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Diálogo 1De la vida feliz

De la vida feliz y otros diálogos · Séneca · 54 min de lectura

Capítulo1La búsqueda de la vida feliz

1. Vivir felices, hermano Galión, todos lo quieren, pero al tratar de ver qué es lo que hace feliz la vida andan a ciegas; y hasta tal punto no es fácil alcanzar la vida feliz que cada cual se aleja más de ella cuanto más precipitadamente se lanza hacia ella, si se ha equivocado de camino; pues cuando este conduce en dirección contraria, la velocidad misma se convierte en causa de una mayor distancia.

Hay que establecer, pues, en primer lugar qué es lo que buscamos; luego hay que mirar por dónde podemos dirigirnos hacia ello con mayor rapidez, habiendo de comprender durante el camino mismo, con tal de que sea el correcto, cuánto progresamos cada día y cuánto más cerca estamos de aquello hacia lo que nos impulsa el deseo natural. 2. Mientras vaguemos sin rumbo, sin seguir a un guía, sino el griterío y el clamor discordante de quienes nos llaman en distintas direcciones, la vida se consumirá entre errores, por breve que sea, aunque trabajemos día y noche con buena disposición. Decidamos, pues, tanto adónde nos dirigimos como por dónde, no sin algún experto que tenga explorados los lugares hacia los que avanzamos, puesto que aquí no se da la misma situación que en los demás viajes: en aquellos, un camino cualquiera trazado y los habitantes a quienes preguntamos no permiten extraviarse, pero aquí el camino más transitado y frecuentado es el que más engaña. 3. Nada, por tanto, debe importarnos más que no seguir, a la manera del ganado, al rebaño de los que van delante, yendo no adonde hay que ir sino adonde se va. Y sin embargo ninguna cosa nos enreda en mayores males que el ajustarnos al rumor, considerando óptimas las cosas que han sido acogidas con gran asentimiento, y el que tengamos como buenos muchos ejemplos, sin vivir según la razón sino según la imitación. 4. De ahí ese enorme amontonamiento de unos que se desploman sobre otros. Lo que sucede en una gran matanza de hombres, cuando la multitud misma se oprime —nadie cae sin arrastrar también a otro consigo, y los primeros son la ruina de los que siguen—, puedes ver que ocurre en toda la vida. Nadie se equivoca solo para sí, sino que es causa y autor del error ajeno; pues es dañino apegarse a los que van delante y, mientras cada cual prefiere creer antes que juzgar, nunca se juzga sobre la vida, siempre se cree, y nos arrastra y precipita el error transmitido de mano en mano. Perecemos por ejemplos ajenos: nos curaremos si nos separamos de la multitud. 5. Pero ahora el pueblo se yergue contra la razón como defensor de su propio mal. Así sucede lo que en las elecciones, en las que quienes eligieron se asombran de que hayan sido nombrados pretores los mismos que ellos nombraron, cuando el favor voluble ha dado un giro: aprobamos las mismas cosas, reprobamos las mismas cosas; este es el resultado de todo juicio en el que se decide según la mayoría.

Capítulo2La verdadera felicidad frente a la opinión

1. Cuando se trate de la vida feliz, no hace falta que me respondas lo que se hace en las votaciones: «esta opción parece ser la mayoritaria». Precisamente por eso es la peor. No van tan bien las cosas humanas como para que lo mejor guste a la mayoría: la multitud es prueba de lo pésimo. 2. Busquemos entonces qué es lo mejor que se puede hacer, no lo más habitual, y qué nos sitúa en posesión de la felicidad eterna, no qué ha sido aprobado por el vulgo, pésimo intérprete de la verdad. Y por vulgo entiendo tanto a los que visten capas lujosas como a los coronados; no me fijo en el color de las ropas con que cubren sus cuerpos. No me fío de los ojos para juzgar a una persona, tengo una luz mejor y más segura con la que distingo lo verdadero de lo falso: que el alma encuentre el bien del alma. Esta, si alguna vez le queda tiempo para respirar y replegarse en sí misma, ¡oh, cómo se confesará a sí misma la verdad, atormentada por sí misma, y dirá: 3. «Todo lo que he hecho hasta ahora, preferiría que no estuviera hecho; cuando recuerdo todo lo que dije, envidio a los mudos; todo lo que deseé lo considero una maldición de enemigos; todo lo que temí, ¡dioses buenos!, ¡cuánto más ligero fue que lo que ansié! He tenido enemistades con muchos y de odio he vuelto a la concordia, si es que cabe alguna concordia entre malvados: aún no soy amigo de mí mismo. Dediqué todo mi esfuerzo a destacarme de la multitud y a hacerme notable por alguna cualidad: ¿qué otra cosa hice sino exponerme a los dardos y ofrecer algo que mordiera la malevolencia? 4. ¿Ves a esos que alaban la elocuencia, persiguen las riquezas, adulan el favor, enaltecen el poder? Todos son enemigos o, lo que viene a ser igual, pueden serlo; tan grande es el pueblo de los envidiosos como el de los admiradores. ¿Por qué no busco más bien algún bien útil, que yo sienta, no que yo exhiba? Esas cosas que se miran, ante las que uno se detiene, que unos a otros se muestran asombrados, brillan por fuera, por dentro son miserables».

Capítulo3La vida feliz según la naturaleza

1. Busquemos algo que no sea bueno solo en apariencia, sino sólido y uniforme, y más hermoso en su parte más profunda; saquemos esto a la luz. No está lejos: lo encontraremos, solo hace falta saber hacia dónde extender la mano; ahora, como en tinieblas, pasamos junto a lo que está cerca, tropezando con lo mismo que deseamos.

2. Pero para no arrastrarte por rodeos, pasaré por alto las opiniones de los demás —pues enumerarlas es largo y refutarlas también—: escucha la nuestra. Pero cuando digo «nuestra», no me ato a uno solo de los maestros estoicos: también yo tengo derecho a opinar. Así que seguiré a uno, a otro le pediré que divida su parecer, y quizás, llamado a votar después de todos, no rechazaré nada de lo que los anteriores hayan decidido y diré «opino esto además». 3. Mientras tanto, en lo que todos los estoicos están de acuerdo, doy mi asentimiento a la naturaleza de las cosas; la sabiduría consiste en no apartarse de ella y formarse según su ley y su modelo.

Feliz es, pues, la vida que está en armonía con su propia naturaleza, lo que solo puede ocurrir si, primero, la mente está sana y en posesión perpetua de su salud; luego, si es fuerte y vigorosa; además, admirablemente paciente, adaptable a las circunstancias, atenta a su cuerpo y a lo que le concierne sin ansiedad; después, diligente con las demás cosas que equipan la vida, pero sin admiración por ninguna, dispuesta a usar los dones de la fortuna, no a ser esclava de ellos. 4. Comprendes, aunque no lo añada, que de ahí se sigue una tranquilidad perpetua, la libertad, tras rechazar lo que nos irrita o atemoriza; pues en lugar de los placeres y * * *, que son pequeños y frágiles y ~nocivos por los propios vicios~, surge un gozo inmenso, inconmovible e invariable, y además paz y concordia del alma, y grandeza junto con mansedumbre; pues toda ferocidad procede de la debilidad.

