lo primero es que yo duerma». Y sin embargo, ¿en qué se parecen sus asuntos a los nuestros? Si prestáis atención a lo que ellos hacen, os daréis cuenta. Pues ¿qué otra cosa hacen sino pasarse el día entero calculando, discutiendo, consultando sobre trigo, sobre un terrenito, sobre ciertas ganancias de ese tipo? ¿Es lo mismo entonces recibir de alguien una petición y leer «te ruego que me permitas exportar trigo» que «te ruego que examines de la mano de Crisipo quién es el que gobierna el universo y qué lugar ocupa en él el ser racional; examina además quién eres tú y en qué consiste tu bien y tu mal»? ¿Se parecen estas cosas a aquellas? ¿Requieren el mismo esfuerzo? ¿Es igualmente vergonzoso descuidar estas como aquellas? ¿Qué entonces? ¿Somos solo nosotros los que andamos perezosos y adormilados? No; mucho antes lo estáis vosotros, los jóvenes. Porque también nosotros, los viejos, cuando vemos a los jóvenes jugando, nos animamos y nos ponemos a jugar con ellos. Pero mucho más, si los viera despiertos y animosos, me animaría yo a esforzarme con ellos.
Capítulo11Sobre el afecto
Cuando vino a verlo cierto personaje importante, después de preguntarle sobre algunos detalles, le preguntó si tenía hijos y esposa. Cuando el hombre lo confirmó, le preguntó además: «¿Y qué tal te va con eso?». «Desgraciadamente», dijo. Y Epicteto: «¿De qué manera? Pues desde luego los hombres no se casan ni tienen hijos para ser desgraciados, sino más bien para ser felices». «Pero yo», dijo, «me encuentro tan desgraciadamente respecto a mis hijitos que el otro día, cuando mi hija estaba enferma y parecía que corría peligro, no soporté ni siquiera estar presente con ella enferma, sino que huí y me marché, hasta que alguien me anunció que estaba bien». «¿Y qué? ¿Te parece que has actuado correctamente en esto?» «Naturalmente», dijo. «Pero convénceme tú entonces», dijo Epicteto, «de que has actuado naturalmente, y yo te convenceré de que todo lo que sucede según la naturaleza sucede correctamente». «Esto», dijo, «es lo que sufrimos todos o al menos la mayoría de los padres». «Tampoco yo te contradigo», dijo, «en que no sucede, pero lo que discutimos es si sucede correctamente. Porque por eso mismo habría que decir que los tumores se producen para bien del cuerpo, porque se producen, y en general que el error es según la naturaleza, porque casi todos o al menos la mayoría erramos. Muéstrame tú entonces cómo es según la naturaleza». «No puedo», dijo; «más bien muéstrame tú cómo no es según la naturaleza ni sucede correctamente». Y Epicteto: «Pero si estuviéramos investigando sobre lo blanco y lo negro, ¿qué criterio invocaríamos para distinguirlos?». «La vista», dijo. «¿Y si sobre lo caliente y lo frío y lo duro y lo blando, cuál?» «El tacto». «Entonces, puesto que discutimos sobre lo que es según la naturaleza y lo que sucede correctamente o no correctamente, ¿qué criterio quieres que adoptemos?». «No lo sé», dijo. «Pero sin duda el desconocer el criterio de los colores y los olores, y además de los sabores, quizá no es gran pérdida, pero el criterio de los bienes y los males y de lo que es según la naturaleza y contra la naturaleza para el ser humano, ¿te parece que es pequeña pérdida desconocerlo?» «La mayor, desde luego». «Venga, dime, ¿todo lo que a algunos les parece que es bello y conveniente les parece correctamente? ¿Y ahora mismo a judíos y sirios y egipcios y romanos es posible que todas sus opiniones sobre la alimentación sean correctas?» «¿Y cómo es posible?» «Pero creo que es absolutamente necesario que, si son correctas las opiniones de los egipcios, no sean correctas las de los demás, y si están bien las de los judíos, no estén bien las de los otros». «¿Pues cómo no?» «Donde hay ignorancia, allí hay también desconocimiento y falta de educación en las cosas necesarias». Estuvo de acuerdo. «Tú entonces», dijo, «habiéndote dado cuenta de esto, no te esforzarás en nada más en adelante ni pondrás tu atención en otra cosa sino en cómo, habiendo aprendido el criterio de lo que es según la naturaleza y utilizándolo, distinguirás cada uno de los casos particulares».
«Por ahora tengo esto que ofrecerte como ayuda para lo que deseas. ¿Te parece que el afecto es según la naturaleza y es bello?» «¿Pues cómo no?» «¿Y qué? ¿El afecto es según la naturaleza y es bello, pero la sensatez no es bella?» «De ningún modo». «¿Entonces no está en conflicto la sensatez con el afecto?» «No me parece». «Pero si no, siendo una de las dos cosas en conflicto según la naturaleza, ¿no es necesario que la otra sea contra la naturaleza? ¿O no?» «Así es», dijo. «Por tanto, lo que encontremos que es a la vez afectuoso y a la vez sensato, eso lo declararemos con confianza que es correcto y bello». «De acuerdo», dijo. «¿Qué entonces? ¿Abandonar al niño enfermo y marcharse dejándolo, que no es sensato, no creo que vayas a contradecirme? Nos queda examinar si es afectuoso». «Examinémoslo, pues». «¿Entonces tú, puesto que estabas afectuosamente dispuesto hacia el niño, actuaste correctamente huyendo y abandonándolo? ¿Y la madre no siente afecto por el niño?» «Desde luego que sí». «¿Entonces debía también la madre abandonarlo o no debía?» «No debía». «¿Y la nodriza? ¿Lo quiere?» «Lo quiere», dijo. «¿Entonces debía también ella abandonarlo?» «De ningún modo». «¿Y el pedagogo? ¿No lo quiere?» «Lo quiere». «¿Entonces debía también él marcharse dejándolo, y así el niño quedar solo y sin ayuda a causa del gran afecto de vosotros, sus padres, y de los que están a su alrededor, o morir en manos de quienes ni lo quieren ni se preocupan por él?» «¡De ningún modo!» «Pero sin duda es injusto e irracional que alguien crea que lo que le corresponde a él por ser afectuoso no lo permita a los que sienten igual afecto». «Es absurdo». «Vamos, ¿tú enfermo habrías querido que tus familiares estuvieran tan afectuosamente dispuestos, tanto los demás como los propios hijos y la esposa, que quedaras abandonado por ellos y solo?» «De ningún modo». «¿Y habrías deseado ser tan querido por los tuyos que, a causa de su excesivo afecto, siempre quedaras solo en las enfermedades, o por eso mismo más bien habrías deseado, si fuera posible, ser objeto de afecto por parte de los enemigos, de modo que fueras abandonado por ellos? Y si es así, resulta que lo que hiciste no fue en absoluto afectuoso».
¿Qué entonces? ¿No hubo nada que te moviera e impulsara a abandonar al niño? ¿Y cómo es posible? Pero fue algo semejante a lo que en Roma movía a cierto individuo a cubrirse la cara cuando corría el caballo al que apoyaba, y luego cuando venció inesperadamente necesitó esponjas para recuperarse porque se había desmayado. ¿Qué es entonces esto? Quizá la explicación exacta no es del momento presente; pero basta con estar convencidos, si es sano lo que dicen los filósofos, de que no hay que buscarlo en ninguna parte fuera, sino que en todos los casos es una y la misma la causa de que hagamos algo o no lo hagamos, de que digamos algo o no lo digamos, de que nos exaltemos o nos retraigamos o huyamos de algo o lo persigamos, esto mismo que ahora ha sido causa tanto para mí como para ti, para ti de venir a mí y sentarte ahora a escuchar, para mí de decir estas cosas. ¿Y qué es esto? ¿Acaso otra cosa que el que nos pareció así?» «Nada». «Y si nos hubiera parecido de otra manera, ¿qué otra cosa habríamos hecho sino lo que nos pareció? ¿No fue entonces también para Aquiles esta la causa del lamento, no la muerte de Patroclo (pues otro no sufre esto cuando muere su compañero), sino que le pareció así? Y para ti entonces huir fue esto mismo, que te pareció así; y de nuevo, si te quedas, será porque te pareció así. Y ahora vas a Roma porque te parece; y si cambias de opinión, no irás. Y en general ni la muerte ni el exilio ni el esfuerzo ni ninguna otra cosa de estas es causa de que hagamos algo o no lo hagamos, sino suposiciones y opiniones».
«¿Te convenzo de esto o no?» «Me convences», dijo. «Cuales son las causas en cada caso, tales son también los efectos. Por tanto, cuando no actuemos correctamente, desde este día no culparemos a ninguna otra cosa sino a la opinión de la que actuamos, e intentaremos extirparla y cortarla más que los tumores y los abscesos del cuerpo. Del mismo modo también de las acciones correctas declararemos esta misma causa. Y ya no culparemos ni al esclavo ni al vecino ni a la esposa ni a los hijos como si fueran causas de algunos males para nosotros, convencidos de que, si no nos parece que son tales cosas, no hacemos lo que se sigue; y del parecer o no parecer, nosotros somos dueños y no las cosas externas». «Así es», dijo. «Desde hoy entonces no examinaremos ni investigaremos nada más, cómo es o en qué estado está, ni el campo ni los esclavos ni los caballos o perros, sino las opiniones». «Lo deseo», dijo. «¿Ves entonces que te hace falta convertirte en un estudioso, ese animal del que todos se ríen, si es que realmente quieres hacer examen de tus propias opiniones? Y que esto no es cosa de una hora o un día, lo comprendes tú mismo».
Capítulo12Sobre agradar a los dioses
Respecto a los dioses, unos son los que dicen que ni siquiera existe lo divino, otros que existe, pero que es inactivo y despreocupado y no tiene providencia de nada; los terceros que tanto existe como tiene providencia, pero de las cosas grandes y celestes, y de ninguna de las que están en la tierra; los cuartos que también de las cosas en la tierra y de las humanas, pero solo en general y no también de cada uno en particular; los quintos, de los cuales eran también Odiseo y Sócrates, los que dicen «ni siquiera te paso inadvertido cuando te mueves»
Movido.
