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Parte 1Dedicatoria a Ático

Sobre la vejez · Cicerón · 5 min de lectura

1. Oh, Tito, si en algo te ayudo o alivio alguna inquietud que ahora te consume y da vueltas clavada en tu pecho, ¿habrá acaso alguna recompensa? Pues me está permitido dirigirme a ti, Ático, con los mismos versos con que aquel hombre de hacienda no muy grande, pero lleno de lealtad se dirige a Flaminio; aunque sé con certeza que tú no estás atormentado, Tito, como Flaminio, así noche y día. Conozco en efecto la moderación de tu ánimo y tu ecuanimidad, y entiendo que no solo te has traído de Atenas el sobrenombre, sino también la cultura y la prudencia.

Y sin embargo sospecho que a veces te conmueven con mayor gravedad las mismas cosas que a mí mismo, cuyo consuelo es tanto mayor como aplazable para otro momento. Ahora bien, me ha parecido oportuno escribirte algo sobre la vejez.

2. Pues quiero aliviarte a ti y también a mí mismo de esta carga que nos es común, la vejez ya apremiante o al menos que se acerca; aunque ciertamente sé que tú la sobrellevas y la sobrellevarás con moderación y sabiduría, como todo lo demás. Pero al querer escribir algo sobre la vejez, tú se me presentabas como digno de este obsequio que ambos pudiéramos aprovechar en común. A mí, desde luego, me resultó tan grata la composición de este libro que no solo borró todas las molestias de la vejez, sino que hizo la vejez suave e incluso agradable.

Nunca, pues, podrá alabarse con suficiente dignidad la filosofía, gracias a la cual quien la obedece puede transcurrir todo el tiempo de su vida sin molestias.

3. Pero sobre los demás temas hemos hablado mucho y hablaremos con frecuencia; este libro te lo enviamos sobre la vejez. Ahora bien, hemos atribuido todo el diálogo no a Titono, como Aristón de Quíos (pues en una fábula habría poca autoridad), sino al viejo Marco Catón, para que el discurso tuviese mayor autoridad; ante él ponemos a Lelio y a Escipión admirándose de que sobrellevara la vejez con tanta facilidad, y a él respondiéndoles. Si pareciera discutir con más erudición de lo que solía en sus propios libros, atribúyelo a las letras griegas, de las que consta que fue muy estudioso en su vejez. Pero ¿qué necesidad hay de más palabras? Ya el propio discurso de Catón expondrá toda nuestra opinión sobre la vejez.

4. Escipión. A menudo suelo admirarme junto con este Cayo Lelio, Marco Catón, tanto de tu excelente y perfecta sabiduría en todos los aspectos, como muy especialmente de que nunca haya percibido que la vejez te resulte gravosa, cuando a la mayoría de los viejos les resulta tan odiosa que dicen soportar un peso más pesado que el Etna. Catón. Una cuestión en verdad no muy difícil parecéis admirar, Escipión y Lelio. Pues para quienes no hay en sí mismos ningún recurso para vivir bien y felizmente, toda edad resulta pesada; pero para quienes buscan todos los bienes en sí mismos, nada puede parecer malo de lo que acarrea la necesidad de la naturaleza.

En esta categoría está en primer lugar la vejez, que todos desean alcanzar, pero la acusan una vez alcanzada: ¡tan grande es la inconstancia y perversidad de la necedad! Dicen que se les echa encima más rápido de lo que habían pensado. En primer lugar, ¿quién les obligó a pensar falsamente? Pues ¿cómo se echa encima la vejez a la juventud más rápido que la juventud a la niñez? Además, ¿cómo les resultaría menos pesada la vejez si vivieran ochocientos años que si vivieran ochenta? Pues el tiempo pasado, por largo que fuera, una vez transcurrido no podría con ningún consuelo acariciar a una vejez necia.

5. Por lo cual, si soléis admirar mi sabiduría (¡ojalá fuera digna de vuestra opinión y de nuestro sobrenombre!), en esto somos sabios: en que seguimos a la naturaleza como guía óptima, como a un dios, y le obedecemos; y no es verosímil que ella, habiendo dispuesto bien las demás partes de la vida, haya descuidado el acto final como un poeta inepto. Pero sin embargo era necesario que existiera algo final y, como en los frutos de los árboles y de la tierra con la madurez oportuna algo como marchito y caduco, lo cual debe soportarse con serenidad por el sabio. Pues ¿qué otra cosa es combatir con los dioses al modo de los Gigantes sino resistirse a la naturaleza?

6. Lelio. Pero, Catón, nos harás un gran favor, como puedo prometer también en nombre de Escipión, si, dado que esperamos, y ciertamente queremos, llegar a viejos, aprendiéramos de ti con mucha antelación con qué métodos podemos sobrellevar más fácilmente la edad que se agrava. Catón. Lo haré sin duda, Lelio, sobre todo si va a resultar grato para ambos, como dices. Lelio. Queremos desde luego, si no es molestia, Catón, puesto que has recorrido como un largo camino que también nosotros debemos emprender, ver cómo es ese lugar al que has llegado.

7. Catón. Lo haré como pueda, Lelio. Pues a menudo he asistido a las quejas de mis coetáneos—y los iguales, según el viejo proverbio, se reúnen muy fácilmente con los iguales—, quejas que solían deplorar Cayo Salinator y Espurio Albino, hombres consulares más o menos de mi edad: tanto porque carecían de placeres sin los cuales consideraban que la vida no era nada, como porque eran despreciados por aquellos de quienes solían ser honrados. Estos no me parecían acusar lo que debía acusarse.

Pues si eso ocurriera por culpa de la vejez, lo mismo me ocurriría a mí y a todos los demás de mayor edad, de muchos de los cuales he conocido una vejez sin quejas, quienes no llevaban a mal haberse liberado de las cadenas de las pasiones ni ser despreciados por los suyos. Pero de todas las quejas de este tipo la culpa está en el carácter, no en la edad. Pues los ancianos moderados y ni difíciles ni inhumanos llevan una vejez soportable; pero la impertinencia y la inhumanidad resultan molestas en cualquier edad.

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