Capítulo4Diversas definiciones del bien supremo

1. Nuestro bien puede definirse también de otro modo, es decir, la misma idea puede expresarse con palabras distintas. Del mismo modo que un ejército unas veces se despliega más ampliamente, otras se concentra en un espacio reducido, y ya se curva en alas con el centro retraído, ya se extiende en línea recta, su fuerza, sea cual sea su formación, es la misma, y la misma su voluntad de luchar por idéntica causa, así la definición del bien supremo puede a veces desarrollarse y extenderse, a veces recogerse y concentrarse en sí misma. 2. Por tanto, será lo mismo si digo «el bien supremo es un espíritu que desprecia lo azaroso y se alegra con la virtud» o «una fuerza invencible del espíritu, experta en las cosas, serena en la acción, con mucha humanidad y preocupación por los demás». También se puede definir así, de modo que llamemos feliz al hombre para quien ningún bien ni mal existe salvo el espíritu bueno o malo, cultivador de lo honesto, satisfecho con la virtud, a quien ni los azares del destino enaltecen ni abaten, que no conoce ningún bien mayor que el que él mismo puede darse, y para quien el verdadero placer será el desprecio de los placeres. 3. Si quieres extenderte más, puedes trasladar lo mismo a una u otra forma, salvando e integrando su significado; pues ¿qué nos impide llamar vida feliz a un espíritu libre, erguido, intrépido y firme, situado fuera del miedo y fuera del deseo, para el cual el único bien sea lo honesto, el único mal la bajeza, y todo lo demás una vil multitud de cosas que no quitan ni añaden nada a la vida feliz, sino que van y vienen sin aumentar ni disminuir el bien supremo? 4. Al que esté así fundamentado, quiera o no quiera, necesariamente le seguirá una alegría continua y un gozo profundo que viene de lo profundo, como quien se complace en lo suyo y no desea nada mayor que sus propios bienes. ¿Cómo no iba a compensar bien eso los leves, frívolos y fugaces movimientos del cuerpecillo? El día que esté sometido al placer, también lo estará al dolor; pero ya ves qué mala y nociva esclavitud tendrá que soportar aquel a quien posean alternativamente los placeres y dolores, amos inciertísimos e impotentísimos: por tanto, hay que salir hacia la libertad. 5. Esta no la otorga otra cosa que el desapego a la fortuna: entonces surgirá aquel bien inestimable, la calma del espíritu instalado en lo seguro y la elevación, y, expulsados los errores por el conocimiento de la verdad, un gozo grande e inconmovible, la afabilidad y la expansión del espíritu, con las que se deleitará no como si fueran bienes, sino como nacidas de su propio bien.

Capítulo5La vida feliz y la razón

1. Ya que he empezado a tratar el tema con generosidad, se puede llamar feliz a quien ni desea ni teme gracias al beneficio de la razón, puesto que también las piedras carecen de miedo y de tristeza, y no menos los animales; sin embargo, nadie por eso los consideraría dichosos, pues carecen de comprensión de la felicidad. 2. En el mismo lugar sitúa a los hombres a quienes su torpe naturaleza y el desconocimiento de sí mismos ha reducido al número de los animales y las bestias. No hay diferencia entre estos y aquellos, ya que estos últimos no tienen razón alguna, mientras que aquellos la tienen depravada y hábil para su propio mal y para lo perverso; pues nadie puede ser llamado feliz si está apartado de la verdad. 3. La vida feliz consiste, pues, en un juicio recto y seguro, estable e inmutable. Entonces, en efecto, la mente está pura y libre de todos los males, habiendo escapado no solo a los desgarros sino también a los arañazos, dispuesta a mantenerse siempre donde se ha situado y a defender su posición incluso cuando la fortuna se muestre airada y hostil. 4. Pues en lo que se refiere al placer, aunque nos rodee por todas partes y penetre por todos los caminos e inunde el ánimo ablandándolo con sus halagos, y aplique unos tras otros medios con los que estimular nuestro ser entero y cada una de sus partes, ¿qué mortal, en quien quede algún rastro de humanidad, querría ser halagado día y noche y, abandonada el alma, dedicarse al cuerpo?

Capítulo6La verdadera felicidad del sabio

1. «Pero también el alma» dice alguien «tendrá sus placeres». Que los tenga, desde luego, y que se siente como árbitro del lujo y los placeres; que se llene de todas esas cosas que suelen deleitar los sentidos, luego que mire atrás hacia lo pasado y, recordando los placeres ya gastados, se regocije con los anteriores y ya se abalance sobre los futuros y ordene sus esperanzas y, mientras el cuerpo yace en el festín del momento, envíe por adelantado sus pensamientos hacia lo futuro: esto me parecerá más miserable, puesto que elegir males en vez de bienes es demencia. Y nadie es feliz sin cordura, ni está cuerdo aquel para quien se buscan como óptimas cosas las futuras. 2. Feliz es, por tanto, el que tiene juicio recto; feliz es el que está contento con las circunstancias presentes, cualesquiera que sean, y es amigo de sus propias cosas; feliz es aquel a quien la razón le hace apreciar toda la condición de sus asuntos.

Capítulo7El placer no es virtud

1. Observo que incluso quienes han declarado que el placer es el bien supremo lo han colocado en un lugar indigno. Por eso afirman que el placer no puede separarse de la virtud, y dicen que nadie puede vivir honestamente sin vivir agradablemente, ni agradablemente sin vivir también honestamente. No veo cómo se pueden unir en un mismo vínculo cosas tan diferentes. ¿Qué razón hay, os pregunto, para que el placer no pueda separarse de la virtud? ¿Acaso porque todo bien tiene su principio en la virtud, y de sus raíces nacen también las cosas que vosotros amáis y perseguís? Pero si fueran inseparables, no veríamos ciertas cosas placenteras pero deshonrosas, y otras, en cambio, muy honrosas pero duras, que deben realizarse a través del esfuerzo. 2. Añade ahora que el placer llega incluso a la vida más vergonzosa, mientras que la virtud no admite una vida mala, y que algunos son desdichados no sin placer, sino precisamente a causa del placer; lo cual no ocurriría si el placer se mezclara con la virtud, de la cual la virtud a menudo carece pero nunca necesita. 3. ¿Por qué reunís cosas incompatibles, es más, opuestas? La virtud es algo elevado, excelso y regio, invencible e infatigable; el placer es rastrero, servil, débil y efímero, y su lugar y morada son los burdeles y las tabernas. Encontrarás la virtud en el templo, en el foro, en la curia, de pie junto a las murallas, cubierta de polvo, bronceada, con manos callosas; al placer lo hallarás oculto casi siempre y buscando las sombras, en torno a los baños y los sudatorios y los lugares que temen al edil, blando, sin vigor, empapado de vino y perfumes, pálido o maquillado y embadurnado con cosméticos. 4. El bien supremo es inmortal, no sabe desaparecer, no conoce la saciedad ni el arrepentimiento; pues nunca la mente recta se desvía ni se odia a sí misma ni cambia en nada lo óptimo. Pero el placer, cuando más deleita, se extingue; no tiene mucho espacio, así que pronto lo llena y produce hastío, y tras el primer impulso se marchita. Ni siquiera puede ser algo estable aquello cuya naturaleza está en movimiento: de modo que tampoco puede tener sustancia alguna lo que viene y pasa rápidamente para perecer en el mismo momento de su disfrute; pues tiende hacia donde ha de cesar, y mientras comienza ya mira hacia su fin.

Capítulo8La felicidad según la naturaleza

1. ¿Qué decir del hecho de que el placer está presente tanto en los buenos como en los maliciosos, y que a los infames les deleitan sus vergüenzas no menos que a los honrados sus hazañas? Por eso los antiguos enseñaron a seguir la vida mejor, no la más agradable, de modo que el placer sea compañero de una voluntad recta y buena, no su guía. Pues hay que usar la naturaleza como guía; la razón la observa, la consulta. 2. Por tanto, vivir felizmente y vivir según la naturaleza es lo mismo. Voy a explicar ahora qué significa esto: si conservamos los dones del cuerpo y lo que conviene a la naturaleza con diligencia y sin miedo, como algo dado para un solo día y fugaz; si no caemos en su esclavitud ni nos dominan cosas ajenas; si lo grato y adventicio para el cuerpo ocupa en nosotros el mismo lugar que tienen en los campamentos las tropas auxiliares y la infantería ligera —que sean esclavos, no señores—, solo entonces son útiles para la mente. 3. Que el hombre sea incorrupto ante lo externo e invencible, admirador únicamente de sí mismo,

