Cántica 1Infierno
Canto1
A mitad del camino de nuestra vida
me encontré por una selva oscura,
porque el camino recto se había perdido.
Ay, qué duro es decir cómo era
esta selva salvaje y áspera y densa
que al pensarla renueva el miedo.
Tan amarga que poco más es la muerte;
pero para hablar del bien que allí hallé,
diré de las otras cosas que vi.
No sé bien contar cómo entré en ella,
tan lleno de sueño estaba en ese momento
en que abandoné el camino verdadero.
Pero cuando llegué al pie de una colina,
allí donde terminaba aquel valle
que me había traspasado el corazón de miedo,
miré arriba y vi sus laderas
ya vestidas de los rayos del astro
que guía derecho a los demás por cualquier sendero.
Entonces el miedo se calmó un poco,
ese que en el lago del corazón me había durado
la noche que pasé con tanta angustia.
Y como quien con aliento fatigado,
salido del mar a la orilla,
se vuelve hacia el agua peligrosa y la mira,
así mi ánimo, que todavía huía,
se volvió atrás para contemplar el paso
que nunca dejó salir viva a persona alguna.
Después de reposar un poco el cuerpo cansado,
reanudé el camino por la ladera desierta,
de modo que el pie firme era siempre el más bajo.
Y de pronto, casi al comenzar la cuesta,
una pantera ligera y muy veloz,
cubierta de piel manchada;
y no se apartaba de delante de mi rostro,
antes bien impedía tanto mi camino,
que estuve a punto de volverme muchas veces.
Era el tiempo del comienzo de la mañana,
y el sol subía con aquellas estrellas
que estaban con él cuando el amor divino
puso en movimiento por primera vez aquellas cosas bellas;
así que me daba razones para esperar bien
de aquella fiera de piel alegre
la hora del día y la dulce estación;
pero no tanto que no me diera miedo
la visión que se me apareció de un león.
Este parecía que venía contra mí
con la cabeza alta y con hambre rabiosa,
de modo que parecía que el aire temblaba.
Y una loba, que de todas las ansias
parecía cargada en su flacura,
y que ya hizo vivir en miseria a muchas gentes,
esta me causó tanto peso
con el miedo que salía de su vista,
que perdí la esperanza de la altura.
Y como quien adquiere con gusto,
y llega el tiempo que lo hace perder,
que en todos sus pensamientos llora y se entristece;
así me hizo la bestia sin paz,
que, viniéndome al encuentro, poco a poco
me empujaba allá donde el sol calla.
Mientras yo caía hacia el lugar bajo,
delante de mis ojos se me ofreció
alguien que por largo silencio parecía débil.
Cuando vi a este en el gran desierto,
"Ten piedad de mí", le grité,
"seas quien seas, sombra u hombre cierto".
Me respondió: "No hombre, hombre fui,
y mis padres fueron lombardos,
mantuanos de patria ambos.
Nací bajo Julio, aunque fue tarde,
y viví en Roma bajo el buen Augusto
en el tiempo de los dioses falsos y mentirosos.
Poeta fui, y canté de aquel justo
hijo de Anquises que vino de Troya,
después de que la soberbia Ilión fue incendiada.
Pero tú ¿por qué vuelves a tanta pena?
¿por qué no subes el monte deleitoso
que es principio y causa de toda alegría?".
"¿Eres tú entonces aquel Virgilio y aquella fuente
que derrama de hablar tan ancho río?",
le respondí con frente avergonzada.
"Oh de los demás poetas honor y luz,
válgame el largo estudio y el gran amor
que me ha hecho buscar tu obra.
Tú eres mi maestro y mi autor,
tú eres el único de quien tomé
el bello estilo que me ha dado honor.
Mira la bestia por la cual me volví;
ayúdame contra ella, sabio famoso,
que ella me hace temblar las venas y los pulsos".
"Te conviene tomar otro viaje",
respondió, después de verme llorar,
"si quieres escapar de este lugar salvaje;
porque esta bestia, por la cual gritas,
no deja a otros pasar por su camino,
sino que tanto los obstaculiza que los mata;
y tiene naturaleza tan malvada y perversa,
que nunca llena su ansia voraz,
y después de comer tiene más hambre que antes.
Muchos son los animales con los que se aparea,
y más serán todavía, hasta que el lebrel
vendrá, que la hará morir con dolor.
Este no se alimentará de tierra ni de riqueza,
sino de sabiduría, amor y virtud,
y su nacimiento será entre fieltro y fieltro.
De aquella humilde Italia será salvación
por la cual murió la virgen Camila,
Euríalo y Turno y Niso de heridas.
Este la cazará por cada pueblo,
hasta que la haya devuelto al infierno,
allá de donde la envidia primero la soltó.
Por lo cual yo por tu bien pienso y juzgo
que tú me sigas, y yo seré tu guía,
y te sacaré de aquí por lugar eterno;
donde oirás los gritos desesperados,
verás a los antiguos espíritus dolientes,
que todos gritan por la segunda muerte;
y verás a los que están contentos
en el fuego, porque esperan llegar
cuando sea a las gentes bienaventuradas.
A las cuales luego si quieres subir,
habrá un alma más digna que yo para ello:
con ella te dejaré cuando me vaya;
porque aquel emperador que allá arriba reina,
como fui rebelde a su ley,
no quiere que a su ciudad por mí se llegue.
En todas partes impera y allí gobierna;
allí está su ciudad y el alto trono:
oh feliz aquel a quien allí elige".
Y yo a él: "Poeta, te ruego
por aquel Dios que tú no conociste,
para que yo escape de este mal y peor,
que me lleves allá donde dijiste,
para que vea la puerta de san Pedro
y a los que tú describes tan afligidos".
Entonces se puso en marcha, y yo lo seguí.
Canto2
El día se marchaba, y el aire oscuro
libraba a los animales que están en la tierra
de sus fatigas; y yo, solo,
me disponía a sostener la guerra
tanto del camino como de la compasión,
que relatará la mente que no yerra.
Oh musas, oh alto ingenio, ahora ayudadme;
oh mente que escribiste lo que vi,
aquí se mostrará tu nobleza.
Yo comencé: "Poeta que me guías,
examina mi virtud si es suficiente,
antes de que al alto paso me confíes.
Tú dices que el padre de Silvio,
siendo aún corruptible, al inmortal
siglo fue, y fue corporalmente.
Pero si el adversario de todo mal
fue cortés con él, pensando en el alto efecto
que debía salir de él, y el quién y el cuál,
no parece indigno a hombre de intelecto;
pues él fue de la noble Roma y de su imperio
en el cielo empíreo por padre electo:
la cual y el cual, a decir verdad,
fueron establecidos para el lugar santo
donde se sienta el sucesor del mayor Pedro.
Por esta ida por la que tú le das gloria,
entendió cosas que fueron causa
de su victoria y del manto papal.
Fue allí luego el Vaso de elección,
para traer consuelo a aquella fe
que es principio del camino de salvación.
Pero yo, ¿por qué ir allí? ¿o quién lo concede?
Yo no soy Eneas, yo no soy Pablo;
digno de esto ni yo ni otro me cree.
Por lo cual, si al ir me abandono,
temo que la ida sea locura.
Eres sabio; entiende mejor de lo que razono".
Y como aquel que deja de querer lo que quiso
y por nuevos pensamientos cambia de propósito,
de modo que del comienzo del todo se aparta,
así me volví yo en aquella oscura ladera,
porque, pensando, consumí la empresa
que fue al comenzar tan pronta.
"Si he entendido bien tu palabra",
respondió la sombra del magnánimo,
"tu alma está atacada por cobardía;
la cual muchas veces al hombre estorba
de modo que de honrada empresa lo aparta,
como falsa visión a bestia cuando se asombra.
Para que de este temor te liberes,
te diré por qué vine y lo que oí
en el primer momento en que de ti me dolí.
Yo estaba entre aquellos que están suspendidos,
y una dama me llamó, beata y bella,
tal que de mandarme yo le pedí.
Lucían sus ojos más que la estrella;
y comenzó a decirme suave y llana,
con angélica voz, en su habla:
'Oh alma cortés mantuana,
cuya fama aún en el mundo dura,
y durará mientras el mundo perdure,
mi amigo, y no de la fortuna,
en la desierta playa está impedido
tanto en el camino, que se ha vuelto por miedo;
y temo que esté ya tan perdido,
que yo me haya levantado tarde a socorrerlo,
por lo que de él he oído en el cielo.
Ahora muévete, y con tu palabra ornada
y con lo que sea necesario para su salvación,
ayúdalo de modo que yo sea consolada.
Yo soy Beatriz que te hago andar;
vengo del lugar adonde volver deseo;
amor me movió, que me hace hablar.
Cuando esté delante de mi señor,
de ti me alabaré a menudo ante él'.
Calló entonces, y luego comencé yo:
'Oh dama de virtud, solo por quien
la especie humana excede todo contenido
de aquel cielo que tiene menores sus círculos,
tanto me agrada tu mandamiento,
que obedecer, si ya fuese hecho, me es tarde;
no te es necesario más que abrirme tu deseo.
Pero dime la causa de que no te guardes
de descender aquí abajo a este centro
del amplio lugar adonde volver ansías'.
'Ya que quieres saber tan adentro,
te diré brevemente', me respondió,
'por qué no temo venir aquí dentro.
Temer se debe solo de aquellas cosas
que tienen poder de hacer daño a otros;
de las otras no, pues no son temibles.
Soy hecha por Dios, por su gracia, tal,
que vuestra miseria no me toca,
ni llama de este incendio me asalta.
Hay una dama gentil en el cielo que se compadece
de este impedimento adonde te mando,
de modo que duro juicio allá arriba quiebra.
Esta llamó a Lucía en su pedido
y dijo: —Ahora tiene necesidad tu fiel
de ti, y yo a ti se lo encomiendo—.
Lucía, enemiga de cualquier cruel,
se movió, y vino al lugar donde yo estaba,
que me sentaba con la antigua Raquel.
Dijo: —Beatriz, alabanza de Dios verdadera,
¿por qué no socorres a quien te amó tanto,
que salió por ti de la vulgar grey?
¿No oyes la piedad de su llanto,
no ves la muerte que lo combate
sobre el torrente donde el mar no tiene gloria?—.
En el mundo no hubo jamás personas rápidas
en hacer su provecho o huir su daño,
como yo, después de tales palabras dichas,
vine aquí abajo desde mi beato escaño,
confiando en tu hablar honesto,
que te honra a ti y a quienes lo han oído'.
Después de que me hubo razonado esto,
los ojos lucientes llorando volvió,
por lo que me hizo venir más presto.
Y vine a ti así como ella quiso:
de delante de aquella fiera te levanté
que del bello monte el corto andar te quitó.
Entonces: ¿qué es? ¿por qué, por qué te detienes,
por qué tanta cobardía en el corazón albergas,
por qué audacia y franqueza no tienes,
cuando tales tres damas benditas
cuidan de ti en la corte del cielo,
y mi hablar tanto bien te promete?".
Como florecillas por el nocturno hielo
inclinadas y cerradas, después de que el sol las blanquea,
se enderezan todas abiertas en su tallo,
así me hice yo de mi virtud exhausta,
y tanto buen ardor al corazón me corrió,
que comencé como persona franca:
"Oh piadosa aquella que me socorrió,
y tú cortés que obedeciste pronto
a las verdaderas palabras que te dio.
Tú me has con deseo el corazón dispuesto
tanto al venir con tus palabras,
que he vuelto al primer propósito.
Ahora ve, que un solo querer es de ambos:
tú guía, tú señor y tú maestro".
Así le dije; y después de que se movió,
entré por el camino alto y silvestre.
Canto3
Por mí se entra en la ciudad doliente,
por mí se entra en el eterno dolor,
por mí se entra entre la gente perdida.
La justicia movió a mi alto creador;
me hicieron el poder divino,
la sabiduría suprema y el amor primero.
Antes que yo no hubo cosas creadas
sino eternas, y yo duro eternamente.
Abandonad toda esperanza, vosotros que entráis.
Estas palabras de color oscuro
las vi escritas en lo alto de una puerta;
por eso dije: "Maestro, su sentido me es duro".
Y él a mí, como persona sabia:
"Aquí conviene dejar todo recelo;
toda cobardía conviene que aquí muera.
Hemos llegado al lugar donde te he dicho
que verás a las gentes dolorosas
que han perdido el bien del intelecto".
Y después que puso su mano en la mía
con rostro alegre, de donde me reconforté,
me condujo adentro hacia las cosas secretas.
Allí suspiros, llantos y altos lamentos
resonaban por el aire sin estrellas,
por lo que yo al comenzar lloré.
Diversas lenguas, horribles hablas,
palabras de dolor, acentos de ira,
voces altas y roncas, y ruido de manos con ellas
hacían un tumulto, que gira
siempre en aquel aire sin tiempo teñido,
como la arena cuando sopla el torbellino.
Y yo que tenía la cabeza ceñida de error,
dije: "Maestro, ¿qué es eso que oigo?
¿y qué gente es esa que parece tan vencida por el dolor?".
Y él a mí: "Este miserable modo
mantienen las almas tristes de aquellos
que vivieron sin infamia y sin alabanza.
Mezcladas están con aquel coro malvado
de los ángeles que no fueron rebeldes
ni fueron fieles a Dios, sino que estuvieron por sí mismos.
Los cielos los expulsan para no ser menos bellos,
ni el infierno profundo los recibe,
porque alguna gloria tendrían de ellos los culpables".
Y yo: "Maestro, ¿qué es tan grave
para ellos que los hace lamentarse tan fuerte?".
Respondió: "Te lo diré muy breve.
Estos no tienen esperanza de muerte,
y su vida ciega es tan baja,
que envidian cualquier otra suerte.
Fama de ellos el mundo no deja que exista;
misericordia y justicia los desdeñan:
no hablemos de ellos, sino mira y pasa".
Y yo, que miré, vi una enseña
que girando corría tan rápida,
que de todo reposo me parecía indigna;
y detrás de ella venía tan larga procesión
de gente, que yo no habría creído
que la muerte a tantos hubiera deshecho.
Después que hube reconocido a alguno,
vi y conocí la sombra de aquel
que hizo por cobardía el gran rechazo.
Al instante entendí y estuve cierto
que esta era la secta de los cobardes,
desagradables a Dios y a sus enemigos.
Estos desgraciados, que nunca estuvieron vivos,
estaban desnudos y aguijoneados mucho
por moscardones y por avispas que estaban allí.
Ellas les surcaban de sangre el rostro,
que, mezclada con lágrimas, a sus pies
era recogida por gusanos repugnantes.
Y después que me dispuse a mirar más allá,
vi gente a la orilla de un gran río;
por lo que dije: "Maestro, ahora concédeme
que sepa quiénes son, y qué costumbre
les hace parecer tan dispuestos a cruzar,
como distingo por la luz débil".
Y él a mí: "Las cosas te serán conocidas
cuando detengamos nuestros pasos
sobre la triste ribera del Aqueronte".
Entonces con los ojos avergonzados y bajos,
temiendo que mi hablar le fuese molesto,
hasta el río me abstuve de hablar.
Y he aquí que hacia nosotros viene en barca
un viejo, blanco por pelo antiguo,
gritando: "¡Ay de vosotros, almas malvadas!
No esperéis jamás ver el cielo:
vengo para llevaros a la otra orilla
a las tinieblas eternas, en calor y en hielo.
Y tú que estás ahí, alma viva,
apártate de estos que están muertos".
Pero después que vio que yo no me apartaba,
dijo: "Por otra vía, por otros puertos
llegarás a la playa, no aquí, para pasar:
embarcación más ligera conviene que te lleve".
Y el guía le dijo: "Caronte, no te enfurezcas:
así se quiere allá donde se puede
lo que se quiere, y no preguntes más".
Entonces quedaron quietas las peludas mejillas
del barquero de la laguna lívida,
que alrededor de los ojos tenía ruedas de llamas.
Pero aquellas almas, que estaban cansadas y desnudas,
cambiaron de color y castañetearon los dientes,
apenas escucharon las palabras crueles.
Blasfemaban de Dios y de sus padres,
de la especie humana y del lugar y el tiempo y la semilla
de su linaje y de sus nacimientos.
Luego se retiraron todas juntas,
llorando fuerte, a la orilla maldita
que aguarda a todo hombre que no teme a Dios.
Caronte demonio, con ojos de brasa
haciéndoles señas, a todas las recoge;
golpea con el remo a cualquiera que se reclina.
Como en otoño se levantan las hojas
una tras otra, hasta que la rama
ve en la tierra todos sus despojos,
de modo semejante la mala semilla de Adán
se arrojan de aquella orilla una a una,
por señas como ave por su reclamo.
Así se van sobre la onda oscura,
y antes de que hayan descendido allá,
también de este lado nueva multitud se reúne.
"Hijo mío", dijo el maestro cortés,
"aquellos que mueren en la ira de Dios
todos se reúnen aquí de todo país;
y prestos están a cruzar el río,
porque la justicia divina los aguijonea,
de modo que el temor se convierte en deseo.
Por aquí jamás pasa alma buena;
y por eso, si Caronte se queja de ti,
bien puedes saber ya lo que significan sus palabras".
Acabado esto, la oscura campiña
tembló tan fuerte, que del espanto
la memoria aún me baña de sudor.
La tierra lacrimosa dio viento,
que relampagueó una luz bermeja
la cual venció todo sentido mío;
y caí como el hombre a quien el sueño toma.
Canto4
Un trueno violento me rompió el sueño profundo en la cabeza
de tal modo que me desperté sobresaltado
como alguien a quien despiertan por la fuerza;
y moví el ojo descansado alrededor,
levantándome derecho, y miré fijamente
para reconocer el lugar donde me encontraba.
Es verdad que me hallé en la orilla
del valle del abismo doloroso
que recoge un estruendo de infinitos lamentos.
Oscuro y profundo era y neblinoso
tanto que, por clavar la vista en el fondo,
yo no distinguía nada.
"Ahora descendamos aquí abajo al mundo ciego",
comenzó el poeta completamente pálido.
"Yo iré primero, y tú irás segundo".
Y yo, que me di cuenta de su palidez,
dije: "¿Cómo voy a ir, si tú tienes miedo
tú que sueles ser consuelo a mis dudas?".
Y él me respondió: "La angustia de la gente
que está aquí abajo, pinta en mi rostro
esa piedad que tú sientes como temor.
Vamos, que el largo camino nos impulsa".
Así se adentró y así me hizo entrar
en el primer círculo que ciñe el abismo.
Allí, según se podía escuchar,
no había llanto sino solo suspiros
que hacían temblar el aire eterno;
esto provenía de un dolor sin tormentos,
que tenían las multitudes, que eran muchas y grandes,
de niños y de mujeres y de hombres.
El buen maestro me dijo: "Tú no preguntas
qué espíritus son estos que ves?
Ahora quiero que sepas, antes de que sigas adelante,
que ellos no pecaron; y si tienen méritos,
no basta, porque no tuvieron bautismo,
que es la puerta de la fe en la que tú crees;
y si vivieron antes del cristianismo,
no adoraron debidamente a Dios:
y de estos tales soy yo mismo.
Por tales defectos, no por otra culpa,
estamos perdidos, y solo ofendidos en tanto
que sin esperanza vivimos en deseo".
Gran dolor se apoderó de mi corazón cuando lo escuché,
porque gente de mucho valor
reconocí que en aquel limbo estaban suspendidos.
"Dime, maestro mío, dime, señor",
comencé yo por querer estar seguro
de aquella fe que vence todo error:
"¿salió de aquí alguna vez alguien, o por su mérito
o por el de otro, que después fuese bendito?".
Y aquel que entendió mi hablar encubierto,
respondió: "Yo era nuevo en este estado,
cuando vi venir aquí a uno poderoso,
coronado con signo de victoria.
Sacó la sombra del primer padre,
la de Abel su hijo y la de Noé,
la de Moisés legislador y obediente;
Abraham patriarca y David rey,
Israel con su padre y con sus hijos
y con Raquel, por quien tanto hizo,
y otros muchos, y los hizo benditos.
Y quiero que sepas que, antes de ellos,
espíritus humanos no habían sido salvados".
No dejábamos de andar porque él hablase,
sino que pasábamos el bosque todo el tiempo,
el bosque, digo, de espíritus espesos.
No era largo aún nuestro camino
desde el sueño, cuando vi un fuego
que vencía un hemisferio de tinieblas.
Todavía estábamos un poco lejos,
pero no tanto que yo no distinguiese en parte
que gente honorable ocupaba aquel lugar.
"Oh tú que honras ciencia y arte,
quiénes son estos que tienen tanta honra,
que del modo de los otros los separa?".
Y él me respondió: "La honrada fama
que de ellos suena arriba en tu vida,
consigue gracia en el cielo que así los adelanta".
Mientras tanto una voz fue oída por mí:
"Honrad al altísimo poeta;
su sombra vuelve, que se había marchado".
Después que la voz se detuvo y quedó en silencio,
vi cuatro grandes sombras venir hacia nosotros:
tenían semblante ni triste ni alegre.
El buen maestro comenzó a decir:
"Mira aquel con esa espada en mano,
que viene delante de los tres como señor:
aquel es Homero poeta soberano;
el otro es Horacio satírico que viene;
Ovidio es el tercero, y el último Lucano.
Porque cada uno coincide conmigo
en el nombre que sonó la voz sola,
me hacen honor, y en eso hacen bien".
Así vi reunirse la bella escuela
de aquel señor del altísimo canto
que sobre los otros como águila vuela.
Después que hablaron entre ellos un rato,
se volvieron a mí con gesto de saludo,
y mi maestro sonrió por ello;
y más honor aún me hicieron,
pues me hicieron de su grupo,
de modo que fui sexto entre tanta sabiduría.
Así fuimos hasta la luz,
hablando cosas de las que callar es bello,
así como era bello hablar allá donde estaba.
Llegamos al pie de un noble castillo,
siete veces cercado de altas murallas,
defendido alrededor por un hermoso arroyuelo.
Este pasamos como tierra firme;
por siete puertas entré con estos sabios:
llegamos a un prado de fresca verdura.
Había allí gente con ojos lentos y graves,
de gran autoridad en sus semblantes:
hablaban poco, con voces suaves.
Nos retiramos así a uno de los lados,
en lugar abierto, luminoso y alto,
de modo que se podían ver todos.
Allí directamente, sobre el verde esmalte,
me fueron mostrados los espíritus magnos,
que de verlos yo mismo me exalto.
Vi a Electra con muchos compañeros,
entre los cuales reconocí a Héctor y a Eneas,
a César armado con ojos rapaces.
Vi a Camila y a Pentesilea;
del otro lado vi al rey Latino
que con Lavinia su hija estaba sentado.
Vi a aquel Bruto que expulsó a Tarquino,
Lucrecia, Julia, Marcia y Cornelia;
y solo, aparte, vi al Saladino.
Después que alcé un poco más las cejas,
vi al maestro de los que saben
sentado entre familia filosófica.
Todos lo miran, todos le hacen honor:
allí vi a Sócrates y a Platón,
que delante de los otros más cerca de él están;
Demócrito que pone el mundo al azar,
Diógenes, Anaxágoras y Tales,
Empédocles, Heráclito y Zenón;
y vi al buen recolector de las cualidades,
digo Dioscórides; y vi a Orfeo,
Tulio y Lino y Séneca moral;
Euclides geómetra y Tolomeo,
Hipócrates, Avicena y Galeno,
Averroes que el gran comentario hizo.
No puedo dar cuenta de todos completamente,
porque así me apremia el largo tema,
que muchas veces al hecho la palabra no llega.
La compañía de seis se reduce en dos:
por otro camino me conduce el sabio guía,
fuera de la quietud, al aire que tiembla.
Y llego a un lugar donde no hay nada que brille.
Canto5
Así bajé del primer círculo
al segundo, que ciñe menos espacio
y tanto más dolor, que punza hasta el gemido.
Allí estaba Minos horriblemente, y gruñe:
examina las culpas en la entrada;
juzga y envía según las vueltas que se da.
Digo que cuando el alma mal nacida
viene ante él, toda se confiesa;
y ese conocedor de los pecados
ve qué lugar del infierno le corresponde;
se ciñe con la cola tantas vueltas
cuantos grados quiere que baje.
Siempre ante él hay muchas de pie:
van por turnos cada una al juicio,
hablan y escuchan y luego son arrojadas abajo.
"Oh tú que vienes al doloroso hospicio",
me dijo Minos cuando me vio,
dejando el acto de tan gran oficio,
"mira cómo entras y de quién te fías;
no te engañe la anchura de la entrada".
Y mi guía le dijo: "¿Por qué sigues gritando?
No impidas su andar fatal:
así se quiere allá donde se puede
lo que se quiere, y no preguntes más".
Ahora empiezan las notas dolientes
a hacerse sentir; ahora he llegado
a donde mucho llanto me golpea.