Por tanto, es mucho más necesario haber examinado antes sobre cada una de estas cosas si se dice con fundamento o sin fundamento. Porque si no existen los dioses, ¿cómo puede ser el fin seguir a los dioses? Y si existen, pero no se cuidan de nada, ¿cómo podría ser esto válido? Pero más aún, si existen y se cuidan de las cosas, si no hay ninguna comunicación desde ellos hacia los hombres, y por Zeus también hacia mí, ¿cómo es válido aún así? Así pues, el hombre noble y bueno, después de examinar todo esto, ha sometido su propia inteligencia al que gobierna el universo, tal como los buenos ciudadanos a la ley de la ciudad. Quien se educa debe venir a educarse teniendo esta disposición: «¿Cómo podría yo seguir en todo a los dioses, cómo agradar a la administración divina y cómo llegar a ser libre?». Porque es libre aquel a quien todo le sucede según su voluntad y a quien nadie puede impedir. ¿Qué, entonces? ¿Es la libertad una locura? Que no sea así. Pues la locura y la libertad no van juntas. «Pero yo quiero que suceda todo lo que me parece, como sea que me parezca». Estás loco, deliras. ¿No sabes que la libertad es algo noble y valioso? Pero que yo quiera al azar lo que al azar me ha parecido, eso corre el peligro de no solo no ser noble, sino de ser lo más vergonzoso de todo. Porque ¿cómo procedemos en materia de gramática? ¿Quiero escribir como deseo el nombre de Dión? No; sino que aprendo a querer escribirlo como es debido. ¿Qué en materia de música? Del mismo modo. ¿Qué en general, donde hay algún arte o ciencia? Si no, de nada serviría saber algo, si se ajustara a los deseos de cada cual. Entonces, ¿solo aquí, en lo más grande y decisivo, la libertad, me está permitido querer al azar? De ninguna manera, sino que educarse es esto: aprender a querer cada cosa tal como sucede. ¿Y cómo sucede? Como lo dispuso el que lo dispone. Dispuso que hubiera verano e invierno, abundancia y escasez, virtud y vicio, y todas estas oposiciones para la armonía del universo, y a cada uno de nosotros nos dio un cuerpo, partes del cuerpo, posesiones y compañeros.
Así pues, recordando esta disposición debemos ir a educarnos, no para cambiar las condiciones (ni se nos concede ni es mejor), sino para que, estando las cosas que nos rodean como están y por naturaleza son, nosotros mantengamos nuestra propia inteligencia ajustada a lo que sucede. Pues ¿qué? ¿Es posible huir de los hombres? ¿Y cómo podría ser? Pero ¿conviviendo con ellos, cambiarlos? ¿Y quién nos lo concede? ¿Qué queda, entonces, o qué medio se encuentra para el trato con ellos? Tal que, mediante el cual, ellos harán lo que les parece, pero nosotros no estaremos menos de acuerdo con la naturaleza. Pero tú eres incapaz de esfuerzo y difícil de complacer, y si estás solo, a esto lo llamas soledad, y si estás con hombres, los llamas insidiosos y ladrones, e incluso criticas a tus propios padres, hijos, hermanos y vecinos. Pero había que permanecer solo y llamar a esto tranquilidad y libertad, y considerarse semejante a los dioses, y estando con muchos, no llamarlo muchedumbre ni tumulto ni molestia, sino fiesta y asamblea, y así aceptar todo de buen grado. ¿Cuál es, entonces, el castigo para los que no lo aceptan? Estar tal como están. ¿Alguien está descontento con estar solo? Que esté en soledad. ¿Alguien está descontento con sus padres? Que sea mal hijo y que llore. ¿Está descontento con sus hijos? Que sea mal padre. «Arrojadlo a la cárcel». ¿A qué cárcel? A donde ahora está. Porque está contra su voluntad; y donde alguien está contra su voluntad, eso es para él una cárcel. Por eso también Sócrates no estaba en la cárcel, pues estaba de buen grado. «¿Entonces mi pierna ha de quedar lisiada?». Esclavo, ¿así que por una piernecilla acusas al universo? ¿No la entregarás al todo? ¿No renunciarás? ¿No cederás con agrado al que te la dio? ¿Y te indignarás y estarás descontento con lo dispuesto por Zeus, lo que él decretó y ordenó junto con las Moiras, presentes e hilando tu nacimiento? ¿No sabes qué parte tan pequeña eres en relación al todo? Esto en cuanto al cuerpo, porque en cuanto a la razón no eres ni inferior a los dioses ni más pequeño; pues el tamaño de la razón no se juzga por longitud ni altura, sino por los pensamientos.
¿No quieres, entonces, colocar tu bien allí donde eres igual a los dioses? «¡Desdichado de mí, tengo un padre así y una madre así!». ¿Qué, entonces? ¿Se te concedió presentarte antes a escoger y decir: «Que fulano se una con fulana a tal hora, para que yo nazca»? No se te concedió. Sino que tus padres debían existir antes que tú, y luego nacer tú. ¿De quiénes? De tales como eran. ¿Qué, entonces? Siendo ellos así, ¿no se te da ningún recurso? Pues bien, si ignoraras la facultad de la vista para qué la tienes, serías desdichado y miserable si cerraras los ojos cuando te presentaran los colores; pero ¿no eres aún más desdichado y miserable porque tienes magnanimidad y nobleza para cada una de estas cosas y lo ignoras? Se te presentan las cosas apropiadas a la facultad que tienes; pero tú la apartas precisamente cuando debías tenerla abierta y viendo. ¿No agradeces más bien a los dioses porque te dejaron por encima de aquellas cosas que ni siquiera pusieron en tu poder, y solo te hicieron responsable de lo que está en tu poder? Respecto de los padres te dejaron libre de responsabilidad; te dejaron libre respecto de los hermanos, del cuerpo, de las posesiones, de la muerte, de la vida. ¿De qué te hicieron responsable, entonces? Solo de lo que está en tu poder: el uso correcto de las representaciones. ¿Por qué, entonces, atraes sobre ti aquello de lo que no eres responsable? Esto es crearse problemas a uno mismo.
Capítulo13Cómo es posible hacer cada cosa agradando a los dioses
Cuando alguien le preguntó cómo es posible comer agradando a los dioses, dijo: «Si es posible hacerlo con justicia, con equidad, con calma, con moderación y con decoro, ¿no es posible también agradar a los dioses? Pero cuando pides agua caliente y el esclavo no obedece, o al obedecer la trae demasiado tibia, o ni siquiera se encuentra en la casa, ¿no agradar a los dioses el no enfadarse ni estallar?». —¿Pero cómo puede uno soportar semejantes cosas? —Esclavo, ¿no soportarás a tu propio hermano, que tiene a Zeus como antepasado, como un hijo nacido de las mismas semillas y del mismo origen de arriba, sino que si estás puesto en algún lugar superior, inmediatamente te constituirás en tirano? ¿No recordarás qué eres y de quiénes gobiernas? Que de parientes, que de hermanos por naturaleza, que de descendientes de Zeus. —Pero yo tengo título de compra sobre ellos, y ellos no lo tienen sobre mí. —¿Ves hacia dónde miras? Que hacia la tierra, que hacia el abismo, que hacia estas miserables leyes de los muertos, pero hacia las de los dioses no miras.
Capítulo14Que la divinidad vigila a todos
Cuando alguien le preguntó cómo podría uno convencerse de que todo lo que hace es vigilado por el dios, dijo: «¿No te parece que todas las cosas están unidas?». —Me parece, dijo. —¿Qué? ¿No te parece que las cosas terrestres simpatizan con las celestes? —Me parece, dijo. —Pues ¿de dónde, si no, de manera tan ordenada como por mandato del dios, cuando él dice a las plantas que florezcan, florecen, cuando dice que broten, brotan, cuando que den fruto, lo dan, cuando que maduren, maduran, cuando a su vez que se desprendan y pierdan las hojas y replegadas sobre sí mismas permanezcan en quietud y reposen, permanecen y reposan? ¿Y de dónde, ante el crecimiento y decrecimiento de la luna y la aproximación y alejamiento del sol, se observa semejante variación y cambio hacia lo contrario en las cosas terrestres? Pero ¿las plantas y nuestros cuerpos están así vinculados con el todo y participan de sus afecciones, y nuestras almas mucho más aún? Y si las almas están así vinculadas y unidas con el dios por ser partes y fragmentos de él, ¿no percibe el dios todo movimiento suyo por ser familiar y congénito? Pero tú puedes pensar acerca de la administración divina y acerca de cada una de las cosas divinas, y a la vez acerca de los asuntos humanos, y al mismo tiempo ser movido sensitivamente por miríadas de cosas, y al mismo tiempo intelectualmente, y al mismo tiempo asentir a unas, negar a otras o suspender el juicio respecto de otras, y conservar en tu alma impresiones de tantas cosas tan numerosas y variadas, y movido por ellas caer en pensamientos semejantes a los que primero las imprimieron, y conservar técnicas una tras otra y recuerdos de miríadas de cosas; ¿y el dios no es capaz de vigilar todas las cosas y estar presente con todas y recibir de todas cierta comunicación? Y si el sol es capaz de iluminar una parte tan grande del universo, dejando sin iluminar solo una pequeña porción, la que puede ocupar la sombra que la tierra produce; ¿el que hizo al sol mismo y lo hace girar, siendo él una parte pequeña en relación con el todo, este no puede percibir todas las cosas?
«Pero yo», dice, «no puedo seguir todas estas cosas a la vez». —¿Acaso alguien te dice que tienes el mismo poder que Zeus? Sin embargo, no por ello ha dejado de asignar a cada uno como guardián su propio demón, y se lo ha entregado para que lo proteja: a él mismo, que nunca duerme y no puede ser engañado. Porque ¿a qué otro guardián mejor y más diligente podría habernos confiado a cada uno de nosotros? De modo que, cuando cerréis las puertas y hagáis la oscuridad dentro, recordad no decir jamás que estáis solos; pues no lo estáis, sino que el dios está dentro y vuestro demón está ahí. ¿Y qué necesidad tienen estos de luz para ver qué hacéis? A este dios debíais vosotros también prestarle juramento, como los soldados al César. Pero ellos, que reciben paga, juran poner por encima de todo la salvación del César; vosotros, en cambio, que habéis sido honrados con tantas y tan grandes cosas, ¿no vais a jurar, o habiendo jurado no vais a mantenerlo? ¿Y qué juraréis? Nunca desobedecer ni acusar ni reprochar nada de lo dado por él, ni hacer ni sufrir de mala gana nada de lo necesario. ¿Es este juramento semejante a aquel? Allí juran no preferir a otro por encima de él; aquí, a vosotros mismos por encima de todo.
Capítulo15Qué promete la filosofía
Cuando alguien le consultaba cómo persuadir a su hermano para que dejara de estar enojado con él, dijo: «La filosofía no promete procurar al hombre nada externo; de lo contrario, estaría asumiendo algo ajeno a su propia materia. Pues así como la materia del carpintero son las maderas, la del escultor el bronce, del mismo modo la materia del arte de vivir es la vida de cada uno». —¿Y qué pasa entonces con la del hermano? —«Nuevamente es materia del arte de aquel, pero para el tuyo es algo externo, como un campo, como la salud, como la reputación. Pero la filosofía no promete nada de esto. "En toda circunstancia mantendré la parte rectora conforme a la naturaleza". —¿De quién? —"Del que soy yo"». —Entonces ¿cómo logro que él no se enfade conmigo? —«Tráemelo a él y se lo diré; pero sobre su enfado no tengo nada que decirte a ti».
Cuando el que consultaba dijo: «Esto busco, cómo podría yo estar conforme a la naturaleza aunque él no se reconcilie», respondió: «Nada grande surge de repente, cuando ni siquiera la uva ni el higo. Si ahora me dices "quiero un higo", te responderé que "hace falta tiempo". Deja que primero florezca, luego que eche el fruto, luego que madure. ¿Entonces el fruto de una higuera no se completa de repente ni en una sola hora, y tú quieres obtener el fruto de la mente de un hombre tan rápido y fácilmente? Ni aunque yo te lo diga, lo esperes».