confiado en su espíritu y preparado para ambas cosas,

artífice de su vida; que su confianza no esté desprovista de conocimiento, ni el conocimiento de constancia; que lo que una vez le ha parecido bien permanezca en él, y que no haya tachadura alguna en sus decisiones. Se entiende, aunque no lo añada, que tal hombre será equilibrado y ordenado, y magnífico con afabilidad en lo que haga. 4. La razón verdadera, estimulada por los sentidos y tomando de ellos sus comienzos —pues no tiene otro lugar desde el cual intentarlo o desde el cual tomar impulso hacia la verdad—, debe volver sobre sí misma. Pues también el universo que todo lo abarca y el dios rector del conjunto se extiende hacia lo exterior, pero sin embargo regresa sobre sí mismo hacia dentro desde todas partes. Que nuestra mente haga lo mismo: cuando, siguiendo sus sentidos, se haya extendido por medio de ellos hacia lo externo, que tenga poder tanto sobre ellos como sobre sí misma. 5. De este modo se formará una fuerza y un poder único concorde consigo mismo, y nacerá aquella razón cierta, no discordante ni vacilante en sus opiniones y aprehensiones ni en su convicción, la cual, cuando se ha ordenado y ha concordado en sus partes y, por así decir, ha armonizado, ha alcanzado el bien supremo. 6. Pues no queda nada perverso, nada resbaladizo, nada en lo que tropiece o caiga; hará todo bajo su propio mandato y nada inesperado le ocurrirá, sino que todo lo que haga saldrá bien, fácil y rápidamente y sin vacilación de quien actúa; pues la pereza y la vacilación muestran lucha e inconstancia. Por eso puedes declarar con audacia que el bien supremo es la concordia del alma; pues allí donde haya consenso y unidad deberán estar las virtudes: los vicios discrepan.

Capítulo9La virtud es el fin último

1. «Pero tú también», dice, «cultivas la virtud únicamente porque esperas obtener de ella algún placer». En primer lugar, aunque la virtud vaya a proporcionar placer, no por eso se la busca por este motivo; pues no solo proporciona eso, sino también eso, y no trabaja para esto, sino que su trabajo, aunque persiga otra cosa, también conseguirá esto. 2. Al igual que en un campo que se ha arado para la siembra brotan algunas flores, sin embargo no se ha dedicado tanto esfuerzo a esta hierbecilla, por mucho que deleite los ojos —el que sembraba tuvo otro propósito, esto surgió de añadidura—, así el placer no es el premio ni la causa de la virtud sino un añadido, y no agrada porque deleita, sino que, si agrada, también deleita. 3. El bien supremo reside en el propio juicio y en la disposición de la mente óptima, la cual, cuando ha completado lo suyo y se ha ceñido a sus propios límites, queda consumado el bien supremo y ya no desea nada más; pues nada hay fuera del todo, igual que nada hay más allá del fin. 4. Por tanto, te equivocas cuando preguntas qué es aquello por lo cual busco la virtud; pues estás buscando algo por encima de lo supremo. ¿Preguntas qué busco a partir de la virtud? A ella misma. Pues no tiene nada mejor, ella es su propio valor. ¿Acaso esto es poco? Cuando te digo «el bien supremo es la firmeza inquebrantable del espíritu y la prudencia y la elevación y la salud y la libertad y la armonía y la belleza», ¿todavía exiges algo mayor a lo que referir estas cosas? ¿Por qué me mencionas el placer? Yo busco el bien del hombre, no del vientre, que es más amplio en las bestias y en los animales.

Capítulo10La virtud y el verdadero placer

1. «Disimulas —dice— lo que te digo; pues yo niego que alguien pueda vivir de manera placentera si no vive al mismo tiempo de manera honesta, lo cual no puede suceder a los animales mudos ni a quienes miden su bien por la comida. Declaro abierta y públicamente, digo, que esta vida que yo llamo placentera no se alcanza sino cuando se añade la virtud.» 2. Pero ¿quién ignora que los más llenos de vuestros placeres son los más necios y que la maldad abunda en cosas agradables, y que el propio ánimo sugiere muchas clases de placer perverso? En primer lugar, la arrogancia y la valoración excesiva de sí mismo, y la hinchazón elevada por encima de los demás, y el amor ciego e imprudente de las cosas propias, y la exaltación por causas mínimas y pueriles, y también la mordacidad y la soberbia que se complacen en los insultos, la pereza y el abandono de un ánimo perezoso, que fluye en delicias y se duerme a sí mismo. 3. Todo esto lo disipa la virtud y tira de la oreja y valora los placeres antes de admitirlos, y no valora mucho los que ha aprobado, pues los admite, pero no se alegra con su uso sino con la moderación. Ahora bien, la moderación, como disminuye los placeres, es una injuria para el bien supremo. Tú abrazas el placer, yo lo refreno; tú disfrutas del placer, yo lo uso; tú lo consideras el bien supremo, yo ni siquiera un bien; tú haces todo por causa del placer, yo nada.

Capítulo11La voluptuosidad no es el bien

1. Cuando digo que no hago nada por placer, hablo de aquel sabio al que solo nosotros le concedemos el placer. Pero no llamo sabio a aquel que tiene algo por encima de sí, y mucho menos el placer. Sin embargo, ocupado por este, ¿cómo resistirá el esfuerzo y el peligro, la pobreza y tantas amenazas que rodean atronadoras la vida humana? ¿Cómo soportará la visión de la muerte, cómo los dolores, cómo los estruendos del mundo y un ejército tan grande de enemigos violentísimos, vencido por un adversario tan blando? «Hará todo lo que el placer le aconseje.» Vamos, ¿no ves cuántas cosas habrá de aconsejarle? 2. «No podrá aconsejarle nada vergonzoso», dice, «porque está unido a la virtud.» ¿No ves de nuevo qué clase de bien supremo es ese que necesita un guardián para ser bueno? Pero ¿cómo regirá la virtud al placer que sigue, cuando seguir es propio del que obedece y regir del que manda? ¿Pones detrás lo que manda? Por cierto, la virtud tiene entre vosotros un oficio magnífico: ¡probar los placeres antes! 3. Pero veremos si entre quienes la virtud ha sido tratada tan injuriosamente todavía existe la virtud, que no puede conservar su nombre si ha cedido su lugar; mientras tanto, sobre el asunto que nos ocupa, te mostraré a muchos dominados por los placeres, sobre quienes la fortuna ha derramado todos sus dones, a los que necesariamente has de confesar que son malos. 4. Mira a Nomentano y a Apicio, que andan rebuscando los bienes de la tierra y el mar, como ellos los llaman, y reconociendo sobre la mesa animales de todos los pueblos; míralos contemplando desde un estrado de rosas su cocina, deleitando los oídos con el sonido de las voces, los ojos con espectáculos, el paladar con sabores; todo su cuerpo es estimulado con caricias suaves y delicadas y, para que las narices no descansen entretanto, el mismo lugar en que se celebra el lujo es impregnado con variados perfumes. Dirás que estos están en los placeres, y sin embargo no estarán bien, porque no se gozan de un bien.

Capítulo12Contra los falsos epicúreos

1. «Les irá mal», dice, «porque muchas cosas se interpondrán perturbando su ánimo y opiniones contrarias entre sí inquietarán su mente». Reconozco que es así; pero no por ello esos mismos necios, desiguales y expuestos al golpe del arrepentimiento, dejan de percibir grandes placeres, hasta el punto de que hay que admitir que tanto distan entonces ellos de toda molestia como de la cordura y, lo que les ocurre a la mayoría, enloquecen con una alegre locura y deliran entre risas. 2. En cambio, los placeres de los sabios son apacibles y moderados, casi lánguidos, contenidos y apenas perceptibles, pues ni vienen cuando se les llama ni, aunque lleguen por sí mismos, se les tiene en honor ni se les recibe con ningún gozo por parte de quienes los experimentan; pues los mezclan e intercalan en la vida como el juego y la broma entre los asuntos serios.