Llegué a un lugar mudo de toda luz,
que muge como hace el mar en la tormenta,
cuando es combatido por vientos contrarios.
La tormenta infernal, que nunca cesa,
arrastra a los espíritus con su violencia;
dándoles vueltas y golpeándolos los atormenta.
Cuando llegan frente a la ruina,
allí los gritos, el lamento, el llanto;
allí blasfeman contra la virtud divina.
Entendí que a tal tormento
están condenados los pecadores carnales,
que someten la razón al deseo.
Y como los estorninos llevan sus alas
en el tiempo frío, en bandada ancha y densa,
así aquel soplo a los espíritus malos
de aquí, de allá, de abajo, de arriba los lleva;
ninguna esperanza los consuela nunca,
ni de reposo, ni de menor pena.
Y como las grullas van cantando sus lamentos,
haciendo en el aire de sí larga fila,
así vi venir, arrastrando quejas,
sombras llevadas por dicha tormenta;
por lo que dije: "Maestro, ¿quiénes son esas
gentes que el aire negro así castiga?".
"La primera de aquellas de quienes noticias
tú quieres saber", me dijo él entonces,
"fue emperatriz de muchas lenguas.
Al vicio de la lujuria estuvo tan entregada,
que hizo lícito el deseo en su ley,
para quitar la culpa en que había caído.
Es Semíramis, de quien se lee
que sucedió a Nino y fue su esposa:
gobernó la tierra que el Sultán rige.
La otra es la que se mató enamorada,
y rompió la fe a las cenizas de Siqueo;
luego está Cleopatra lujuriosa.
Ve a Helena, por quien tanto mal
tiempo corrió, y ve al gran Aquiles,
que con amor al final combatió.
Ve a Paris, a Tristán"; y más de mil
sombras me mostró y me nombró señalando,
a quienes amor apartó de nuestra vida.
Después que hube oído a mi maestro
nombrar a las damas antiguas y los caballeros,
la piedad me invadió, y quedé casi perdido.
Empecé: "Poeta, de buena gana
hablaría con esos dos que juntos van,
y parecen tan ligeros al viento".
Y él me dijo: "Verás cuando estén
más cerca de nosotros; y tú entonces les ruega
por ese amor que los lleva, y ellos vendrán".
Tan pronto como el viento los inclina hacia nosotros,
alcé la voz: "Oh almas afligidas,
venid a hablarnos, si nadie lo prohíbe".
Como palomas llamadas por el deseo
con las alas alzadas y quietas hacia el dulce nido
vienen por el aire, llevadas por su querer;
así salieron de la bandada donde está Dido,
viniendo hacia nosotros por el aire maligno,
tan fuerte fue el grito afectuoso.
"Oh ser gentil y benigno
que visitando vas por el aire oscuro
a nosotros que teñimos el mundo de sangre,
si fuese amigo el rey del universo,
le rogaríamos por tu paz,
ya que tienes piedad de nuestro mal perverso.
De lo que oír y hablar os plazca,
nosotros oiremos y hablaremos con vosotros,
mientras el viento, como hace ahora, nos calla.
Está la tierra donde nací
sobre la costa donde el Po desciende
para tener paz con sus afluentes.
Amor, que en el corazón gentil pronto prende,
tomó a este de la bella persona
que me fue quitada; y el modo aún me ofende.
Amor, que a ningún amado perdona amar,
me tomó del placer de este tan fuerte,
que, como ves, aún no me abandona.
Amor nos condujo a una sola muerte.
Caína espera a quien nos quitó la vida".
Estas palabras de ellos nos fueron dichas.
Cuando escuché a esas almas ofendidas,
bajé el rostro, y tanto lo mantuve bajo,
hasta que el poeta me dijo: "¿Qué piensas?".
Cuando respondí, empecé: "Ay de mí,
cuántos dulces pensamientos, cuánto deseo
los llevó al doloroso paso".
Luego me volví a ellos y hablé yo,
y empecé: "Francesca, tus martirios
me hacen llorar triste y piadoso.
Pero dime: en el tiempo de los dulces suspiros,
¿cómo y por qué concedió el amor
que conocierais los dudosos deseos?".
Y ella me dijo: "No hay mayor dolor
que recordar el tiempo feliz
en la miseria; y eso lo sabe tu maestro.
Pero si a conocer la primera raíz
de nuestro amor tienes tanto afán,
diré como quien llora y habla.
Leíamos un día por placer
de Lancelot cómo el amor lo tomó;
solos estábamos y sin sospecha alguna.
Varias veces nos impulsó los ojos
esa lectura, y nos descoloró el rostro;
pero solo un punto fue el que nos venció.
Cuando leímos que la deseada sonrisa
era besada por tan gran amante,
este, que nunca de mí será separado,
la boca me besó todo tembloroso.
Alcahuete fue el libro y quien lo escribió:
ese día no leímos más adelante".
Mientras el uno de los espíritus esto decía,
el otro lloraba; así que de piedad
desfallecí como si muriera.
Y caí como cae un cuerpo muerto.
Canto6
Al volver la mente, que se cerró
ante la piedad de los dos parientes,
que de tristeza todo me confundió,
nuevos tormentos y nuevos torturados
veo en torno a mí, adonde me mueva
y adonde me vuelva, y adonde mire.
Estoy en el tercer círculo, el de la lluvia
eterna, maldita, fría y pesada;
su regla y cualidad jamás son nuevas.
Granizo grueso, agua sucia y nieve
por el aire tenebroso se vierte;
hiede la tierra que esto recibe.
Cerbero, fiera cruel y extraña,
con tres gargantas ladra como perro
sobre la gente que allí está sumergida.
Tiene los ojos rojos, la barba grasienta y negra,
y el vientre grande, y las manos con garras;
araña a los espíritus y los desuella y descuartiza.
Aullar los hace la lluvia como perros;
de un lado hacen escudo al otro;
se voltean a menudo los míseros profanos.
Cuando nos divisó Cerbero, el gran gusano,
abrió las bocas y nos mostró los colmillos;
no tenía miembro que estuviera quieto.
Y mi guía extendió sus manos,
agarró tierra, y con los puños llenos
la arrojó dentro de las fauces voraces.
Como aquel perro que ladrando ansía,
y se calma después de que muerde el pasto,
pues solo en devorarlo piensa y pugna,
así se pusieron aquellas caras inmundas
del demonio Cerbero, que atruena
las almas tanto, que querrían estar sordas.
Pasábamos sobre las sombras que aplasta
la lluvia pesada, y poníamos las plantas
sobre su vanidad que parece persona.
Yacían por tierra todas ellas,
salvo una que se incorporó a sentarse, pronto
cuando nos vio pasar delante.
"Oh tú que por este infierno eres traído",
me dijo, "reconóceme, si puedes:
tú fuiste hecho antes de que yo fuera deshecho".
Y yo le dije: "La angustia que tienes
quizá te saca fuera de mi mente,
de modo que no parece que te haya visto nunca.
Pero dime quién eres tú que en tan doloroso
lugar estás puesto, y tienes tal pena,
que, si otra es mayor, ninguna es tan desagradable".
Y él a mí: "Tu ciudad, que está tan llena
de envidia que ya desborda el saco,
me tuvo en ella durante la vida serena.
Vosotros ciudadanos me llamasteis Ciacco
por el dañoso pecado de la gula,
como ves, a la lluvia me consumo.
Y yo, alma triste, no estoy solo,
pues todas estas están en pena similar
por culpa similar". Y no dijo más palabra.
Yo le respondí: "Ciacco, tu aflicción
me pesa tanto, que a llorar me invita;
pero dime, si lo sabes, adónde llegarán
los ciudadanos de la ciudad dividida;
si hay alguno justo; y dime la razón
por la que tanta discordia la ha asaltado".
Y él a mí: "Después de larga contienda
llegarán a la sangre, y el partido salvaje
expulsará al otro con mucha ofensa.
Luego después conviene que este caiga
antes de tres soles, y que el otro se alce
con la fuerza de tal que ahora navega a dos aguas.
Alto tendrá largo tiempo las frentes,
manteniendo al otro bajo graves pesos,
por más que de ello llore o se avergüence.
Justos son dos, y no se les escucha;
soberbia, envidia y avaricia son
las tres chispas que han encendido los corazones".
Aquí puso fin al son lacrimoso.
Y yo a él: "Aún quiero que me enseñes
y que de más hablar me hagas don.
Farinata y Tegghiaio, que fueron tan dignos,
Jacopo Rusticucci, Arrigo y Mosca
y los otros que a hacer bien pusieron ingenio,
dime dónde están y haz que los conozca;
pues gran deseo me apremia de saber
si el cielo los endulza o el infierno los envenena".
Y él: "Están entre las almas más negras;
diversas culpas los gravan hacia el fondo:
si tanto desciendes, allí podrás verlos.
Pero cuando estés en el dulce mundo,
te ruego que a la memoria ajena me traigas:
no te digo más ni más te respondo".
Los ojos rectos torció entonces en bizcos;
me miró un poco y luego bajó la cabeza:
cayó con ella al nivel de los otros ciegos.
Y el guía me dijo: "Ya no se despierta
hasta el son de la trompeta angélica,
cuando venga el poder enemigo:
cada uno reverá la triste tumba,
recobrará su carne y su figura,
oirá aquello que en eterno retumba".
Así atravesamos la sucia mezcla
de las sombras y de la lluvia, a pasos lentos,
tocando un poco la vida futura;
por lo que dije: "Maestro, estos tormentos
¿crecerán después de la gran sentencia,
o serán menores, o serán tan ardientes?".
Y él a mí: "Vuelve a tu ciencia,
que quiere que, cuanto la cosa es más perfecta,
más sienta el bien, y así el dolor.
Aunque esta gente maldita
en verdadera perfección jamás llegue,
de allá más que de acá se espera".
Rodeamos en círculo aquel camino,
hablando mucho más de lo que cuento;
llegamos al punto donde se desciende:
allí encontramos a Plutón, el gran enemigo.
Canto7
"¡Pape Satán, pape Satán aleppe!",
comenzó Plutón con voz ronca;
y aquel sabio gentil, que todo lo sabía,
dijo para consolarme: "Que no te dañe
tu miedo; porque, por mucho poder que tenga,
no impedirá que bajemos esta roca".
Después se volvió hacia aquellos labios hinchados,
y dijo: "Calla, lobo maldito,
consúmete por dentro con tu rabia.
No es sin razón el ir hacia lo profundo:
así se quiere en lo alto, allá donde Miguel
hizo venganza del ultraje soberbio".
Como las velas hinchadas por el viento
caen envueltas cuando el mástil se quiebra,
así cayó a tierra la fiera cruel.
Así descendimos a la cuarta hondonada,
abarcando más de la orilla doliente
que el mal del universo todo ensaca.
¡Ah, justicia de Dios! ¿quién amontona
tantos trabajos y penas nuevas como yo vi?
¿y por qué nuestra culpa así nos destroza?
Como hace la ola allá sobre Caribdis,
que se rompe contra aquella con la que choca,
así conviene que aquí la gente dance.
Aquí vi yo gente más numerosa que en ningún otro sitio,
y de una parte y de otra, con grandes alaridos,
empujando pesos con la fuerza del pecho.
Chocaban entre sí; y luego justo allí
se volvía cada uno, girando hacia atrás,
gritando: "¿Por qué acumulas?" y "¿Por qué derrochas?".
Así volvían por el círculo oscuro
desde cada lado al punto opuesto,
gritándose también su metro vergonzoso;
luego se volvía cada uno, cuando había llegado,
por su medio círculo a la otra justa.
Y yo, que tenía el corazón casi traspasado,
dije: "Maestro mío, ahora muéstrame
qué gente es esta, y si todos fueron clérigos
estos tonsurados a nuestra izquierda".
Y él a mí: "Todos fueron bizcos
de la mente en la vida primera,
que ningún gasto hicieron con medida.
Bastante claro lo ladra su voz,
cuando llegan a los dos puntos del círculo
donde la culpa contraria los separa.
Estos fueron clérigos, que no tienen cobertura
pilosa en la cabeza, y papas y cardenales,
en quienes la avaricia usa su exceso".
Y yo: "Maestro, entre estos tales
debería yo reconocer a algunos
que fueron manchados por estos males".
Y él a mí: "Vano pensamiento reúnes:
la vida desconocida que los hizo inmundos,
a todo conocimiento ahora los hace oscuros.
Eternamente vendrán a los dos choques:
estos resucitarán del sepulcro
con el puño cerrado, y estos con el pelo cortado.
Mal dar y mal guardar el mundo hermoso
les ha quitado, y puesto en esta riña:
cuál sea ella, no adorno con palabras.
Ahora puedes, hijo, ver la corta burla
de los bienes que están encomendados a la fortuna,
por los que el género humano se encrespa;
porque todo el oro que hay bajo la luna
y que hubo, de estas almas cansadas
no podría hacer descansar ni una".
"Maestro mío", le dije, "ahora dime también:
esta fortuna de la que me hablas,
¿qué es, que tiene así entre garras los bienes del mundo?".
Y él a mí: "Oh criaturas necias,
cuánta ignorancia es la que os ofende!
Ahora quiero que emboques mi sentencia.
Aquel cuyo saber todo trasciende
hizo los cielos y les dio quien los conduce
de modo que cada parte a cada parte resplandece,
distribuyendo igualmente la luz.
Semejantemente para los esplendores mundanos
ordenó ministra general y guía
que permutase a tiempo los bienes vanos
de gente en gente y de una a otra sangre,
más allá de la defensa de los juicios humanos;
por lo cual una gente impera y otra languidece,
siguiendo el juicio de esta,
que está oculto como en la hierba la serpiente.
Vuestro saber no tiene réplica contra ella:
esta provee, juzga, y persigue
su reino como el suyo los otros dioses.
Sus permutaciones no tienen tregua:
la necesidad la hace ser veloz;
tan seguido viene quien consigue turno.
Esta es la que está tan puesta en cruz
incluso por quienes debieran darle alabanza,
dándole culpa injusta y mala voz;
pero ella está beata y esto no oye:
con las otras primeras criaturas alegre
hace girar su esfera y beata se goza.
Ahora descendamos ya a mayor miseria;
ya cae cada estrella que subía
cuando me puse en marcha, y quedarse mucho se prohíbe".
Cruzamos de nuevo el círculo a la otra orilla
sobre una fuente que hierve y se derrama
por un foso que de ella deriva.
El agua era oscura mucho más que negra;
y nosotros, en compañía de las ondas pardas,
entramos abajo por un camino distinto.
A la laguna que tiene por nombre Estigia va
este triste riachuelo, cuando ha descendido
al pie de las malignas playas grises.
Y yo, que estaba atento a mirar,
vi gentes fangosas en aquel pantano,
todas desnudas, con semblante ofendido.
Estas se golpeaban no solo con la mano,
sino con la cabeza y con el pecho y con los pies,
despedazándose con los dientes trozo a trozo.
El buen maestro dijo: "Hijo, ahora ves
las almas de aquellos a quienes venció la ira;
y también quiero que creas con certeza
que bajo el agua hay gente que suspira,
y hacen burbujear esta agua en la superficie,
como te dice el ojo, allá donde se agita.
Hundidos en el limo dicen: 'Tristes fuimos
en el aire dulce que del sol se alegra,
llevando dentro humo perezoso:
ahora nos entristecemos en el fango negro'.
Este himno se gorgotean en la garganta,
porque no pueden decirlo con palabra íntegra".
Así giramos de la sucia charca
un gran arco, entre la orilla seca y el centro,
con los ojos vueltos hacia quienes del fango se atragantan.
Llegamos al pie de una torre al final.
Canto8
Sigo diciendo que mucho antes
de que llegáramos al pie de la alta torre,
nuestros ojos subieron hacia la cima
por dos llamitas que vimos poner allí,
y otra a lo lejos devolverles la señal,
tanto que apenas el ojo podía captarlo.
Y yo me volví al mar de todo saber;
dije: "¿Qué dice esto? ¿y qué responde
aquel otro fuego? ¿y quiénes son los que lo hicieron?".
Y él a mí: "Sobre las sucias olas
ya puedes distinguir lo que se espera,
si el humo del pantano no te lo oculta".
Cuerda nunca disparó de sí saeta
que corriera tan rápida por el aire ligero,
como vi una navecilla
venir por el agua hacia nosotros en ese momento,
bajo el mando de un solo barquero,
que gritaba: "¡Ahora has llegado, alma malvada!".
"Flegias, Flegias, gritas en vano",
dijo mi señor, "esta vez:
no nos tendrás más que solo cruzando el fango".
Como aquel que escucha un gran engaño
que le han hecho, y luego se lamenta,
así se puso Flegias en la ira acumulada.
Mi guía descendió a la barca,
y luego me hizo entrar tras él;
y solo cuando yo estuve dentro pareció cargada.
Tan pronto como el guía y yo estuvimos en el leño,
cortando se va la antigua proa
del agua más que suele con otros.
Mientras corríamos el canal muerto,
delante de mí se puso uno lleno de lodo,
y dijo: "¿Quién eres tú que vienes antes de hora?".
Y yo a él: "Si vengo, no me quedo;
pero tú quién eres, que te has vuelto tan sucio?".
Respondió: "Ves que soy uno que llora".
Y yo a él: "Con llanto y con luto,
espíritu maldito, quédate;
que te conozco, aunque estés todo inmundo".
Entonces extendió al leño ambas manos;
por lo que el maestro atento lo empujó,
diciendo: "¡Vete allá con los otros perros!".
Luego me ciñó el cuello con los brazos;
me besó el rostro y dijo: "Alma desdeñosa,
bendita aquella que en ti se encintó!
Ese fue en el mundo persona orgullosa;
bondad no hay que adorne su memoria:
así está su sombra aquí furiosa.
Cuántos se tienen ahora allá arriba por grandes reyes
que aquí estarán como cerdos en el fango,
dejando de sí horribles desprecios!".
Y yo: "Maestro, mucho desearía
verlo hundir en este caldo
antes de que salgamos del lago".
Y él a mí: "Antes de que la orilla
se te deje ver, quedarás saciado:
de tal deseo conviene que goces".
Después de esto poco vi aquel destrozo
hacer de él a las gentes fangosas,
que a Dios aún alabo y agradezco.
Todos gritaban: "¡A Filippo Argenti!";
y el florentino espíritu colérico
en sí mismo se revolvía con los dientes.
Allí lo dejamos, que no narro más de él;
pero en los oídos me golpeó un clamor,
por lo que adelante abro el ojo atento.
El buen maestro dijo: "Ya, hijo,
se acerca la ciudad que tiene nombre Dite,
con los graves ciudadanos, con el gran tropel".
Y yo: "Maestro, ya sus mezquitas
allá dentro ciertas en el valle distingo,
bermejas como si del fuego hubieran salido".
Y él me dijo: "El fuego eterno
que dentro las abrasa las muestra rojas,
como ves en este bajo infierno".
Nosotros por fin llegamos dentro de los altos fosos
que cercan aquella tierra desolada:
las murallas me parecían que fueran de hierro.
No sin antes dar una gran vuelta,
llegamos a un lugar donde el barquero fuerte
gritó: "¡Salid, aquí está la entrada!".
Vi más de mil en las puertas
llovidos del cielo, que airadamente
decían: "¿Quién es este que sin muerte
va por el reino de la gente muerta?".
Y mi sabio maestro hizo señal
de querer hablarles secretamente.
Entonces cerraron un poco el gran desdén
y dijeron: "Ven tú solo, y que ese se vaya
que tan atrevido entró por este reino.
Solo que vuelva por el camino loco:
que pruebe, si sabe; que tú aquí quedarás,
que le has guiado por tan oscura comarca".
Piensa, lector, si me desanimé
al son de las palabras malditas,
pues no creí volver jamás.
"Oh querido guía mío, que más de siete
veces me has devuelto la seguridad y sacado
de alto peligro que se puso delante de mí,
no me dejes", dije, "así deshecho;
y si el pasar más allá nos es negado,
volvamos sobre nuestros pasos juntos deprisa".
Y aquel señor que allí me había llevado,
me dijo: "No temas; que nuestro paso
nadie nos lo puede quitar: por tal nos es dado.
Pero aquí espérame, y el espíritu cansado
conforta y alimenta de esperanza buena,
que no te dejaré en el mundo bajo".
Así se va, y allí me abandona
el dulce padre, y yo quedo en duda,
que sí y no en la cabeza me contienden.
Oír no pude lo que les propuso;
pero él no estuvo allá con ellos mucho,
que cada uno adentro a porfía corrió.
Cerraron las puertas aquellos adversarios nuestros
en el pecho a mi señor, que afuera quedó
y se volvió a mí con pasos lentos.
Los ojos a la tierra y las cejas tenía rasuradas
de toda audacia, y decía entre suspiros:
"¿Quién me ha negado las casas dolientes!".
Y a mí dijo: "Tú, porque yo me enoje,
no te asustes, que venceré la prueba,
cualquiera que dentro se revuelva para la defensa.
Esta su arrogancia no es nueva;
que ya la usaron en puerta menos secreta,
la cual sin cerradura aún se encuentra.
Sobre ella viste tú la inscripción muerta:
y ya de este lado de ella desciende la cuesta,
pasando por los círculos sin escolta,
tal que por él nos será la tierra abierta".
Canto9
Ese color que la cobardía pintó en mi rostro por fuera
al ver a mi guía volverse atrás,
él contuvo más pronto el suyo propio.
Se detuvo atento como quien escucha;
porque la vista no podía llevarlo lejos
por el aire negro y la niebla espesa.
"Aun así tendremos que vencer esta batalla",
comenzó él, "si no... Tal se nos ofreció.
¡Oh, cuánto tarda en llegar ese otro aquí!".
Vi bien cómo cubrió
el comienzo con lo otro que vino después,
que fueron palabras distintas a las primeras;
pero aun así su hablar me dio miedo,
porque yo interpretaba la frase cortada
quizá en peor sentido del que tenía.
"A este fondo del triste pozo
¿desciende alguna vez alguien del primer círculo,
que solo tiene por pena la esperanza truncada?".
Hice yo esta pregunta; y él "Rara vez
ocurre", me respondió, "que alguno de nosotros
haga el camino por el cual yo voy.
Verdad es que otra vez estuve aquí abajo,
conjurado por aquella Eritón cruel
que llamaba de vuelta las sombras a sus cuerpos.
Poco tiempo llevaba mi carne sin mí,
cuando ella me hizo entrar dentro de ese muro,
para sacar un espíritu del círculo de Judas.
Ese es el lugar más bajo y más oscuro,
y el más lejano del cielo que todo lo mueve:
conozco bien el camino; así que estate seguro.
Este pantano que exhala el gran hedor
ciñe alrededor la ciudad doliente,
donde ya no podemos entrar sin ira".
Y dijo más, pero no lo recuerdo;
porque mi ojo me había atraído del todo
hacia la torre alta de cima ardiente,
donde en un instante se irguieron de golpe
tres furias infernales teñidas de sangre,
que tenían miembros y aspecto de mujer,
y estaban ceñidas con hidras muy verdes;
serpientes y cerasta tenían por cabellos,
con que se ataban las fieras sienes.
Y él, que reconoció bien a las siervas
de la reina del llanto eterno,
"Mira", me dijo, "las feroces Erinias.
Esta es Megera del lado izquierdo;
la que llora a la derecha es Alecto;
Tisífone está en medio"; y entonces calló.
Con las uñas se desgarraba cada una el pecho;
se golpeaban con las palmas y gritaban tan alto,
que me apreté contra el poeta por temor.
"¡Venga Medusa: así lo haremos de piedra!",
decían todas mirando hacia abajo;
"mal vengamos en Teseo el asalto".
"Vuélvete atrás y mantén el rostro cerrado;
que si la Gorgona se muestra y tú la vieras,
no habría forma de volver jamás arriba".
Así dijo el maestro; y él mismo
me volvió, y no confió en mis manos,
sino que con las suyas también me cubrió.
Oh vosotros que tenéis los entendimientos sanos,
mirad la doctrina que se esconde
bajo el velo de los versos extraños.
Y ya venía sobre las turbias ondas
un estruendo de un sonido, lleno de espanto,
por el cual temblaban ambas orillas,
no de otro modo hecho que de un viento
impetuoso por los calores adversos,
que golpea el bosque y sin ningún freno
desgaja las ramas, abate y arrastra fuera;
avanza polvoriento y soberbio por delante,
y hace huir a las fieras y a los pastores.
Me liberó los ojos y dijo: "Ahora dirige el nervio
de la vista sobre esa espuma antigua
por allí donde ese humo es más acre".
Como las ranas ante la enemiga
serpiente por el agua se dispersan todas,
hasta que cada una se agacha en tierra,
vi yo a más de mil almas destruidas
huir así ante uno que al paso
cruzaba la Estigia con las plantas secas.