Capítulo16Sobre la providencia
No os asombréis de que para los demás animales todo lo relativo al cuerpo esté preparado, no solo alimentos y bebida, sino también lecho y el no necesitar calzado, ni mantas, ni vestido, mientras que nosotros necesitamos todas estas cosas. Pues a los que no han nacido por sí mismos, sino para servir, no convenía crearlos necesitados de otras cosas. Porque mira qué problema sería que tuviéramos que preocuparnos no solo de nosotros mismos sino también de las ovejas y los asnos, de cómo se vestirán y calzarán, cómo comerán, cómo beberán. Pero así como los soldados están preparados para el general, calzados, vestidos, armados, y sería terrible que el tribuno tuviera que andar por ahí calzando o vistiendo a los mil hombres, así también la naturaleza ha hecho que los nacidos para servir estén listos, preparados, sin necesitar ya de ningún cuidado. De este modo un niño pequeño con un simple palo conduce las ovejas. Pero nosotros, en lugar de dar gracias por esto, porque no tenemos que ocuparnos de ellos con el mismo cuidado, nos quejamos del dios por nosotros mismos. Y sin embargo, por Zeus y los dioses, una sola de las cosas creadas bastaba para percibir la providencia al que es respetuoso y agradecido. Y no me habléis ahora de las grandes; esto mismo, que de la hierba nazca leche y de la leche queso y de la piel lana, ¿quién es el que ha hecho estas cosas o las ha ideado? «Nadie», dice. ¡Oh, qué gran insensibilidad y desvergüenza!
Vamos, dejemos las obras principales de la naturaleza, contemplemos sus obras secundarias. ¿Hay algo más inútil que los pelos de la barba? ¿Qué entonces? ¿No los usó ella también del modo más apropiado posible? ¿No distinguió con ellos el macho de la hembra? ¿No grita desde lejos la naturaleza de cada uno de nosotros «soy varón; así acércate a mí, así háblame, no busques otra cosa; he aquí las señales»? De nuevo, en las mujeres, así como mezcló en la voz algo más delicado, así también quitó los pelos. ¿No? ¿Debía el animal quedar sin distinción y cada uno de nosotros proclamar «soy varón»? Pero qué hermosa es la señal, apropiada y digna, cuánto más bella que la cresta de los gallos, cuánto más majestuosa que la melena de los leones. Por eso hay que conservar las señales del dios, hay que no despreciarlas, no confundir en lo que de nosotros depende los géneros que han sido diferenciados.
¿Son estas las únicas obras de la providencia sobre nosotros? ¿Y qué palabra bastaría para alabarlas o exponerlas igualmente? Porque si tuviéramos inteligencia, ¿qué otra cosa deberíamos hacer en común y en particular sino cantar himnos al dios, celebrarlo y enumerar sus favores? ¿No deberíamos cavando y arando y comiendo cantar el himno al dios? «Grande es el dios, porque nos ha proporcionado estos instrumentos con los que trabajaremos la tierra; grande es el dios, porque nos dio manos, porque nos dio deglución, porque nos dio vientre, porque crecemos sin darnos cuenta, porque respiramos mientras dormimos». Esto había que cantar en cada ocasión y el himno más grande y divino cantar: porque nos dio la capacidad de comprender estas cosas y de usarlas con método. ¿Qué entonces? Puesto que la mayoría estáis ciegos, ¿no debía haber alguien que ocupara este lugar y cantara por todos el himno al dios? Pues ¿qué otra cosa puedo hacer, viejo y cojo, sino cantar himnos al dios? Si fuera ruiseñor, haría lo del ruiseñor; si cisne, lo del cisne. Pero ahora soy racional: debo cantar himnos al dios. Esta es mi tarea, la hago y no abandonaré este puesto mientras me sea concedido, y a vosotros os invito a este mismo canto.
Capítulo17Que los razonamientos lógicos son necesarios
Puesto que la razón es lo que articula y elabora las demás cosas, y ella misma no debía estar sin articular, ¿por quién será articulada? Pues es evidente que o por sí misma o por otra cosa. O aquello es razón o habrá algo superior a la razón, lo cual es imposible. Si es razón, ¿quién articulará a aquella? Porque si se articula a sí misma, también puede hacerlo esta. Si necesitaremos de otra, esto será infinito e interminable. «Sí, pero urge más ocuparse de» y cosas parecidas. ¿Quieres entonces oír sobre aquellas cosas? Escucha. Pero si me dices «no sé si argumentas verdadera o falsamente», y si digo algo con una expresión ambigua y me dices «distínguelo», ya no te soportaré, sino que te diré «pero urge más». Por eso creo que colocan en primer lugar los razonamientos lógicos, así como en la medición del trigo colocamos primero el examen de la medida. Y si no determinamos primero qué es un modio ni determinamos primero qué es una balanza, ¿cómo podremos todavía medir o pesar algo? Así pues, aquí el criterio de las demás cosas y aquello por lo cual se comprenden las demás, ¿podremos, sin haberlo comprendido ni precisado, precisar y comprender algo de las demás cosas? ¿Y cómo es posible? «Sí; pero el modio es madera e infructuoso». Pero sirve para medir el trigo. «Y los razonamientos lógicos son infructuosos». Sobre esto ya veremos. Pero aunque se concediera esto, basta con que sean discernidores y examinadores de las demás cosas y, por así decirlo, medidores y pesadores. ¿Quién dice esto? ¿Solo Crisipo y Zenón y Cleantes? ¿Y Antístenes no lo dice? ¿Y quién es el que escribió que «el principio de la educación es el examen de los nombres»? ¿Y Sócrates no lo dice? ¿Y sobre quién escribe Jenofonte, que comenzaba por el examen de los nombres, qué significa cada uno?
¿Es entonces esto lo grande y admirable, comprender a Crisipo o explicarlo? ¿Y quién dice esto? ¿Qué es entonces lo admirable? Comprender la voluntad de la naturaleza. ¿Qué entonces? ¿La sigues tú por ti mismo? ¿Y qué más necesitas? Pues si es verdad que todos yerran involuntariamente, y tú has comprendido la verdad, necesariamente ya actúas correctamente. Pero, por Zeus, no sigo la voluntad de la naturaleza. ¿Quién entonces la explica? Dicen que Crisipo. Voy y busco qué dice este intérprete de la naturaleza. Empiezo a no entender qué dice, busco al que lo explica. «Mira, examina cómo se dice esto, como si fuera en latín». ¿Qué arrogancia hay entonces aquí del que explica? Ni siquiera del mismo Crisipo es justificada, si solo explica la voluntad de la naturaleza pero no la sigue; cuánto menos la del que lo explica a él. Pues no necesitamos a Crisipo por él mismo, sino para seguir a la naturaleza. Ni tampoco al adivino por él mismo, sino porque a través de él creemos que comprenderemos el futuro y lo significado por los dioses; ni tampoco las vísceras por ellas mismas, sino porque a través de ellas se manifiestan las señales; ni admiramos al cuervo o a la corneja, sino al dios que hace señales a través de ellos.
Así que voy a ver a este intérprete de presagios y sacrificador, y le digo: «Examíname las entrañas, qué se me indica». Él las toma, las abre y me interpreta: «Hombre, tienes una capacidad de elección que por naturaleza es libre de impedimento y de coacción. Esto está escrito aquí en las entrañas. Te lo mostraré primero en el ámbito del asentimiento. ¿Acaso alguien puede impedirte asentir a lo verdadero? Nadie. ¿Acaso alguien puede forzarte a aceptar lo falso? Nadie. ¿Ves que en este ámbito tu capacidad de elección es libre de impedimento, de coacción y de obstáculo? Vamos, ¿acaso en el ámbito del deseo y del impulso es de otro modo? ¿Y qué puede vencer a un impulso sino otro impulso? ¿Y qué puede vencer al deseo y a la aversión sino otro deseo y otra aversión?». «Pero si me presentas», dice, «el miedo a la muerte, me fuerzas». «No es lo que se te presenta, sino que te parece mejor hacer alguna de esas cosas que morir. Por lo tanto, de nuevo tu juicio te forzó, es decir, elección a elección. Porque si esa parte propia que el dios nos ha dado arrancándola de sí mismo la hubiera hecho impedible o coaccionable por él o por otro, ya no sería dios ni nos cuidaría como es debido. Esto encuentro», dice, «en las ofrendas sagradas. Esto se te indica. Si quieres, eres libre; si quieres, no culparás a nadie, no acusarás a nadie, todo será conforme a tu voluntad y a la del dios». Por este oráculo voy a ver a este sacrificador y filósofo, no admirándolo por su interpretación, sino admirando aquello que interpreta.
Capítulo18Que no hay que enojarse con quienes yerran
Si es verdad lo que dicen los filósofos, que en todos los hombres hay un único principio —así como para asentir, la impresión de que algo es el caso; para negar, la impresión de que no es el caso; y, por Zeus, para suspender el juicio, la impresión de que es incierto; del mismo modo también para el impulso hacia algo, la impresión de que me conviene—, y que es imposible juzgar conveniente una cosa y desear otra, y juzgar apropiada una cosa pero lanzarse hacia otra, ¿por qué todavía nos enojamos con la mayoría? «Son ladrones», dice, «y salteadores». ¿Qué significa ladrones y salteadores? Están extraviados acerca de los bienes y los males. ¿Hay que enojarse con ellos o compadecerlos? Muéstrales el extravío y verás cómo se apartan de sus yerros. Pero si no ven, no tienen nada superior a lo que les parece.
«Entonces, ¿no debería morir este salteador y este adúltero?». De ningún modo, sino más bien di esto: «¿No debería morir este que está extraviado y engañado acerca de las cosas más importantes y que está cegado no en la vista que distingue lo blanco de lo negro, sino en el juicio que distingue los bienes de los males?». Y si hablas así, comprenderás qué inhumano es lo que dices y que es semejante a esto: «Entonces, ¿no debería morir este ciego y este sordo?». Pues si el mayor daño es la pérdida de las cosas más importantes, y lo más importante en cada uno es la capacidad de elección correcta, y alguien está privado de esto, ¿por qué todavía te enojas con él? Hombre, si debes reaccionar de modo antinatural ante los males ajenos, compadécelo más bien que odiarlo; abandona esa actitud ofensiva y odiosa; no digas esas palabras que dicen la mayoría de los necios: «Entonces, ¿estos malditos y desgraciados...?». Está bien; pero tú, ¿cómo te volviste sabio de repente...? ¿Por qué entonces nos enojamos? Porque admiramos las cosas materiales de las que nos privan. Pues entonces no admires tus vestidos y no te enojarás con el ladrón; no admires la belleza de tu mujer y no te enojarás con el adúltero. Reconoce que el ladrón y el adúltero no tienen lugar en lo tuyo, sino en lo ajeno y en lo que no depende de ti. Si dejas esto y lo consideras nada, ¿con quién todavía te enojarás? Pero mientras admires estas cosas, enójate contigo mismo más bien que con ellos. Considera, en efecto: tienes vestidos hermosos, tu vecino no los tiene; tienes una ventana, quieres airearlos. Él no sabe qué es el bien del hombre, sino que se imagina que es tener vestidos hermosos, lo mismo que tú te imaginas. Entonces, ¿no vendrá y se los llevará? Pero tú, que muestras un pastel a hombres glotones y lo devoras tú solo, ¿no quieres que te lo arrebaten? No los provoques, no tengas ventana, no airees tus vestidos. Yo también hace poco tenía una lámpara de hierro junto a los dioses; al oír ruido en la ventana, bajé corriendo. Encontré que la lámpara había sido robada. Reflexioné: el que se la llevó no sufrió nada inverosímil. ¿Y entonces? Mañana, digo, encontrarás una de barro. Pues uno pierde las cosas que tiene. «Perdí mi vestido». Es que tenías un vestido. «Me duele la cabeza». ¿Acaso te duelen cuernos? Entonces, ¿por qué te indignas? Pues de estas cosas son las pérdidas, de estas cosas los dolores, de las que también son las posesiones.