3. Dejen, pues, de unir cosas incompatibles y de entrelazar el placer con la virtud, vicio por el cual adulan a los peores. Aquel que se entrega a los placeres, siempre eructando y ebrio, porque sabe que vive con el placer, cree vivir también con la virtud (pues oye que el placer no puede separarse de la virtud); luego atribuye sabiduría a sus vicios y proclama lo que debería ocultar. 4. Así que no es Epicuro quien los impulsa a vivir en el lujo, sino que, entregados a los vicios, esconden su desenfreno en el seno de la filosofía y acuden allí donde oyen alabar el placer. Y no valoran que aquel placer de Epicuro —pues así lo siento yo, por Hércules— es sobrio y austero, sino que se abalanzan sobre el simple nombre buscando algún amparo y cobertura para sus pasiones. 5. Y así pierden lo único bueno que tenían en sus males, la vergüenza de pecar; pues alaban aquello de lo que se sonrojaban y se glorían del vicio; por eso ni siquiera se les permite levantarse, cuando un título honesto se ha añadido a una torpe indolencia. Por esto es perniciosa esa alabanza del placer, porque los preceptos honestos permanecen ocultos dentro, mientras que lo que corrompe queda a la vista.

Capítulo13La virtud debe guiar, no el placer

1. Yo comparto esta opinión —lo diré aunque les pese a nuestros compatriotas—: Epicuro da preceptos santos y rectos, y si te acercas más, hasta severos; pues aquel placer suyo queda reducido a algo pequeño y escaso, y la ley que nosotros imponemos a la virtud, él la impone al placer. Le ordena obedecer a la naturaleza; pero para el lujo es poco lo que basta a la naturaleza. 2. ¿Qué ocurre entonces? Quien quiera que llame felicidad al ocio perezoso y a las alternancias de la gula y la lujuria, busca un buen autor para una mala causa y, cuando acude a Epicuro seducido por ese nombre atractivo, sigue no el placer que escucha sino el que ha traído consigo, y cuando empieza a creer que sus vicios son semejantes a los preceptos, se abandona a ellos sin miedo ni ocultamiento, se entrega al lujo incluso con la cabeza descubierta. Por eso no diré lo que dicen la mayoría de los nuestros, que la escuela de Epicuro es maestra de vicios, sino que digo esto: tiene mala fama, está desprestigiada. «Pero injustamente.» 3. ¿Quién puede saberlo si no ha sido admitido en su interior? Su mera apariencia da lugar a habladurías e invita a malas sospechas. Es como si un hombre valiente se pusiera una estola: te consta su pudor, su virilidad está a salvo, su cuerpo no se presta a ninguna pasividad vergonzosa, pero lleva un pandero en la mano. Elijamos, pues, un título honesto y una inscripción que por sí misma levante el ánimo: la que existe ha proporcionado refugio a los vicios.

4. Quien se ha acercado a la virtud ha dado prueba de índole generosa: quien sigue el placer parece débil, quebrado, degenerado como hombre, destinado a llegar a cosas vergonzosas a menos que alguien le distinga los placeres, para que sepa cuáles de ellos se mantienen dentro del deseo natural, cuáles se lanzan sin freno y son infinitos, y cuanto más se colman más insaciables se vuelven. 5. Pues bien, que la virtud vaya delante, todo paso será seguro. El placer excesivo hace daño: en la virtud no hay que temer ningún exceso, porque en ella misma está la medida; no es un bien lo que sufre por su propia magnitud. Además, habiendo recibido una naturaleza racional, ¿qué mejor guía puede proponerse que la razón? Y si agrada esa unión, si agrada ir hacia la vida feliz en compañía, que la virtud vaya delante, que el placer la acompañe y rodee el cuerpo como una sombra: entregar la virtud, señora suprema, como esclava al placer, no es propio de un alma capaz de grandeza.

Capítulo14La virtud ante el placer

1. Que la virtud vaya en primer lugar, que ella lleve las enseñas: no por ello tendremos menos placer, pero seremos sus dueños y moderadores; el placer nos persuadirá en algo, pero nada nos obligará. En cambio, quienes entregaron el mando al placer carecen de ambas cosas; porque pierden la virtud, pero además no es que ellos posean el placer, sino que el placer los posee a ellos, torturados por su escasez o ahogados por su abundancia, desdichados si son abandonados por él, más desdichados aún si quedan sepultados; como los atrapados en la sirte marina, que unas veces son dejados en seco, otras zarandeados por la corriente impetuosa. 2. Esto sucede por excesiva falta de templanza y por un amor ciego hacia las cosas; pues es peligroso alcanzar lo que se desea cuando se busca el mal en lugar del bien. Del mismo modo que cazamos fieras con esfuerzo y peligro, y también su posesión, una vez capturadas, resulta inquietante —pues a menudo despedazan a sus amos—, así se comportan los grandes placeres: se convierten en un gran mal, y una vez capturados capturan a su vez; cuanto más numerosos y mayores son, tanto más insignificante es aquel a quien la gente llama feliz, esclavo de muchos amos. 3. Conviene insistir todavía un poco más en esta imagen. Del mismo modo que aquel que rastrea las guaridas de las fieras y estima en mucho

capturar con lazos a las bestias

rodear con perros los amplios bosques,

para seguir sus huellas, abandona cosas más valiosas y renuncia a muchas obligaciones, así quien persigue el placer lo pospone todo, descuida la libertad, que es lo primero, y paga por su vientre; y no es que compre placeres para sí, sino que se vende a sí mismo a los placeres.

Capítulo15Virtud y placer no se mezclan

1. «Pero entonces —se objeta— ¿qué impide reunir en uno solo la virtud y el placer, y hacer así que el bien supremo sea a la vez honorable y agradable?». Porque lo que forma parte de lo honorable no puede ser sino honorable, y el bien supremo no conservará su pureza si incluye en sí algo distinto de lo mejor. 2. Ni siquiera el gozo que nace de la virtud, aunque sea un bien, es parte del bien absoluto, como tampoco lo son la alegría y la tranquilidad, aunque nazcan de causas muy nobles; pues estos son bienes, sí, pero consecuencias del bien supremo, no elementos que lo constituyen. 3. Quien establece una alianza entre la virtud y el placer, y ni siquiera en pie de igualdad, debilita por la fragilidad de uno de los bienes todo el vigor que hay en el otro, y somete al yugo aquella libertad que solo es invencible si no conoce nada más valioso que ella misma. Pues —lo que constituye la mayor esclavitud— empieza a necesitar de la fortuna; se sigue entonces una vida angustiada, recelosa, temerosa, que teme el azar y está pendiente de cada instante. 4. No le das a la virtud un fundamento sólido e inamovible, sino que le ordenas mantenerse en un lugar resbaladizo; ahora bien, ¿qué hay más resbaladizo que la espera de los azares y la variabilidad del cuerpo y de las cosas que afectan al cuerpo? ¿Cómo puede este obedecer a dios y aceptar con buen ánimo lo que suceda y no quejarse del destino, interpretando benévolamente sus propios infortunios, si se estremece ante las mínimas punzadas de placeres y dolores? Pero tampoco es buen defensor o protector de la patria, ni campeón de sus amigos, si se inclina hacia los placeres. 5. Que el bien supremo ascienda, pues, allí donde ninguna fuerza puede arrancarlo, donde no haya acceso ni al dolor ni a la esperanza ni al miedo ni a cosa alguna que menoscabe el derecho del bien supremo; pero solo la virtud puede ascender hasta allí. Con sus pasos debe superarse esta cuesta; ella permanecerá firme y soportará lo que suceda no solo con paciencia sino incluso con voluntad, y sabrá que toda dificultad de los tiempos es ley de la naturaleza, y como buen soldado llevará las heridas, contará las cicatrices, y traspasado por los dardos, al morir amará al general por quien cae; tendrá en su mente aquel antiguo precepto: sigue a dios. 6. Pero quien se queja y llora y gime es forzado por la violencia a cumplir lo ordenado y, aunque a disgusto, es arrastrado igualmente hacia las órdenes. ¿Qué locura es, pues, preferir ser arrastrado en lugar de seguir? Tan cierto como que es estupidez e ignorancia de tu propia condición dolerte porque te falta algo o te sucede algo más duro, igual que sorprenderte o indignarte por cosas que les ocurren tanto a los buenos como a los malos: me refiero a enfermedades, muertes, incapacidades y demás acontecimientos que irrumpen de través en la vida humana. 7. Todo lo que debemos sufrir según la constitución del universo, aceptémoslo con ánimo grande: para esto hemos prestado juramento, para soportar lo mortal y no perturbarnos por aquello que no está en nuestro poder evitar. Hemos nacido en un reino: obedecer a dios es la libertad.