Del rostro apartaba aquel aire espeso,
moviendo la izquierda hacia adelante a menudo;
y solo de esa molestia parecía cansado.
Bien me di cuenta de que era enviado del cielo,
y me volví al maestro; y él hizo señal
de que estuviera quieto y me inclinara ante él.
¡Ah, cuánto me parecía lleno de desdén!
Llegó a la puerta y con una varilla
la abrió, sin que hubiera resistencia alguna.
"Oh expulsados del cielo, gente despreciada",
comenzó él sobre el horrible umbral,
"¿de dónde se alimenta en vosotros esta arrogancia?
¿Por qué pateáis contra aquella voluntad
a la cual no puede cortarse jamás el fin,
y que muchas veces os ha aumentado el dolor?
¿De qué sirve chocar contra los hados?
Vuestro Cerbero, si bien recordáis,
todavía lleva pelados el mentón y el gaznate".
Luego se volvió por el camino sucio,
y no nos dirigió palabra, sino que tuvo aspecto
de hombre a quien otra preocupación aprieta y muerde
que la de aquel que tiene delante;
y nosotros movimos los pies hacia el interior,
seguros después de las palabras santas.
Entramos dentro sin batalla alguna;
y yo, que tenía deseo de observar
la condición que tal fortaleza encierra,
apenas estuve dentro, envío la mirada alrededor:
y veo por todos lados gran llanura,
llena de duelo y de tormento cruel.
Así como en Arlés, donde el Ródano se estanca,
así como en Pola, cerca del Cuarnaro
que cierra Italia y baña sus confines,
los sepulcros hacen todo el lugar desigual,
así lo hacían allí por todas partes,
salvo que el modo era más amargo;
porque entre las tumbas llamas estaban esparcidas,
por las cuales estaban tan del todo encendidas,
que ningún arte requiere hierro más candente.
Todas sus tapas estaban levantadas,
y de ellas salían lamentos tan duros,
que bien parecían de míseros y de ofendidos.
Y yo: "Maestro, ¿qué gentes son esas
que, sepultadas dentro de esas arcas,
se hacen sentir con suspiros dolientes?".
Y él a mí: "Aquí están los herejes
con sus seguidores, de toda secta, y mucho
más de lo que crees están las tumbas cargadas.
Semejante aquí con semejante está sepultado,
y los monumentos están más o menos calientes".
Y después de haberse vuelto a la mano derecha,
pasamos entre los tormentos y las altas murallas.
Canto10
Ahora va por un pasadizo secreto,
entre el muro de la ciudad y los tormentos,
mi maestro, y yo detrás de sus espaldas.
"Oh virtud suprema, que por estos círculos impíos
me conduces", comencé, "como te place,
háblame, y satisface mis deseos.
La gente que yace por los sepulcros
¿podría verse? Ya están levantadas
todas las tapas, y ninguno hace guardia".
Y él a mí: "Todos quedarán cerrados
cuando de Josafat aquí regresen
con los cuerpos que allá arriba han dejado.
Su cementerio de esta parte tienen
con Epicuro todos sus seguidores,
que el alma con el cuerpo muerta hacen.
Por eso a la pregunta que me haces
aquí dentro se te satisfará pronto,
y también al deseo que me callas".
Y yo: "Buen guía, no escondo
a ti mi corazón sino por hablar poco,
y tú me has dispuesto a eso no solo ahora".
"Oh toscano que por la ciudad del fuego
vivo te vas así hablando honestamente,
dígnate detenerte en este lugar.
Tu habla te hace manifiesto
de aquella noble patria nativa,
a la cual tal vez fui demasiado molesto".
Súbitamente este sonido salió
de una de las arcas; por eso me acerqué,
temiendo, un poco más a mi guía.
Y él me dijo: "¡Vuélvete! ¿Qué haces?
Mira allá a Farinata que se ha erguido:
desde la cintura arriba todo lo verás".
Yo ya tenía mi vista fija en la suya;
y él se alzaba con el pecho y con la frente
como si tuviera al infierno en gran desprecio.
Y las animosas y prontas manos del guía
me empujaron entre las sepulturas hacia él,
diciendo: "Que tus palabras sean contadas".
Cuando estuve al pie de su tumba,
me miró un poco, y luego, casi desdeñoso,
me preguntó: "¿Quiénes fueron tus mayores?".
Yo que estaba deseoso de obedecer,
no se lo oculté, sino que todo se lo declaré;
por lo que él levantó las cejas un poco hacia arriba;
luego dijo: "Fieramente fueron adversos
a mí y a mis antepasados y a mi bando,
así que por dos veces los dispersé".
"Si fueron expulsados, volvieron de todas partes",
le respondí yo, "una y otra vez;
pero los vuestros no aprendieron bien ese arte".
Entonces surgió a la vista descubierta
una sombra, junto a esta, hasta el mentón:
creo que se había levantado de rodillas.
Me miró alrededor, como si tuviera deseo
de ver si otro estaba conmigo;
y después que la sospecha fue del todo extinguida,
llorando dijo: "Si por esta ciega
cárcel vas por altura de ingenio,
¿dónde está mi hijo? ¿y por qué no está contigo?".
Y yo a él: "No vengo por mí mismo:
aquel que espera allá, me conduce por aquí
quizás hacia quien vuestro Guido tuvo en desdén".
Sus palabras y el modo de la pena
me habían ya leído el nombre de este;
por eso fue la respuesta tan completa.
De súbito erguido gritó: "¿Cómo?
¿dijiste 'tuvo'? ¿no vive él todavía?
¿no hiere sus ojos la dulce luz?".
Cuando se dio cuenta de alguna demora
que yo hacía antes de la respuesta,
cayó de espaldas y no apareció más afuera.
Pero aquel otro magnánimo, por cuya petición
me había quedado, no cambió de aspecto,
ni movió el cuello, ni inclinó su costado;
y continuando con el primer dicho,
"Si ellos han aprendido mal ese arte", dijo,
"eso me atormenta más que este lecho.
Pero no cincuenta veces será encendida
la faz de la dama que aquí reina,
que tú sabrás cuánto pesa ese arte.
Y si tú alguna vez al dulce mundo regresas,
dime: ¿por qué ese pueblo es tan cruel
contra los míos en cada una de sus leyes?".
De donde yo a él: "El estrago y la gran matanza
que tiñó de rojo el Arbia,
tal oración hace elevar en nuestro templo".
Después que hubo movido la cabeza suspirando,
"En eso no estuve solo", dijo, "ni ciertamente
sin razón con los otros me habría movido.
Pero fui yo solo, allí donde se consintió
por cada uno suprimir Florencia,
el que la defendí a cara descubierta".
"Ah, que descanse alguna vez vuestra semilla",
le rogué yo, "desatadme ese nudo
que aquí ha enredado mi entendimiento.
Parece que vosotros veis, si bien oigo,
de antemano lo que el tiempo trae consigo,
y en el presente tenéis otro modo".
"Nosotros vemos, como quien tiene mala luz,
las cosas", dijo, "que están lejos de nosotros;
tanto aún nos alumbra el sumo guía.
Cuando se acercan o son, todo es vano
nuestro intelecto; y si otro no nos lo trae,
nada sabemos de vuestro estado humano.
Por eso puedes comprender que toda muerta
será nuestra ciencia desde aquel punto
en que del futuro sea cerrada la puerta".
Entonces, como compungido por mi culpa,
dije: "Ahora diréis pues a aquel caído
que su hijo está con los vivos aún unido;
y si fui, antes, a la respuesta mudo,
hacedle saber que lo hice porque pensaba
ya en el error que vos me habéis resuelto".
Y ya mi maestro me llamaba;
por lo cual rogué al espíritu más rápido
que me dijera quién con él estaba.
Me dijo: "Aquí con más de mil yazgo:
aquí dentro está el segundo Federico
y el Cardenal; y de los otros me callo".
Luego se ocultó; y yo hacia el antiguo
poeta volví los pasos, repensando
en aquel hablar que me parecía hostil.
Él se movió; y luego, así andando,
me dijo: "¿Por qué estás tan turbado?".
Y yo le satisfice a su pregunta.
"Tu mente conserve lo que has oído
contra ti", me ordenó aquel sabio;
"y ahora atiende aquí", y levantó el dedo:
"cuando estés delante del dulce rayo
de aquella cuyo bello ojo todo lo ve,
de ella sabrás de tu vida el viaje".
Luego movió hacia la mano izquierda el pie:
dejamos el muro y fuimos hacia el medio
por un sendero que a un valle hiere,
que hasta allá arriba hacía desagradar su hedor.
Canto11
En el borde de un alto risco
que formaban grandes piedras rotas en círculo,
llegamos sobre un hacinamiento más cruel;
y allí, por el horrible exceso
del hedor que arroja el profundo abismo,
nos retiramos hacia atrás, junto a una tapa
de una gran tumba, donde vi una inscripción
que decía: 'Aquí guardo al papa Anastasio,
al que Fotino apartó del camino recto'.
"Nuestro descenso debe ser lento,
para que primero el sentido se acostumbre un poco
al aire fétido; y después no nos importará".
Así habló el maestro; y yo: "Busca algún modo
de compensar esto", le dije, "para que el tiempo no transcurra
perdido". Y él: "Mira que en ello pienso".
"Hijo mío, dentro de estas rocas",
comenzó luego a decir, "hay tres círculos pequeños
de grado en grado, como los que dejas atrás.
Todos están llenos de espíritus malditos;
pero para que después te baste solo la vista,
entiende cómo y por qué están encerrados.
De toda malicia que adquiere odio en el cielo,
la injuria es el fin, y todo fin semejante
contrista a otros con fuerza o con fraude.
Pero porque el fraude es mal propio del hombre,
desagrada más a Dios; y por eso están más abajo
los fraudulentos, y más dolor los asalta.
El primer círculo es todo de violentos;
pero porque se hace violencia a tres personas,
está dividido y construido en tres recintos.
A Dios, a sí mismo, al prójimo se puede
hacer violencia, digo en ellos y en sus cosas,
como oirás con razón clara.
Muerte violenta y heridas dolorosas
se dan al prójimo, y en sus bienes
ruinas, incendios y extorsiones dañinas;
por eso homicidas y todo el que hiere con maldad,
saqueadores y ladrones, a todos atormenta
el primer recinto en diversas bandas.
Puede el hombre usar mano violenta contra sí mismo
y contra sus bienes; y por eso en el segundo
recinto conviene que sin provecho se arrepienta
todo el que se priva a sí mismo de vuestro mundo,
juega y dilapida su fortuna,
y llora donde debería estar alegre.
Puede hacerse violencia a la divinidad,
negándola y blasfemándola con el corazón,
y despreciando la naturaleza y su bondad;
y por eso el recinto menor sella
con su marca a Sodoma y Cahors
y a quien, despreciando a Dios con el corazón, habla.
El fraude, del que toda conciencia es mordida,
puede el hombre usarlo en quien confía en él
y en aquel que no guarda confianza.
Este último modo parece que solo corta
el vínculo de amor que hace la naturaleza;
por eso en el segundo círculo anidan
hipocresía, lisonjas y quien hechiza,
falsedad, latrocinio y simonía,
alcahuetes, estafadores y similar inmundicia.
Por el otro modo se olvida aquel amor
que hace la naturaleza, y el que luego se añade,
del que nace la confianza especial;
por eso en el círculo menor, donde está el punto
del universo sobre el que Lucifer se sienta,
todo el que traiciona es consumido eternamente".
Y yo: "Maestro, muy clara procede
tu razón, y muy bien distingue
este abismo y el pueblo que posee.
Pero dime: aquellos de la laguna cenagosa,
que lleva el viento, y que golpea la lluvia,
y que se encuentran con lenguas tan ásperas,
¿por qué no dentro de la ciudad roja
son castigados, si Dios los tiene en ira?
¿y si no los tiene, por qué están de tal manera?".
Y él a mí: "¿Por qué tanto delira",
dijo, "tu ingenio de lo que acostumbra?
¿o acaso la mente mira hacia otra parte?
¿No recuerdas aquellas palabras
con las que tu Ética trata
las tres disposiciones que el cielo no quiere,
incontinencia, malicia y la loca
bestialidad? ¿y cómo la incontinencia
ofende menos a Dios y menos censura atrae?
Si consideras bien esta sentencia,
y traes a la mente quiénes son aquellos
que allá arriba afuera sufren penitencia,
verás bien por qué de estos malvados
están separados, y por qué menos enojada
la venganza divina los martilla".
"Oh sol que sanas toda vista turbada,
tanto me contentas cuando resuelves,
que no menos que saber, dudar me agrada.
Vuélvete todavía un poco atrás",
dije, "allí donde dices que la usura ofende
la bondad divina, y desata ese nudo".
"La Filosofía", me dijo, "a quien la entiende,
señala, no solo en una parte,
cómo la naturaleza toma su curso
del intelecto divino y de su arte;
y si observas bien tu Física,
encontrarás, no después de muchas páginas,
que vuestro arte, en cuanto puede,
sigue a aquella, como el discípulo al maestro;
así que vuestro arte es como nieta de Dios.
De estas dos, si traes a la memoria
el Génesis desde el principio, conviene
tomar sustento y hacer progresar a la gente;
y porque el usurero sigue otro camino,
desprecia la naturaleza en sí misma y en su seguidora,
pues pone su esperanza en otra cosa.
Pero sígueme ahora que me place caminar;
pues los Peces ya saltan por el horizonte,
y el Carro yace todo sobre el Cierzo,
y el despeñadero se desciende más allá".
Canto12
Era el lugar donde debíamos bajar por la ladera
escarpado y, por lo que también había allí,
tal que cualquier mirada lo rehuiría.
Como aquel derrumbe que en la ladera
de este lado de Trento golpeó el Adigio,
ya por terremoto o por falta de sostén,
que desde la cima del monte, de donde se desprendió,
hasta el llano la roca cayó tan despeñada
que daría algún paso a quien estuviera arriba:
así era el descenso de aquel barranco;
y en la punta de la roca rota
yacía extendida la infamia de Creta
que fue concebida en la falsa vaca;
y cuando nos vio, se mordió a sí mismo,
como quien es destrozado por dentro por la ira.
Mi sabio le gritó: "Tal vez
crees que aquí está el duque de Atenas,
que allá en el mundo te dio muerte?
Vete, bestia, que este no viene
adiestrado por tu hermana,
sino que va a ver vuestras penas".
Como aquel toro que se suelta en el instante
en que ya ha recibido el golpe mortal,
que no sabe ir, sino que salta de un lado a otro,
vi yo al Minotauro hacer lo mismo;
y aquel astuto gritó: "Corre al paso;
mientras está furioso, es bueno que bajes".
Así tomamos el camino abajo por el desprendimiento
de aquellas piedras, que a menudo se movían
bajo mis pies por la nueva carga.
Yo iba pensando; y él dijo: "Piensas
tal vez en esta ruina, que está guardada
por aquella ira bestial que ahora apagué.
Ahora quiero que sepas que la otra vez
que descendí aquí abajo al bajo infierno,
esta roca aún no había caído.
Pero ciertamente poco antes, si bien distingo,
de que viniera aquel que la gran presa
levantó de Dite del círculo supremo,
por todas partes el alto valle inmundo
tembló tanto, que pensé que el universo
sentía amor, por el cual hay quien crea
que muchas veces el mundo en caos se convirtió;
y en aquel momento esta roca vieja,
aquí y en otros sitios, hizo tal derrumbe.
Pero fija los ojos hacia el valle, porque se acerca
el río de sangre en el cual hierve
quien por violencia daña a otro".
Oh ciega codicia e ira loca,
que tanto nos espolea en la vida corta,
y en la eterna luego tan mal nos empapa!
Yo vi una ancha fosa en arco curvada,
como aquella que todo el llano abarca,
según había dicho mi guía;
y entre el pie de la ladera y ella, en hilera
corrían centauros, armados de flechas,
como solían en el mundo ir de caza.
Viéndonos bajar, cada uno se detuvo,
y de la tropa tres se apartaron
con arcos y dardos primero escogidos;
y uno gritó desde lejos: "A qué martirio
venís vosotros que descendéis la cuesta?
Decidlo desde ahí; si no, tiro el arco".
Mi maestro dijo: "La respuesta
la daremos a Quirón allá de cerca:
mal estuvo tu voluntad siempre tan impulsiva".
Luego me tocó, y dijo: "Aquel es Neso,
que murió por la bella Deyanira,
e hizo de sí mismo su venganza.
Y aquel del medio, que al pecho se mira,
es el gran Quirón, el cual crió a Aquiles;
aquel otro es Folo, que fue tan lleno de ira.
Alrededor del foso van de mil en mil,
asaeteando a cualquier alma que se eleva
de la sangre más de lo que su culpa le asignó".
Nos acercamos a aquellas fieras veloces:
Quirón tomó una flecha, y con la muesca
echó la barba hacia atrás en las quijadas.
Cuando hubo descubierto la gran boca,
dijo a sus compañeros: "¿Os habéis dado cuenta
de que el de atrás mueve lo que toca?
Así no suelen hacer los pies de los muertos".
Y mi buen guía, que ya estaba a su pecho,
donde las dos naturalezas se unen,
respondió: "Bien está vivo, y así solo
mostrarle debo el valle oscuro;
necesidad nos conduce aquí, y no placer.
Una que dejó de cantar aleluya
me encomendó este oficio nuevo:
no es ladrón, ni yo alma fugitiva.
Pero por aquella virtud por la que muevo
mis pasos por tan salvaje camino,
danos uno de los tuyos, a quien acompañemos,
y que nos muestre dónde se vadea,
y que lleve a este en su grupa,
que no es espíritu que por el aire vaya".
Quirón se volvió sobre la grupa derecha,
y dijo a Neso: "Vuelve, y guíalos,
y haz que se aparte si otra tropa se os cruza".
Ahora nos movimos con la escolta fiel
a lo largo de la orilla del hervor bermejo,
donde los hervidos daban altos gritos.
Vi gente hundida hasta las cejas;
y el gran centauro dijo: "Son tiranos
que se lanzaron sobre la sangre y sobre los bienes.
Aquí lloran los despiadados daños;
aquí está Alejandro, y Dionisio feroz
que hizo que Sicilia tuviera años dolorosos.
Y aquella frente que tiene el pelo tan negro,
es Ezzelino; y aquel otro que es rubio,
es Obizzo de Este, el cual en verdad
fue muerto por su hijastro allá en el mundo".
Entonces me volví al poeta, y él dijo:
"Este sea ahora el primero para ti, y yo el segundo".
Poco más adelante el centauro se detuvo
sobre una gente que hasta la garganta
parecía que de aquel hervidero saliera.
Nos mostró una sombra apartada a un lado,
diciendo: "Aquel hendió en el seno de Dios
el corazón que en el Támesis aún se venera".
Luego vi gente que fuera del río
tenían la cabeza y aun todo el torso;
y de estos muchos reconocí.
Así cada vez más se hacía bajo
aquella sangre, de modo que solo cubría los pies;
y de allí fue nuestro paso del foso.
"Así como ves de esta parte
el hervidero que siempre decrece",
dijo el centauro, "quiero que creas
que de esta otra cada vez más hondo aprieta
el fondo suyo, hasta que se reúne
donde la tiranía conviene que gima.
La divina justicia aquí castiga
a aquel Atila que fue azote en la tierra,
y a Pirro y a Sexto; y eternamente exprime
las lágrimas, que con el hervor arranca,
a Raniero de Corneto, a Raniero Pazzo,
que hicieron a los caminos tanta guerra".
Luego se volvió y cruzó de nuevo el vado.
Canto13
Neso aún no había llegado a la otra orilla
cuando nosotros nos metimos por un bosque
que no estaba marcado por ningún sendero.
No había follaje verde, sino de color oscuro;
no ramas lisas, sino nudosas y retorcidas;
no había frutos, sino espinas con veneno.
No tienen matorrales tan ásperos ni tan espesos
aquellas fieras salvajes que odian
entre Cecina y Corneto los lugares cultivados.
Aquí las repugnantes Arpías hacen sus nidos,
las que expulsaron de las Estrofadas a los troyanos
con triste anuncio de daño futuro.
Tienen alas anchas, y cuellos y rostros humanos,
patas con garras, y el gran vientre cubierto de plumas;
lanzan lamentos sobre los árboles extraños.
Y el buen maestro: "Antes de que entres más,
debes saber que estás en el segundo recinto",
empezó a decirme, "y estarás aquí hasta
que llegues al horrible arenal.
Por eso mira bien; así verás
cosas que quitarían credibilidad a mis palabras".
Yo sentía por todas partes lamentos
y no veía a nadie que los emitiera;
por lo que, totalmente desconcertado, me detuve.
Creo que él creyó que yo creía
que tantas voces salían, entre aquellas ramas,
de gente que se escondía de nosotros.
Por eso dijo el maestro: "Si quiebras
alguna ramita de una de estas plantas,
los pensamientos que tienes se verán truncados".
Entonces extendí la mano un poco hacia adelante
y arranqué una ramita de un gran espino;
y su tronco gritó: "¿Por qué me desgarras?".
Después de que se volvió de sangre oscura,
volvió a decir: "¿Por qué me mutilas?
¿no tienes ni un poco de piedad?
Fuimos hombres, y ahora somos convertidos en arbustos:
bien debería ser tu mano más piadosa,
aunque hubiéramos sido almas de serpientes".
Como de un leño verde que arde
por un extremo, mientras del otro gime
y silba por el viento que sale,
así de la astilla rota salían juntas
palabras y sangre; por lo que dejé caer la punta
y me quedé como el hombre que tiene miedo.
"Si él hubiera podido creer antes",
respondió mi sabio maestro, "alma herida,
lo que ha visto solo a través de mi poema,
no habría extendido la mano contra ti;
pero la cosa increíble me hizo
inducirlo a un acto que a mí mismo me pesa.
Pero dile quién fuiste, para que a modo
de compensación él refresque tu fama
en el mundo de arriba, adonde le está permitido volver".
Y el tronco: "Tanto me seduces con el dulce hablar,
que no puedo callar; y que no os pese
que yo me enrede un poco en hablar.
Yo soy el que tuve ambas llaves
del corazón de Federico, y las giré,
cerrando y abriendo, con tanta suavidad,
que de su secreto aparté a casi todos;
mantuve fidelidad al glorioso oficio,
tanto que perdí el sueño y las fuerzas.
La meretriz que nunca del palacio
de César apartó los ojos obscenos,
muerte común y vicio de las cortes,
inflamó contra mí todos los ánimos;
y los inflamados inflamaron tanto a Augusto,
que los honores alegres se tornaron en tristes lutos.
Mi ánimo, por gusto desdeñoso,
creyendo con la muerte huir del desdén,
me hizo injusto contra mí mismo que era justo.
Por las nuevas raíces de este árbol
os juro que jamás rompí la fidelidad
a mi señor, que fue tan digno de honor.
Y si alguno de vosotros regresa al mundo,
conforte mi memoria, que yace
aún por el golpe que la envidia le dio".
Esperó un poco, y luego: "Ya que él se calla",
me dijo el poeta, "no pierdas la ocasión;
habla, y pregúntale, si más te place".
Y yo a él: "Pregúntale tú todavía
aquello que crees que me satisfará;
que yo no podría, tanta piedad me oprime el corazón".
Por eso él volvió a empezar: "Para que el hombre te haga
libremente lo que tu palabra pide,
espíritu encarcelado, te ruego todavía
que nos digas cómo el alma se ata
en estos nudos; y dinos, si puedes,
si alguna vez alguna de estos miembros se libera".
Entonces el tronco sopló fuerte, y luego
se convirtió aquel viento en tal voz:
"Brevemente os será respondido.
Cuando se separa el alma feroz
del cuerpo del que ella misma se ha arrancado,
Minos la manda a la séptima fosa.
Cae en la selva, y no se le elige lugar;
sino que allí donde la fortuna la lanza,
germina como grano de espelta.
Brota en vástago y en planta silvestre:
las Arpías, alimentándose luego de sus hojas,
causan dolor, y al dolor ventana.
Como las otras vendremos por nuestros despojos,
pero no para que alguna se los ponga,
porque no es justo tener lo que uno se quitó.
Aquí los arrastraremos, y por la selva
triste estarán nuestros cuerpos colgados,
cada uno del espino de su sombra molesta".
Estábamos aún atentos al tronco,
creyendo que quisiera decirnos algo más,
cuando fuimos sorprendidos por un estruendo,
como aquel que siente venir
al jabalí y la cacería hacia su puesto,
que oye a las bestias y las ramas agitarse.
Y he aquí dos por el lado izquierdo,
desnudos y arañados, huyendo tan fuerte,
que rompían toda maleza del bosque.
El de delante: "¡Ven corriendo, corriendo, muerte!".
Y el otro, a quien le parecía ir demasiado lento,
gritaba: "¡Lano, no fueron tan veloces
tus piernas en las justas del Toppo!".