«Pero el tirano encadenará». ¿Qué? ¿La pierna? «Pero cortará». ¿Qué? ¿El cuello? ¿Qué, entonces, no encadenará ni cortará? La capacidad de elección. Por eso ordenaban los antiguos: «Conócete a ti mismo». ¿Qué entonces? Había que, por los dioses, ejercitarse en las cosas pequeñas y, comenzando por ellas, pasar a las mayores. «Me duele la cabeza». No digas «ay de mí». «Me duele el oído». No digas «ay de mí». Y no digo que no esté permitido gemir, pero no gimas interiormente. Y aunque el esclavo tarde en traer el vendaje, no grites ni te retuerzas ni digas «todos me odian». Pues ¿quién no odiará a uno así? A partir de ahora, confiando en estos principios, camina erguido, libre, no confiando en el tamaño del cuerpo como un atleta; pues no debes ser invencible como un asno.
¿Quién, entonces, es el invencible? Aquel a quien nada de lo que no depende de su elección lo saca de sí. Entonces, examinando una por una las circunstancias, lo investigo como en el caso del atleta. «Este venció en el primer sorteo. ¿Y qué con el segundo? ¿Y qué si hay calor? ¿Y qué en Olimpia?». Y aquí del mismo modo. Si le presentas una monedita, la despreciará. ¿Y qué si le presentas una muchacha? ¿Y qué si es en la oscuridad? ¿Y qué si le presentas fama? ¿Y qué si insulto? ¿Y qué si elogio? ¿Y qué si muerte? Todo esto puede vencerlo. ¿Y qué si hay calor?, esto es: ¿qué si está ebrio? ¿Qué si está melancólico? ¿Qué si está dormido? Este es para mí el atleta invencible.
Capítulo19Cómo hay que comportarse ante los tiranos
Cuando a alguien le asiste alguna ventaja, o al menos parece asistirle sin asistirle, si es inculto, es totalmente necesario que se infle por ello. Inmediatamente el tirano dice: «Yo soy el más poderoso de todos». ¿Y qué puedes procurarme? ¿Puedes procurarme un deseo libre de impedimento? ¿De dónde te viene eso? ¿Acaso lo tienes tú? ¿Una aversión libre de tropiezo? ¿Acaso la tienes tú? ¿Un impulso infalible? ¿Y de dónde participas de eso? Vamos, en un barco, ¿confías en ti mismo o en el que sabe? ¿Y en un carro, en quién sino en el que sabe? ¿Y qué en las demás artes? Del mismo modo. ¿Qué puedes, entonces? «Todos me sirven». También yo sirvo a mi plato: lo lavo, lo seco y, por causa de la botella de aceite, clavo un clavo. ¿Qué entonces? ¿Son estas cosas superiores a mí? No, sino que me prestan alguna utilidad. Por eso las sirvo. ¿Y qué? ¿No sirvo al asno? ¿No le lavo los pies? ¿No lo limpio? ¿No sabes que todo hombre se sirve a sí mismo, y a ti del mismo modo que al asno? Porque ¿quién te sirve como a un hombre? Muéstralo. ¿Quién quiere volverse semejante a ti, quién se vuelve tu émulo como lo fue de Sócrates? «Pero puedo cortarte la cabeza». Tienes razón. Olvidé que debo servirte tanto como a la fiebre y al cólera y erigirte un altar, como en Roma hay un altar de la Fiebre.
¿Qué es, entonces, lo que turba y aterroriza a la mayoría? ¿El tirano y sus guardias? ¿De dónde? ¡No sea! No es posible que lo naturalmente libre sea turbado o impedido por otro sino por sí mismo. Sino que sus propios juicios lo turban. Porque cuando el tirano dice a alguien: «Encadenaré tu pierna», el que ha valorado la pierna dice: «No; ten piedad», pero el que ha valorado su propia capacidad de elección dice: «Si te parece más provechoso, encadénala». «¿No prestas atención?». «No presto atención». «Te mostraré que soy el amo». «¿De dónde tú? A mí Zeus me liberó. ¿O acaso crees que iba a permitir que su propio hijo fuera esclavizado? Pero de mi cadáver eres amo, tómalo». «¿De modo que cuando vengas ante mí, no me sirves?». «No, sino que me sirvo a mí mismo. Y si quieres que te diga que también te sirvo a ti, te digo que del mismo modo que a la olla».
Esto no es egoísmo; pues así ha sido constituido el ser viviente: hace todo por sí mismo. Pues también el sol hace todo por sí mismo, y Zeus mismo del mismo modo. Pero cuando quiere ser Lluvioso y Fructífero y padre de hombres y de dioses, ves que no puede alcanzar estas obras y estos nombres si no es útil a la comunidad. Y en general ha constituido la naturaleza del ser racional de tal modo que no pueda alcanzar ninguno de sus bienes propios si no aporta algo útil a la comunidad. Así, hacer todo por sí mismo ya no resulta antisocial. Porque ¿qué esperas? ¿Que alguien se aparte de sí mismo y de su propio interés? ¿Y cómo entonces habrá todavía un único y mismo principio en todos, la apropiación hacia sí mismos?
¿Qué ocurre entonces? Cuando existen opiniones absurdas acerca de las cosas que no dependen de la voluntad, como si fueran bienes y males, es absolutamente necesario adular a los tiranos. Ojalá solamente a los tiranos, y no a los encargados del retrete. Pero ¿cómo se vuelve prudente de repente el hombre cuando el César lo pone a cargo del orinal? ¿Cómo enseguida decimos «Felición me ha hablado con sensatez»? Yo quisiera que lo arrojaran del estercolero, para que de nuevo te parezca un insensato. Epafrodito tenía un zapatero al que vendió por inútil. Luego aquel, por cierto azar, fue comprado por alguien del personal del César y se convirtió en zapatero del César. Habrías visto entonces cómo lo honraba Epafrodito: «¿Qué hace el bueno de Felición? Te saludo con afecto». Luego, si alguno de nosotros preguntaba «¿qué hace ese?», se decía: «Consulta con Felición sobre cierto asunto». ¿Acaso no lo había vendido por inútil? ¿Quién entonces lo volvió prudente de repente? Esto es honrar otra cosa que lo que depende de la voluntad.
«Ha sido nombrado tribuno.» Todos los que lo encuentran se felicitan con él: uno le besa los ojos, otro el cuello, los esclavos las manos. Llega a casa, encuentra lámparas que se encienden. Sube al Capitolio, hace un sacrificio. Ahora bien, ¿quién ha sacrificado alguna vez por desear correctamente? ¿Por actuar conforme a la naturaleza? Pues ahí es donde damos gracias a los dioses, donde situamos el bien.
Hoy alguien me hablaba sobre un sacerdocio de Augusto. Le digo: «Hombre, abandona el asunto: gastarás mucho en nada». —«Pero quienes redactan los contratos», dice, «escribirán mi nombre».— «¿Acaso tú dices a los que lo lean estando presente: me han escrito? Y si incluso ahora puedes estar presente ante todos, cuando mueras, ¿qué harás?» —«Quedará mi nombre».— «Escríbelo en una piedra y quedará. Vamos, pero fuera de Nicópolis, ¿quién se acordará de ti?» —«Pero llevaré una corona de oro».— «Si deseas tanto una corona, toma una de rosas y póntela: verás que tiene mejor aspecto.»
Capítulo20Sobre cómo la razón se examina a sí misma
Todo arte y capacidad tiene por objeto el examen de ciertas cosas. Cuando es del mismo género que aquello que examina, necesariamente también se examina a sí misma; pero cuando es de género distinto, no puede examinarse a sí misma. Por ejemplo, el arte del zapatero trata sobre cueros, pero ella misma está completamente separada de la materia de los cueros; por eso no puede examinarse a sí misma. La gramática, a su vez, trata sobre el lenguaje escrito; ¿acaso ella misma es lenguaje escrito? De ninguna manera. Por eso no puede examinarse a sí misma. Entonces, ¿para qué ha sido establecida la razón por la naturaleza? Para el uso correcto de las impresiones. ¿Y qué es ella misma? Un sistema formado por ciertas impresiones. Así, por naturaleza resulta también capaz de examinarse a sí misma. De nuevo, la sabiduría, ¿para examinar qué ha venido? Bienes, males y cosas indiferentes. ¿Y qué es ella misma? Un bien. Y la insensatez, ¿qué es? Un mal. ¿Ves entonces que necesariamente se examina a sí misma y a su contraria? Por eso la tarea mayor y primera del filósofo es poner a prueba las impresiones, discernirlas y no aplicar ninguna sin haberla probado. Ved en el caso de la moneda, donde creemos que hay algo importante para nosotros, cómo hemos inventado incluso un arte y de cuántas cosas se sirve el experto en plata para examinar la moneda: de la vista, del tacto, del olfato, finalmente del oído; arroja el denario y presta atención al sonido, y no le basta con que suene una vez, sino que por la mucha atención se vuelve un músico. Así, donde creemos que hay diferencia entre equivocarnos y no equivocarnos, ahí ponemos mucha atención en discernir lo que puede extraviarnos, pero respecto al pobre principio rector, boquiabiertos y dormidos, aceptamos toda impresión que se presenta; porque el daño no se nos hace evidente.