Capítulo16La virtud y la verdadera felicidad

1. Por tanto, la verdadera felicidad reside en la virtud. ¿Qué te aconsejará esta virtud? Que no consideres bueno ni malo nada que no provenga de la virtud o de la maldad; además, que permanezcas inmóvil tanto ante el mal como ante el bien, para que, en la medida en que es posible, imites a un dios. 2. ¿Qué te promete a cambio de esta expedición? Cosas inmensas e iguales a las divinas: no serás obligado a nada, no necesitarás nada, serás libre, seguro, ileso; no intentarás nada en vano, nada te será prohibido; todo te saldrá como quieres, nada adverso te ocurrirá, nada contrario a tu parecer y voluntad. 3. «¿Qué entonces? ¿La virtud basta para vivir felizmente?» ¿Cómo no va a bastar, e incluso sobrar, si es perfecta y divina? Pues ¿qué puede faltarle a quien está más allá del deseo de todas las cosas? ¿Qué necesidad tiene de lo externo quien ha reunido en sí mismo todo lo suyo? Pero quien tiende hacia la virtud, aunque haya avanzado mucho, necesita todavía cierta indulgencia de la fortuna mientras lucha aún entre las cosas humanas, hasta que deshaga ese nudo y todo vínculo mortal. ¿Cuál es entonces la diferencia? Que unos están atados con arte, otros aprisionados e incluso oprimidos; en cambio, este que ha avanzado hacia lo más alto y se ha elevado más arriba arrastra una cadena suelta, no es todavía libre, pero ya es como si lo fuera.

Capítulo17Respuesta a los críticos de la filosofía

1. Si alguno de esos que atacan a la filosofía me dijera lo que suelen decir: «¿Por qué entonces hablas con más firmeza de lo que vives? ¿Por qué te humillas con palabras ante un superior y consideras el dinero un instrumento necesario para ti, y te afecta una pérdida, y derramas lágrimas al oír de la muerte de tu esposa o de un amigo, y te preocupas por tu reputación, y te hieren las murmuraciones? 2. ¿Por qué tu finca está más cuidada de lo que requiere el uso natural? ¿Por qué no cenas según tus propios preceptos? ¿Por qué tienes un mobiliario más elegante? ¿Por qué en tu casa se bebe vino más añejo que tu propia edad? ¿Por qué se disponen objetos de oro? ¿Por qué se plantan árboles que no han de dar más que sombra? ¿Por qué tu esposa lleva en las orejas la fortuna de una casa rica? ¿Por qué los esclavos que acompañan a tus hijos visten ropas costosas? ¿Por qué en tu casa servir es un arte y la vajilla de plata no se coloca al azar y como sea, sino que se dispone con pericia, y hay alguien que es maestro en trinchar los manjares?» Añade, si quieres: «¿Por qué posees al otro lado del mar? ¿Por qué más de lo que conoces? ¿Por qué eres tan vergonzosamente negligente que no conoces ni a tus pocos esclavos, o tan ostentoso que tienes más de los que tu memoria puede recordar?» 3. Yo mismo voy a ayudarte después con más insultos y te voy a reprochar más cosas de las que piensas; pero ahora te respondo esto: no soy sabio y, para alimentar tu malevolencia, tampoco lo seré. Exígeme, pues, no que sea igual a los mejores, sino que sea mejor que los malos: para mí es suficiente eliminar cada día algo de mis vicios y reprochar mis errores. 4. No he alcanzado la salud, ni siquiera la alcanzaré; preparo más bien paliativos que remedios para mi gota, contento si se presenta con menos frecuencia y si me molesta menos: comparado con vuestros pies, yo, cojo, soy un corredor. No digo esto por mí —pues yo estoy hundido en lo profundo de todos los vicios—, sino por aquel que ha logrado algo.

Capítulo18Vivo como puedo, no como debo

1. «Hablas de una manera —dices— y vives de otra». Esto se le reprochó a Platón, ese reproche de las cabezas más malignas y hostiles a toda persona buena, se le reprochó a Epicuro, se le reprochó a Zenón; pues todos ellos decían no cómo vivían ellos mismos, sino cómo debían vivir tanto ellos como los demás. Hablo de la virtud, no de mí, y cuando ataco los vicios, ataco en primer lugar los míos: cuando pueda, viviré como es debido. 2. Y esa malignidad teñida de abundante veneno no me apartará de lo mejor; ni siquiera ese virus con el que rociáis a los demás, con el que os matáis vosotros mismos, me impedirá seguir elogiando la vida no que llevo sino que sé que debo llevar, ni seguir venerando la virtud y siguiéndola arrastrándome desde una distancia inmensa. 3. ¿Acaso esperaré que algo quede intacto ante la malevolencia, para la cual ni Rutilio fue sagrado ni Catón? ¿Le importará a alguien si parece demasiado rico a aquellos para quienes Demetrio el Cínico es insuficientemente pobre? A ese varón sumamente riguroso que lucha contra todos los deseos de la naturaleza, más pobre que los demás cínicos porque, tras prohibirse poseer, se prohibió también pedir, niegan que sea bastante indigente. ¿Lo ves? No ha profesado la ciencia de la virtud, sino la de la miseria.

Capítulo19Diodoro y la crítica malévola

1. Afirman que Diodoro, filósofo epicúreo que hace pocos días puso fin a su vida con sus propias manos, no actuó según los principios de Epicuro cuando se cortó el cuello. Unos quieren que su acción parezca un acto de locura; otros, de imprudencia. Él, mientras tanto, feliz y lleno de buena conciencia, se dio testimonio a sí mismo al partir de la vida, y alabó la tranquilidad de una edad vivida en puerto y al ancla, y dijo lo que vosotros habéis oído de mala gana, como si también vosotros tuvierais que hacerlo:

viví y terminé el curso que me había dado la fortuna.

2. Discutís sobre la vida de uno, sobre la muerte de otro, y ladráis a los nombres de hombres ilustres por algún mérito extraordinario, como perros pequeños ante el paso de desconocidos. Os conviene, en efecto, que nadie parezca bueno, como si la virtud ajena fuera un reproche de todas vuestras faltas. Por envidia, comparáis lo espléndido con vuestras miserias, y no comprendéis con cuánto perjuicio para vosotros os atrevéis a hacer esto. Pues si aquellos que persiguen la virtud son avaros, lujuriosos y ambiciosos, ¿qué sois vosotros, a quienes incluso el nombre mismo de la virtud resulta odioso? 3. Negáis que nadie cumpla lo que dice ni que viva conforme al modelo de sus palabras: ¿qué tiene de extraño, cuando dicen cosas valientes, grandiosas, capaces de superar todas las tormentas humanas? Cuando intentan desprenderse de las cruces —en las que cada uno de vosotros clava personalmente sus propios clavos— ellos, sin embargo, llevados al suplicio, penden de un solo madero; pero estos que se examinan a sí mismos son desgarrados por tantas cruces como deseos. Pero son maledicentes, ingeniosos en el insulto ajeno. Les creería que tienen tiempo libre para esto, si no fuera porque algunos escupen a los espectadores desde su propio patíbulo.

