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Capítulo 1De la inconstancia de nuestras acciones

Ensayos, libro II · Michel de Montaigne · 13 min de lectura

Quienes se dedican a examinar las acciones humanas no encuentran en ninguna parte tantas dificultades como al intentar juntarlas y darles un mismo lustre: pues se contradicen habitualmente de forma tan extraña, que parece imposible que hayan salido de la misma tienda. El joven Mario se muestra unas veces hijo de Marte, otras hijo de Venus. El papa Bonifacio VIII entró, según se dice, en su cargo como un zorro, se comportó en él como un león y murió como un perro. Y ¿quién creería que fuese Nerón, esa verdadera imagen de la crueldad, quien, cuando le presentaron para firmar, según la costumbre, la sentencia de un criminal condenado, respondió: Ojalá no hubiera aprendido nunca a escribir; tanto le oprimía el corazón condenar a un hombre a muerte? Todo está tan lleno de tales ejemplos, e incluso cada cual puede aportar tantos de sí mismo, que me resulta extraño ver a veces a gentes de entendimiento esforzarse en juntar estas piezas: pues la irresolución me parece el vicio más común y evidente de nuestra naturaleza; testigo de ello es ese famoso verso de Publio el farsante:

Malum consilium est, quod mutari non potest. Hay cierta apariencia de razón en juzgar a un hombre por los rasgos más comunes de su vida; pero dada la natural inestabilidad de nuestras costumbres y opiniones, me ha parecido a menudo que los buenos autores mismos se equivocan al obstinarse en formar de nosotros una contextura constante y sólida. Eligen un aire universal, y siguiendo esa imagen, van royendo e interpretando todas las acciones de un personaje, y si no pueden retorcerlas lo suficiente, las atribuyen a la disimulación. Augusto se les ha escapado: pues se encuentra en este hombre una variedad de acciones tan evidente, súbita y continua, durante todo el curso de su vida, que se ha hecho soltar entero e indeciso a los jueces más audaces. Creo con más dificultad la constancia de los hombres que cualquier otra cosa, y nada más fácilmente que la inconstancia. Quien los juzgara en detalle y distintamente, pieza a pieza, acertaría más a menudo a decir verdad. En toda la antigüedad es difícil escoger una docena de hombres que hayan llevado su vida por un camino cierto y seguro, que es el objetivo principal de la sabiduría. Pues para comprenderla en una sola palabra, dice un antiguo, y para abrazar en una todas las reglas de nuestra vida, es querer y no querer siempre la misma cosa: No me dignaría, dice, añadir, con tal de que la voluntad sea justa: pues si no es justa, es imposible que sea siempre una. En verdad, yo aprendí en otro tiempo que el vicio no es sino desorden y falta de medida; y por consiguiente, es imposible atribuirle constancia. Es una frase de Demóstenes, según se dice, que el comienzo de toda virtud es la consulta y la deliberación, y el fin y perfección, la constancia. Si emprendiéramos mediante el razonamiento cierto camino, tomaríamos el más hermoso, pero nadie ha pensado en ello:

Lo que buscó, lo desprecia; vuelve a buscar lo que acaba de abandonar; se agita, y discrepa con el orden entero de su vida.

Nuestra manera ordinaria es ir tras las inclinaciones de nuestro apetito, a la izquierda, a la derecha, cuesta arriba, cuesta abajo, según nos lleva el viento de las ocasiones. No pensamos lo que queremos, sino en el instante en que lo queremos: y cambiamos como ese animal que toma el color del lugar donde se le coloca. Lo que ahora hemos propuesto, lo cambiamos enseguida, y enseguida volvemos también sobre nuestros pasos: no es sino vaivén e inconstancia:

Ducimur ut neruis alienis mobile lignum. No vamos, nos llevan: como las cosas que flotan, unas veces suavemente, otras con violencia, según el agua esté furiosa o calmada.

¿Acaso no vemos que nadie sabe qué quiere, y que siempre anda buscando; cambiando de lugar, como si pudiera deponer su carga?

Cada día nueva fantasía, y se mueven nuestros humores con los movimientos del tiempo.

Tales son las mentes de los hombres, cual el propio padre Júpiter iluminó las tierras con su luz fecunda.

Flotamos entre diversos pareceres: no queremos nada libremente, nada absolutamente, nada constantemente. Si alguien hubiera prescrito y establecido ciertas leyes y cierta conducta en su cabeza, veríamos por doquier en su vida relucir una igualdad de costumbres, un orden y una relación infalible de unas cosas con otras. (Empédocles señalaba esta deformidad en los agrigentinos, que se abandonaban a las delicias como si hubieran de morir al día siguiente: y construían como si jamás hubieran de morir.) El razonamiento sería muy fácil de hacer. Como se ve en el joven Catón: quien ha tocado un escalón, lo ha tocado todo: es una armonía de sonidos muy acordes, que no puede desmentirse. En nosotros, al contrario, tantas acciones, tantos juicios particulares son necesarios. Lo más seguro, en mi opinión, sería relacionarlas con las circunstancias próximas, sin entrar en mayor búsqueda y sin concluir de ellas otra consecuencia.