Cuando quieras saber qué despreocupado estás respecto de los bienes y males, y qué apurado respecto de las cosas indiferentes, observa cómo te comportas ante la posibilidad de quedarte ciego y cómo ante la de ser engañado, y conocerás que estás muy lejos de sentir como se debe respecto de los bienes y males. «Pero eso requiere mucha preparación, mucho esfuerzo y muchas enseñanzas.» ¿Y qué? ¿Esperas que sea posible adquirir el arte más grande con poco? Y, sin embargo, el principio fundamental de los filósofos es muy breve. Si quieres saberlo, lee lo de Zenón y verás. Pues ¿qué tiene de largo decir que el fin es seguir a los dioses, y que la esencia del bien es el uso correcto de las impresiones? Pregunta: «¿Qué es entonces dios, y qué es una impresión? ¿Y qué es la naturaleza particular y qué la naturaleza del universo?». Ya es largo. Si entonces viene Epicuro y dice que el bien debe estar en la carne, de nuevo se vuelve largo y es necesario escuchar qué es lo principal en nosotros, qué es lo constitutivo y esencial. Que no es verosímil que el bien del caracol esté en la concha, ¿entonces es verosímil que el del hombre sí? Pero tú mismo, ¿qué tienes más soberano, Epicuro? ¿Qué es en ti lo que delibera, lo que examina cada cosa, lo que juzga sobre la carne misma que es lo principal? ¿Y por qué enciendes una lámpara y te esfuerzas por nosotros y escribes libros tan grandes? ¿Para que no ignoremos la verdad? ¿Quiénes somos nosotros? ¿Qué somos para ti? Así el argumento se vuelve largo.
Capítulo21Contra quienes quieren ser admirados
Cuando alguien tiene la posición que debe tener en la vida, no anda con la boca abierta hacia afuera. Hombre, ¿qué quieres que te ocurra? Yo me conformo si deseo y evito conforme a la naturaleza, si uso el impulso y la repulsión como he nacido para hacerlo, si uso la intención, la aplicación y el asentimiento. ¿Por qué entonces caminas entre nosotros como si hubieras tragado un asador? «Quiero que quienes me encuentren me admiren y que quienes me siguen exclamen: "¡Oh, gran filósofo!"». ¿Quiénes son esos por quienes quieres ser admirado? ¿No son estos de los que sueles decir que están locos? ¿Qué entonces? ¿Quieres ser admirado por locos?
Capítulo22Sobre las preconcepciones
Las preconcepciones son comunes a todos los hombres; y una preconcepcíón no combate con otra preconcepcíón. Pues ¿quién de nosotros no admite que el bien es conveniente y digno de elección, y que en toda circunstancia debemos ir tras él y perseguirlo? ¿Quién de nosotros no admite que lo justo es hermoso y apropiado? ¿Cuándo entonces surge el conflicto? En la aplicación de las preconcepciones a las cosas particulares, cuando uno dice «ha actuado bien, es valiente», y otro: «no, sino insensato». De ahí surge el conflicto entre los hombres. Este es el conflicto entre judíos, sirios, egipcios y romanos: no sobre si lo piadoso debe preferirse a todo y perseguirse en todo, sino sobre si es piadoso o impío comer carne de cerdo. Este conflicto lo encontraréis también entre Agamenón y Aquiles. Pues llámalos al medio. ¿Qué dices tú, Agamenón? ¿No debe hacerse lo debido y lo correcto? «Por supuesto que sí.» ¿Y tú qué dices, Aquiles? ¿No te place que se haga lo correcto? «A mí más que a nadie me place.» Aplicad entonces las preconcepciones. Ahí empieza el conflicto. Uno dice «no debo devolver a Criseida a su padre», el otro dice «por supuesto que sí». Ciertamente uno de ellos aplica mal la preconcepcíón de lo debido. De nuevo, uno dice «pues bien, si debo devolver a Criseida, debo tomar el premio de honor de alguno de vosotros», el otro dice «¿tomarás entonces mi amada?». «La tuya», dice. «¿Entonces solo yo...?» «Pero yo...»
Capítulo23Contra Epicuro
También Epicuro comprende que somos por naturaleza seres sociales, pero una vez que ha situado nuestro bien en la concha, ya no puede decir nada más. Pues de nuevo prevalece con mucha fuerza aquello de que no debemos admirar ni aceptar nada separado de la esencia del bien; y prevalece correctamente. ¿Cómo entonces somos desconfiados hacia aquellos con quienes no hay afecto natural hacia los hijos? ¿Por qué disuades al sabio de criar hijos? ¿Por qué temes que por esto caiga en penas? Pues ¿acaso cae en ellas por el ratoncillo que se alimenta dentro? ¿Qué le importa entonces si una mosquita llora dentro de su casa? Pero él sabe que, una vez que haya nacido un niño, ya no está en nuestro poder no amarlo ni preocuparnos por él. Por eso dice que el hombre sensato no se dedicará a la política; pues sabe qué debe hacer quien se dedica a la política; además, si vas a convivir como entre moscas, ¿qué te lo impide? Pero sin embargo, sabiendo esto, se atreve a decir «no criemos hijos». Pero la oveja no abandona a su cría ni el lobo, ¿y el hombre sí la abandona? ¿Qué quieres? ¿Que seamos tontos como las ovejas? Ni siquiera ellas abandonan. ¿Salvajes como los lobos? Tampoco ellos abandonan. Vamos, ¿quién te hace caso cuando ve a su hijito llorando caído en tierra? Yo creo que si tu madre y tu padre hubieran adivinado que ibas a decir estas cosas, no te habrían expuesto.
Capítulo24Cómo debe lucharse contra las circunstancias
Las circunstancias son las que muestran a los hombres. En adelante, cuando caiga una circunstancia, recuerda que el dios te ha puesto frente a un joven rudo como un entrenador. —¿Para qué?, dice.— Para que te conviertas en vencedor olímpico; pero sin sudor no se llega a serlo. A mí me parece que nadie ha tenido una circunstancia mejor que la que tú has tenido, si quieres utilizarla como un atleta usa a un joven contrincante. Y ahora nosotros enviamos un espía a Roma. Pero nadie envía un espía cobarde, para que, apenas oiga un ruido y vea una sombra en alguna parte, venga corriendo turbado y diciendo que los enemigos ya están aquí. Así también ahora, si tú vienes y nos dices «terribles son las cosas en Roma, terrible es la muerte, terrible el exilio, terrible la calumnia, terrible la pobreza; huid, hombres, están aquí los enemigos», te diremos: «Vete, profetízate a ti mismo; nosotros solo nos equivocamos en esto: en haber enviado semejante espía.»
Antes que tú fue enviado como explorador Diógenes, y nos ha traído un informe distinto. Dice que la muerte no es un mal, pues tampoco es vergonzosa; dice que la mala reputación es ruido de locos. Y qué cosas ha dicho este explorador acerca del esfuerzo, acerca del placer, acerca de la pobreza. Dice que ir desnudo es mejor que cualquier púrpura; dice que dormir en el suelo desnudo es el lecho más blando. Y como prueba de cada cosa presenta su propia confianza, su tranquilidad, su libertad, y además su cuerpecillo brillante y musculoso. «Ningún enemigo está cerca», dice; «todo está lleno de paz». ¿Cómo, Diógenes? «Mira», dice, «¿he sido alcanzado? ¿He sido herido? ¿He huido de alguien?» Así debe ser un explorador, pero tú vienes y nos dices unas cosas tras otras. ¿No vas a volver de nuevo y mirar con más precisión, sin tu cobardía?
¿Qué haré entonces? —¿Qué haces cuando sales de un barco? ¿Acaso te llevas el timón? ¿Acaso los remos? ¿Qué te llevas entonces? Lo tuyo, tu frasco de aceite, tu morral. También ahora, si recuerdas lo tuyo, nunca reclamarás lo ajeno. Te dice «ponte la toga ancha»; mira, llevo una estrecha. «Ponte también ésa»; mira, sólo el manto. «Ponte el manto»; mira, voy desnudo. «Pero me provocas envidia». Toma entonces todo el cuerpecillo. ¿Yo, que puedo arrojar mi cuerpecillo, voy a temer todavía a este? Pero no me dejará como heredero. ¿Y qué? ¿Acaso olvidé que ninguna de estas cosas era mía? ¿Cómo entonces las llamamos nuestras? Como el catre en la posada. Si entonces el posadero al morir te deja los catres, bien; pero si se los deja a otro, ése los tendrá, y tú buscarás otro; si no lo encuentras, simplemente dormirás en el suelo confiado y roncando, y recordando que entre ricos, reyes y tiranos las tragedias tienen su lugar, pero ningún pobre completa una tragedia salvo como corista. Los reyes empiezan desde bienes: «Coronad las moradas»; luego hacia la tercera o cuarta parte: «¡Ay, Citerón, por qué me acogiste!» Esclavo, ¿dónde las coronas, dónde la diadema? ¿De nada te sirven los guardaespaldas? Cuando entonces te acerques a alguno de ésos, recuerda esto: que te acercas a un actor trágico, no al actor, sino al mismísimo Edipo. «Pero el fulano es feliz; pues pasea con muchos». Yo también me alineo con los muchos y paseo con muchos. Lo fundamental: recuerda que la puerta está abierta. No seas más cobarde que los niños, sino que así como ellos, cuando no les gusta el juego, dicen «ya no juego», también tú, cuando te parezcan tales las cosas, diciendo «ya no juego» retírate; pero si te quedas, no te lamentes.
Capítulo25Sobre lo mismo
Si estas cosas son verdaderas y no nos hacemos los tontos ni fingimos que el bien del hombre está en la capacidad de elección y el mal también, y todo lo demás en nada nos concierne, ¿por qué todavía nos perturbamos, por qué todavía tememos? Nadie tiene poder sobre aquello en lo que hemos puesto empeño; de aquello sobre lo que los demás tienen poder, nosotros no nos ocupamos. ¿Qué problema tenemos todavía? —Pero dame instrucciones. —¿Qué te voy a dar por instrucciones? ¿Zeus no te ha dado instrucciones? ¿No te ha dado lo tuyo sin trabas ni impedimentos, y lo que no es tuyo susceptible de trabas e impedimentos? ¿Qué instrucción, pues, qué mandato tienes al venir de allá? Guarda lo tuyo de cualquier modo, no ambiciones lo ajeno. La fidelidad es tuya, el pudor es tuyo. ¿Quién entonces puede arrebatarte estas cosas? ¿Quién te impedirá usarlas sino tú mismo? ¿Y tú cómo? Cuando te afanes por lo que no es tuyo, has perdido lo tuyo. Teniendo tales recomendaciones y mandatos de Zeus, ¿cuáles todavía quieres de mí? ¿Soy yo superior a aquél, más digno de confianza? Pero guardando éstos, ¿necesitas algunos otros? Pero ¿aquél no ha mandado estas cosas? Trae las nociones comunes, trae las demostraciones de los filósofos, trae lo que muchas veces has oído, trae lo que tú mismo has dicho, trae lo que has leído, trae lo que has ejercitado.