Capítulo20Elogio del esfuerzo filosófico

1. «Los filósofos no cumplen lo que dicen». Sin embargo, cumplen mucho con hablar, con concebir pensamientos nobles en su mente. Ojalá actuaran también a la altura de sus palabras: ¿qué habría más feliz que ellos? Mientras tanto, no hay razón para que desprecies las buenas palabras y un corazón lleno de buenos pensamientos: incluso sin resultados, merece alabanza el cultivo de estudios saludables. 2. ¿Qué tiene de extraño que no suban a lo alto quienes intentan cosas difíciles? Pero si eres un hombre de verdad, admira incluso a quienes caen al intentar cosas grandes. Es noble esforzarse por alcanzar las alturas mirando no a las propias fuerzas sino a las de la propia naturaleza, y concebir en la mente cosas mayores que las que pueden realizarse incluso con un ánimo extraordinario bien preparado. 3. Quien se ha propuesto esto: «Yo contemplaré la muerte con el mismo semblante con que la oiga nombrar. Yo obedeceré a los trabajos, por grandes que sean, sosteniendo el cuerpo con el ánimo. Yo despreciaré por igual las riquezas presentes y ausentes, sin estar más triste si yacen en otra parte ni más animoso si brillan a mi alrededor. Yo no sentiré a la fortuna ni cuando venga ni cuando se vaya. Yo veré todas las tierras como mías, las mías como de todos. Yo viviré sabiendo que he nacido para los demás y daré gracias a la naturaleza de las cosas por este motivo: pues ¿de qué mejor manera pudo ella ocuparse de mis asuntos? Me dio como individuo a todos, dio a todos para mí solo. 4. Lo que tenga no lo guardaré con sordidez ni lo esparciré con prodigalidad; nada creeré poseer más que lo que done bien. No pesaré los beneficios por número ni por peso ni con ninguna otra medida que no sea la estima del que los recibe; nunca será demasiado para mí lo que reciba alguien digno. Nada haré por la opinión, todo por la conciencia. Creeré que se hace ante la mirada del pueblo todo lo que haga siendo yo consciente. 5. Mi fin al comer y al beber será saciar los deseos de la naturaleza, no llenar el vientre y vaciarlo. Seré amable con los amigos, suave y accesible con los enemigos. Me dejaré convencer antes de que me lo pidan, y saldré al encuentro de los ruegos honestos. Sabré que mi patria es el mundo y que los dioses son mis guardianes, que ellos están encima de mí y a mi alrededor como censores de mis hechos y palabras. Cuando la naturaleza reclame mi aliento o la razón lo libere, saldré habiendo dado testimonio de que amé la buena conciencia, los buenos estudios, que por mi causa no disminuyó la libertad de nadie, y menos aún la mía» — quien se proponga, quiera e intente hacer esto, emprenderá el camino hacia los dioses, y aunque no lo alcance, habrá caído sin duda en grandes atrevimientos.

6. Vosotros, en cambio, que odiáis la virtud y a quien la cultiva, no hacéis nada nuevo. Pues también los ojos enfermos temen al sol y rehuyen el día espléndido los animales nocturnos, que al primer resplandor de este quedan aturdidos y buscan por todas partes sus escondrijos, se ocultan en alguna grieta por miedo a la luz. Gemid y ejercitad vuestra desdichada lengua insultando a los buenos, abrid la boca y mordisquead: mucho antes os romperéis los dientes que dejaréis huella.

Capítulo21El sabio y las riquezas

1. «¿Por qué ese que se dedica a la filosofía lleva una vida tan rica? ¿Por qué dice que hay que despreciar las riquezas y sin embargo las tiene, piensa que hay que despreciar la vida y sin embargo sigue viviendo, que hay que despreciar la salud y sin embargo la cuida con el mayor esmero y prefiere tenerla óptima? ¿Y piensa que el exilio es un nombre vacío y dice "pues qué hay de malo en cambiar de región?", y sin embargo, si puede, envejece en su patria? ¿Y juzga que entre un tiempo más largo y uno más breve no hay ninguna diferencia, y sin embargo, si nada se lo impide, prolonga su vida y florece tranquilo en la vejez?» 2. Dice que todo eso hay que despreciarlo, no para no tenerlo, sino para no tenerlo con inquietud; no lo aparta de sí, sino que lo acompaña sin preocupación cuando se va. Y en cuanto a las riquezas, ¿dónde las depositará la fortuna con más seguridad que allí de donde habrá de recuperarlas sin queja de quien las devuelve? 3. Marco Catón, cuando elogiaba a Curio y a Corunciano y a aquella época en que era motivo de censura poseer unas pocas láminas de plata, poseía él mismo cuatro millones de sestercios, sin duda menos que Craso, pero más que Catón el censor. Si se compararan, había superado a su bisabuelo por mayor distancia de la que Craso lo superaba a él, y si le hubieran correspondido riquezas mayores, no las habría despreciado. 4. Pues el sabio no se considera indigno de ningún regalo de la fortuna: no ama las riquezas, pero las prefiere; no las acoge en su espíritu sino en su casa, y no rechaza las que posee sino que las retiene, y quiere que se suministre mayor materia a su virtud.

Capítulo22El sabio y las riquezas

1. ¿Qué hay de dudoso en que esto sea materia mayor para el hombre sabio desplegar su ánimo en las riquezas que en la pobreza, puesto que en esta hay un solo tipo de virtud, no dejarse vencer ni abatir, mientras que en las riquezas tanto la templanza como la generosidad, el cuidado, la organización y la magnificencia tienen un campo abierto?

2. El sabio no se despreciará, aunque sea de estatura muy baja, querrá sin embargo ser alto. Y si es de cuerpo débil o ha perdido un ojo, se mantendrá fuerte, pero preferirá tener vigor corporal, y esto sabiendo que hay en él algo más fuerte; soportará la mala salud, deseará la buena.

3. Pues algunas cosas, aunque sean pequeñas respecto al conjunto y puedan quitarse sin ruina del bien principal, añaden sin embargo algo a la alegría constante que nace de la virtud: así lo afectan las riquezas y lo llenan de júbilo como al navegante un viento favorable que lo empuja, como un día hermoso y en pleno invierno y frío un lugar soleado.

4. Por otra parte, ¿quién de los sabios —me refiero a los nuestros, para quienes el único bien es la virtud— niega que también estas cosas que llamamos indiferentes tienen en sí algún valor y que unas son preferibles a otras? A algunas de ellas se les concede algo de honor, a algunas mucho; así que no te equivoques, entre las preferibles están las riquezas.

5. «¿Por qué entonces —dices— te burlas de mí, si ocupan el mismo lugar para ti que para mí?» ¿Quieres saber cómo no ocupan el mismo lugar? Si las riquezas se me escapan, no se llevarán nada excepto a sí mismas; tú quedarás atónito y te parecerá que has quedado sin ti mismo si ellas se alejan de ti; para mí las riquezas tienen algún lugar, para ti el lugar supremo; en definitiva, las riquezas son mías, tú eres de las riquezas.