Y luego, como quizás le faltaba el aliento,
de sí mismo y de un matorral hizo un ovillo.
Detrás de ellos estaba la selva llena
de perras negras, ávidas y veloces
como galgos que salieran de la cadena.
En el que se escondió hundieron los dientes,
y lo despedazaron trozo a trozo;
luego se llevaron aquellos miembros dolientes.
Me tomó entonces mi guía de la mano,
y me llevó al matorral que lloraba
por las roturas sangrantes en vano.
"Oh Jacobo", decía, "de Santo Andrea,
¿de qué te ha servido hacerme escudo?
¿qué culpa tengo yo de tu vida malvada?".
Cuando el maestro se detuvo junto a él,
dijo: "¿Quién fuiste, que por tantas heridas
exhalas con sangre doloroso sermón?".
Y él a nosotros: "Oh almas que habéis llegado
a ver el ultraje deshonesto
que ha separado así mis frondas de mí,
recogedlas al pie del triste arbusto.
Yo fui de la ciudad que en el Bautista
cambió al primer patrón; por lo que él por esto
siempre con su arte la hará triste;
y si no fuera que en el paso del Arno
queda aún de él alguna imagen,
aquellos ciudadanos que luego la refundaron
sobre la ceniza que de Atila quedó,
habrían trabajado en vano.
Yo hice horca para mí de mi propia casa".
Canto14
Cuando el amor por mi tierra natal
me conmovió, reuní las hojas dispersas
y se las devolví a quien ya estaba desfallecido.
De allí llegamos al límite donde se separa
el segundo recinto del tercero, y donde
se ve el horrible arte de la justicia.
Para manifestar bien estas cosas nuevas,
digo que llegamos a una llanura
que arranca de su lecho toda planta.
El doloroso bosque la rodea como guirnalda,
igual que el foso triste rodea al bosque;
aquí detuvimos nuestros pasos en el borde mismo.
El espacio era una arena árida y espesa,
no de otra forma hecha que aquella
que fue pisada por los pies de Catón.
Oh venganza de Dios, cuánto debes
ser temida por todo el que lee
lo que se manifestó a mis ojos.
Vi muchos rebaños de almas desnudas
que lloraban todas muy miserablemente,
y parecía que se les aplicaba distinta ley.
Alguna gente yacía boca arriba en tierra,
alguna se sentaba toda encogida,
y otra andaba continuamente.
La que iba alrededor era más numerosa,
y la que yacía en el tormento era menos,
pero tenía la lengua más suelta para el dolor.
Sobre toda la arena, con caída lenta,
llovían anchos copos de fuego,
como de nieve en un monte sin viento.
Como Alejandro en aquellas partes calientes
de India vio sobre su ejército
llamas caer hasta el suelo compactas,
y por eso ordenó pisotear el suelo
con sus tropas, para que el vapor
se apagara mejor mientras estaba solo:
así descendía el eterno ardor;
de donde la arena se encendía, como yesca
bajo el pedernal, para duplicar el dolor.
Sin descanso jamás era la danza
de las míseras manos, de aquí y de allá
sacudiéndose de sí la quemadura reciente.
Yo comencé: "Maestro, tú que vences
todas las cosas, excepto los demonios duros
que a la entrada de la puerta salieron contra nosotros,
¿quién es aquel grande que no parece que le importe
el incendio y yace desdeñoso y retorcido,
de modo que la lluvia no parece que lo ablande?".
Y aquel mismo, que se dio cuenta
de que yo preguntaba a mi guía por él,
gritó: "Tal como fui vivo, tal soy muerto.
Aunque Júpiter canse a su herrero de quien
airado tomó el rayo agudo
con que fui herido en mi último día;
o aunque canse a los otros uno tras otro
en Mongibelo en la negra fragua,
llamando '¡Buen Vulcano, ayuda, ayuda!',
como hizo en la batalla de Flegra,
y me lance sus rayos con toda su fuerza:
no podría tener venganza alegre".
Entonces mi guía habló con tal fuerza
que nunca lo había oído tan fuerte:
"Oh Capaneo, en eso de que no se apaga
tu soberbia, estás más castigado;
ningún martirio, fuera de tu rabia,
sería para tu furor dolor adecuado".
Después se volvió a mí con mejor semblante,
diciendo: "Ese fue uno de los siete reyes
que sitiaron Tebas; y tuvo y parece que tiene
a Dios en desdén, y poco parece que lo valora;
pero, como le dije, sus desprecios
son a su pecho adornos muy apropiados.
Ahora ven detrás de mí, y cuida de no poner
todavía los pies en la arena abrasadora;
sino mantén siempre los pies pegados al bosque".
En silencio llegamos donde brota
fuera del bosque un pequeño riachuelo,
cuyo rojor todavía me estremece.
Como del Bulicame sale un arroyo
que luego se reparten entre ellas las pecadoras,
así por la arena bajaba aquel.
Su fondo y ambas orillas
estaban hechos de piedra, y los bordes a los lados;
por lo que me di cuenta de que el paso era posible.
"Entre todo lo demás que te he mostrado,
desde que entramos por la puerta
cuyo umbral a nadie es negado,
nada fue visto por tus ojos
tan notable como es el presente río,
que apaga sobre sí todas las llamas".
Estas palabras fueron de mi guía;
por lo que le rogué que me diera el alimento
del cual me había dado el deseo.
"En medio del mar yace una tierra arruinada",
dijo entonces, "que se llama Creta,
bajo cuyo rey fue un tiempo el mundo casto.
Hay allí una montaña que un tiempo fue alegre
de agua y de hojas, que se llamó Ida;
ahora está desierta como cosa gastada.
Rea la escogió un día como cuna segura
de su hijo, y para ocultarlo mejor,
cuando lloraba, hacía que allí gritaran.
Dentro del monte está erguido un gran viejo,
que tiene vueltas las espaldas hacia Damieta
y mira a Roma como su espejo.
Su cabeza está formada de oro fino,
y plata pura son los brazos y el pecho,
luego es de cobre hasta la entrepierna;
de allí abajo es todo hierro escogido,
salvo que el pie derecho es tierra cocida;
y se apoya en ese, más que en el otro, erguido.
Cada parte, excepto el oro, está rota
por una grieta que gotea lágrimas,
las cuales, reunidas, horadan aquella gruta.
Su curso se despeña en este valle;
forman Aqueronte, Estigia y Flegetonte;
después bajan por este estrecho canal,
hasta allí donde ya no se puede descender más,
forman Cocito; y cuál sea ese estanque
tú lo verás, por eso aquí no se cuenta".
Y yo a él: "Si el presente riachuelo
se deriva así de nuestro mundo,
¿por qué nos aparece solo en este borde?".
Y él a mí: "Tú sabes que el lugar es redondo;
y aunque tú hayas venido mucho,
siempre a la izquierda, bajando hacia el fondo,
no has dado todavía la vuelta completa al círculo;
por lo que, si algo nos aparece nuevo,
no debe traer maravilla a tu rostro".
Y yo otra vez: "Maestro, ¿dónde se encuentra
Flegetonte y Leteo? Pues de uno callas,
y del otro dices que se forma de esta lluvia".
"En todas tus preguntas ciertamente me complaces",
respondió, "pero el hervor del agua roja
debía resolver bien una de las que haces.
Leteo lo verás, pero fuera de este foso,
allí donde van las almas a lavarse
cuando la culpa arrepentida es quitada".
Después dijo: "Ya es tiempo de apartarse
del bosque; haz que vengas detrás de mí:
los bordes hacen camino, que no están quemados,
y sobre ellos todo vapor se apaga".
Canto15
Ahora nos lleva uno de los duros bordes;
y el humo del arroyo hace sombra por encima,
de modo que el fuego no alcanza el agua ni los diques.
Como los flamencos entre Wissant y Brujas,
temiendo la marea que se lanza contra ellos,
levantan un muro para que el mar retroceda;
y como los paduanos a lo largo del Brenta,
para defender sus pueblos y sus castillos,
antes de que el Carентana sienta el calor:
así estaban hechos aquellos,
aunque ni tan altos ni tan gruesos,
quienquiera que fuese, el maestro los hizo.
Ya nos habíamos alejado tanto del bosque
que yo no habría visto dónde estaba,
aunque me hubiera vuelto atrás,
cuando nos encontramos con un grupo de almas
que venían por el dique, y cada una
nos miraba como suele al anochecer
mirarse uno a otro bajo la luna nueva;
y así hacia nosotros aguzaban las cejas
como el viejo sastre hace con la aguja.
Así observado por tal familia,
fui reconocido por uno, que me agarró
del borde y gritó: "¡Qué maravilla!".
Y yo, cuando él extendió su brazo hacia mí,
clavé los ojos en su aspecto cocido,
de modo que el rostro quemado no impidió
que mi mente lo reconociera;
y bajando mi mano a su cara,
respondí: "¿Estáis vos aquí, ser Brunetto?".
Y él: "Oh hijo mío, no te moleste
si Brunetto Latino un poco contigo
vuelve atrás y deja ir la fila".
Yo le dije: "Cuanto puedo, os lo ruego;
y si queréis que me siente con vos,
lo haré, si le place a este con quien voy".
"Oh hijo", dijo, "cualquiera de este rebaño
que se detenga un momento, yace luego cien años
sin abanicarse cuando el fuego lo golpea.
Por eso sigue adelante: yo iré junto a tu ropa;
y luego me reuniré con mi grupo,
que va llorando sus eternos daños".
Yo no me atrevía a bajar del camino
para ir a su lado; pero la cabeza inclinada
mantenía como quien va reverente.
Él empezó: "¿Qué fortuna o destino
antes del último día te trae aquí abajo?
¿y quién es este que muestra el camino?".
"Allá arriba, en la vida serena",
le respondí, "me perdí en un valle,
antes de que mi edad estuviera completa.
Apenas ayer por la mañana le di la espalda:
este me apareció, volviendo yo a ella,
y me conduce a casa por este sendero".
Y él a mí: "Si sigues tu estrella,
no puedes fallar a un puerto glorioso,
si bien me di cuenta en la vida bella;
y si yo no hubiera muerto tan pronto,
viendo el cielo tan benigno contigo,
te habría dado consuelo en la obra.
Pero aquel pueblo ingrato y maligno
que descendió de Fiesole desde antiguo,
y todavía conserva algo del monte y la roca,
se te hará, por tu buen hacer, enemigo;
y es razón, porque entre los agrios serbales
no conviene que fructifique la dulce higuera.
Vieja fama en el mundo los llama ciegos;
gente avara, envidiosa y soberbia:
de sus costumbres procura limpiarte.
Tu fortuna tanto honor te guarda,
que una parte y la otra tendrán hambre
de ti; pero lejos estará la hierba del pico.
Hagan las bestias fiesolanas estiércol
de sí mismas, y no toquen la planta,
si alguna surge todavía en su estiércol,
en la que reviva la semilla santa
de aquellos romanos que quedaron allí cuando
se hizo el nido de tanta malicia".
"Si estuviera todo cumplido mi deseo",
le respondí, "vos no estaríais todavía
de la naturaleza humana desterrado;
porque en mi mente está fija, y ahora me duele,
la cara y buena imagen paterna
de vos cuando en el mundo hora tras hora
me enseñabais cómo el hombre se eterniza:
y cuánto lo agradezco, mientras viva
conviene que en mi lengua se distinga.
Lo que contáis de mi curso escribo,
y lo guardo para glosarlo con otro texto
ante una mujer que sabrá, si llego a ella.
Tanto quiero que os sea manifiesto,
con tal de que mi conciencia no me reproche,
que a la Fortuna, como quiera, estoy dispuesto.
No es nueva a mis oídos tal prenda:
por eso gire la Fortuna su rueda
como le plazca, y el campesino su azada".
Mi maestro entonces sobre la mejilla
derecha se volvió atrás y me miró;
luego dijo: "Bien escucha quien lo anota".
Ni por eso dejo de seguir hablando
con ser Brunetto, y pregunto quiénes son
sus compañeros más conocidos y más grandes.
Y él a mí: "Saber de alguno está bien;
de los otros será laudable callarnos,
porque el tiempo sería corto para tanto nombre.
En suma sabe que todos fueron clérigos
y literatos grandes y de gran fama,
de un mismo pecado en el mundo manchados.
Prisciano va con aquella turba miserable,
y Francisco de Acorso también; y verías,
si hubieras tenido ganas de tal roña,
a aquel que por el siervo de los siervos
fue trasladado del Arno al Bachiglione,
donde dejó los nervios mal tensados.
De más diría; pero el venir y el hablar
no puede ser más largo, porque veo
allá surgir nuevo humo de la arena.
Viene gente con la cual no debo estar.
Te sea encomendado mi Tesoro,
en el cual yo vivo todavía, y no pido más".
Luego se dio vuelta, y pareció de aquellos
que corren en Verona el paño verde
por el campo; y pareció de estos
el que vence, no el que pierde.
Canto16
Ya estaba en el lugar donde se oía el estruendo
del agua que caía en el otro círculo,
parecido al zumbido que hacen las colmenas,
cuando tres sombras juntas se apartaron,
corriendo, de una turba que pasaba
bajo la lluvia del áspero martirio.
Venían hacia nosotros, y cada una gritaba:
"Detente tú que por el vestido nos pareces
ser alguien de nuestra tierra depravada".
Ay, qué heridas vi en sus miembros,
recientes y viejas, por las llamas quemadas.
Aún me duele solo recordarlo.
A sus gritos mi maestro prestó atención;
volvió el rostro hacia mí, y "Ahora espera",
dijo, "a estos hay que tratarlos con cortesía.
Y si no fuera el fuego que lanza
la naturaleza del lugar, yo diría
que más te convendría a ti la prisa que a ellos".
Reanudaron, cuando nos detuvimos, ellos
el antiguo verso; y cuando llegaron a nosotros,
formaron una rueda de sí mismos los tres.
Como suelen hacer los luchadores desnudos y untados,
buscando su agarre y su ventaja,
antes de golpearse y herirse entre ellos,
así girando, cada uno el rostro
dirigía hacia mí, de modo que en sentido contrario el cuello
hacía a los pies continuo viaje.
Y "Si la miseria de este lugar cenagoso
nos vuelve despreciables a nosotros y nuestros ruegos",
comenzó uno, "y el aspecto tiznado y chamuscado,
que nuestra fama incline tu ánimo
a decirnos quién eres, tú que los pies vivos
tan seguro por el infierno arrastras.
Este, cuyas huellas ves que piso,
aunque vaya desnudo y sin pelo,
fue de mayor rango de lo que crees:
nieto fue de la buena Gualdrada;
Guido Guerra tuvo por nombre, y en su vida
hizo mucho con el juicio y con la espada.
El otro, que junto a mí la arena tritura,
es Tegghiaio Aldobrandi, cuya voz
en el mundo de arriba debería ser apreciada.
Y yo, que estoy puesto con ellos en esta cruz,
Jacopo Rusticucci fui, y ciertamente
la fiera esposa más que otra cosa me daña".
Si hubiera estado protegido del fuego,
me habría arrojado entre ellos abajo,
y creo que el maestro lo habría permitido;
pero como me habría abrasado y cocido,
venció el miedo a mi buena voluntad
que de abrazarlos me hacía ávido.
Entonces comencé: "No desprecio, sino dolor
vuestra condición dentro de mí clavó,
tanto que tarde del todo se desprende,
en cuanto este mi señor me dijo
palabras por las cuales yo pensé
que gente como vosotros vendría.
De vuestra tierra soy, y siempre
la obra vuestra y los nombres honrados
con afecto recordé y escuché.
Dejo la hiel y voy por dulces frutos
prometidos a mí por el guía veraz;
pero hasta el centro antes conviene que caiga".
"Que largamente el alma conduzca
tus miembros", respondió aquel todavía,
"y que tu fama después de ti brille,
cortesía y valor di si permanecen
en nuestra ciudad como solían,
o si del todo se han ido fuera;
pues Guillermo Borsiere, que se lamenta
con nosotros hace poco y va allá con los compañeros,
mucho nos atormenta con sus palabras".
"La gente nueva y las ganancias súbitas
orgullo y desmesura han generado,
Florencia, en ti, de modo que ya lloras por ello".
Así grité con la cara levantada;
y los tres, que eso entendieron por respuesta,
se miraron uno al otro como se mira a la verdad.
"Si las otras veces tan poco te cuesta",
respondieron todos, "el satisfacer a otros,
feliz tú si así hablas a tu gusto.
Por eso, si sales de estos lugares oscuros
y vuelves a ver las bellas estrellas,
cuando te plazca decir 'Yo estuve',
haz que de nosotros a la gente hables".
Luego rompieron la rueda, y al huir
alas parecieron sus piernas veloces.
Un amén no habría podido decirse
tan pronto como ellos desaparecieron;
por lo que al maestro le pareció partir.
Yo lo seguía, y poco habíamos andado,
cuando el sonido del agua nos era tan cercano,
que para hablar apenas habríamos sido oídos.
Como aquel río que tiene propio camino
primero desde el Monte Viso hacia levante,
por la ladera izquierda del Apenino,
que se llama Acquacheta arriba, antes
de que descienda al lecho bajo,
y en Forlí de ese nombre carece,
retumba allá sobre San Benedetto
del Alpe por caer en una cascada
donde debía para mil haber refugio;
así, abajo de una roca escarpada,
encontramos resonar aquella agua oscura,
de modo que en poco tiempo habría ofendido el oído.
Yo tenía una cuerda ceñida alrededor,
y con ella pensé alguna vez
atrapar a la pantera de piel pintada.
Después de haberla desatado toda de mí,
tal como el guía me había mandado,
se la tendí anudada y enrollada.
Entonces él se volvió hacia el lado derecho,
y algo lejos de la orilla
la arrojó abajo a aquel profundo barranco.
'Seguro que alguna novedad responderá',
decía entre mí mismo, 'a la nueva señal
que el maestro con el ojo así secunda'.
Ah, cuán cautos deben ser los hombres
junto a quienes no ven solo la obra,
sino que dentro de los pensamientos miran con juicio.
Él me dijo: "Pronto vendrá de arriba
lo que yo espero y lo que tu pensamiento imagina;
pronto conviene que a tu vista se descubra".
Siempre ante esa verdad que tiene cara de mentira
debe el hombre cerrar los labios cuanto pueda,
porque sin culpa causa vergüenza;
pero aquí callar no puedo; y por los versos
de esta comedia, lector, te juro,
si no han de ser de larga gracia vacíos,
que vi por aquel aire denso y oscuro
venir nadando una figura hacia arriba,
asombrosa para todo corazón seguro,
tal como vuelve quien baja
a veces a soltar el ancla que se engancha
en escollo o algo que en el mar está oculto,
que arriba se estira y abajo se encoge.
Canto17
"Aquí está la fiera de cola puntiaguda,
que traspasa montañas y derriba muros y armas.
Aquí está la que infecta al mundo entero".
Así comenzó mi guía a hablarme;
y le hizo señas de que viniera a la orilla,
cerca del final de las piedras por las que habíamos caminado.
Y aquella sucia imagen del fraude
se acercó, y llegó con la cabeza y el pecho,
pero no sacó la cola sobre la orilla.
Su cara era cara de hombre justo,
tan benignos tenía los rasgos exteriores,
y de serpiente todo el resto del cuerpo;
tenía dos patas peludas hasta las axilas;
el lomo y el pecho y ambos costados
los tenía pintados de nudos y de círculos.
Con más colores, en trama y superpuestos,
nunca hicieron telas tártaros ni turcos,
ni fueron tales tejidos tendidos por Aracne.
Como a veces están en la orilla las barcas,
que en parte están en el agua y en parte en tierra,
y como allá entre los alemanes glotones
el castor se acomoda para hacer su guerra,
así la pésima fiera estaba
en el borde que es de piedra y encierra la arena.
En el vacío toda su cola se agitaba,
retorciendo hacia arriba la venenosa horquilla
que como aguijón de escorpión armaba la punta.
El guía dijo: "Ahora conviene que tuerza
nuestro camino un poco hasta aquella
bestia malvada que allá se tiende".
Así que bajamos por la derecha,
y dimos diez pasos sobre el borde,
para evitar bien la arena y las llamas.
Y cuando llegamos hasta ella,
un poco más allá veo sobre la arena
gente sentada cerca del lugar vacío.
Aquí el maestro "Para que lleves
experiencia completa de este círculo",
me dijo, "ve y mira cómo se comportan.
Que tus palabras sean breves allí;
mientras vuelves, hablaré con esta,
para que nos conceda sus fuertes espaldas".
Así, de nuevo por el borde extremo
de aquel séptimo círculo completamente solo
fui, donde estaba sentada la gente afligida.
Por los ojos les estallaba el dolor;
de un lado y otro se socorrían con las manos,
ora contra los vapores, ora contra el suelo ardiente:
no de otra manera hacen en verano los perros,
ora con el hocico ora con la pata, cuando son mordidos
por pulgas o por moscas o por tábanos.
Después de que puse los ojos en el rostro de algunos,
sobre los que cae el fuego doloroso,
no reconocí a ninguno; pero me di cuenta
de que del cuello de cada uno colgaba una bolsa
que tenía cierto color y cierto emblema,
y de eso parece que se alimenta su mirada.
Y mientras mirando entre ellos avanzo,
en una bolsa amarilla vi azul
que tenía rostro y aspecto de león.
Luego, al proseguir el curso de mi mirada,
vi otra roja como sangre,
mostrando un ganso blanco más que mantequilla.
Y uno que de una cerda azul y gorda
tenía marcada su bolsita blanca,
me dijo: "¿Qué haces tú en esta fosa?
Ahora vete; y porque aún estás vivo,
sabe que mi vecino Vitaliano
se sentará aquí a mi lado izquierdo.
Con estos florentinos soy paduano:
muchas veces me aturden los oídos
gritando: '¡Que venga el caballero soberano,
que traerá la bolsa con tres cabrones!'".
Aquí torció la boca y sacó fuera
la lengua, como buey que se lame el hocico.
Y yo, temiendo que quedarme más lo molestara
a él que de poco quedarme me había advertido,
me volví atrás de las almas exhaustas.
Encontré a mi guía que ya había subido
encima del lomo del animal feroz,
y me dijo: "Ahora sé fuerte y valiente.
De ahora en adelante se desciende por estas escaleras;
monta delante, que yo quiero estar en medio,
para que la cola no pueda hacer daño".
Como aquel que tiene tan cerca el escalofrío
de la fiebre cuartana, que ya tiene las uñas pálidas,
y tiembla todo solo mirando la sombra,
así me volví ante las palabras dichas;
pero la vergüenza me hizo sus amenazas,
que ante un buen señor hace fuerte al siervo.
Me acomodé sobre aquellas espaldas;
quise decir, pero la voz no salió
como creí: "Haz que me abraces".
Pero él, que otras veces me socorrió
en otro peligro, tan pronto como monté
con los brazos me ciñó y me sostuvo;
y dijo: "Gerión, muévete ya:
los giros amplios, y que el descenso sea lento;
piensa en la nueva carga que tienes".
Como la navecilla sale de su lugar
hacia atrás, hacia atrás, así de allí se alejó;
y cuando se sintió del todo libre,
donde estaba el pecho, volvió la cola,
y teniéndola extendida, como anguila, la movió,
y con las patas recogía el aire hacia sí.
Mayor miedo no creo que hubiera
cuando Faetón abandonó las riendas,
por lo que el cielo, como aún se ve, se quemó;
ni cuando el desdichado Ícaro sintió
despegarse las plumas por la cera derretida,
gritándole el padre "¡Mal camino llevas!",
que fue el mío, cuando vi que estaba
en el aire por todas partes, y vi apagada
toda visión excepto la de la fiera.
Ella va nadando lenta, lenta;
gira y desciende, pero no me doy cuenta
sino por el viento que me da en la cara y desde abajo.
Ya sentía a la derecha el abismo
hacer debajo de nosotros un horrible estruendo,
por lo que con los ojos bajo la cabeza.
Entonces tuve más miedo del descenso,
porque vi fuegos y oí lamentos;
por lo que temblando todo me encojo.
Y vi entonces, pues no lo veía antes,
el descender y el girar por los grandes males
que se acercaban desde distintos lados.
Como el halcón que ha estado mucho tiempo en el aire,
que sin ver señuelo ni pájaro
hace decir al halconero "¡Ay, que bajas!",
desciende cansado de donde se movió veloz,
por cien giros, y se pone lejos
de su maestro, desdeñoso y hosco;
así nos puso al fondo Gerión
al pie mismo de la roca cortada,
y, descargadas nuestras personas,
se esfumó como flecha de la cuerda.
Canto18
Hay un lugar en el infierno llamado Malebolge,
todo de piedra de color herrumbroso,
como el círculo que lo rodea.
En el centro exacto del campo maligno
se abre un pozo muy ancho y profundo,
cuya estructura describiré en su momento.
