Capítulo 0Dedicatoria a Lorenzo de Médici
Quienes desean ganarse el favor de un príncipe suelen acercarse a él con aquellas cosas que consideran más valiosas entre las suyas o que creen que más le agradarán. Así, vemos con frecuencia que les son ofrecidos caballos, armas, telas de oro, piedras preciosas y ornamentos semejantes, dignos de su grandeza.
Yo, por mi parte, deseando presentarme ante Vuestra Magnificencia con algún testimonio de mi devoción, no he encontrado entre mis posesiones nada que estime tanto o valore más que el conocimiento de las acciones de los grandes hombres, aprendido mediante una larga experiencia de los asuntos modernos y una continua lectura de los antiguos. Tras haber meditado durante mucho tiempo y con la mayor diligencia sobre tales cuestiones, y haberlas examinado con atención, las he reducido a un pequeño volumen que ahora envío a Vuestra Magnificencia.
Y aunque considero esta obra indigna de ser presentada ante vos, confío plenamente en que vuestra humanidad la aceptará, considerando que no puedo haceros mayor don que daros la posibilidad de comprender en brevísimo tiempo todo aquello que yo he llegado a conocer y entender en tantos años y con tantas incomodidades y peligros.
No he adornado ni rellenado esta obra con cláusulas ampulosas o palabras pomposas y magníficas, ni con ninguno de esos atractivos o adornos superficiales con los que muchos acostumbran describir y engalanar sus cosas, porque he querido que nada la honre o que solo la variedad de la materia y la gravedad del asunto la hagan grata.
Tampoco quiero que se considere presunción que un hombre de condición baja e inferior se atreva a discutir y establecer reglas sobre el gobierno de los príncipes; porque, así como quienes dibujan los paisajes se sitúan abajo en el llano para considerar la naturaleza de los montes y los lugares elevados, y para considerar la de los bajos se sitúan arriba en los montes, de igual manera, para conocer bien la naturaleza de los pueblos es necesario ser príncipe, y para conocer bien la de los príncipes es necesario ser del pueblo.
Reciba, pues, Vuestra Magnificencia este pequeño don con el ánimo con que yo lo envío; si lo examina y lo lee con atención, reconocerá en él mi extremo deseo de que alcancéis aquella grandeza que la fortuna y vuestras demás cualidades os prometen. Y si Vuestra Magnificencia, desde la cima de vuestra altura, dirige alguna vez la mirada hacia estos lugares bajos, conocerá cuán inmerecidamente soporto la gran y continua malignidad de la fortuna.
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