¿Hasta cuándo, entonces, está bien guardar estas cosas y no romper el juego? Mientras se desarrolle elegantemente. En las Saturnales ha sido elegido un rey por sorteo; pues se decidió jugar este juego. Ordena: «tú bebe, tú mezcla, tú canta, tú vete, tú ven». Obedezco, para que el juego no se rompa por mi causa. «Pero imagínate que estás en males». No lo imagino; ¿y quién me forzará a imaginarlo? De nuevo acordamos jugar lo de Agamenón y Aquiles. El que ha sido asignado como Agamenón me dice: «Ve ante Aquiles y arrebátale a Briseida». Voy. «Ven». Vengo. Pues así como nos comportamos con los razonamientos hipotéticos, así debemos también en la vida. «Sea de noche». Sea. «¿Qué entonces? ¿Es de día?» No; pues asumí la hipótesis de que es de noche. «Sea que imagines que es de noche». Sea. «Pero también imagina que es de noche». No se sigue de la hipótesis. Así también aquí. «Sea que seas desgraciado». Sea. «¿Eres entonces desafortunado?» Sí. «¿Qué entonces? ¿Eres desdichado?» Sí. «Pero también imagina que estás en males». No se sigue de la hipótesis; y otro me lo impide.
¿Hasta cuándo entonces hay que obedecer a tales cosas? Mientras convenga, esto es, mientras conserve lo apropiado y conveniente. Por lo demás, algunos son de mal hígado y mal estómago y dicen: «Yo no puedo cenar en casa de éste, para soportarlo contando cada día cómo combatió en Misia: "Te conté, hermano, cómo subí a la colina; ahora empiezo a ser sitiado de nuevo"». Otro dice: «Yo prefiero cenar y escucharlo parlotear cuanto quiera». Y tú compara estas valoraciones; sólo nada hagas abrumado, ni afligido ni imaginando estar en males; pues esto nadie te obliga a hacerlo. ¿Ha producido humo en la habitación? Si es moderado, me quedaré; si es demasiado, salgo. Pues esto hay que recordar y mantener: que la puerta está abierta. Pero «no vivas en Nicópolis». No vivo. «Ni en Atenas». Tampoco en Atenas. «Ni en Roma». Tampoco en Roma. «Vive en Giaros». Vivo. Pero me parece mucho humo vivir en Giaros. Me retiro adonde nadie me impedirá vivir; pues aquella morada está abierta para todos. Y más allá de la última túnica, esto es el cuerpecillo, más arriba de esto nadie tiene ningún poder sobre mí. Por eso Demetrio dijo a Nerón: «Me amenazas con la muerte, pero la naturaleza te amenaza a ti». Si admiro el cuerpecillo, me he entregado como esclavo; si las posesiones, esclavo. Pues al punto muestro contra mí mismo por dónde puedo ser capturado. Como la serpiente, si retrae la cabeza, digo: «Golpea aquello que protege». También tú reconoce que aquello que quieras proteger, por eso te pisará el amo. Recordando estas cosas, ¿a quién todavía adularás o temerás?
Pero quiero sentarme donde los senadores. —¿Ves que tú mismo te produces estrechez, tú mismo te oprimes? —¿Cómo entonces veré bien en el anfiteatro? —Hombre, no mires el espectáculo y no serás oprimido. ¿Qué problemas tienes? O espera un poco y cuando haya terminado el espectáculo siéntate en los lugares de los senadores y toma el sol. Pues en general recuerda esto: que nosotros mismos nos oprimimos, nosotros mismos nos estrechamos, esto es, nuestros juicios nos oprimen y estrechan. Pues ¿qué es en sí ser insultado? Ponte junto a una piedra e insúltala; ¿y qué harás? Si entonces alguien escucha como una piedra, ¿qué provecho tiene el que insulta? Pero si tiene la debilidad del insultado como punto de apoyo el que insulta, entonces logra algo. «Desgárralo». ¿Qué dices, a él? Toma el manto, desgárralo. «Te he ultrajado». Que te vaya bien. Esto ejercitaba Sócrates, por eso conservó siempre un mismo rostro. Pero nosotros queremos ejercitar y practicar todo antes que cómo seremos sin impedimentos y libres. «Los filósofos dicen paradojas». Pero ¿en las demás artes no hay paradojas? ¿Y qué hay más paradójico que pinchar el ojo de alguien para que vea? Si alguien dijera esto a uno ignorante de la medicina, ¿no se reirían del que habla? ¿Qué tiene de extraño entonces si también en filosofía muchas verdades parecen paradójicas a los ignorantes?
Capítulo26Cuál es la ley de la vida
Estando uno leyendo sobre los argumentos hipotéticos dijo: También ésta es una ley hipotética: aceptar lo que se sigue de la hipótesis. Pero mucho antes es ley de la vida ésta: hacer lo que se sigue de la naturaleza. Pues si en toda materia y circunstancia queremos observar lo conforme a naturaleza, es claro que en todo debemos apuntar a no eludir nosotros lo que se sigue ni aceptar lo que se opone. Primero, entonces, en la teoría nos ejercitan los filósofos, donde es más fácil, luego así nos conducen a lo más difícil; pues allí nada hay que nos aparte de seguir lo enseñado, pero en los asuntos de la vida hay muchas cosas que distraen. Es ridículo entonces el que dice querer primero en aquéllos; pues no es fácil comenzar por lo más difícil. Y este razonamiento hay que presentar a los padres que se enojan porque los hijos filosofan. «¿Acaso no yerro, padre, y no conozco lo que me corresponde y conviene? Si no puede ser aprendido ni enseñado, ¿por qué me acusas? Si puede ser enseñado, enséñame; si tú no puedes, déjame aprender de los que dicen saber. Pues ¿qué crees? ¿Que queriendo caigo en el mal y fracaso en el bien? No lo permitan los dioses. ¿Cuál es entonces la causa de que yerre? La ignorancia. ¿No quieres entonces que rechace la ignorancia? ¿A quién jamás la ira enseñó el arte del piloto, el de la música? ¿Los asuntos de la vida crees que aprenderé por tu ira?»
Estas cosas solo puede decirlas aquel que tiene tal disposición. Pero si alguien, queriendo únicamente lucirse en un banquete mostrando que conoce los argumentos hipotéticos, lee estas cosas y se acerca a los filósofos, está haciendo otra cosa: que lo admire el senador reclinado a su lado. Porque allí están verdaderamente las grandes riquezas, y las riquezas de aquí parecen juegos de niños. Por eso allí es difícil dominar las propias representaciones, donde las cosas que distraen son importantes. Yo conozco a alguien que lloraba agarrándose de las rodillas de Epafrodito y le decía que estaba en la miseria, pues no le quedaba nada más que un millón quinientas mil dracmas. ¿Y qué hizo Epafrodito? ¿Se rió de él como vosotros? No, sino que admirado le dice: «Pobre hombre, ¿cómo entonces guardaste silencio, cómo soportaste?».
Habiendo turbado al que leía los argumentos hipotéticos, y riéndose el que le había propuesto la lectura, le dijo: «Te ríes de ti mismo: no has entrenado al joven ni has comprobado si puede seguir estas cosas, sino que lo usas como a un simple lector». Entonces, dijo: «¿Confiamos en el elogio de una inteligencia que no puede seguir un juicio encadenado, le confiamos la censura, le confiamos el juicio sobre las cosas que se hacen bien o mal? Y si alguien habla mal de otro, ¿este se preocupa?, ¿y si alguien lo elogia, se envanece? ¿No encontrando la secuencia en cosas tan pequeñas? Este, pues, es el principio de la filosofía: percibir en qué estado se encuentra la propia capacidad directriz; porque después de reconocer que está débil ya no querrá usarla para cosas importantes. Pero ahora algunos, incapaces de tragar un bocado, comprando un tratado completo intentan comérselo. Por eso vomitan o sufren indigestión; luego vienen retortijones, diarreas y fiebres. Deberían considerar si pueden. Pero en la teoría es fácil refutar al que no sabe; en cambio, en las cuestiones de la vida ninguno se ofrece a examen y odiamos al que nos refuta. Sócrates decía que no hay que vivir una vida sin examinar».
Capítulo27De cuántas formas se producen las representaciones y qué remedios debemos tener a mano contra ellas
Las representaciones se nos presentan de cuatro formas: o bien las cosas son y así parecen; o bien no son y tampoco parece que sean; o bien son y no parecen; o bien no son y parecen serlo. Así pues, acertar en todos estos casos es tarea del hombre educado. Pero cualquiera que sea lo que nos presiona, a eso debemos aplicar el remedio. Si lo que nos presiona son los sofismas pirrónicos y académicos, apliquémosles el remedio; si son las apariencias verosímiles de las cosas, según las cuales algunas parecen bienes sin serlo, busquemos allí el remedio; si es el hábito lo que nos presiona, debemos intentar encontrar el remedio contra eso. ¿Qué remedio se puede encontrar, pues, contra el hábito? El hábito contrario. Oyes a la gente común decir: «Pobre de aquel, murió; su padre se perdió, su madre; fue cortado en flor, y además joven y en tierra extranjera». Escucha los razonamientos contrarios, arráncate de estas voces, opón al hábito el hábito contrario. Contra los razonamientos sofísticos hay que tener los argumentos lógicos y el ejercicio y práctica en ellos; contra las apariencias verosímiles de las cosas hay que tener las nociones comunes claras, pulidas y a mano.
Cuando la muerte parezca un mal, hay que tener a mano que los males conviene y es necesario evitarlos, pero la muerte es necesaria. ¿Qué haré, pues? ¿Adónde huiré de ella? Supongamos que yo fuera Sarpedón, el hijo de Zeus, para que pudiera decir noblemente: «Quiero ir y distinguirme yo mismo o dar ocasión a otro para que se distinga; si no puedo lograr algo yo mismo, no negaré a otro que haga algo noble». Supongamos que esto está por encima de nosotros; ¿acaso no está a nuestro alcance aquello otro? ¿Y adónde huiré de la muerte? Indicadme el país, indicadme los hombres a los que pueda ir, a los que ella no alcance; indicadme un ensalmo. Si no lo tengo, ¿qué queréis que haga? No puedo escapar de la muerte; ¿no escaparé al menos del miedo a ella, sino que moriré lamentándome y temblando? Porque esto es el origen de la pasión: querer algo y que no suceda. De ahí que, si puedo cambiar las cosas externas según mi voluntad, las cambio; pero si no puedo, quiero sacar los ojos al que me lo impide. Porque es naturaleza del hombre no soportar ser privado del bien, no soportar encontrarse con el mal. Luego, al final, cuando no puedo ni cambiar las cosas ni sacar los ojos al que me lo impide, me siento y gimo y ultrajo a quien puedo: a Zeus y a los demás dioses. Porque si no se ocupan de mí, ¿qué me importan? «Sí, pero serás impío». ¿Y qué peor me sucederá que lo que ya me pasa ahora? En resumen, hay que recordar esto: que si no están en lo mismo la piedad y la conveniencia, la piedad no puede conservarse en nadie. ¿No parecen urgentes estas cuestiones?