El cinturón que queda, pues, es redondo
entre el pozo y el pie del alto acantilado duro,
y tiene el fondo dividido en diez valles.
Como allí donde para defensa de las murallas
varios fosos rodean los castillos,
y el lugar donde están reproduce esa figura,
tal imagen ofrecían aquellos;
y como en tales fortalezas desde sus umbrales
hasta la orilla exterior hay pequeños puentes,
así desde lo hondo de la roca unos peñascos
se extendían cortando los terraplenes y los fosos
hasta el pozo que los corta y recoge.
En este lugar, sacudidos del lomo
de Gerión, nos encontramos; y el poeta
tomó a la izquierda, y yo me moví detrás.
A mano derecha vi nueva aflicción,
nuevo tormento y nuevos azotadores,
de los que estaba repleto el primer foso.
En el fondo estaban desnudos los pecadores;
desde la mitad para acá venían hacia nosotros,
del otro lado iban con nosotros, pero con pasos más largos,
como los romanos por la gran muchedumbre,
el año del jubileo, sobre el puente
organizaron el paso de la gente,
de modo que de un lado todos tienen el frente
hacia el castillo y van a San Pedro,
del otro lado van hacia el monte.
De aquí, de allá, sobre la roca oscura
vi demonios cornudos con grandes látigos,
que los golpeaban cruelmente por detrás.
¡Ay, cómo les hacían levantar los talones
a los primeros golpes! Ya ninguno
esperaba los segundos ni los terceros.
Mientras yo iba, mis ojos en uno
chocaron; y yo enseguida dije:
"Ya no ayuno de ver a este".
Por lo que detuve los pies para observarlo;
y el dulce guía se detuvo conmigo,
y consintió que retrocediera un poco.
Y aquel azotado creyó ocultarse
bajando el rostro; pero poco le valió,
pues yo dije: "Oh tú que echas el ojo a tierra,
si los rasgos que llevas no son falsos,
tú eres Venedico Caccianemico.
Pero ¿qué te trae a salsas tan picantes?".
Y él a mí: "De mala gana lo digo;
pero me obliga tu clara manera de hablar,
que me hace recordar el mundo antiguo.
Yo fui quien a Ghisolabella
conduje a hacer la voluntad del marqués,
como quiera que suene la torpe historia.
Y no lloro yo solo aquí como boloñés;
antes bien este lugar está tan lleno,
que tantas lenguas no se enseñan ahora
a decir 'sipa' entre Sávena y Reno;
y si de esto quieres fe o testimonio,
tráete a la memoria nuestro corazón avaro".
Así hablando lo golpeó un demonio
con su látigo, y dijo: "¡Fuera,
alcahuete! aquí no hay mujeres que acuñar".
Me reuní con mi escolta;
luego con pocos pasos llegamos
allí donde un peñasco salía de la orilla.
Bastante ligeramente lo subimos;
y vueltos a la derecha sobre su cresta,
de aquellos círculos eternos nos apartamos.
Cuando llegamos allí donde se abre
por debajo para dar paso a los azotados,
el guía dijo: "Detente, y haz que hiera
tu vista en estos otros malnacidos,
a los cuales aún no viste la cara
porque han ido junto con nosotros".
Desde el viejo puente mirábamos la fila
que venía hacia nosotros del otro lado,
y que el látigo igualmente expulsa.
Y el buen maestro, sin que yo preguntara,
me dijo: "Mira a ese grande que viene,
y por dolor no parece derramar lágrimas:
¡cuánto aspecto real aún conserva!
Ese es Jasón, que por corazón y por ingenio
privó a los de Colcos del carnero.
Él pasó por la isla de Lemnos
después de que las atrevidas mujeres despiadadas
dieron muerte a todos sus varones.
Allí con gestos y con palabras ornadas
engañó a Hipsípila, la jovencita
que primero había engañado a todas las otras.
La dejó allí, embarazada, solita;
tal culpa a tal martirio lo condena;
y también de Medea se hace venganza.
Con él va quien de tal modo engaña;
y esto baste del primer valle
saber y de los que en sí mismo muerde".
Ya estábamos allí donde el estrecho camino
se cruza con el segundo terraplén,
y hace de aquel sostén para otro arco.
Desde allí oímos gente que se queja
en el otro foso y que resuella con el hocico,
y se golpea a sí misma con las palmas.
Las orillas estaban recubiertas de un moho,
por el aliento de abajo que allí se pega,
que con los ojos y con la nariz hacía guerra.
El fondo es tan profundo, que no nos basta
lugar para ver sin subir al lomo
del arco, donde el peñasco más sobresale.
Allí llegamos; y desde allí abajo en el foso
vi gente hundida en un excremento
que de las letrinas humanas parecía salido.
Y mientras yo allá abajo con el ojo busco,
vi a uno con la cabeza tan sucia de mierda,
que no se veía si era laico o clérigo.
Ese me gritó: "¿Por qué eres tú tan ávido
de mirar más a mí que a los otros sucios?".
Y yo a él: "Porque, si bien recuerdo,
ya te he visto con los cabellos secos,
y eres Alessio Interminei de Lucca:
por eso te miro más que a todos los otros".
Y él entonces, golpeándose la calabaza:
"Aquí abajo me han sumergido las adulaciones
de las que nunca tuve la lengua harta".
Después de esto el guía "Haz que empujes",
me dijo, "el rostro un poco más adelante,
de modo que la cara bien alcance con el ojo
de aquella sucia y desgreñada fulana
que allá se rasca con las uñas mugrientas,
y ora se agazapa y ora está de pie.
Es Taide, la puta que respondió
a su amante cuando dijo '¿Tengo yo gracias
grandes ante ti?': '¡Antes bien maravillosas!'.
Y de aquí queden nuestras vistas saciadas".
Canto19
Oh Simón mago, oh miserables seguidores
que las cosas de Dios, que de bondad
deben ser esposas, vosotros rapaces
por oro y por plata prostituís,
ahora conviene que por vosotros suene la trompeta,
porque en la tercera fosa estáis.
Ya estábamos, en la siguiente tumba,
subidos del peñasco en aquella parte
que justo sobre el medio del foso cae a plomo.
Oh suprema sabiduría, cuánto es el arte
que muestras en el cielo, en la tierra y en el mundo del mal,
y cuán justo tu poder reparte!
Vi por las paredes y por el fondo
llena la piedra lívida de agujeros,
de un ancho todos y cada uno era redondo.
No me parecían menos amplios ni mayores
que los que hay en mi hermoso San Juan,
hechos para lugar de los bautizadores;
uno de los cuales, no hace muchos años,
rompí yo por uno que dentro se ahogaba:
y esto sea sello que a todo hombre desengañe.
Fuera de la boca a cada uno sobresalían
de un pecador los pies y las piernas
hasta la pantorrilla, y lo demás dentro estaba.
Las plantas estaban a todos encendidas ambas;
por lo que tan fuerte se agitaban las articulaciones,
que habrían roto cuerdas retorcidas y trenzadas.
Como suele el flamear de las cosas untadas
moverse solo por la extrema corteza,
así era allí desde los talones a las puntas.
"¿Quién es aquel, maestro, que se atormenta
agitándose más que los otros sus consortes",
dije yo, "y a quien más roja llama chupa?".
Y él a mí: "Si tú quieres que yo te lleve
allá abajo por aquella pendiente que más baja,
de él sabrás de sí y de sus males".
Y yo: "Tanto me place, cuanto a ti place:
tú eres señor, y sabes que no me aparto
de tu voluntad, y sabes lo que se calla".
Entonces llegamos sobre el cuarto malecón;
giramos y descendimos a mano izquierda
allá abajo en el fondo agujereado y estrecho.
El buen maestro aún de su cadera
no me dejó, hasta que me llevó al agujero
de aquel que se lamentaba con la pierna.
"Oh tú que tienes lo de arriba abajo,
alma triste como estaca clavada",
comencé yo a decir, "si puedes, habla".
Yo estaba como el fraile que confiesa
al pérfido asesino, que, después de hincado,
lo vuelve a llamar para que la muerte cese.
Y él gritó: "¿Ya estás ahí de pie,
ya estás ahí de pie, Bonifacio?
De varios años me mintió lo escrito.
¿Estás ya tan pronto saciado de aquellas riquezas
por las cuales no temiste tomar con engaño
a la bella dama, y luego hacerle ultraje?".
Tal me hice yo, como son los que están,
por no entender lo que les es respondido,
casi avergonzados, y responder no saben.
Entonces Virgilio dijo: "Dile pronto:
'No soy aquel, no soy aquel que crees'";
y yo respondí como me fue ordenado.
Por lo que el espíritu retorció todos los pies;
luego, suspirando y con voz de llanto,
me dijo: "Entonces ¿qué me pides?
Si de saber quién soy te importa tanto,
que por ello has recorrido la pendiente,
sabe que fui vestido del gran manto;
y verdaderamente fui hijo de la osa,
codicioso tanto por enriquecer a los oseznos,
que arriba el dinero y aquí a mí mismo metí en bolsa.
Debajo de mi cabeza están los otros empujados
que me precedieron simoniando,
por las fisuras de la piedra aplastados.
Allá abajo caeré yo también cuando
venga aquel que creí que tú eras,
cuando hice la súbita pregunta.
Pero más es el tiempo ya que los pies me arden
y que he estado así boca abajo,
que él no estará plantado con los pies rojos:
porque después de él vendrá de más fea obra,
de hacia poniente, un pastor sin ley,
tal que conviene que a él y a mí cubra.
Nuevo Jasón será, del que se lee
en los Macabeos; y como a aquel fue blando
su rey, así le será a él quien Francia rige".
No sé si aquí fui demasiado osado,
que le respondí en este metro:
"Ah, dime ahora: ¿cuánto tesoro quiso
Nuestro Señor en principio de san Pedro
antes de que pusiera las llaves en su poder?
Cierto no pidió sino 'Sígueme'.
Ni Pedro ni los otros tomaron de Matías
oro o plata, cuando fue sorteado
al lugar que perdió el alma malvada.
Por tanto quédate, que estás bien castigado;
y guarda bien la mal habida moneda
que te hizo ser contra Carlos osado.
Y si no fuera que aún me lo prohíbe
la reverencia de las supremas llaves
que tú tuviste en la vida feliz,
usaría palabras aún más graves;
porque vuestra avaricia el mundo entristece,
pisoteando a los buenos y elevando a los malvados.
De vosotros pastores se dio cuenta el Evangelista,
cuando aquella que se sienta sobre las aguas
fornicar con los reyes le fue vista;
aquella que con siete cabezas nació,
y de los diez cuernos tuvo argumento,
mientras virtud a su esposo plugo.
Hecho os habéis dios de oro y de plata;
¿y qué otra cosa hay de vosotros a los idólatras,
sino que ellos uno, y vosotros adoráis ciento?
¡Ay, Constantino, de cuánto mal fue madre,
no tu conversión, sino aquella dote
que de ti tomó el primer padre rico!".
Y mientras yo le cantaba tales notas,
o ira o conciencia que lo mordiese,
fuerte pateaba con ambas plantas.
Creo bien que a mi guía le agradó,
con tan contento semblante siempre escuchó
el son de las palabras verdaderas expresadas.
Por eso con ambos brazos me tomó;
y después de que todo me tuvo sobre el pecho,
remontó por el camino por donde descendió.
Ni se cansó de tenerme a sí apretado,
así me llevó sobre la cima del arco
que del cuarto al quinto malecón es paso.
Allí suavemente dejó la carga,
suave por el peñasco escabroso y empinado
que sería para las cabras duro paso.
Desde allí otro valle me fue descubierto.
Canto20
De un nuevo tormento debo hacer versos
y dar materia al canto vigésimo
de la primera canción, la de los sumergidos.
Ya estaba yo dispuesto por completo
a mirar dentro del fondo descubierto,
que se bañaba de llanto angustioso;
y vi gente por el valle redondo
venir, callando y llorando, al paso
que hacen las letanías en este mundo.
Cuando mi vista descendió más abajo en ellos,
milagrosamente apareció retorcido
cada uno entre el mentón y el principio del pecho,
pues desde los riñones se había vuelto el rostro,
y hacia atrás caminar les convenía,
porque mirar hacia delante les estaba quitado.
Quizá por fuerza de parálisis
se retorció así alguno del todo;
pero yo no lo vi, ni creo que sea posible.
Que Dios te deje, lector, sacar fruto
de tu lectura, ahora piensa por ti mismo
cómo yo podía mantener el rostro seco,
cuando nuestra imagen de cerca
vi tan torcida, que el llanto de los ojos
las nalgas mojaba por la hendidura.
Cierto que yo lloraba, apoyado en una de las rocas
del duro peñasco, de modo que mi escolta
me dijo: "¿Aún eres tú de los otros necios?
Aquí vive la piedad cuando está bien muerta;
¿quién es más malvado que aquel
que al juicio divino pasión aporta?
Levanta la cabeza, levanta, y mira a quién
se abrió a los ojos de los tebanos la tierra;
por lo que gritaban todos: '¿Dónde te desplomas,
Anfiarao? ¿por qué abandonas la guerra?'.
Y no dejó de desplomarse al valle
hasta Minos que a cada uno agarra.
Mira cómo ha hecho pecho de las espaldas;
porque quiso ver demasiado adelante,
hacia atrás mira y hace camino inverso.
Ve a Tiresias, que cambió de aspecto
cuando de macho se volvió hembra,
cambiándosele los miembros todos;
y antes, después, tuvo que golpear
las dos serpientes enroscadas, con la vara,
para recobrar las plumas masculinas.
Aronte es aquel que a su vientre se le pega,
que en los montes de Luni, donde labra
el carrarés que abajo habita,
tuvo entre los blancos mármoles la cueva
por morada; desde donde al mirar las estrellas
y el mar no le estaba la vista truncada.
Y aquella que cubre los pechos,
que tú no ves, con las trenzas sueltas,
y tiene de ese lado todo el vello,
Manto fue, que buscó por muchas tierras;
luego se instaló allí donde yo nací;
por lo que un poco me place que me escuches.
Después que su padre de la vida salió
y quedó esclava la ciudad de Baco,
esta anduvo gran tiempo por el mundo.
Arriba en la bella Italia yace un lago,
al pie de los Alpes que cierran Alemania
sobre el Tirol, que tiene el nombre de Benaco.
Por mil fuentes, creo, y más se baña
entre Garda y Val Camonica y Pennino
del agua que en dicho lago se estanca.
Hay un lugar en medio donde el trentino
pastor y el de Brescia y el veronés
podrían bendecir, si hicieran ese camino.
Se asienta Peschiera, hermoso y fuerte bastión
para enfrentar a brescíanos y bergamascos,
donde la orilla alrededor más desciende.
Allí conviene que caiga todo
lo que en el seno de Benaco no puede estar,
y se hace río abajo por verdes prados.
Tan pronto como el agua empieza a correr,
ya no Benaco, sino Mincio se llama
hasta Governolo, donde cae en el Po.
No ha corrido mucho, cuando encuentra una hondonada,
en la cual se extiende y se hace pantano;
y suele en verano a veces ser insalubre.
Por allí pasando la virgen cruel
vio tierra, en medio del pantano,
sin cultivo y de habitantes desnuda.
Allí, para huir de todo trato humano,
se detuvo con sus siervos a hacer sus artes,
y vivió, y allí dejó su cuerpo vano.
Los hombres luego que alrededor estaban dispersos
se reunieron en ese lugar, que era fuerte
por el pantano que tenía por todas partes.
Hicieron la ciudad sobre esos huesos muertos;
y por aquella que el lugar primero eligió,
Mantua la llamaron sin otra suerte.
Ya fueron sus gentes dentro más numerosas,
antes que la estupidez de Casalodi
de Pinamonte engaño recibiera.
Por eso te advierto que, si tú alguna vez oyes
originar mi tierra de otro modo,
que la verdad ninguna mentira defraude".
Y yo: "Maestro, tus razonamientos
me son tan ciertos y toman tan mi fe,
que los otros me serían carbones apagados.
Pero dime, de la gente que avanza,
si ves alguno digno de nota;
pues solo a eso mi mente vuelve".
Entonces me dijo: "Aquel que desde la mejilla
tiende la barba sobre las espaldas oscuras,
fue —cuando Grecia quedó de varones vacía,
de modo que apenas quedaron en las cunas—
augur, y dio la señal con Calcante
en Áulide para cortar la primera amarra.
Eurípilo tuvo por nombre, y así lo canta
mi alta tragedia en algún lugar:
bien lo sabes tú que la sabes toda entera.
Ese otro que en los flancos es tan poco,
Michele Scotto fue, que verdaderamente
de las mágicas trampas supo el juego.
Ve a Guido Bonatti; ve a Asdente,
que haber atendido al cuero y al cordel
ahora querría, pero tarde se arrepiente.
Ve las tristes que dejaron la aguja,
la lanzadera y el huso, y se hicieron adivinas;
hicieron maleficios con hierbas y con imagen.
Pero ven ya, que ya sostiene el confín
de ambos hemisferios y toca la onda
bajo Sevilla Caín y las espinas;
y ya anoche fue la luna llena:
bien debes recordarlo, pues no te dañó
alguna vez por la selva profunda".
Así me hablaba, y caminábamos entretanto.
Canto21
Así de puente en puente, hablando de otras cosas
que mi comedia no se preocupa por cantar,
fuimos avanzando; y ocupábamos la cima, cuando
nos detuvimos para ver la otra fosa
de Malebolge y los demás lamentos vanos;
y la vimos prodigiosamente oscura.
Como en el arsenal de los venecianos
hierve en invierno la pez pegajosa
para reparar sus barcos dañados,
ya que no pueden navegar —y en ese tiempo
unos hacen su barco nuevo y otros tapan
las costillas del que ha hecho más viajes;
unos martillan la proa y otros la popa;
otros hacen remos y otros trenzan sogas;
quién remienda el trinquete y el mesana—:
así, no por fuego sino por arte divina,
hervía allá abajo una pez espesa,
que embadurnaba la orilla por todas partes.
Yo la veía, pero no distinguía en ella
más que las burbujas que el hervor levantaba,
e hincharse toda, y luego hundirse comprimida.
Mientras yo miraba fijamente hacia abajo,
mi guía, diciendo "¡Cuidado, cuidado!",
me atrajo hacia sí desde donde estaba.
Entonces me volví como el hombre que tarda
en ver aquello de lo que debe huir
y al que un miedo repentino debilita,
que, por ver, no demora la partida:
y vi detrás de nosotros un diablo negro
que venía corriendo por el peñasco arriba.
¡Ah, qué feroz era en su aspecto!
y qué cruel me parecía en su actitud,
con las alas abiertas y ligero sobre los pies!
Su hombro, que era puntiagudo y arrogante,
cargaba un pecador con ambas caderas,
y de él sujetaba por los tendones de los pies.
Desde nuestro puente dijo: "¡Oh Malebranche,
aquí va uno de los ancianos de Santa Zita!
Metedlo abajo, que vuelvo por más
a esa tierra, que está bien provista de ellos:
allí todos son corruptos, excepto Bonturo;
del no, por dinero, se hace sí".
Lo arrojó abajo, y por el peñasco duro
se volvió; y nunca fue mastín soltado
con tanta prisa para perseguir al ladrón.
Aquel se hundió, y salió enroscado;
pero los demonios que tenían el puente por techo,
gritaron: "¡Aquí no tiene lugar el Santo Rostro!
¡aquí se nada de otro modo que en el Serchio!
Por eso, si no quieres nuestros garfios,
no sobresalgas de la pez".
Luego lo mordieron con más de cien ganchos,
dijeron: "Aquí conviene que bailes cubierto,
así que, si puedes, roba a escondidas".
No de otro modo los cocineros a sus pinches
hacen hundir en medio de la caldera
la carne con los ganchos, para que no flote.
El buen maestro me dijo: "Para que no se note
que estás aquí, agáchate
detrás de una roca, que te sirva de escudo;
y por ninguna ofensa que me hagan,
no temas, que tengo las cosas controladas,
porque otra vez estuve en tal refriega".
Luego pasó más allá de la cabeza del puente;
y cuando llegó a la sexta orilla,
le hizo falta tener frente segura.
Con aquel furor y con aquella tempestad
con que salen los perros contra el pobre
que de repente pide donde se detiene,
salieron aquellos de debajo del puentecillo,
y volvieron contra él todos los garfios;
pero él gritó: "¡Que ninguno de vosotros sea cruel!
Antes de que vuestro gancho me agarre,
que se adelante uno de vosotros que me escuche,
y luego decida si engancharme".
Todos gritaron: "¡Que vaya Malacoda!";
por lo que uno se movió —y los demás quedaron quietos—
y vino a él diciendo: "¿De qué le sirve esto?".
"¿Crees tú, Malacoda, verme aquí
haber venido", dijo mi maestro,
"ya protegido de todos vuestros obstáculos,
sin querer divino y hado propicio?
Déjanos pasar, que en el cielo está querido
que yo muestre a otro este camino agreste".
Entonces su orgullo quedó tan caído,
que se dejó caer el gancho a los pies,
y dijo a los otros: "Que no sea herido".
Y mi guía a mí: "Oh tú que estás sentado
entre los peñascos del puente muy quieto,
vuelve ahora seguro a mi lado".
Por lo que me moví y vine rápido a él;
y los demonios se adelantaron todos,
de modo que temí que no mantuvieran el pacto;
así vi yo temer a los soldados
que salían pactados de Caprona,
viéndose entre tantos enemigos.
Me acerqué con todo mi cuerpo
junto a mi guía, y no apartaba los ojos
de su apariencia que no era buena.
Bajaban los garfios y "¿Quieres que lo toque",
decía uno al otro, "en el lomo?".
Y respondían: "Sí, haz que se lo claves".
Pero aquel demonio que hablaba
con mi guía, se volvió muy rápido
y dijo: "¡Quieto, quieto, Scarmiglione!".
Luego nos dijo: "Más adelante por este
peñasco no se puede ir, porque yace
todo destrozado en el fondo el arco sexto.
Y si seguir adelante os place,
id por esta roca;
cerca hay otro peñasco que hace camino.
Ayer, cinco horas más tarde que esta hora,
mil doscientos sesenta
y seis años se cumplieron de que aquí el camino se rompió.
Yo mando hacia allá algunos de los míos
a ver si alguno sale a tomar el aire;
id con ellos, que no serán malos".
"Adelante tú, Alichino, y Calcabrina",
comenzó él a decir, "y tú, Cagnazzo;
y Barbariccia guíe la decena.
Libicocco venga además y Draghignazzo,
Ciriatto colmilludo y Graffiacane
y Farfarello y Rubicante loco.
Registrad alrededor las charcas hirvientes;
que estos vayan salvos hasta el otro peñasco
que va todo entero sobre las guaridas".
"Ay, maestro, ¿qué es lo que veo?",
dije, "ah, vayamos solos sin escolta,
si tú sabes ir; que yo por mí no la pido.
Si eres tan sagaz como sueles,
¿no ves que rechinan los dientes
y con las cejas nos amenazan dolores?".
Y él a mí: "No quiero que tengas miedo;
déjalos rechinar a su gusto,
que lo hacen por los hervidos dolientes".
Por la orilla izquierda giraron;
pero antes había sacado cada uno la lengua
con los dientes, hacia su jefe, como señal;
y él había hecho trompeta del culo.
Canto22
Ya he visto caballeros levantar campamento,
y comenzar el asalto y hacer su desfile,
y a veces retirarse para salvarse;
vi corredores por vuestra tierra,
oh aretinos, y vi cabalgatas de saqueo,
herir en torneos y correr justas;
ya con trompetas, ya con campanas,
con tambores y con señales de castillos,
y con cosas nuestras y con extranjeras;
pero nunca con tan extraño cuerno
vi moverse caballeros ni peones,
ni nave al signo de tierra o de estrella.
Íbamos con los diez demonios.
Ah, fiera compañía: pero en la iglesia
con los santos, y en la taberna con los glotones.
Pero mi atención estaba en la pez,
para ver todo el aspecto del foso
y de la gente que dentro estaba quemándose.
Como los delfines, cuando hacen señal
a los marineros con el arco del lomo
para que se afanen en salvar su nave,
así a veces, para aliviar la pena,
algún pecador mostraba el espinazo
y se escondía en menos que relampaguea.
Y como al borde del agua de un foso
están las ranas solo con el hocico fuera,
de modo que ocultan las patas y el resto del cuerpo,
así estaban por todas partes los pecadores;
pero cuando se acercaba Barbariccia,
se retraían bajo los hervores.
Vi, y aún el corazón se me eriza,
a uno esperar así, como sucede
que una rana se queda y la otra salta;
y Grafiacán, que estaba más frente a él,
le enganchó los cabellos empegotados
y lo sacó arriba, que me pareció una nutria.