Capítulo23El filósofo y las riquezas

1. Deja, pues, de prohibir el dinero a los filósofos: nadie ha condenado la sabiduría por la pobreza. El filósofo tendrá abundantes riquezas, pero no arrebatadas a nadie ni manchadas con sangre ajena, adquiridas sin injusticia para nadie, sin negocios sórdidos, cuya salida sea tan honesta como su entrada, y que nadie lamente excepto el envidioso. Acumúlalas cuanto quieras: son honestas aquellas en las que, habiendo muchas cosas que cada cual querría llamar suyas, no hay nada que nadie pueda decir que es suyo. 2. Él, ciertamente, no rechazará de sí la generosidad de la fortuna y no se jactará ni se avergonzará de un patrimonio adquirido por medios honestos. Tendrá incluso motivo para enorgullecerse, si abriendo su casa y admitiendo a la ciudad en sus asuntos podrá decir: «Que cada cual se lleve lo que reconozca». ¡Oh, hombre grande, oh rico excelente, si después de esta declaración posee lo mismo! Así lo digo: si ofrece con seguridad y tranquilidad que el pueblo le examine, si nadie encuentra en su casa nada a lo que echar mano, será rico audaz y abiertamente. 3. El sabio no admitirá dentro de su umbral ninguna moneda que entre de mala manera; pero tampoco rechazará ni excluirá las grandes riquezas, regalo de la fortuna y fruto de la virtud. Pues ¿qué razón hay para que las rehúse cuando están en buen lugar? Que vengan, que se hospeden. Ni las exhibirá ni las ocultará —lo primero es propio de un espíritu necio, lo segundo de uno miedoso y mezquino, como si guardara un gran bien en su seno— ni, como dije, las echará de casa. 4. Pues ¿qué dirá? ¿Acaso «sois inútiles» o «yo no sé usar las riquezas»? Del mismo modo que podrá hacer un viaje con sus propios pies, pero preferirá subir a un carruaje, así podrá ser pobre, pero querrá ser rico. Tendrá, pues, riquezas, pero como algo ligero y que puede volar, y no permitirá que le sean gravosas ni a otro ni a sí mismo. 5. Dará —¿por qué aguzáis los oídos, por qué preparáis el bolsillo?— dará o a los buenos o a aquellos que pueda hacer buenos, dará eligiendo con máximo juicio a los más dignos, como quien recuerda que hay que rendir cuentas tanto de los gastos como de los ingresos, dará por una causa recta y justificable, pues entre los despilfarros vergonzosos un mal regalo es una pérdida; tendrá un bolsillo generoso, no agujereado, del que salga mucho y no se escape nada.

Capítulo24Sobre el arte de dar

1. Se equivoca quien crea que es fácil dar: este asunto tiene muchísima dificultad, siempre que se otorgue con reflexión y no se derrame al azar o por impulso. A este lo merezco; a aquel le devuelvo; a este lo socorro, de ese me compadezco; a aquel lo ayudo, pues es digno de que la pobreza no lo arrastre ni lo mantenga preocupado; a algunos no les daré aunque les falte, porque incluso si les doy seguirá faltándoles; a algunos les ofreceré, a algunos incluso insistiré. No puedo ser descuidado en esto: nunca llevo mejor cuenta que cuando doy. 2. «¿Qué? ¿Das para recibir?», dices. No, para no perder: que la donación esté en un lugar desde donde no deba reclamarse, pero pueda devolverse. Que el beneficio se coloque como un tesoro enterrado profundamente, que no desenterrarás a menos que sea necesario. 3. ¿Y qué? La propia casa del hombre rico, ¡cuánta materia tiene para hacer el bien! Pues ¿quién llama a la generosidad solo hacia los togados? La naturaleza me ordena ser útil a los seres humanos. Sean estos esclavos o libres, nacidos libres o libertos, de libertad legítima o concedida entre amigos, ¿qué importa? Dondequiera que haya un ser humano, hay lugar para el beneficio. Puede, pues, el dinero distribuirse incluso dentro del propio umbral y ejercer la generosidad, que se llama así no porque se deba a los libres, sino porque nace de un ánimo libre. Esta, en el sabio, jamás se arroja a los viles e indignos ni jamás vaga tan agotada que no fluya, como desde lo lleno, cada vez que encuentre a alguien digno.

4. No hay, pues, razón para que escuchéis mal lo que dicen honesta, valiente y animosamente los que estudian la sabiduría. Y atended primero esto: una cosa es el estudioso de la sabiduría y otra quien ya ha alcanzado la sabiduría. Aquel te dirá: «Hablo muy bien, pero todavía me revuelco entre muchísimos males. No tienes por qué exigirme que me ajuste a mi modelo: precisamente ahora me construyo y me formo y me elevo hacia un ideal grandioso; si he avanzado todo lo que me he propuesto, exige que los hechos correspondan a las palabras». Pero quien ha alcanzado la cumbre del bien humano tratará contigo de otro modo y te dirá: «Primero, no tienes derecho a permitirte juzgar a los mejores; a mí ya me ha tocado, lo que es prueba de rectitud, desagradar a los malos. 5. Pero para darte cuenta de por qué no envidio a ningún mortal, escucha qué prometo y en cuánto estimo cada cosa. Niego que las riquezas sean un bien; pues si lo fueran, harían buenos a los hombres: ahora bien, puesto que lo que se encuentra entre los malos no puede llamarse bien, les niego ese nombre. Por lo demás, reconozco que deben poseerse y que son útiles y que aportan grandes ventajas a la vida.

Capítulo25Preferir lo cómodo sin depender de ello

1. Así pues, escuchad por qué no las cuento entre los bienes y qué postura adopto ante ellas distinta de la vuestra, puesto que entre unos y otros hay acuerdo en que deben tenerse. Ponedme en una casa opulentísima, ponedme donde el oro y la plata sean de uso cotidiano: no me tendré en más por esas cosas que, aunque estén en mi poder, están fuera de mí. Trasladadme al puente Sublicio y arrojadme entre los indigentes: no por eso me despreciaré porque me haya sentado entre aquellos que extienden la mano pidiendo limosna. Pues ¿qué importa que falte un trozo de pan a quien no le falta poder morir? ¿Qué ocurre entonces? Prefiero aquella casa espléndida que el puente. 2. Ponedme entre objetos resplandecientes y un ajuar refinado: no me creeré más feliz porque mi manto sea suave, porque se extienda púrpura para mis invitados. Cambiad mi ropa de cama: no seré más desgraciado si mi cuello fatigado descansa sobre un manojo de heno, si me acuesto sobre el relleno del Circo que se escapa por los desgarrones de una tela vieja. ¿Qué ocurre entonces? Prefiero mostrar mi temple de ánimo con toga pretexta y en el foro que con los hombros desnudos o medio vestido. 3. Que todos los días me salgan según mis deseos, que nuevas felicitaciones se encadenen con las anteriores: no por eso me complaceré conmigo mismo. Cambia en sentido contrario esta indulgencia del tiempo, que mi ánimo sea golpeado de aquí y de allá por pérdidas, duelos, ataques diversos, que no haya hora sin alguna queja: no por eso me llamaré desgraciado entre los más desgraciados, no por eso maldeciré día alguno; pues he dispuesto que ningún día sea aciago para mí. ¿Qué ocurre entonces? Prefiero moderar las alegrías que contener los dolores.

4. Esto te dirá aquel Sócrates: «Haz que sea vencedor de todas las naciones, que el delicado carro de Líber me lleve triunfante hasta Tebas desde la salida del sol, que los reyes pidan mis decisiones: pensaré sobre todo que soy un hombre cuando sea saludado como dios por todas partes. A esta cumbre tan elevada une inmediatamente una caída repentina; sea colocado en el carro ajeno para adornar el cortejo de un vencedor soberbio y cruel: no iré más humillado bajo el carro de otro que cuando estaba de pie en el mío. ¿Qué ocurre entonces? Sin embargo, prefiero vencer que ser capturado. 5. Despreciaré todo el reino de la fortuna, pero de él, si se me da a elegir, tomaré lo mejor. Todo lo que venga a mí se convertirá en bueno, pero prefiero que vengan cosas más fáciles y agradables y que molesten menos al manejarlas. Pues no debes pensar que existe virtud alguna sin esfuerzo, pero ciertas virtudes necesitan espuelas, ciertas otras frenos. 6. Del mismo modo que el cuerpo debe ser retenido en la pendiente y empujado hacia las cuestas, así ciertas virtudes están en la pendiente, ciertas suben la cuesta. ¿Acaso hay duda de que la paciencia, la fortaleza, la perseverancia escalan, se esfuerzan, luchan, y cualquier otra virtud que se opone a las dificultades y somete a la fortuna? 7. ¿Qué entonces? ¿No es igualmente evidente que la generosidad, la templanza, la mansedumbre van cuesta abajo? En estas contenemos el ánimo para que no se precipite, en aquellas lo exhortamos y lo incitamos con la máxima intensidad. Así pues, aplicaremos a la pobreza aquellas virtudes más fuertes que saben luchar, a las riquezas aquellas más cuidadosas que ponen el paso con cautela y sostienen su propio peso. 8. Estando así dividido esto, prefiero tener en uso aquellas que se ejercen con más tranquilidad que aquellas cuya prueba es sangre y sudor. Así pues, no vivo» dice el sabio «de modo distinto a como hablo, sino que vosotros escucháis de modo distinto; solo el sonido de las palabras llega a vuestros oídos: no preguntáis qué significan».