Que venga y se presente el pirrónico y el académico. Porque yo, por mi parte, no tengo tiempo para estas cosas ni puedo defender la costumbre. Si tuviera un asuntillo sobre un terrenito, habría llamado a otro para que lo defendiera. ¿Con qué me conformo, pues, en este ámbito? Cómo se produce la sensación, si primero en su totalidad o desde una parte, quizá no sé explicarlo, y ambas cosas me turban. Pero que yo y tú no somos los mismos, lo sé con toda exactitud. ¿De dónde viene esto? Nunca, queriendo tragar algo, llevo el bocado allí, sino aquí; nunca, queriendo tomar pan, tomé el rastrillo, sino que siempre voy hacia el pan como hacia un blanco. ¿Y vosotros mismos, los que suprimís las sensaciones, hacéis otra cosa? ¿Quién de vosotros, queriendo ir a los baños, se fue a un molino? —¿Qué, entonces? ¿No debemos también, en la medida de lo posible, sostener estas cosas, conservar la costumbre, estar protegidos contra los argumentos en su contra? —¿Y quién lo niega? Pero quien puede, quien tiene tiempo; en cambio, el que tiembla y se turba y se le rompe el corazón por dentro, debe ocuparse de otra cosa.
Capítulo28Que no hay que enojarse con los hombres, y cuáles son las cosas pequeñas y grandes entre los hombres
¿Qué es causa de que alguien asiente a algo? Que le parece que es así. Por tanto, no es posible asentir a lo que parece que no es. ¿Por qué? Porque esta es la naturaleza de la inteligencia: aprobar las cosas verdaderas, rechazar las falsas y suspender el juicio ante las inciertas. ¿Cuál es la prueba de esto? «Siente, si puedes, que ahora es de noche». No es posible. «Deja de sentir que es de día». No es posible. «Siente o deja de sentir que las estrellas son pares». No es posible. Cuando alguien, pues, asiente a lo falso, sabe que no quiso asentir a lo falso; porque toda alma es privada de la verdad involuntariamente, como dice Platón; sino que le pareció verdadero lo falso. Veamos, pues: en el ámbito de las acciones, ¿qué tenemos semejante a lo que aquí es lo verdadero o lo falso? Lo conveniente y lo inconveniente, lo provechoso y lo no provechoso, lo que me corresponde y lo que no me corresponde, y todo lo semejante a esto. «¿No puede, entonces, alguien creer que algo le conviene y no elegirlo?». No puede. ¿Cómo es posible lo que dice aquella: «Y entiendo qué males voy a hacer, pero la pasión es más fuerte que mis deliberaciones»? Porque ella misma considera más provechoso complacer a la pasión y castigar al marido que salvar a sus hijos. «Sí, pero está engañada». Muéstrale claramente que está engañada y no lo hará; mientras no se lo muestres, ¿qué puede seguir sino lo que le parece? Nada más. ¿Por qué, entonces, te enojas con ella porque la desdichada se ha equivocado sobre las cosas más importantes y se ha convertido en víbora en lugar de ser humano? ¿Por qué no más bien la compadeces, como compadecemos a los ciegos y a los cojos, así a los que están ciegos y lisiados en las facultades más importantes?
Quien, pues, recuerda claramente esto, que para el hombre la medida de toda acción es la representación —y luego, o bien parece buena o bien parece mala; si parece buena, está libre de culpa; si mala, él mismo ha sufrido el daño, pues no puede ser uno el engañado y otro el dañado—, ese no se enojará con nadie, no se enfadará con nadie, no insultará a nadie, no culpará a nadie, no odiará, no se ofenderá con nadie. ¿Así que acciones tan grandes y terribles tienen este origen: la representación? Ese y ningún otro. La Ilíada no es otra cosa que representación y uso de representaciones. A Alejandro le pareció bien raptar a la mujer de Menelao, a Helena le pareció bien seguirlo. Si, pues, a Menelao le hubiera parecido que era ganancia verse privado de tal mujer, ¿qué habría sucedido? Se habría perdido no solo la Ilíada sino también la Odisea. —¿Así que de una cosa tan pequeña dependen cosas tan grandes? —¿Y qué llamas tú «tan grandes»? ¿Guerras y sediciones y muertes de muchos hombres y destrucciones de ciudades? ¿Y qué tienen de grande estas cosas? —¿Nada? —¿Y qué tiene de grande que mueran muchos bueyes y muchas ovejas, y que se quemen y destruyan muchos nidos de golondrinas o cigüeñas? —¿Entonces son semejantes estas cosas a aquellas? —Muy semejantes. Perecieron cuerpos de hombres, también de bueyes y ovejas. Se quemaron casitas de hombres, también nidos de cigüeñas. ¿Qué hay de grande o terrible? O muéstrame qué diferencia hay entre una casa de hombre y un nido de cigüeña en cuanto moradas. —¿Entonces son semejantes una cigüeña y un hombre? —¿Qué dices? Según el cuerpo, muy semejantes. [Solo que las casitas se construyen con vigas, tejas y ladrillos, y el nido con ramas y barro.]
¿Entonces en nada se diferencia el hombre de una cigüeña? —¡No lo permitan los dioses! Pero en esas cosas no se diferencia. —¿En qué se diferencia entonces? —Búscalo y lo encontrarás, que se diferencia en otra cosa. Mira si no es en comprender lo que hace, mira si no es en lo social, en lo leal, en el pudor, en la seguridad, en la inteligencia. ¿Dónde está, pues, el gran mal y el gran bien en los seres humanos? Donde está la diferencia. Si esto se preserva y se mantiene fortificado, y no se corrompe el pudor ni la lealtad ni la inteligencia, entonces también el hombre mismo se preserva; pero si algo de esto se pierde y es arrasado, entonces también él mismo se pierde. Y las grandes acciones están en esto. ¿Fracasó gravemente Alejandro cuando los griegos marcharon† y cuando saquearon Troya y cuando sus hermanos perecían? De ningún modo; pues nadie fracasa por una acción ajena. Pero entonces fueron saqueados nidos de cigüeñas. El fracaso fue cuando perdió el pudor, la lealtad, la hospitalidad, la decencia. ¿Cuándo fracasó Aquiles? ¿Cuando murió Patroclo? ¡No lo permitan los dioses! Sino cuando se dejó llevar por la ira, cuando lloraba por una muchacha, cuando olvidó que estaba allí no para conseguir amantes, sino para hacer la guerra. Estos son los fracasos humanos, esto es el asedio, esto es la destrucción: cuando las opiniones rectas son derribadas, cuando aquellas cosas se corrompen. —¿Entonces cuando las mujeres son llevadas y los niños son esclavizados y cuando ellos mismos son degollados, eso no son males? —¿De dónde añades esa opinión? Y enséñame a mí también. —No; pero ¿de dónde dices tú que no son males? —Vayamos a los criterios, trae las preconcepciones.
Por esto no es posible admirar suficientemente lo que ocurre. Cuando queremos juzgar pesos, no juzgamos al azar; cuando queremos juzgar lo recto y lo torcido, no lo hacemos al azar; en fin, donde nos importa conocer la verdad según el asunto, ninguno de nosotros hará jamás nada al azar. Pero donde está la primera y única causa de actuar correctamente o equivocarse, de tener buen o mal curso, de ser desafortunado o afortunado, ahí solamente somos azarosos y precipitados. En ninguna parte hay algo semejante a una balanza, en ninguna parte algo semejante a un criterio, sino que algo se me aparece e inmediatamente hago lo que se me aparece. ¿Acaso soy yo mejor que Agamenón o que Aquiles, para que aquellos por seguir las apariencias hagan y padezcan tales males, y a mí no me baste la apariencia? ¿Y qué tragedia tiene otro origen? El Atreo de Eurípides, ¿qué es? La apariencia. El Edipo de Sófocles, ¿qué es? La apariencia. Fénix, ¿qué es? La apariencia. Hipólito, ¿qué es? La apariencia. ¿De quién, pues, os parece que es propio no poner ningún cuidado en esto? ¿Y cómo se llaman los que siguen toda apariencia? —Locos. —¿Nosotros entonces hacemos algo diferente?
Capítulo29Sobre la firmeza
La esencia del bien es una cierta disposición de la capacidad de elección, la esencia del mal es una cierta disposición de la capacidad de elección. ¿Qué son entonces las cosas externas? Materiales para la capacidad de elección, en torno a los cuales ocupándose ella obtendrá su propio bien o mal. ¿Cómo obtendrá el bien? Si no admira los materiales. Pues las opiniones sobre los materiales, cuando son rectas, hacen buena la capacidad de elección, pero cuando son torcidas y distorsionadas la hacen mala. Esta ley ha establecido dios y dice: «Si quieres algún bien, tómalo de ti mismo». Tú dices: «No, sino de otro». No, sino de ti mismo. Por consiguiente, cuando el tirano amenaza y no llama, yo digo: «¿A quién amenaza?». Si dice «te encadenaré», digo que «amenaza a las manos y a los pies». Si dice «te cortaré la cabeza», digo «amenaza al cuello». Si dice «te arrojaré a la cárcel», «a todo el cuerpecito»; y si amenaza con el destierro, lo mismo. —¿Entonces a ti no te amenaza con nada? —Si yo siento que esas cosas no son nada para mí, con nada; pero si temo algo de ellas, a mí me amenaza. ¿A quién, pues, temo? ¿Al que tiene poder sobre qué? ¿Sobre lo que está en mi poder? No hay nadie. ¿Sobre lo que no está en mi poder? ¿Y qué me importan esas cosas?
Vosotros entonces, los filósofos, ¿enseñáis a despreciar a los reyes? —¡No lo permitan los dioses! ¿Quién de nosotros enseña a disputarles aquello sobre lo que ellos tienen poder? Toma el cuerpecito, toma la posesión, toma la reputación, toma a los que están conmigo. Si yo persuado a alguien a disputarles estas cosas, que verdaderamente me acuse. «Sí, pero también quiero gobernar sobre las opiniones». ¿Y quién te ha dado este poder? ¿Dónde puedes vencer la opinión ajena? «Aplicándole», dice, «el miedo, la venceré». ¿Ignoras que ella se venció a sí misma, que no fue vencida por otro? Pero la capacidad de elección nada más puede vencerla, salvo ella misma a sí misma. Por esto también la ley de dios es la más fuerte y la más justa: que siempre prevalezca lo mejor sobre lo peor. «Diez son más fuertes que uno». ¿Para qué? Para encadenar, para matar, para llevarlo donde quieren, para quitarle sus bienes. Vencen, pues, los diez al uno en esto, en lo que son más fuertes. ¿En qué son peores? Si el uno tiene opiniones rectas y ellos no. ¿Entonces qué? ¿Pueden vencer en esto? ¿De dónde? Pero si nos ponemos sobre una balanza, ¿no debía tirar hacia abajo el más pesado?
¿Sócrates entonces para que padeciera esto a manos de los atenienses? —Esclavo, ¿qué dices «Sócrates»? Di la cosa como es: ¿entonces para que el cuerpecito de Sócrates fuera conducido y arrastrado por los más fuertes a la prisión, y alguien diera cicuta al cuerpecito de Sócrates y aquel expirara? ¿Esto te parece admirable, esto injusto, por esto acusas a dios? ¿No tenía, pues, Sócrates nada a cambio de esto? ¿Dónde estaba para él la esencia del bien? ¿A quién haremos caso, a ti o a él? ¿Y qué dice aquel? «Ánito y Meleto pueden matarme, pero dañarme no». Y de nuevo: «Si así le place a dios, así sea». Pero demuestra que quien tiene opiniones peores domina al que las tiene mejores en las opiniones. No lo demostrarás, ni siquiera cerca. Pues es ley de la naturaleza y de dios esta: que siempre prevalezca lo mejor sobre lo peor. ¿En qué? En aquello en que es mejor. El cuerpo es más fuerte que el cuerpo, los más numerosos que el uno, el ladrón que el que no es ladrón. Por esto también yo perdí mi lámpara, porque en mantenerse despierto el ladrón era más fuerte que yo. Pero él compró la lámpara a ese precio: a cambio de una lámpara se hizo ladrón, a cambio de una lámpara desleal, a cambio de una lámpara bestial. Esto le pareció provechoso.