Ya sabía de todos ellos el nombre,
pues los anoté cuando fueron elegidos,
y luego cuando se llamaban, atendí cómo.
"¡Oh Rubicante, haz que le claves
las uñas en el lomo, para que lo despellejes!",
gritaban todos juntos los malditos.
Y yo: "Maestro mío, haz, si puedes,
que sepas quién es el desgraciado
que ha caído en manos de sus adversarios".
Mi guía se acercó a su lado;
le preguntó de dónde era, y él respondió:
"Nací en el reino de Navarra.
Mi madre me puso al servicio de un señor,
que me había engendrado de un canalla,
destructor de sí mismo y de sus cosas.
Luego fui servidor del buen rey Teobaldo;
allí me puse a hacer baratería,
de la que rindo cuentas en este calor".
Y Ciriato, a quien de la boca salía
por cada parte un colmillo como a cerdo,
le hizo sentir cómo uno desgarra.
Entre malas gatas había caído el ratón;
pero Barbariccia lo encerró con los brazos
y dijo: "Estaos ahí, mientras yo lo ensarto".
Y a mi maestro volvió la cara;
"Pregunta", dijo, "más, si deseas
saber de él, antes de que otro lo destroce".
El guía entonces: "Ahora di: de los otros culpables
¿conoces alguno que sea latino
bajo la pez?". Y él: "Me separé,
hace poco, de uno que fue de allá cerca.
¡Ojalá estuviera aún con él cubierto,
que no temería uña ni gancho!".
Y Libicocco "Demasiado hemos tolerado",
dijo; y le agarró el brazo con el garfio,
de modo que, desgarrando, le arrancó un jirón.
Draghignazzo también quiso agarrarlo
abajo en las piernas; por lo que su decurión
se volvió alrededor con mal gesto.
Cuando ellos se hubieron calmado un poco,
a él, que aún miraba su herida,
preguntó mi guía sin demora:
"¿Quién fue aquel de quien dices que mala partida
hiciste al venir a la orilla?".
Y él respondió: "Fue fray Gomita,
aquel de Gallura, vasija de todo fraude,
que tuvo en su mano a los enemigos de su señor,
y así les hizo, que cada cual lo alaba.
Dinero se llevó y los dejó ir tranquilamente,
según él dice; y en los otros oficios también
fue baratero no pequeño, sino supremo.
Trata con él don Miguel Zanche
de Logodoro; y al hablar de Cerdeña
sus lenguas no se sienten cansadas.
¡Ay, mirad al otro que rechina los dientes;
yo diría más, pero temo que él
no se prepare a rascarme la tiña!".
Y el gran preboste, vuelto a Farfarello
que ponía los ojos en blanco para herir,
dijo: "¡Apártate de ahí, pájaro malvado!".
"Si queréis ver u oír",
recomenzó el asustado enseguida,
"toscanos o lombardos, yo haré venir;
pero que estén los Malebrancas un poco retirados,
para que no teman de sus venganzas;
y yo, sentado en este mismo lugar,
por uno que soy, haré venir siete
cuando silbe, como es nuestra costumbre
hacer cuando alguno sale fuera".
Cañazzo a tal dicho levantó el hocico,
sacudiendo la cabeza, y dijo: "Oye la malicia
que ha pensado para tirarse abajo".
Por lo que él, que tenía trampas en gran cantidad,
respondió: "Malicioso soy yo demasiado,
cuando procuro para los míos mayor tristeza".
Alichino no se contuvo y, en contraposición
a los otros, le dijo: "Si te tiras,
yo no te vendré detrás al galope,
sino que batiré sobre la pez las alas.
Déjese la loma, y sea el ribazo escudo,
a ver si tú solo vales más que nosotros".
Oh tú que lees, oirás nuevo juego:
cada uno volvió los ojos al otro lado,
aquel primero, que a hacerlo era más reacio.
El navarro bien cogió su momento;
afirmó las plantas en tierra, y en un punto
saltó y del propósito de ellos se soltó.
De lo cual cada uno se sintió punzado de culpa,
pero más aquel que fue causa del fallo;
por eso se movió y gritó: "¡Estás atrapado!".
Pero poco le valió: que las alas a la sospecha
no pudieron aventajar; aquel se fue abajo,
y este enderezó volando arriba el pecho:
no de otro modo la ánade de golpe,
cuando el halcón se acerca, se zambulle,
y él regresa arriba enojado y frustrado.
Iracundo Calcabrina por la burla,
volando detrás lo siguió, deseoso
de que aquel escapara para tener la riña;
y como el baratero hubo desaparecido,
así volvió las garras a su compañero,
y fue con él sobre el foso agarrado.
Pero el otro fue buen gavilán cazador
para engarzarlo bien a él, y ambos
cayeron en medio del hirviente estanque.
El calor fue inmediato desengarzador;
pero de levantarse no había nada,
así tenían encoladas sus alas.
Barbariccia, con los otros suyos doliente,
hizo volar cuatro desde el otro lado
con todos los garfios, y muy rápidamente
de acá, de allá descendieron al puesto;
tendieron los ganchos hacia los empantanados,
que ya estaban cocidos dentro de la costra.
Y los dejamos así enredados.
Canto23
Callados, solos, sin compañía
íbamos uno delante y el otro detrás,
como los frailes menores van por el camino.
Volvió mi pensamiento a la fábula de Esopo
por la riña que acababa de pasar,
donde habló de la rana y el ratón;
porque no se parecen más 'ahora' y 'enseguida'
que una cosa con la otra, si bien se empareja
principio y fin con la mente fija.
Y como un pensamiento brota del otro,
así de aquel nació otro después,
que me duplicó el primer miedo.
Yo pensaba así: 'Estos por causa nuestra
han sido burlados con daño y con mofa
tan grande, que creo que mucho les molesta.
Si la ira se suma a la mala voluntad,
vendrán detrás de nosotros más crueles
que el perro con la liebre que atrapa'.
Ya sentía erizárseme todos los pelos
del miedo y estaba atento hacia atrás,
cuando dije: "Maestro, si no nos ocultas
a ti y a mí rápidamente, tengo pavor
de los Malebranche. Ya los tenemos detrás;
los imagino tan vivamente que ya los siento".
Y él: "Si yo fuera de vidrio emplomado,
la imagen exterior tuya no atraería
más rápido a mí, que la de dentro recibo.
Justo ahora tus pensamientos venían entre los míos,
con acto semejante y con semejante rostro,
así que de ambos hice un solo consejo.
Si es que la ladera derecha se inclina
de modo que podamos descender a la otra fosa,
huiremos de la imaginada cacería".
Aún no terminó de dar tal consejo,
que yo los vi venir con las alas extendidas
no muy lejos, para querernos atrapar.
Mi guía de repente me agarró,
como la madre que al ruido despierta
y ve cerca de sí las llamas encendidas,
que toma al hijo y huye y no se detiene,
teniendo más cuidado de él que de sí misma,
tanto que solo viste una camisa;
y abajo del borde de la roca dura
boca arriba se lanzó por la pendiente rocosa,
que cierra uno de los lados de la otra fosa.
Nunca corrió tan rápido agua por canal
a mover rueda de molino de tierra,
cuando más se acerca hacia las palas,
como mi maestro por aquel declive,
llevándome sobre su pecho,
como a su hijo, no como a compañero.
Apenas sus pies tocaron el lecho
del fondo abajo, que ya estaban en la colina
sobre nosotros; pero no había que temer:
porque la alta providencia que quiso
ponerlos como ministros de la quinta fosa,
a todos les quita el poder de partir de allí.
Allá abajo encontramos una gente pintada
que iba alrededor con pasos muy lentos,
llorando y en el semblante cansada y vencida.
Llevaban capas con capuchas bajas
delante de los ojos, hechas del corte
que en Cluny se hace para los monjes.
Por fuera son doradas, que deslumbran;
pero dentro todo plomo, y tan pesadas,
que las de Federico eran de paja.
¡Oh manto eternamente fatigoso!
Nos volvimos otra vez hacia la izquierda
con ellos juntos, atentos al triste llanto;
pero por el peso aquella gente cansada
venía tan despacio, que éramos nuevos
de compañía a cada movimiento de cadera.
Por lo que dije a mi guía: "Haz que encuentres
alguno que por el hecho o el nombre se conozca,
y los ojos, mientras andas, mueve alrededor".
Y uno que entendió la lengua toscana,
desde atrás de nosotros gritó: "Detened los pies,
vosotros que corréis así por el aire oscuro!
Quizá tendrás de mí lo que pides".
Por lo que el guía se volvió y dijo: "Espera,
y luego según su paso avanza".
Me detuve, y vi dos mostrar gran prisa
del ánimo, con el rostro, de estar conmigo;
pero los retardaba la carga y el camino estrecho.
Cuando llegaron, mucho con el ojo torvo
me miraron sin decir palabra;
luego se volvieron entre sí, y decían entre ellos:
"Este parece vivo por el movimiento de la garganta;
y si están muertos, por qué privilegio
van descubiertos de la pesada estola?".
Luego me dijeron: "Oh toscano, que al colegio
de los hipócritas tristes has venido,
decir quién eres no tengas en desprecio".
Y yo a ellos: "Yo nací y crecí
sobre el bello río Arno en la gran ciudad,
y estoy con el cuerpo que siempre he tenido.
Pero vosotros quiénes sois, a quienes tanto destila
cuanto veo dolor abajo por las mejillas?
¿y qué pena es en vosotros que así centellea?".
Y uno me respondió: "Las capas naranjas
son de plomo tan gruesas, que los pesos
hacen crujir así sus balanzas.
Frailes gozosos fuimos, y boloñeses;
yo Catalano y este Loderingo
llamados, y de tu tierra juntos tomados
como suele tomarse a un hombre solo,
para conservar su paz; y fuimos tales,
que aún se ve alrededor del Gardingo".
Yo comencé: "Oh hermanos, vuestros males...";
mas no dije más, porque al ojo me apareció
uno, crucificado en tierra con tres estacas.
Cuando me vio, todo se retorció,
soplando en la barba con suspiros;
y el fraile Catalano, que en eso se fijó,
me dijo: "Ese clavado que miras,
aconsejó a los fariseos que convenía
poner a un hombre por el pueblo a los martirios.
Atravesado está, desnudo, en el camino,
como ves, y es necesario que sienta
cualquiera que pasa, cuánto pesa, primero.
Y de tal modo el suegro se atormenta
en esta fosa, y los otros del concilio
que fue para los judíos mala semilla".
Entonces vi maravillarse a Virgilio
sobre aquel que estaba tendido en cruz
tan vilmente en el eterno exilio.
Luego dirigió al fraile tal voz:
"No os disguste, si os es lícito, decirnos
si a la mano derecha yace alguna salida
por donde nosotros dos podamos salir,
sin obligar a los ángeles negros
que vengan de este fondo a sacarnos".
Respondió entonces: "Más de lo que esperas
se acerca una roca que de la gran muralla
se mueve y cruza todos los valles feroces,
salvo que en este está rota y no lo cubre;
montar podréis por las ruinas,
que yacen en la cuesta y en el fondo se amontonan".
El guía estuvo un poco con la cabeza baja;
luego dijo: "Mal contaba el asunto
aquel que engancha a los pecadores de allá".
Y el fraile: "Yo oí ya decir en Bolonia
del diablo muchos vicios, entre los cuales oí
que él es mentiroso y padre de mentira".
Después el guía a grandes pasos se fue,
turbado un poco de ira en el semblante;
por lo que yo de los cargados me aparté
detrás de las huellas de las queridas plantas.
Canto24
En esa parte del año joven
en que el sol templa sus crines bajo Acuario
y ya las noches van hacia el mediodía,
cuando la escarcha sobre la tierra copia
la imagen de su hermana blanca,
pero poco dura el temple de su pluma,
el campesino a quien le falta provisión
se levanta, y mira, y ve la campiña
blanquear toda; entonces se golpea la cadera,
vuelve a casa, y de aquí para allá se lamenta,
como el pobre que no sabe qué hacer;
luego sale otra vez, y recobra la esperanza,
viendo que el mundo ha cambiado de cara
en poco tiempo, y toma su cayado
y echa fuera las ovejas a pastar.
Así me hizo acobardarme el maestro
cuando le vi turbar tanto la frente,
y tan pronto al mal llegó el emplasto;
pues, cuando llegamos al puente roto,
el guía se volvió hacia mí con aquel semblante
dulce que vi por primera vez al pie del monte.
Abrió los brazos, después de algún consejo
tomado consigo mirando primero
bien la ruina, y me agarró.
Y como quien actúa y calcula,
que siempre parece que prevé por adelantado,
así, levantándome hacia la cima
de un peñasco, divisaba otra roca saliente
diciendo: "Agárrate después sobre aquella;
pero prueba primero si es tal que te sostenga".
No era camino para vestido de capa,
pues nosotros apenas, él ligero y yo empujado,
podíamos subir montando de saliente en saliente.
Y si no fuera que de aquel recinto
más que del otro era la ladera corta,
no sé de él, pero yo habría sido vencido.
Pero porque Malebolge hacia la boca
del pozo más profundo toda se inclina,
la disposición de cada valle hace
que una ladera suba y la otra descienda;
así llegamos al fin hasta la punta
de donde la última piedra se desprende.
El aliento me estaba tan exprimido del pulmón
cuando llegué arriba, que no podía más,
antes me senté nada más llegar.
"Ya es preciso que así te espabiles",
dijo el maestro; "pues, sentado en plumas,
no se llega a la fama, ni bajo colchas;
sin la cual quien su vida consume,
tal vestigio en la tierra de sí deja,
cual humo en el aire y en el agua la espuma.
Y por eso levántate; vence la fatiga
con el ánimo que vence toda batalla,
si con su cuerpo pesado no se abate.
Más larga escalera conviene que se suba;
no basta haberse apartado de estos.
Si me entiendes, haz ahora que te valga".
Me levanté entonces, mostrándome provisto
de más aliento del que sentía,
y dije: "Ve, que soy fuerte y audaz".
Por el escollo tomamos el camino,
que era escabroso, estrecho y difícil,
y mucho más empinado que el de antes.
Iba hablando para no parecer débil;
entonces una voz salió del otro foso,
inadecuada para formar palabras.
No sé qué dijo, aunque sobre el lomo
estaba ya del arco que cruza allí;
pero quien hablaba parecía movido a ira.
Yo estaba vuelto hacia abajo, pero los ojos vivos
no podían ir al fondo por la oscuridad;
por lo cual yo: "Maestro, haz que llegues
al otro cinturón y bajemos el muro;
pues, como oigo desde aquí y no entiendo,
así veo abajo y nada distingo".
"Otra respuesta", dijo, "no te doy
sino el hacer; pues la pregunta honesta
se debe seguir con la obra callando".
Descendimos el puente desde la cabeza
donde se junta con la octava orilla,
y entonces me fue manifiesta la fosa:
y vi dentro terrible apretamiento
de serpientes, y de tan diversa clase
que la memoria aún me hiela la sangre.
No se jacte más Libia con su arena;
pues si produce quilidros, yáculos y fareas,
y cencros con anfisbena,
ni tantas pestilencias ni tan malas
mostró jamás con toda Etiopía
ni con lo que está más allá del Mar Rojo.
Entre esta cruel y tristísima multitud
corrían gentes desnudas y espantadas,
sin esperar escondite o heliotropo:
con serpientes tenían las manos atadas atrás;
aquellas hincaban por los riñones la cola
y la cabeza, y estaban anudadas por delante.
Y he aquí que a uno que estaba de nuestra orilla,
se abalanzó una serpiente que lo traspasó
allí donde el cuello a las espaldas se anuda.
Ni O tan pronto jamás ni I se escribió,
como él se encendió y ardió, y en ceniza toda
fue preciso que cayendo se convirtiera;
y después que fue así destruido en tierra,
el polvo se recogió por sí mismo
y en ese mismo al instante volvió.
Así por los grandes sabios se afirma
que el fénix muere y luego renace,
cuando al año quinientésimo se acerca;
hierba ni grano en su vida no pace,
sino solo de lágrimas de incienso y de amomo,
y nardo y mirra son las últimas envolturas.
Y cual es aquel que cae, y no sabe cómo,
por fuerza de demonio que a tierra lo tira,
o de otra obstrucción que liga al hombre,
cuando se levanta, que alrededor se mira
todo aturdido de la gran angustia
que ha sufrido, y mirando suspira:
tal era el pecador levantado después.
Oh poder de Dios, cuán severo es,
que tales golpes por venganza descarga!
El guía le preguntó luego quién era;
por lo cual respondió: "Llovido fui de Toscana,
hace poco tiempo, en esta garganta fiera.
Vida bestial me gustó y no humana,
como a mula que fui; soy Vanni Fucci
bestia, y Pistoya me fue digna guarida".
Y yo al guía: "Dile que no se escabulla,
y pregunta qué culpa aquí abajo lo empujó;
pues yo lo vi hombre de sangre y de rencores".
Y el pecador, que oyó, no se fingió,
sino que dirigió hacia mí el ánimo y el rostro,
y de triste vergüenza se pintó;
luego dijo: "Más me duele que me hayas sorprendido
en la miseria donde me ves,
que cuando fui de la otra vida arrebatado.
No puedo negar lo que me pides;
tan abajo he sido puesto porque fui
ladrón en la sacristía de los bellos ornamentos,
y falsamente fue atribuido a otro.
Pero para que de tal vista no goces,
si alguna vez sales de los lugares oscuros,
abre los oídos a mi anuncio, y oye.
Pistoya primero de Negros se adelgaza;
luego Florencia renueva gente y costumbres.
Trae Marte vapor de Val di Magra
que está de turbios nubarrones envuelto;
y con tempestad impetuosa y áspera
sobre Campo Piceno será combatido;
entonces él de repente romperá la niebla,
de modo que todo Blanco será herido.
Y te lo he dicho para que debas dolerte!".
Canto25
Al final de sus palabras el ladrón
alzó las manos con las dos higueras,
gritando: "¡Toma, Dios, que a ti las muestro!".
Desde entonces me fueron gratas las serpientes,
porque una se le enroscó entonces al cuello,
como diciendo "No quiero que hables más";
y otra a los brazos, y lo ató de nuevo,
remachándose a sí misma tan por delante,
que no podía con ellos dar un movimiento.
¡Ay Pistoya, Pistoya, por qué no dispones
incinerarte de modo que ya no dures,
pues en hacer el mal superas a tu semilla?
Por todos los círculos del infierno oscuro
no vi espíritu tan soberbio contra Dios,
ni aquel que cayó en Tebas desde los muros.
Él huyó sin hablar una palabra más;
y yo vi un centauro lleno de rabia
venir gritando: "¿Dónde está, dónde el cruel?".
La Maremma no creo que tenga tantas,
cuantas víboras él tenía sobre la grupa
hasta donde comienza nuestra forma humana.
Sobre los hombros, detrás de la nuca,
con las alas abiertas yacía un dragón;
y ese abrasa a cualquiera que encuentra.
Mi maestro dijo: "Este es Caco,
que, bajo la roca del monte Aventino,
de sangre hizo muchas veces lago.
No va con sus hermanos por un mismo camino,
por el robo que fraudulentamente hizo
del gran rebaño que tuvo cerca;
por lo que cesaron sus obras perversas
bajo la maza de Hércules, que quizá
le dio cien golpes, y no sintió ni diez".
Mientras así hablaba, y él pasó de largo,
y tres espíritus vinieron bajo nosotros,
de los cuales ni yo ni mi guía se dio cuenta,
hasta que gritaron: "¿Quiénes sois vosotros?";
por lo que nuestra conversación se detuvo,
y atendimos solamente a ellos entonces.
Yo no los conocía; pero sucedió,
como suele suceder por algún caso,
que uno tuvo que nombrar a otro,
diciendo: "¿Dónde habrá quedado Cianfa?";
por lo que yo, para que el guía estuviera atento,
me puse el dedo desde el mentón a la nariz.
Si tú eres ahora, lector, lento en creer
lo que diré, no será maravilla,
porque yo que lo vi, apenas me lo concedo.
Mientras tenía las cejas levantadas hacia ellos,
una serpiente de seis patas se lanza
delante de uno, y toda a él se agarra.
Con las patas de en medio le ciñó la panza
y con las delanteras los brazos tomó;
luego le mordió una y otra mejilla;
las traseras a los muslos extendió,
y metió la cola entre ambos
y detrás por los riñones arriba la tendió.
Hiedra enraizada nunca estuvo
a árbol así, como la horrible fiera
por los miembros ajenos enredó los suyos.
Luego se pegaron, como de cera caliente
hubieran sido, y mezclaron su color,
y ni uno ni otro ya parecía lo que era:
como avanza delante del ardor,
por el papiro arriba, un color pardo
que no es negro aún y el blanco muere.
Los otros dos lo miraban, y cada uno
gritaba: "¡Ay, Agnel, cómo te transformas!
Mira que ya no eres ni dos ni uno".
Ya las dos cabezas se habían vuelto una,
cuando aparecieron dos figuras mezcladas
en una cara, donde dos se perdieron.
Se hicieron los dos brazos de cuatro tiras;
los muslos con las piernas y el vientre y el pecho
se volvieron miembros que nunca fueron vistos.
Todo aspecto primero allí estaba borrado:
dos y ninguno la imagen perversa
parecía; y así se fue con lento paso.
Como el lagarto bajo el gran azote
de los días caniculares, cambiando de seto,
rayo parece si cruza el camino,
así parecía, viniendo hacia los vientres
de los otros dos, una serpentilla encendida,
lívida y negra como grano de pimienta;
y aquella parte por donde primero es tomado
nuestro alimento, a uno de ellos atravesó;
luego cayó abajo delante de él tendida.
El atravesado la miró, pero nada dijo;
antes bien, con los pies quietos, bostezaba
como si sueño o fiebre lo asaltara.
Él miraba a la serpiente y esta a él;
uno por la herida y el otro por la boca
humeaban fuerte, y el humo se encontraba.
Calle Lucano ya donde toca
del misero Sabelo y de Nasidio,
y atienda a oír lo que ahora se dispara.
Calle de Cadmo y de Aretusa Ovidio,
que si a aquel en serpiente y a aquella en fuente
convierte poetizando, yo no lo envidio;
porque dos naturalezas nunca frente a frente
transmutó de modo que ambas formas
a cambiar su materia estuvieran prontas.
Juntos se correspondieron de tal manera,
que la serpiente hendió la cola en horquilla,
y el herido juntó sus huellas.
Las piernas con los muslos entre sí
se pegaron tanto, que en poco la juntura
no hacía señal alguna que se viera.
Tomaba la cola hendida la figura
que se perdía allá, y su piel
se hacía blanda, y la de allá dura.
Vi entrar los brazos por las axilas,
y los dos pies de la fiera, que eran cortos,
tanto alargarse cuanto se acortaban aquellos.
Luego los pies de atrás, juntos retorcidos,
se volvieron el miembro que el hombre oculta,
y el misero del suyo tenía dos salidos.
Mientras el humo a uno y otro vela
de color nuevo, y genera el pelo arriba
por una parte y de la otra lo despoja,
uno se levantó y el otro cayó abajo,
sin apartar sin embargo las lámparas impías,
bajo las cuales cada uno cambiaba rostro.
El que estaba erguido, lo atrajo hacia las sienes,
y de tanta materia que allí vino
salieron las orejas de las mejillas lisas;
lo que no corrió atrás y se retuvo
de aquel exceso, hizo nariz a la cara
y los labios engrosó cuanto convenía.
El que yacía, el hocico adelante empuja,
y las orejas retira por la cabeza
como hace los cuernos el caracol;
y la lengua, que tenía unida y presta
antes para hablar, se hiende, y la bífida
en el otro se cierra; y el humo cesa.
El alma que se había vuelto fiera,
silbando huye por el valle,
y el otro detrás de él hablando escupe.
Luego le volvió las nuevas espaldas,
y dijo al otro: "Quiero que Buoso corra,
como he hecho yo, a gatas por este sendero".
Así vi yo la séptima zavorra
mutar y transmutar; y aquí me disculpe
la novedad si algo la pluma yerra.
Y aunque mis ojos confusos
estuvieran algo y el ánimo turbado,
no pudieron aquellos huirse tan ocultos,
que yo no distinguiera bien a Puccio Sciancato;
y era aquel que solo, de tres compañeros
que vinieron primero, no estaba transformado;
el otro era aquel que tú, Gaville, lloras.
Canto26
Alégrate, Florencia, ya que eres tan grande
que bates las alas por mar y por tierra,
y por el infierno tu nombre se expande.
Entre los ladrones encontré cinco así
ciudadanos tuyos, de lo que me avergüenzo,
y tú no subes a gran honra por ello.
Pero si cerca del alba se sueña lo verdadero,
sentirás, dentro de poco tiempo,
lo que Prato, y no solo él, te desea.
Y si ya hubiera pasado, no sería demasiado pronto.