Durante los desórdenes de nuestro pobre Estado, me contaron que una muchacha honesta, cerca de donde yo estaba, se había precipitado desde lo alto de una ventana para evitar la fuerza de un bellaco soldado que se alojaba en su casa: no había muerto en la caída, y para redoblar su empresa, había querido clavarse un cuchillo en la garganta, pero se lo habían impedido: sin embargo, después de haberse herido gravemente, ella misma confesaba que el soldado aún no la había presionado más que con ruegos, solicitaciones y regalos, pero que había tenido miedo de que al final llegara a la violencia: y en ello las palabras, el semblante y esa sangre testimoniaban su virtud, a la verdadera manera de otra Lucrecia. Pues bien, supe en verdad que antes y después había sido muchacha de composición no tan difícil. Como dice el cuento, por muy apuesto y honesto que seas, cuando hayas fallado en tu intento, no concluyas inmediatamente una castidad inviolable en tu amada: no quiere decir que el mulero no encuentre su momento.

Antígono, habiendo tomado afecto a uno de sus soldados por su virtud y valentía, ordenó a sus médicos que lo cuidaran de una enfermedad larga e interna que lo había atormentado largo tiempo: y advirtiendo después de su curación que iba mucho más fríamente a los asuntos, le preguntó quién lo había cambiado y acobardado así: Vos mismo, Señor, le respondió, al haberme librado de los males por los cuales no tenía en cuenta mi vida. El soldado de Lúculo, habiendo sido despojado por los enemigos, emprendió contra ellos para vengarse una hermosa empresa: cuando se hubo repuesto de su pérdida, Lúculo, habiéndole cobrado buena opinión, lo empleaba en alguna acción peligrosa, con todas las más bellas exhortaciones de que podía valerse:

Palabras que incluso a un tímido puedan dar ánimo; Emplead, respondió él, a algún miserable soldado despojado:

Por rústico que sea: Irá, irá donde quieras, quien perdió su cinturón, dice;

y se niega rotundamente a ir allí. Cuando leemos que Mahoma, tras haber reprendido duramente a Hasán, jefe de sus jenízaros, porque veía su tropa destrozada por los húngaros mientras él se comportaba cobardemente en el combate, Hasán fue y como única respuesta se lanzó furiosamente solo, tal como estaba, armas en mano, contra el primer grupo de enemigos que se presentó, donde fue enseguida engullido: quizá aquello no fue tanto una justificación como un endurecimiento, ni tanto valor natural como un nuevo despecho. A aquel que viste ayer tan intrépido, no te extrañe verlo al día siguiente igual de cobarde: o la cólera, o la necesidad, o la compañía, o el vino, o el sonido de una trompeta le habían puesto el corazón en el vientre; ese no es un corazón formado así por la reflexión: esas circunstancias se lo dieron; no es maravilla si lo ves convertido en otro por otras circunstancias contrarias. Esta variación y contradicción que se ve en nosotros, tan flexible, ha hecho que algunos imaginen que tenemos dos almas, otros dos potencias, que nos acompañan y agitan cada una a su modo, una hacia el bien y la otra hacia el mal: una diversidad tan brusca no puede encajar bien con un sujeto simple. No solo el viento de los accidentes me mueve según su inclinación, sino que además yo mismo me muevo y me perturbo por la inestabilidad de mi postura; y quien se observa con atención, rara vez se encuentra dos veces en el mismo estado.

Doy a mi alma ora un rostro, ora otro, según el lado en que la acuesto. Si hablo de manera diversa de mí, es porque me miro de manera diversa. Todas las contrariedades se encuentran en ella, según el ángulo y de algún modo: vergonzoso, insolente, casto, lujurioso, parlanchín, taciturno, laborioso, delicado, ingenioso, embotado, hosco, bondadoso, mentiroso, veraz, sabio, ignorante, y liberal y avaro y pródigo: todo eso lo veo en mí en cierta medida, según me gire; y quienquiera que se estudie con atención, encontrará en sí, e incluso en su propio juicio, esta volubilidad y discordancia. No tengo nada que decir de mí enteramente, simplemente y sólidamente, sin confusión y sin mezcla, ni en una palabra. Distingo es el miembro más universal de mi lógica. Aunque siempre soy partidario de decir del bien el bien, y de interpretar más bien favorablemente las cosas que pueden serlo, lo cierto es que la extrañeza de nuestra condición hace que seamos a menudo impulsados a hacer el bien precisamente por el vicio, si el bien hacer no se juzgara únicamente por la intención. Por eso un acto valeroso no debe concluir que un hombre es valiente: quien lo fuera de verdad, lo sería siempre y en todas las ocasiones. Si fuese un hábito de virtud, y no un arranque, haría a un hombre igualmente resuelto ante todos los accidentes: el mismo solo que en compañía; el mismo en campo cerrado que en una batalla; porque, digan lo que digan, no hay un valor distinto en el adoquinado y otro en el campo de batalla.