Sea así; pero alguien me ha agarrado del manto y me arrastra a la plaza, luego otros gritan: «Filósofo, ¿de qué te han servido las opiniones? Mira, eres arrastrado a la prisión, mira, vas a ser decapitado». ¿Y qué introducción a la filosofía habría podido hacer yo para que, si alguien más fuerte me agarra del manto, no sea arrastrado? ¿Para que, si diez me rodean y me arrojan a la prisión, no sea arrojado? ¿No aprendí entonces nada más? Aprendí a ver que todo lo que ocurre, si no depende de la capacidad de elección, no es nada para mí. ¿En esto no te has beneficiado? ¿Por qué entonces buscas el beneficio en otra cosa que en lo que aprendiste? Sentado, pues, en la prisión digo: «Este que grita esas cosas ni escucha el significado ni atiende a lo que se dice ni en absoluto le ha importado saber sobre los filósofos qué dicen o qué hacen. Déjalo». «Pero sal de nuevo de la prisión». Si ya no tenéis necesidad de mí en la prisión, salgo; si de nuevo la tenéis, entraré. ¿Hasta cuándo? Hasta que la razón elija que yo permanezca con el cuerpecito; cuando no lo elija, tomadlo y que os vaya bien. Solamente que no sea sin razón, solamente que no sea blandamente, no por un pretexto cualquiera. Pues de nuevo dios no lo quiere; tiene necesidad de un mundo así, de seres que se comporten sobre la tierra de tal modo. Pero si da la señal de retirada como a Sócrates, hay que obedecer al que da la señal como a un general.
¿Entonces qué? ¿Hay que decir estas cosas a la multitud? —¿Para qué? ¿No basta con estar uno mismo convencido? Cuando los niños se acercan aplaudiendo y dicen «hoy buenos Saturnales», ¿decimos «no son buenos estos»? De ningún modo; sino que también nosotros aplaudimos. Y tú igualmente, cuando no puedas persuadir a alguien, reconoce que es un niño y aplaude con él; pero si no quieres esto, calla.
Es necesario recordar estas cosas y, cuando seas llamado a una circunstancia semejante, saber que ha llegado el momento de demostrar si te has educado. Pues un joven que pasa de la escuela a una circunstancia difícil se parece a quien ha practicado analizar silogismos, y si alguien le propone uno fácil de resolver, dice: «Más bien propónmeme uno ingeniosamente complejo, para que me ejercite». Y los atletas se disgustan con los jóvenes livianos; «No me puede levantar», dice. Este es un joven de buena naturaleza. ¿No? Pero cuando llama el momento oportuno hay que llorar y decir: «Quería seguir aprendiendo». ¿Aprender qué? Si no aprendiste estas cosas para mostrarlas con hechos, ¿para qué las aprendiste? Creo que alguno de los que están sentados aquí sufre en su interior y dice: «¿A mí no me va a llegar ahora una circunstancia como la que le ha llegado a este? ¿Voy yo ahora a consumirme sentado en un rincón, pudiendo ser coronado en Olimpia? ¿Cuándo me va a anunciar alguien una competición así?». Así deberíais estar todos vosotros. Pero incluso entre los gladiadores del César hay algunos que se indignan porque nadie los saca a pelear ni los empareja, y rezan al dios y se acercan a los administradores rogando combatir, ¿y de entre vosotros no va a aparecer nadie así? Yo querría zarpar precisamente para esto y ver qué hace mi atleta, cómo prepara su tarea. «No quiero», dice, «una tarea así». ¿Acaso está en tu mano tomar la tarea que quieras? Se te ha dado un cuerpo así, unos padres así, unos hermanos así, una patria así, una posición en ella así; ¿y luego vienes a decirme: «Cámbiame la tarea»? ¿Y entonces no tienes los recursos para usar lo que se te ha dado? Tuyo es proponer, mío es practicar bien. No; sino: «No me pongas un argumento tropológico así, sino así; no me añadas tal conclusión, sino tal otra». Pronto llegará el tiempo en que los actores trágicos se crean a sí mismos máscaras, coturnos y manto. Hombre, tienes materia y tema. Di algo, para que sepamos si eres un actor trágico o un bufón; pues todo lo demás lo tienen en común ambos. Si uno les quita los coturnos y la máscara y lo saca como un simple fantasma, ¿ha perecido el actor trágico o permanece? Si tiene voz, permanece.
También aquí. «Toma el mando». Lo tomo y una vez tomado muestro cómo se comporta un hombre educado. «Quítate la toga de banda ancha y, tomando harapos, preséntate con tal apariencia». ¿Y qué? ¿No se me ha dado llevar una voz hermosa? «¿En qué rol subes ahora al escenario?» Como testigo llamado por el dios. «Ven tú y testifica por mí; pues eres digno de ser presentado como testigo mío. ¿Acaso algo de lo que está fuera de la capacidad de elección es bueno o malo? ¿Perjudico a alguien? ¿He puesto el beneficio de cada uno en otra cosa que no sea en él mismo?». ¿Qué testimonio das al dios? «Estoy en peligro, señor, y soy desgraciado, nadie me hace caso, nadie me da nada, todos me reprochan, me calumnian». ¿Esto vas a testimoniar y deshonrar el llamado con el que te ha llamado, porque te honró con este honor y te consideró digno de presentarte como testigo de tal importancia?
Pero el que tiene el poder ha declarado: «Te juzgo impío y sacrílego». ¿Qué te ha sucedido? «He sido juzgado impío y sacrílego». ¿Nada más? «Nada más». Pero si hubiera juzgado sobre una proposición condicional y hubiera dado la sentencia «juzgo que es falso que si es de día, hay luz», ¿qué le habría sucedido a la proposición condicional? ¿Quién es juzgado aquí, quién ha sido condenado? ¿La proposición condicional o el que se ha engañado sobre ella? Así pues, ¿quién es ese que tiene el poder de pronunciarse sobre ti? ¿Sabe qué es lo piadoso o lo impío? ¿Lo ha practicado? ¿Lo ha aprendido? ¿Dónde? ¿Con quién? Entonces, ¿un músico no hará caso de él cuando se pronuncie sobre la cuerda más aguda diciendo que es la más grave, ni un geómetra cuando juzgue que las líneas que van del centro al círculo no son iguales? ¿Y el hombre educado en las verdades hará caso de un hombre sin educación cuando juzgue sobre lo santo y lo profano y sobre lo justo y lo injusto?
¡Oh, qué gran injusticia de los educados! ¿Así que esto aprendiste aquí? ¿No quieres dejar los razonamientos teóricos sobre estas cosas a otros, a esos pobres hombrecillos que no sufren penalidades, para que sentados en un rincón reciban sus miserables sueldo o refunfuñen porque nadie les proporciona nada, y tú salir a usar lo que has aprendido? Pues no son razonamientos teóricos lo que falta ahora, sino que los libros de los estoicos están llenos de razonamientos teóricos. ¿Qué es entonces lo que falta? El que va a usar, el que va a testimoniar con hechos las palabras. Asume este papel por mí, para que ya no usemos en la escuela ejemplos antiguos, sino que tengamos también algún ejemplo de nuestro tiempo. Así pues, ¿de quién es contemplar estas cosas? Del que tiene tiempo libre. Pues el hombre es un animal amante de la contemplación. Pero es vergonzoso contemplar estas cosas como los esclavos fugitivos; sino que hay que estar sentado sin distracciones y escuchar ora a un actor trágico ora a un citarista, no como hacen aquellos. Al mismo tiempo se detuvo y elogió al actor trágico, al mismo tiempo miró a su alrededor; luego si alguien menciona al amo, inmediatamente se han asustado, se han turbado. Es vergonzoso que también los filósofos contemplen las obras de la naturaleza así. ¿Pues qué es un amo? Un hombre no es amo de un hombre, sino que lo son la muerte y la vida y el placer y el dolor. Porque si sin estas cosas me traes al César, verás qué firme permanezco. Pero cuando viene con estas cosas tronando y relampagueando, y yo temo estas cosas, ¿qué otra cosa sino que he reconocido al amo como el esclavo fugitivo? Pero mientras tenga alguna tregua de estas cosas, como el esclavo fugitivo se detiene en el teatro, así también yo: me baño, bebo, canto, pero todo con miedo y miseria. Pero si me libero de los amos, es decir, de aquellas cosas por las cuales los amos son temibles, ¿qué problema tengo todavía, qué amo todavía?
¿Qué entonces? ¿Hay que proclamar estas cosas ante todos? —No, sino comportarse con los ignorantes según su condición y decir: «Este me aconseja lo que él cree bueno para sí mismo; se lo perdono». Pues también Sócrates perdonaba al carcelero que lloraba porque iba a beber el veneno, y dice: «¡Qué noblemente nos ha llorado!». ¿Acaso le dice a aquel que «por esto despedimos a las mujeres»? No, sino que se comporta así con los allegados, con los que pueden escuchar estas cosas; pero con aquel se comporta como con un niño.
Capítulo30Qué debe tenerse a mano en las circunstancias difíciles
Cuando entres ante uno de los poderosos, recuerda que también otro desde arriba contempla lo que sucede y que debes agradar a aquel más que a este. Aquel entonces te pregunta: «¿Qué decías en la escuela sobre el destierro y la cárcel y las cadenas y la muerte y la deshonra?». «Yo decía que son indiferentes». «Entonces ahora qué las llamas? ¿Acaso aquellas cosas han cambiado?». «No». «¿Entonces tú has cambiado?». «No». «Di entonces cuáles son las indiferentes». «Las que no dependen de la capacidad de elección». «Di también lo siguiente». «Las que no dependen de la capacidad de elección no son nada para mí». «Di también qué os parecía que son los bienes». «Una capacidad de elección como debe ser y un uso correcto de las representaciones». «¿Y el fin cuál es?». «Seguirte a ti». «¿Dices esto también ahora?». «Digo lo mismo también ahora». Ve dentro entonces con confianza y recordando estas cosas, y verás qué es un joven que ha practicado lo que debe entre hombres que no lo han practicado. Yo, por los dioses, me imagino que sentirás algo así: «¿Por qué nos preparamos tan grandes y tantas cosas para nada? ¿Esto era el poder? ¿Esto los vestíbulos, los chambelanes, los guardaespaldas? ¿Por esto escuché tantos discursos? Estas cosas no eran nada, y yo me preparaba como si fueran grandes».
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