Ojalá fuera ya, puesto que ha de ser,
porque más me pesará cuanto más envejezca.
Nos marchamos, y por las escaleras
que nos habían servido antes para bajar,
mi guía volvió a subir y me llevó consigo;
y prosiguiendo el camino solitario,
entre las astillas y las rocas del peñasco
el pie sin la mano no avanzaba.
Entonces me dolí, y ahora me duelo otra vez
cuando dirijo la mente a lo que vi,
y refreno el ingenio más de lo que suelo,
para que no corra sin que la virtud lo guíe;
así, si buena estrella u otra cosa mejor
me ha dado ese bien, que yo mismo no me lo niegue.
Cuantas luciérnagas ve el campesino que descansa en la colina,
en el tiempo en que aquel que ilumina el mundo
nos muestra menos oculto su rostro,
cuando la mosca cede a la zancuda,
ve lucecitas abajo por el valle,
quizá allí donde vendimia y ara:
de tantas llamas toda resplandecía
la octava fosa, según me di cuenta
en cuanto llegué donde se veía el fondo.
Y como aquel que se vengó con los osos
vio el carro de Elías al partir,
cuando los caballos se alzaron erguidos al cielo,
y no pudo seguirlo con los ojos
hasta ver otra cosa que la llama sola,
como una nubecilla, subir hacia arriba:
así se mueve cada una por la garganta
del foso, que ninguna muestra el robo,
y cada llama oculta un pecador.
Yo estaba sobre el puente mirando tan asomado,
que si no hubiera agarrado una roca saliente,
habría caído abajo sin que me empujaran.
Y mi guía, que me vio tan absorto,
dijo: «Dentro de los fuegos están los espíritus;
cada uno se envuelve en aquello con lo que arde».
«Maestro mío», le respondí, «por oírte
estoy más seguro; pero ya me parecía
que era así, y ya quería preguntarte:
¿quién está en aquel fuego que viene tan dividido
por arriba, que parece surgir de la pira
donde Eteocles fue puesto con su hermano?».
Me respondió: «Allí dentro se atormenta
Ulises y Diomedes, y así juntos
van a la venganza como fueron a la ira;
y dentro de su llama se llora
la trampa del caballo que hizo la puerta
por donde salió de los romanos la noble semilla.
Allí se llora el arte por la que, muerta,
Deidamía aún se duele de Aquiles,
y del Paladio allí se lleva la pena».
«Si ellos pueden dentro de esas chispas
hablar», dije, «maestro, mucho te ruego
y te ruego de nuevo, que el ruego valga mil,
que no me niegues esperar
hasta que la llama cornuda venga aquí;
mira cómo me inclino hacia ella por el deseo».
Y él a mí: «Tu petición es digna
de mucha alabanza, y por eso la acepto;
pero haz que tu lengua se contenga.
Déjame hablar a mí, que he entendido
lo que quieres; porque ellos serían esquivos,
pues fueron griegos, quizá de tus palabras».
Después que la llama hubo llegado allí
donde a mi guía le pareció tiempo y lugar,
de esta forma lo oí hablar:
«Oh vosotros que sois dos dentro de un fuego,
si merecí de vosotros mientras viví,
si merecí de vosotros mucho o poco
cuando en el mundo escribí los altos versos,
no os mováis; sino que uno de vosotros diga
dónde, por su culpa, perdido fue a morir».
El cuerno mayor de la llama antigua
comenzó a agitarse murmurando,
igual que aquella a la que el viento fatiga;
luego moviendo la cima de un lado a otro,
como si fuera la lengua que hablara,
arrojó voz afuera y dijo: «Cuando
me separé de Circe, que me retuvo
más de un año allá cerca de Gaeta,
antes de que así Eneas la nombrara,
ni la dulzura del hijo, ni la piedad
del viejo padre, ni el debido amor
que debía hacer feliz a Penélope,
pudieron vencer dentro de mí el ardor
que tuve por conocer el mundo
y los vicios humanos y el valor;
sino que me lancé por el mar alto y abierto
solo con un barco y con aquella compañía
pequeña por la cual no fui abandonado.
Una orilla y la otra vi hasta España,
hasta Marruecos, y la isla de Cerdeña,
y las otras que ese mar baña alrededor.
Yo y mis compañeros éramos viejos y lentos
cuando llegamos a aquel estrecho paso
donde Hércules marcó sus señales
para que el hombre no se adentrara más allá;
a mano derecha dejé Sevilla,
a la otra ya había dejado Ceuta.
"Oh hermanos", dije, "que a través de cien mil
peligros habéis llegado a occidente,
a esta tan pequeña vigilia
de nuestros sentidos que queda,
no queráis negar la experiencia,
siguiendo al sol, del mundo sin gente.
Considerad vuestra semilla:
hechos no fuisteis para vivir como bestias,
sino para seguir virtud y conocimiento".
A mis compañeros hice tan ávidos,
con este breve discurso, del camino,
que apenas después habría podido retenerlos;
y vuelta nuestra popa hacia el levante,
de los remos hicimos alas para el vuelo loco,
siempre ganando por el lado izquierdo.
Todas las estrellas ya del otro polo
veía la noche, y el nuestro tan bajo,
que no surgía fuera del suelo marino.
Cinco veces encendida y otras tantas apagada
había estado la luz debajo de la luna,
desde que habíamos entrado en el alto paso,
cuando nos apareció una montaña, oscura
por la distancia, y me pareció tan alta
como ninguna había visto jamás.
Nos alegramos, y pronto se volvió llanto;
porque de la nueva tierra nació un torbellino
y golpeó del barco el costado delantero.
Tres veces lo hizo girar con todas las aguas;
a la cuarta levantó la popa hacia arriba
y la proa hundirse abajo, como a otro le plugo,
hasta que el mar se cerró sobre nosotros».
Canto27
Ya la llama estaba erguida y quieta
por no decir más, y ya se alejaba de nosotros
con el permiso del dulce poeta,
cuando otra, que venía detrás de ella,
nos hizo volver los ojos hacia su punta
por un sonido confuso que salía de dentro.
Como el toro siciliano que mugió primero
con el llanto de aquel, y eso fue justo,
que lo había templado con su lima,
mugía con la voz del afligido,
de modo que, aunque fuese de bronce,
parecía traspasado por el dolor;
así, por no tener camino ni abertura
desde el principio en el fuego, en su lenguaje
se convertían las palabras desgraciadas.
Pero después que hallaron su camino
arriba por la punta, dándole aquel temblor
que la lengua les había dado en su pasaje,
oímos decir: "Oh tú a quien dirijo
la voz y que hablabas ahora en lombardo,
diciendo 'Ahora vete, ya no te insto más',
aunque haya llegado quizá un poco tarde,
no te moleste quedarte a hablar conmigo;
ves que no me molesta a mí, ¡y ardo!
Si tú ahora mismo en este mundo ciego
has caído de aquella dulce tierra
latina de donde traigo toda mi culpa,
dime si los de Romaña tienen paz o guerra;
porque yo fui de los montes allá entre Urbino
y la sierra de donde el Tíber se libera".
Yo estaba aún atento e inclinado,
cuando mi guía me tocó el costado,
diciendo: "Habla tú; este es italiano".
Y yo, que ya tenía lista la respuesta,
sin demora empecé a hablar:
"Oh alma que estás ahí abajo escondida,
tu Romaña no está, ni estuvo nunca,
sin guerra en el corazón de sus tiranos;
pero ninguna abierta dejé allí ahora.
Rávena está como ha estado muchos años:
el águila de Polenta la cobija,
de modo que cubre Cervia con sus alas.
La tierra que hizo ya la larga prueba
y el sangriento montón de franceses,
se encuentra bajo las garras verdes.
Y el mastín viejo y el nuevo de Verrucchio,
que hicieron el mal gobierno de Montagna,
allí donde acostumbran hacen punzón de sus dientes.
Las ciudades del Lamone y del Santerno
conduce el leoncillo del nido blanco,
que cambia de bando del verano al invierno.
Y aquella a la que el Savio baña el flanco,
así como está entre el llano y el monte,
vive entre tiranía y estado libre.
Ahora quién eres, te ruego que lo cuentes;
no seas más duro de lo que otros han sido,
si quieres que tu nombre resista en el mundo".
Después que el fuego hubo rugido un poco
a su modo, la punta aguda movió
de aquí para allá, y luego dio tal aliento:
"Si yo creyese que mi respuesta fuese
a persona que volviese jamás al mundo,
esta llama estaría sin más sacudidas;
pero puesto que jamás de este fondo
volvió vivo ninguno, si oigo verdad,
sin temor de infamia te respondo.
Fui hombre de armas, y luego fui franciscano,
creyéndome, así ceñido, hacer enmienda;
y ciertamente mi creencia vendría entera,
si no fuese el gran sacerdote, ¡mal le vaya!,
que me devolvió a las primeras culpas;
y cómo y por qué, quiero que me entiendas.
Mientras fui forma de huesos y de carne
que la madre me dio, mis obras
no fueron leoninas, sino de zorro.
Las astucias y los caminos cubiertos
los supe todos, y tan bien llevé su arte,
que al fin de la tierra el sonido salía.
Cuando me vi llegado a aquella parte
de mi edad donde cada uno debería
arriar las velas y recoger las jarcias,
lo que antes me placía, entonces me pesó,
y arrepentido y confeso me entregué;
¡ay miserable de mí! y habría valido.
El príncipe de los nuevos fariseos,
teniendo guerra cerca de Letrán,
y no con sarracenos ni con judíos,
pues cada uno de sus enemigos era cristiano,
y ninguno había estado a conquistar Acre
ni mercader en tierra del Sultán,
ni el sumo oficio ni las órdenes sagradas
respetó en sí, ni en mí aquel cordón
que solía hacer a sus ceñidos más flacos.
Pero como Constantino llamó a Silvestre
desde el Soratte para curar de la lepra,
así me llamó este como maestro
para curar de su soberbia fiebre;
me pidió consejo, y yo callé
porque sus palabras parecieron ebrias.
Y luego volvió a decir: 'Tu corazón no sospeche;
desde ahora te absuelvo, y tú enséñame a hacer
de modo que Palestrina caiga por tierra.
El cielo puedo yo cerrar y abrir,
como tú sabes; por eso son dos las llaves
que mi antecesor no tuvo caras'.
Entonces me empujaron los argumentos graves
allí donde el callar me pareció lo peor,
y dije: 'Padre, ya que tú me lavas
de ese pecado en que ahora debo caer,
larga promesa con el cumplimiento corto
te hará triunfar en el alto sitial'.
Francisco vino luego, cuando morí,
por mí; pero uno de los negros querubines
le dijo: 'No te lo lleves; no me hagas agravio.
Debe bajar entre mis desdichados
porque dio el consejo fraudulento,
desde el cual hasta ahora le he estado al pelo;
pues absolver no se puede a quien no se arrepiente,
ni arrepentirse y querer a la vez se puede
por la contradicción que no lo consiente'.
¡Oh de mí doliente! Cómo me estremecí
cuando me agarró diciéndome: '¡Quizá
no pensabas que yo fuese lógico!'.
A Minos me llevó; y aquel enrolló
ocho veces la cola al lomo duro;
y después que por gran rabia se la mordió,
dijo: 'Este es de los reos del fuego ladrón';
por lo cual allí donde ves estoy perdido,
y así vestido, andando, me lamento".
Cuando hubo terminado así su decir,
la llama adolorida se marchó,
torciendo y agitando el cuerno agudo.
Nosotros pasamos adelante, yo y mi guía,
sobre el peñasco hasta el otro arco
que cubre el foso en que se paga la pena
a quienes sembrando discordia adquieren carga.
Canto28
¿Quién podría jamás ni con palabras sueltas
hablar de la sangre y de las llagas por completo
que vi ahora, aunque lo contara muchas veces?
Toda lengua ciertamente sería insuficiente
por nuestro lenguaje y por la mente
que tienen poco seno para tanto comprender.
Si se reuniera además toda la gente
que ya, en la afortunada tierra
de Apulia, sufrió por su sangre
por los troyanos y por la larga guerra
que de los anillos hizo tan altos despojos,
como escribe Livio, que no yerra,
con aquella que sintió dolores de golpes
al enfrentarse a Roberto Guiscardo;
y la otra cuyos huesos aún se recogen
en Ceperán, donde fue traidor
cada apulio, y allá en Tagliacozzo,
donde sin armas venció el viejo Alardo;
y cual su miembro perforado y cual cortado
mostrara, sería nada comparado
al modo sucio de la novena fosa.
Nunca un tonel, por perder tabla central o lateral,
quedó tan abierto como vi a uno,
roto desde el mentón hasta donde se ventosea.
Entre las piernas le colgaban las tripas;
el corazón se veía y el triste saco
que hace mierda de lo que se traga.
Mientras me concentro en mirarlo todo en él,
me mira y con las manos se abre el pecho,
diciendo: "¡Ahora mira cómo me desgarro!
¡mira cómo está destrozado Mahoma!
Delante de mí va llorando Alí,
partido en el rostro desde el mentón hasta el copete.
Y todos los otros que ves aquí,
sembradores de escándalo y de cisma
fueron vivos, y por eso están partidos así.
Un diablo está aquí atrás que nos acuchilla
tan cruelmente, al filo de la espada
sometiendo a cada uno de esta calaña,
cuando hemos dado la vuelta al doloroso camino;
porque las heridas están cerradas
antes de que otro pase de nuevo ante él.
Pero tú, ¿quién eres que te quedas pensativo en el escollo,
tal vez para retrasar ir a la pena
que está sentenciada según tus acusaciones?".
"Ni la muerte lo alcanzó aún, ni culpa lo lleva",
respondió mi maestro, "a atormentarse;
sino que para darle experiencia plena,
a mí, que estoy muerto, me toca conducirlo
por el infierno aquí abajo de círculo en círculo;
y esto es verdad tal como te hablo".
Más de cien fueron los que, cuando lo oyeron,
se detuvieron en la fosa a mirarme
por asombro, olvidando el martirio.
"Ahora dile a fray Dolcino pues que se arme,
tú que quizás verás el sol pronto,
si no quiere seguirme aquí enseguida,
tanto de víveres, que el aprieto de la nieve
no traiga la victoria al Novarés,
que de otro modo conseguir no sería fácil".
Después de alzar un pie para irse,
Mahoma me dijo esta palabra;
luego para marcharse lo apoyó en tierra.
Otro, que tenía perforada la garganta
y trunca la nariz hasta bajo las cejas,
y no tenía más que una sola oreja,
detenido a mirar por asombro
con los otros, antes que los otros abrió el gaznate,
que por fuera estaba todo bermejo,
y dijo: "Oh tú a quien culpa no condena
y a quien yo vi en tierra latina,
si demasiada semejanza no me engaña,
acuérdate de Pier da Medicina,
si alguna vez vuelves a ver la dulce llanura
que desde Vercelli a Marcabó declina.
Y haz saber a los dos mejores de Fano,
a messer Guido y también a Angiolello,
que, si prever aquí no es vano,
serán arrojados fuera de su embarcación
y despedazados cerca de la Cattolica
por traición de un tirano cruel.
Entre la isla de Chipre y de Mallorca
nunca vio Neptuno tan gran delito,
ni de piratas, ni de gente griega.
Aquel traidor que ve sólo con un ojo,
y tiene la tierra que tal aquí conmigo
querría haber estado en ayunas de ver,
hará que vengan a hablar con él;
luego hará que, al viento de Focara,
no les será menester voto ni plegaria".
Y yo le dije: "Muéstrame y declara,
si quieres que lleve arriba noticias tuyas,
quién es aquel de la vista amarga".
Entonces puso la mano en la quijada
de un compañero suyo y la boca le abrió,
gritando: "Este es él, y no habla.
Este, desterrado, sumergió la duda
en César, afirmando que el preparado
siempre sufrió con daño el esperar".
Oh cuánto me parecía aterrado
con la lengua cortada en el gaznate
Curio, que a decir fue tan osado!
Y uno que tenía una y otra mano cortadas,
levantando los muñones por el aire oscuro,
de modo que la sangre le ensuciaba la cara,
gritó: "Te acordarás también de Mosca,
que dije, ay de mí, 'Lo hecho hecho está',
que fue mala semilla para la gente toscana".
Y yo le añadí: "Y muerte de tu linaje";
por lo cual él, acumulando dolor con dolor,
se fue como persona triste y loca.
Pero yo me quedé a mirar la multitud,
y vi una cosa que tendría miedo,
sin más prueba, de contarla solo;
si no fuera que la conciencia me asegura,
la buena compañía que al hombre fortalece
bajo la coraza del sentirse pura.
Vi ciertamente, y aún parece que lo vea,
un tronco sin cabeza andar tal como
andaban los otros del triste rebaño;
y la cabeza trunca sostenía por los cabellos,
colgada con la mano a modo de linterna:
y aquella nos miraba y decía: "¡Ay de mí!".
De sí mismo se hacía a sí mismo luz,
y eran dos en uno y uno en dos;
cómo puede ser, lo sabe quien así lo gobierna.
Cuando estuvo justo al pie del puente,
levantó el brazo alto con toda la cabeza
para acercarnos sus palabras,
que fueron: "Ahora mira la pena penosa,
tú que, respirando, vas viendo a los muertos:
mira si alguna es grande como esta.
Y para que de mí lleves noticia,
sabe que soy Bertran de Born, aquel
que di al rey joven los malos consejos.
Hice al padre y al hijo rebeldes entre sí;
Aquitofel no hizo más con Absalón
y con David con sus malvados aguijones.
Porque yo separé así personas unidas,
separado llevo mi cerebro, ay de mí,
de su principio que está en este tronco.
Así se observa en mí la ley del contrappasso".
Canto29
La multitud de gente y las diversas heridas
habían embriagado tanto mis ojos
que deseaban quedarse allí llorando.
Pero Virgilio me dijo: "¿Qué miras todavía?
¿Por qué tu vista sigue deteniéndose
ahí abajo entre las sombras tristes y mutiladas?
No has actuado así en las otras fosas;
piensa, si pretendes contarlas,
que el valle se extiende veintidós millas.
Y ya la luna está bajo nuestros pies;
el tiempo que nos queda es poco ya,
y hay otras cosas por ver que tú no ves".
"Si hubieras", le respondí entonces,
"prestado atención a la razón por la que miraba,
quizá me habrías permitido quedarme aún".
Él se marchaba, y yo iba detrás,
mi guía, mientras yo daba la respuesta,
y añadía: "Dentro de aquella hondonada
donde tenía los ojos tan fijos,
creo que llora un espíritu de mi sangre
la culpa que allá abajo cuesta tanto".
Entonces dijo el maestro: "No se quiebre
tu pensamiento de aquí en adelante sobre él.
Atiende a otra cosa, y él quede allí;
pues lo vi al pie del puente
señalarte y amenazarte fuertemente con el dedo,
y oí llamarlo Geri del Bello.
Tú estabas entonces tan absorto
en aquel que tuvo Altaforte,
que no miraste allí, y así se marchó".
"Oh mi guía, la muerte violenta
que aún no le ha sido vengada", dije yo,
"por alguno que comparta la afrenta,
lo hizo desdeñoso; por eso se fue
sin hablarme, según estimo:
y en eso me ha vuelto más compasivo hacia él".
Así hablamos hasta el primer lugar
donde el peñasco muestra el otro valle,
si hubiera más luz, completamente hasta el fondo.
Cuando estuvimos sobre el último recinto
de Malebolge, de modo que sus conversos
podían aparecer a nuestra vista,
me atravesaron diversos lamentos
que tenían las flechas armadas de piedad;
por lo que me cubrí los oídos con las manos.
Tal dolor sería si de los hospitales
de Valdichiana entre julio y septiembre
y de Maremma y de Cerdeña los males
estuvieran en una sola fosa todos juntos,
tal era allí, y tal hedor salía
cual suele venir de los miembros podridos.
Descendimos a la última orilla
del largo peñasco, siempre por la izquierda;
y entonces mi vista fue más viva
hacia el fondo, allá donde la ministra
del alto Señor, la infalible justicia,
castiga a los falsarios que aquí registra.
No creo que ver mayor tristeza
fuera en Egina el pueblo todo enfermo,
cuando el aire estuvo tan lleno de malicia
que los animales, hasta el gusanillo,
cayeron todos, y luego las gentes antiguas,
según tienen por cierto los poetas,
se restauraron de semilla de hormigas;
como era ver por aquel valle oscuro
languidecer a los espíritus por diversos montones.
Cual sobre el vientre y cual sobre las espaldas
yacía uno del otro, y cual a gatas
se arrastraba por el triste camino.
Paso a paso íbamos sin hablar,
mirando y escuchando a los enfermos,
que no podían levantar sus cuerpos.
Vi a dos sentados apoyados uno en otro,
como para calentarse se apoya teja a teja,
del pie a la cabeza manchados de costras;
y nunca vi manejar el rascador
a muchacho esperado por el amo,
ni a quien de mala gana vela,
como cada uno pasaba a menudo el mordisco
de las uñas sobre sí por la gran rabia
del picor, que no tiene más remedio;
y así arrastraban las uñas la roña,
como cuchillo de escama a la dorada
o de otro pez que las tenga más anchas.
"Oh tú que con los dedos te deshaces",
comenzó mi guía a uno de ellos,
"y que haces de ellos a veces tenazas,
dinos si hay algún latino entre estos
que están aquí dentro, si la uña te basta
eternamente para este trabajo".
"Latinos somos nosotros, que ves tan destrozados
aquí los dos", respondió uno llorando;
"pero tú ¿quién eres que preguntas por nosotros?".
Y mi guía dijo: "Yo soy uno que desciende
con este vivo abajo de salto en salto,
y pretendo mostrarle el infierno".
Entonces se rompió el apoyo común;
y temblando cada uno se volvió hacia mí
con otros que lo oyeron de rebote.
El buen maestro se acercó del todo a mí,
diciendo: "Diles lo que quieras";
y yo comencé, puesto que él quiso:
"Que vuestra memoria no se desvanezca
en el primer mundo de las mentes humanas,
sino que viva bajo muchos soles,
decidme quiénes sois y de qué gente;
vuestra repugnante y penosa pena
no os espante de revelárosme".
"Yo fui de Arezzo, y Alberto de Siena",
respondió uno, "me hizo meter al fuego;
pero aquello por lo que morí no me trae aquí.
Es verdad que le dije, hablando en broma:
'Yo sabría elevarme por el aire volando';
y aquel, que tenía ansia y poco seso,
quiso que le mostrara el arte; y solo
porque no lo hice Dédalo, me hizo
quemar por quien lo tenía como hijo.
Pero en la última fosa de las diez
me condenó Minos, a quien no le es lícito errar,
por la alquimia que en el mundo practiqué".
Y yo dije al poeta: "¿Hubo jamás
gente tan vana como la sienesa?
¡Ciertamente no la francesa ni con mucho!".
Por lo que el otro leproso, que me oyó,
respondió a mi dicho: "Excluye a Stricca
que supo hacer los gastos mesurados,
y a Niccolò que el uso costoso
del clavo descubrió primero
en el huerto donde tal semilla prende;
y excluye la brigada en que desperdició
Caccia d'Asciano la viña y el gran fondo,
y el Abbagliato hizo gala de su ingenio.
Pero para que sepas quién así te secunda
contra los sieneses, agudiza hacia mí el ojo,
de modo que mi rostro bien te responda:
así verás que soy la sombra de Capocchio,
que falseé los metales con la alquimia;
y debes recordar, si bien te enfoco,
cómo fui de natura buen simio".
Canto30
En el tiempo en que Juno estaba irritada
por Sémele contra la sangre tebana,
como mostró una y otra vez,
Atamante se volvió tan insano
que viendo a su mujer con dos hijos
ir cargada con uno en cada mano,
gritó: "Tendamos las redes, para que atrape
a la leona y los leoncillos al paso";
y luego extendió las garras despiadadas,
tomando a uno que se llamaba Learco,
y lo giró y lo golpeó contra una roca;
y ella se ahogó con la otra carga.
Y cuando la fortuna volcó hacia abajo
la altura de los troyanos que todo osaban,
de modo que junto con el reino el rey fue abatido,
Hécuba triste, miserable y cautiva,
después de que vio a Políxena muerta,
y de su Polidoro en la orilla
del mar se dio cuenta la dolorosa,
enloquecida ladró como un perro;
tanto el dolor le retorció la mente.
Pero ni furias tebanas ni troyanás
se vieron jamás en nadie tan crueles,
no aguijoneando bestias, ni siquiera miembros humanos,
como yo vi en dos sombras lívidas y desnudas,
que mordiendo corrían del modo
en que el cerdo cuando se escapa del chiquero.
Una alcanzó a Capocchio, y en el nudo
del cuello lo mordió, de modo que, tirando,
le hizo rascar el vientre contra el suelo duro.