Capítulo26El sabio y las riquezas

1. «¿Qué diferencia hay entonces entre mí, que soy necio, y tú, que eres sabio, si ambos queremos tener riquezas?» Muchísima: las riquezas están sometidas al sabio, pero mandan sobre el necio; el sabio no permite nada a las riquezas, a vosotros las riquezas os lo permiten todo; vosotros, como si alguien os hubiera prometido su posesión eterna, os acostumbráis a ellas y os pegáis a ellas, pero el sabio medita precisamente sobre la pobreza cuando se encuentra en medio de las riquezas. 2. Ningún general confía tanto en la paz como para no prepararse para la guerra que, aunque no se libre, ha sido declarada: a vosotros os vuelve insolentes una casa hermosa, como si no pudiera arder ni derrumbarse; las riquezas os dejan atónitos, como si hubieran superado todo peligro y fueran mayores que aquellas para cuya destrucción la fortuna tiene fuerzas suficientes. 3. Jugáis despreocupados con las riquezas y no prevéis su peligro, igual que los bárbaros encerrados en su ciudad y desconocedores de las máquinas de asedio contemplan perezosos el trabajo de los sitiadores sin entender el propósito de lo que se construye a lo lejos. Lo mismo os sucede a vosotros: languidecéis en vuestros bienes y no pensáis en cuántos azares amenazan desde todas partes, a punto de llevarse vuestros preciosos despojos. Quien quite las riquezas al sabio le dejará todo lo suyo; pues vive contento con el presente, sin preocupación por el futuro.

4. «Nada tengo más claro —dirá aquel Sócrates o cualquier otro que tenga la misma actitud frente a lo humano y el mismo dominio— que no inclinaré el rumbo de mi vida hacia vuestras opiniones. Lanzad de todas partes vuestras acostumbradas palabras: no creeré que me insultáis, sino que gimoteáis como criaturas miserables.» 5. Esto dirá aquel a quien le ha correspondido la sabiduría, a quien su espíritu, libre de vicios, ordena reprender a los demás, no porque los odie, sino como remedio. Añadirá además esto: «Vuestra opinión me conmueve no por mí, sino por vosotros, pues odiar y atacar la virtud es renunciar a toda esperanza de bondad. No me hacéis ningún daño, como tampoco se lo hacen a los dioses quienes derriban sus altares. Pero queda manifiesta la mala intención y el mal propósito incluso allí donde no ha podido causar daño. 6. Así soporto vuestros delirios como Júpiter Óptimo Máximo soporta las tonterías de los poetas, de los que uno le puso alas, otro cuernos, otro lo presentó como adúltero que pasa las noches fuera, otro cruel con los dioses, otro injusto con los hombres, otro raptor de jóvenes nobles y además parientes, otro parricida y conquistador de un reino ajeno y del paterno: con lo cual no han conseguido otra cosa que quitarles a los hombres la vergüenza de pecar, si creyeran que tales eran los dioses. 7. Pero aunque estas cosas no me dañen en nada, sin embargo os advierto por vuestro propio bien: respetad la virtud, creed a quienes, tras seguirla largo tiempo, proclaman que siguen algo grande que cada día les parece mayor, y veneradla a ella como a los dioses y a sus maestros como a sacerdotes, y cada vez que se haga mención de las escrituras sagradas, haced el silencio ritual. Esta expresión no deriva de favor, como muchos creen, sino que ordena guardar silencio para que el rito sagrado pueda celebrarse debidamente sin que ninguna voz maligna lo interrumpa; y es mucho más necesario ordenároslo a vosotros, para que cada vez que se pronuncie algo de aquel oráculo, escuchéis atentos y con voz contenida. 8. Cuando alguien agita un sistro mintiendo por mandato divino, cuando un experto en cortarse los brazos se ensangrienta brazos y hombros con la mano alzada, cuando alguna mujer repta por el camino aullando y un viejo vestido de lino llevando una lámpara en pleno día proclama que algún dios está airado, acudís corriendo y escucháis y afirmáis que es un hombre divino, alimentando mutuamente vuestro estupor.»

Capítulo27Sócrates defiende a los filósofos

He aquí que Sócrates, desde aquella cárcel que al entrar en ella purificó y volvió más honrada que cualquier curia, proclama: «¿Qué locura es esta, qué naturaleza enemiga de dioses y hombres lleva a difamar las virtudes y a profanar lo sagrado con palabras maliciosas? Si podéis, alabad a los buenos; si no, seguid adelante. Pero si os place ejercer esta repugnante licencia, atacaos unos a otros. Porque cuando dirigís vuestra locura contra el cielo, no digo que cometéis un sacrilegio, sino que perdéis el tiempo. 2. Yo en otro tiempo proporcioné a Aristófanes materia para sus burlas; toda aquella banda de poetas cómicos derramó sobre mí sus venenosos chistes. Mi virtud quedó ilustrada por aquello mismo por lo que era atacada; pues a ella le conviene ser expuesta y puesta a prueba, y nadie la entiende mejor que quienes sintieron su fuerza al provocarla: la dureza del sílex no es más conocida por nadie que por quienes lo golpean. 3. Me ofrezco como un peñasco abandonado en un mar poco profundo, al que las olas no cesan de golpear vengan de donde vengan, pero sin lograr por ello moverlo de su lugar ni desgastarlo con sus frecuentes embates a lo largo de tantas edades. Acometed, atacad: os venceré resistiendo. Todo lo que se lanza contra lo que es firme e invencible ejercita su fuerza en su propio perjuicio. Así que buscad alguna materia blanda y que ceda, en la que puedan clavarse vuestros dardos.

4. Pero vosotros, ¿tenéis tiempo libre para escudriñar los males ajenos y para emitir juicios sobre cualquiera? "¿Por qué este filósofo vive con demasiado lujo? ¿Por qué este otro cena con demasiada suntuosidad?" ¿Observáis las pústulas ajenas, vosotros cubiertos de innumerables úlceras? Esto es como si alguien a quien devora una repugnante sarna se burlara de los lunares o verrugas de los cuerpos más hermosos. 5. Reprochad a Platón que pidió dinero, a Aristóteles que lo aceptó, a Demócrito que lo despreció, a Epicuro que lo gastó; a mí mismo reprochad a Alcibíades y a Fedro, oh vosotros sumamente felices cuando por fin os sea dado imitar nuestros vicios. 6. ¿Por qué no miráis más bien vuestros propios males, que os atraviesan por todas partes, unos atacándoos desde fuera, otros ardiendo en vuestras propias entrañas? Los asuntos humanos no están en tal situación, aunque conozcáis poco vuestra propia condición, que os sobre tanto tiempo libre como para ocupar vuestra lengua en los insultos contra los mejores.

Capítulo28La tormenta que no veis

1. Vosotros no comprendéis esto y lleváis un semblante ajeno a vuestra condición, como la mayoría de quienes se sientan en el circo o en el teatro cuando ya su casa está de luto y no se les ha anunciado la desgracia. Pero yo, observando desde lo alto, veo qué tempestades o bien se ciernen sobre vosotros a punto de descargar su nube aunque con cierto retraso, o bien se han acercado ya muy próximas para arrebataros a vosotros y lo vuestro. ¿Qué más? ¿Acaso no es cierto que también ahora, incluso si apenas os dais cuenta, un torbellino hace girar y envuelve vuestros ánimos, que huyen y persiguen lo mismo, y ora los levanta a lo alto, ora los arroja a lo más bajo?

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