Tan valerosamente soportaría una enfermedad en su lecho como una herida en el campo, y no temería más la muerte en su casa que en un asalto. No veríamos a un mismo hombre lanzarse a la brecha con valiente seguridad y luego atormentarse, como una mujer, por la pérdida de un pleito o de un hijo. Cuando siendo cobarde ante la infamia es firme ante la pobreza; cuando siendo blando ante las navajas de los barberos se muestra recio ante las espadas de los adversarios: la acción es loable, no el hombre. Muchos griegos, dice Cicerón, no pueden ver a los enemigos y se muestran firmes ante las enfermedades. Los cimbrios y celtíberos todo lo contrario. Nada puede ser constante si no procede de una razón cierta. No hay valor más extremo en su especie que el de Alejandro; pero es solo en su especie, no bastante pleno en todo ni universal. Por incomparable que sea, tiene aún sus manchas. Por eso lo vemos turbarse tan perdidamente ante las más leves sospechas que tiene de las maquinaciones de los suyos contra su vida, y conducirse en esa indagación con una injusticia tan vehemente e indiscreta, y con un miedo que subvierte su razón natural. La superstición también, de la que estaba tan imbuido, tiene cierta imagen de pusilanimidad. Y el exceso de la penitencia que hizo por el asesinato de Clito es también testimonio de la desigualdad de su ánimo.

Nuestro hecho no son sino piezas añadidas, y queremos adquirir un honor con falsas enseñas. La virtud no quiere ser seguida sino por sí misma; y si a veces tomamos prestada su máscara para otra ocasión, enseguida nos la arranca del rostro. Es un tinte vivo y fuerte, cuando el alma ha sido una vez impregnada de él, y que no se va sin llevarse la pieza. He ahí por qué para juzgar a un hombre hay que seguir larga y atentamente su rastro: si la constancia no se mantiene por su solo fundamento, para quien el camino de vivir está considerado y previsto, si la variedad de acontecimientos le hace cambiar de paso (digo de camino, pues el paso puede acelerarse o hacerse más pesado), déjalo correr: ese se va a donde le lleva el viento, como dice la divisa de nuestro Talbot. No es maravilla, dice un antiguo, que el azar pueda tanto sobre nosotros, puesto que vivimos al azar. A quien no ha orientado en general su vida hacia un cierto fin, le es imposible disponer las acciones particulares. Es imposible ordenar las piezas a quien no tiene una forma del conjunto en su cabeza. ¿De qué sirve la provisión de colores a quien no sabe lo que tiene que pintar? Nadie hace un designio cierto de su vida, y solo deliberamos sobre ella a pedazos.

El arquero debe primero saber dónde apunta, y luego acomodar la mano, el arco, la cuerda, la flecha y los movimientos. Nuestros consejos se extravían porque no tienen dirección ni meta. Ningún viento sirve a quien no tiene puerto destinado. No comparto el juicio que se hizo sobre Sófocles, al haberlo considerado capaz en el manejo de los asuntos domésticos, contra la acusación de su hijo, por haber visto una de sus tragedias. Ni encuentro suficiente la conjetura de los parios enviados para reformar a los milesios, en relación con la consecuencia que sacaron. Visitando la isla, observaron las tierras mejor cultivadas y las casas de campo mejor gobernadas. Y habiendo registrado el nombre de los dueños de aquellas, cuando convocaron la asamblea de los ciudadanos en la ciudad, nombraron a esos dueños como nuevos gobernadores y magistrados, juzgando que, cuidadosos de sus asuntos privados, lo serían de los públicos. Somos todos de retazos, y de una contextura tan informe y diversa, que cada pieza, cada momento, hace su juego. Y se encuentra tanta diferencia de nosotros a nosotros mismos como de nosotros a los demás. Considera gran cosa desempeñar un solo hombre. Puesto que la ambición puede enseñar a los hombres el valor, la templanza, la liberalidad, e incluso la justicia; puesto que la avaricia puede plantar en el ánimo de un dependiente de tienda, criado en la sombra y en el ocio, la seguridad de lanzarse tan lejos del hogar doméstico, a merced de las olas y de Neptuno airado en una frágil barca, y que ella enseña además la discreción y la prudencia; y que Venus misma proporciona resolución y audacia a la juventud aún bajo la disciplina y la vara, y arma el tierno corazón de las doncellas en el regazo de sus madres:

Con ella por guía, traspasando furtivamente a los guardianes dormidos, la muchacha sola viene en las tinieblas hacia el joven;

no es propio de un entendimiento sensato juzgarnos simplemente por nuestras acciones exteriores: hay que sondear hasta el interior, y ver por qué resortes se da el impulso. Pero en la medida en que es una empresa arriesgada y elevada, yo querría que menos gente se metiera en ella.

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