Y el aretino que quedó, temblando
me dijo: "Ese diablillo es Gianni Schicchi,
y va rabioso maltratando así a otros".
"Oh", le dije, "si el otro no te clava
los dientes encima, no te cueste trabajo
decir quién es, antes de que se separe de aquí".
Y él a mí: "Esa es el alma antigua
de Mirra la malvada, que se hizo
del padre, fuera del amor correcto, amante.
Esta a pecar con él así vino,
falsificándose en forma ajena,
como el otro que allá se va, se atrevió,
por ganar a la dama de la manada,
a falsificarse en Buoso Donati,
testando y dando al testamento forma".
Y después de que los dos rabiosos pasaron
sobre quienes yo tenía el ojo puesto,
lo volví para mirar a los otros malnacidos.
Vi a uno, hecho a manera de laúd,
con tal de que hubiera tenido la ingle
cortada de lo otro que el hombre tiene bifurcado.
La grave hidropesía, que así desempareja
los miembros con el humor que mal convierte,
que el rostro no corresponde al vientre,
le hacía tener los labios abiertos
como el tísico hace, que por la sed
uno hacia el mentón y otro hacia arriba tuerce.
"Oh vosotros que sin ninguna pena estáis,
y no sé yo por qué, en el mundo miserable",
nos dijo, "mirad y atended
a la miseria del maestro Adamo;
yo tuve, vivo, bastante de lo que quise,
y ahora, ay de mí, una gota de agua ansío.
Los arroyuelos que de las verdes colinas
del Casentino descienden hacia el Arno,
haciendo sus canales frescos y húmedos,
siempre están ante mí, y no en vano,
porque su imagen mucho más me seca
que el mal por el que en el rostro me descarna.
La rígida justicia que me escudriña
extrae motivo del lugar donde pequé
para poner más mis suspiros en fuga.
Allí está Romena, donde yo falsifiqué
la aleación sellada del Bautista;
por lo cual dejé el cuerpo arriba quemado.
Pero si viera aquí el alma triste
de Guido o de Alessandro o de su hermano,
por la Fuente Branda no daría la vista.
Dentro está una ya, si las enfurecidas
sombras que andan alrededor dicen verdad;
pero qué me vale, si tengo los miembros atados?
Si yo fuera al menos tan ligero todavía
que pudiera en cien años andar una pulgada,
ya me habría puesto en el sendero,
buscándolo entre esta gente repugnante,
aunque ella da la vuelta de once millas,
y no tiene menos de media de ancho.
Estoy por ellos entre semejante familia;
ellos me indujeron a acuñar los florines
que tenían tres quilates de impureza".
Y yo a él: "Quiénes son los dos miserables
que humean como manos mojadas en invierno,
yaciendo apretados en tus linderos derechos?".
"Aquí los encontré —y luego vuelta no dieron—",
respondió, "cuando llovieron en este hoyo,
y no creo que la den por la eternidad.
Una es la falsa que acusó a José;
el otro es el falso Sinón griego de Troya:
por fiebre aguda sueltan tanto hedor".
Y uno de ellos, que se tomó a molestia
quizá ser nombrado tan oscuramente,
con el puño le golpeó el vientre hinchado.
Aquel sonó como si fuera un tambor;
y el maestro Adamo le golpeó el rostro
con su brazo, que no pareció menos duro,
diciéndole: "Aunque me sea quitado
el moverme por los miembros que son pesados,
tengo el brazo para tal oficio suelto".
A lo que él respondió: "Cuando ibas
al fuego, no lo tenías tan presto;
pero sí y más lo tenías cuando acuñabas".
Y el hidrópico: "Dices verdad de esto:
pero tú no fuiste tan veraz testigo
allí donde de la verdad fuiste requerido en Troya".
"Si yo dije falso, tú falsificaste la moneda",
dijo Sinón; "y estoy aquí por una falta,
y tú por más que cualquier otro demonio".
"Recuerda, perjuro, del caballo",
respondió aquel que tenía hinchado el vientre;
"y séate castigo que todo el mundo lo sepa".
"Y a ti sea castigo la sed que te resquebraja",
dijo el griego, "la lengua, y el agua podrida
que el vientre ante los ojos te amontona".
Entonces el monedero: "Así se desgarra
tu boca por tu mal como suele;
porque, si tengo sed y el humor me rellena,
tú tienes la quemazón y la cabeza que te duele,
y por lamer el espejo de Narciso,
no querrías que te invitaran muchas palabras".
A escucharlos estaba yo del todo absorto,
cuando el maestro me dijo: "Mira bien,
que por poco no riño contigo".
Cuando lo oí hablarme con ira,
me volví hacia él con tal vergüenza,
que aún por la memoria me recorre.
Como es aquel que su daño sueña,
que soñando desea soñar,
de modo que lo que es, como si no fuese, ansía,
tal me hice yo, no pudiendo hablar,
que deseaba disculparme, y me disculpaba
continuamente, y no creía estar haciéndolo.
"Mayor defecto menos vergüenza lava",
dijo el maestro, "que el tuyo no ha sido;
por eso de toda tristeza descárgate.
Y ten en cuenta que yo esté siempre a tu lado,
si más sucede que la fortuna te acoja
donde haya gente en semejante disputa:
porque querer oír eso es bajo deseo".
Canto31
Una misma lengua primero me mordió,
de modo que me tiñó una y otra mejilla,
y luego me devolvió la medicina;
así he oído que solía hacer la lanza
de Aquiles y de su padre, ser causa
primero de triste y luego de buena recompensa.
Dimos la espalda al miserable valle
subiendo por la ribera que lo ciñe alrededor,
atravesando sin pronunciar palabra alguna.
Allí había menos que noche y menos que día,
de modo que mi vista avanzaba poco;
pero oí sonar un cuerno poderoso,
tan fuerte que habría hecho débil cualquier trueno,
que, siguiendo su camino hacia su origen,
dirigió mis ojos todos a un mismo lugar.
Después de la dolorosa derrota, cuando
Carlomagno perdió la santa hueste,
no sonó tan terriblemente Orlando.
Poco después giré la cabeza hacia allá,
y me pareció ver muchas torres altas;
por lo que dije: "Maestro, di, ¿qué tierra es esta?".
Y él a mí: "Porque atraviesas
por las tinieblas demasiado desde lejos,
sucede que luego en el imaginar te confundes.
Verás bien, si te acercas allí,
cuánto el sentido se engaña de lejos;
por eso apresúrate un poco más".
Luego cariñosamente me tomó de la mano
y dijo: "Antes de que avancemos más,
para que el hecho te parezca menos extraño,
sabe que no son torres, sino gigantes,
y están en el pozo alrededor de la ribera
desde el ombligo hacia abajo todos ellos".
Como cuando la niebla se disipa,
la mirada poco a poco distingue
lo que oculta el vapor que llena el aire,
así atravesando el aire espeso y oscuro,
más y más acercándome hacia la orilla,
huía de mí el error y crecía el miedo;
porque, como sobre la muralla redonda
Montereggioni se corona de torres,
así la ribera que circunda el pozo
se elevaban como torres hasta media persona
los horribles gigantes, a quienes aún amenaza
Júpiter desde el cielo cuando truena.
Y yo distinguía ya de alguno el rostro,
los hombros y el pecho y gran parte del vientre,
y a lo largo de los costados ambos brazos.
La naturaleza ciertamente, cuando dejó el arte
de tales animales, hizo muy bien
al quitar tales ejecutores a Marte.
Y si de elefantes y de ballenas
no se arrepiente, quien mira sutilmente,
más justa y más discreta la considera;
porque donde el argumento de la mente
se une a la mala voluntad y al poder,
ningún reparo puede hacer la gente.
Su rostro me parecía largo y grueso
como la piña de San Pedro en Roma,
y en su proporción eran los otros huesos;
de modo que la ribera, que era taparrabos
desde la mitad hacia abajo, nos mostraba tanto
por encima, que de llegar a la cabellera
tres frisones se habrían jactado en vano;
porque yo veía treinta grandes palmos
desde el lugar hacia abajo donde el hombre abrocha el manto.
"Raphèl maì amècche zabì almi",
comenzó a gritar la boca fiera,
a la que no convenían más dulces salmos.
Y mi guía hacia él: "Alma estúpida,
quédate con el cuerno, y con él desahógate
cuando ira u otra pasión te toque!
Búscate en el cuello, y encontrarás la soga
que te tiene atado, oh alma confusa,
y míralo cruzándote el gran pecho".
Luego me dijo: "Él mismo se acusa;
este es Nemrod por cuyo mal designio
ya no se usa un solo lenguaje en el mundo.
Dejémoslo estar y no hablemos en vano;
porque así es para él cualquier lenguaje
como el suyo para otros, que a nadie es conocido".
Hicimos pues un viaje más largo,
vueltos a la izquierda; y a un tiro de ballesta
encontramos al otro mucho más fiero y grande.
Para ceñirlo quienquiera que fuese el maestro,
no sé yo decir, pero lo tenía sujeto
por delante y por detrás el brazo derecho
con una cadena que lo tenía atado
desde el cuello hacia abajo, de modo que en lo descubierto
se enrollaba hasta la quinta vuelta.
"Este soberbio quiso probar
su potencia contra el sumo Júpiter",
dijo mi guía, "por lo que tiene tal merecido.
Fialtes se llama, e hizo las grandes pruebas
cuando los gigantes dieron miedo a los dioses;
los brazos que movió, ya nunca mueve".
Y yo a él: "Si fuera posible, yo querría
que del desmesurado Briareo
tuvieran experiencia mis ojos".
Por lo que él respondió: "Verás a Anteo
cerca de aquí que habla y está desatado,
que nos pondrá en el fondo de todo mal.
Aquel que quieres ver, está mucho más allá
y está atado y hecho como este,
salvo que parece más feroz en el rostro".
No hubo nunca terremoto tan violento,
que sacudiera una torre tan fuerte,
como Fialtes fue presto a sacudirse.
Entonces temí más que nunca la muerte,
y no habría sido necesario más que el miedo,
si no hubiera visto las ataduras.
Procedimos más adelante entonces,
y llegamos a Anteo, que bien cinco brazas,
sin la cabeza, salía fuera de la gruta.
"Oh tú que en el valle afortunado
que hizo a Escipión heredero de gloria,
cuando Aníbal con los suyos dio las espaldas,
trajiste en otro tiempo mil leones como presa,
y que, si hubieras estado en la alta guerra
de tus hermanos, aún parece que se cree
que habrían vencido los hijos de la tierra:
ponlos abajo, y no te venga desdén,
donde Cocito encierra la frialdad.
No nos hagas ir a Ticio ni a Tifeo:
este puede dar de lo que aquí se anhela;
por tanto inclínate y no tuerzas el gesto.
Aún puede en el mundo devolverte fama,
pues él vive, y larga vida aún espera
si antes de tiempo la gracia no lo llama a sí".
Así dijo el maestro; y aquel en seguida
extendió las manos, y tomó a mi guía,
de donde Hércules sintió ya gran aprieto.
Virgilio, cuando se sintió tomar,
me dijo: "Ven aquí, para que yo te tome";
luego hizo que un atado éramos él y yo.
Tal parece al mirar la Garisenda
bajo lo inclinado, cuando una nube pasa
sobre ella así, que ella parece caer encima:
tal me pareció Anteo a mí que estaba atento
a verlo inclinarse, y fue tal momento
que habría querido ir por otro camino.
Pero ligeramente en el fondo que devora
a Lucifer con Judas, nos depositó;
ni, así inclinado, allí hizo demora,
y como mástil en nave se alzó.
Canto32
Si tuviera las rimas ásperas y roncas
como convendría al agujero triste
sobre el que se apoyan todas las demás rocas,
exprimiría el jugo de mi idea
más plenamente; pero como no las tengo,
no sin miedo me dispongo a hablar;
porque no es empresa para tomar a broma
describir el fondo de todo el universo,
ni para lengua que llame mamá o papá.
Pero que aquellas mujeres ayuden a mi verso,
las que ayudaron a Anfión a cercar Tebas,
para que el decir no sea distinto del hecho.
Oh, sobre todas mal creada plebe
que estás en el lugar del que hablar es duro,
mejor hubierais sido aquí ovejas o cabras.
Cuando estuvimos abajo en el pozo oscuro
bajo los pies del gigante mucho más bajos,
y yo miraba todavía al muro alto,
oí que me decían: "Mira cómo pasas:
ve de modo que no pises con las plantas
las cabezas de los hermanos míseros cansados".
Por lo que me volví, y me vi delante
y bajo los pies un lago que por el hielo
tenía aspecto de vidrio y no de agua.
No hizo a su curso tan grueso velo
de invierno el Danubio en Austria,
ni el Don allá bajo el cielo frío,
como había aquí; que si el Tambernicchi
hubiera caído encima, o Pietrapana,
no habría hecho crujir ni por el borde.
Y como al graznar se está la rana
con el hocico fuera del agua, cuando sueña
con espigar a menudo la campesina,
lívidas, hasta donde aparece la vergüenza
estaban las sombras dolientes en el hielo,
poniendo los dientes en son de cigüeña.
Cada una tenía vuelta la cara hacia abajo;
por la boca el frío, y por los ojos el corazón triste
entre ellas se procura testimonio.
Cuando hube mirado un poco en torno,
me volví a los pies, y vi a dos tan apretados
que el pelo de la cabeza tenían mezclado.
"Decidme, vosotros que así apretáis los pechos",
dije, "¿quiénes sois?". Y ellos doblaron los cuellos;
y después que tuvieron los rostros alzados hacia mí,
los ojos suyos, que antes estaban húmedos solo por dentro,
gotearon por los labios, y el hielo apretó
las lágrimas entre ellos y los volvió a cerrar.
Con madera madera grapa nunca ciñó
tan fuerte; por lo que ellos como dos machos cabríos
chocaron juntos, tanta ira los venció.
Y uno que había perdido ambas orejas
por la frialdad, aún con el rostro hacia abajo,
dijo: "¿Por qué tanto te miras en nosotros?
Si quieres saber quiénes son estos dos,
el valle por donde el Bisenzio desciende
de su padre Alberto y de ellos fue.
De un cuerpo salieron; y toda la Caína
podrás buscar, y no encontrarás sombra
más digna de estar clavada en gelatina:
no aquel a quien fue roto el pecho y la sombra
con un solo golpe por la mano de Arturo;
no Focaccia; no este que me estorba
con la cabeza de modo que no veo más allá,
y fue llamado Sassol Mascheroni;
si eres toscano, ya sabes bien quién fue.
Y para que no me pongas en más sermones,
sabe que fui Camiscione de los Pazzi;
y espero a Carlino que me disculpe".
Luego vi mil rostros perrrunos
hechos por el frío; de donde me viene escalofrío,
y vendrá siempre, de los vados helados.
Y mientras íbamos hacia el centro
al que toda pesadez se junta,
y yo temblaba en el eterno fresco;
si fue querer o destino o fortuna,
no sé; pero, caminando entre las cabezas,
fuerte golpeé el pie en el rostro de una.
Llorando me gritó: "¿Por qué me pisas?
si no vienes a aumentar la venganza
de Montaperti, ¿por qué me molestas?".
Y yo: "Maestro mío, ahora aquí espérame,
para que salga de una duda por este;
luego me harás, cuanto quieras, prisa".
El guía se detuvo, y yo dije a aquel
que blasfemaba duramente todavía:
"¿Quién eres tú que así reprendes a otros?".
"Ahora tú quién eres que vas por la Antenora,
golpeando", respondió, "a otros las mejillas,
de modo que, si estuvieras vivo, sería demasiado?".
"Vivo estoy, y caro puede serte",
fue mi respuesta, "si pides fama,
que ponga tu nombre entre las otras notas".
Y él a mí: "De lo contrario tengo yo ganas.
Vete de aquí y no me des más queja,
que mal sabes halagar por esta ciénaga".
Entonces lo agarré por la greña
y dije: "Convendrá que te nombres,
o que cabello aquí arriba no te quede".
Por lo que él a mí: "Aunque me descabelles,
no te diré quién soy, ni te lo mostraré
aunque mil veces sobre la cabeza me caigas".
Yo tenía ya los cabellos en la mano enrollados,
y le había arrancado más de un mechón,
ladrando él con los ojos hacia abajo recogidos,
cuando otro gritó: "¿Qué tienes, Bocca?
¿no te basta sonar con las mandíbulas,
si no ladras? ¿qué demonio te toca?".
"Ya", dije, "no quiero que más hables,
malvado traidor; que para tu vergüenza
llevaré de ti noticias verdaderas".
"Vete", respondió, "y lo que quieras cuenta;
pero no calles, si sales de aquí dentro,
de aquel que tuvo ahora la lengua tan pronta.
Llora aquí la plata de los franceses:
'Yo vi', podrás decir, 'al de Duera
allá donde los pecadores están frescos'.
Si fueras preguntado '¿Otros quién había?',
tienes al lado al de Beccheria
de quien cortó Florencia la garganta.
Gianni de' Soldanieri creo que está
más allá con Ganelón y Tebaldello,
que abrió Faenza cuando se dormía".
Nos habíamos ya apartado de él,
cuando vi a dos helados en un hoyo,
de modo que una cabeza a la otra era sombrero;
y como el pan por hambre se mastica,
así el de arriba los dientes al otro puso
allí donde el cerebro se junta con la nuca:
no de otro modo Tideo se royó
las sienes a Menalipo por despecho,
que aquel hacía el cráneo y las demás cosas.
"Oh tú que muestras por tan bestial signo
odio sobre aquel que te comes,
dime el porqué", dije, "por tal pacto,
que si tú con razón de él te quejas,
sabiendo quiénes sois y su pecado,
en el mundo de arriba aún yo te lo pague,
si aquella con que hablo no se seca".
Canto33
Levantó la boca de su feroz banquete
aquel pecador, limpiándosela con los cabellos
de la cabeza que había destrozado por detrás.
Luego comenzó: "Quieres que yo renueve
un dolor desesperado que me oprime el corazón
con solo pensarlo, antes de que hable de él.
Pero si mis palabras han de ser semilla
que dé frutos de infamia al traidor que devoro,
me verás hablar y llorar a la vez.
No sé quién eres ni de qué modo
has llegado hasta aquí abajo; pero florentino
me pareces de verdad cuando te escucho.
Has de saber que fui el conde Ugolino,
y este es el arzobispo Ruggieri:
ahora te diré por qué soy su vecino.
Que por efecto de sus perversos pensamientos,
confiándome de él, fui apresado
y después muerto, no hace falta decirlo;
pero aquello que no puedes haber oído,
es decir, lo cruel que fue mi muerte,
lo escucharás, y sabrás si me ha ofendido.
Una estrecha abertura dentro de la Muda,
que por mí tiene el nombre de la hambre,
y en la que conviene que otros aún se encierren,
me había mostrado por su agujero
varias lunas ya, cuando tuve el mal sueño
que me rasgó el velo del futuro.
Este me parecía señor y amo,
cazando al lobo y a los lobeznos hacia el monte
por el que los pisanos no pueden ver Lucca.
Con perras flacas, expertas y nobles,
Gualandi con Sismondi y con Lanfranchi
había puesto delante en la vanguardia.
En poco trecho me parecían cansados
el padre y los hijos, y con los colmillos afilados
me parecía verles desgarrar los flancos.
Cuando desperté antes del amanecer,
oí llorar en sueños a mis hijos
que estaban conmigo, y pedir pan.
Bien eres cruel, si ya no te dueles
pensando en lo que mi corazón presentía;
y si no lloras, ¿de qué sueles llorar?
Ya estaban despiertos, y se acercaba la hora
en que solían traernos la comida,
y por su sueño cada uno temía;
y yo oí clavar la puerta de abajo
de la horrible torre; entonces miré
al rostro de mis hijos sin decir palabra.
Yo no lloraba, tan petrificado estaba por dentro:
lloraban ellos; y mi Anselmuccio
dijo: "Miras así, padre, ¿qué tienes?".
Por eso no lloré ni respondí
todo aquel día ni la noche siguiente,
hasta que el otro sol salió al mundo.
Cuando un poco de rayo se filtró
en la dolorosa cárcel, y distinguí
en cuatro rostros mi mismo aspecto,
ambas manos me mordí de dolor;
y ellos, pensando que lo hacía por ganas
de comer, de pronto se levantaron
y dijeron: "Padre, mucho menos dolor nos dará
si comes de nosotros: tú nos vestiste
con estas míseras carnes, y tú despójate de ellas".
Me calmé entonces para no hacerlos más tristes;
aquel día y el otro permanecimos todos mudos;
ay tierra dura, ¿por qué no te abriste?
Después de que llegamos al cuarto día,
Gaddo se echó tendido a mis pies,
diciendo: "Padre mío, ¿por qué no me ayudas?".
Allí murió; y tal como tú me ves,
vi caer a los tres uno a uno
entre el quinto día y el sexto; entonces me puse,
ya ciego, a palpar sobre cada uno,
y dos días los llamé, después de que murieron.
Luego, más que el dolor, pudo el hambre".
Cuando hubo dicho esto, con los ojos torcidos
volvió a tomar el miserable cráneo con los dientes,
que eran fuertes en el hueso, como los de un perro.
Ay Pisa, vergüenza de las gentes
del bello país donde suena el sí,
ya que tus vecinos son lentos en castigarte,
muévanse Capraia y Gorgona,
y hagan un dique al Arno en su desembocadura,
para que se ahogue en ti toda persona.
Porque si el conde Ugolino tenía fama
de haberte traicionado con las fortalezas,
no debías poner a sus hijos en tal cruz.
Inocentes los hacía la tierna edad,
nueva Tebas, Uguiccione y el Brigata
y los otros dos que el canto arriba nombra.
Pasamos adelante, allá donde el hielo
envuelve rudamente a otra gente,
no vuelta hacia abajo, sino toda hacia arriba.
El llanto mismo allí no deja llorar,
y el dolor que encuentra obstáculo en los ojos
se vuelve hacia dentro para aumentar la angustia;
porque las primeras lágrimas hacen un nudo,
y como viseras de cristal,
llenan bajo la ceja toda la cuenca.
Y aunque, como si fuera un callo,
por la frialdad todo sentimiento
hubiera cesado en mi rostro,
ya me parecía sentir algo de viento;
por lo que dije: "Maestro mío, ¿quién mueve esto?
¿no está aquí abajo todo vapor extinguido?".
Y él me respondió: "Pronto estarás donde
tu ojo te dará respuesta a esto,
viendo la causa que hace llover el viento".
Y uno de los desdichados de la helada costra
nos gritó: "Oh almas crueles
tanto que se os ha dado el último lugar,
quitadme de la cara los duros velos,
para que desahogue el dolor que me llena el corazón
un poco, antes de que el llanto se congele".
Por lo que le dije: "Si quieres que te ayude,
dime quién eres, y si no te libero,
que tenga que ir al fondo del hielo".
Respondió entonces: "Soy fray Alberigo;
soy aquel de las frutas del mal huerto,
que aquí recibo dátil por higo".
"Oh", le dije, "¿entonces ya estás muerto?".
Y él me respondió: "Cómo esté mi cuerpo
en el mundo de arriba, no tengo noticia.
Tal ventaja tiene esta Tolomea,
que muchas veces el alma cae aquí
antes de que Átropos le dé impulso.
Y para que más dispuesto me raspes
las lágrimas cristalizadas del rostro,
sabe que, tan pronto como el alma traiciona
como hice yo, su cuerpo le es arrebatado
por un demonio, que luego lo gobierna
hasta que su tiempo se haya cumplido del todo.
Ella se precipita en semejante cisterna;
y quizás todavía parece arriba el cuerpo
de la sombra que aquí detrás inverna conmigo.
Tú debes saberlo, si acabas de bajar:
es ser Branca Doria, y han pasado ya años
desde que fue así encerrado".
"Creo", le dije, "que me engañas;
porque Branca Doria no murió nunca,
y come y bebe y duerme y viste ropas".
"En el foso de arriba", dijo él, "de los Malebranche,
allá donde hierve la pez pegajosa,
todavía no había llegado Michele Zanche,
cuando este dejó un diablo en su lugar
en su cuerpo, y un pariente suyo
que cometió la traición junto con él.
Pero extiende ya hacia acá la mano;
ábreme los ojos". Y yo no se los abrí;
y fue cortesía ser villano con él.
Ay genoveses, hombres ajenos
a toda costumbre y llenos de toda vileza,
¿por qué no estáis dispersos del mundo?
Porque con el peor espíritu de Romaña
encontré uno de vosotros tal, que por su obra
en alma ya se baña en Cocito,
y en cuerpo parece vivir todavía arriba.
Canto34
"Las banderas del rey del infierno avanzan
hacia nosotros; mira al frente",
dijo mi maestro, "a ver si lo distingues".
Como cuando sopla una niebla espesa,
o cuando nuestro hemisferio oscurece,
se ve a lo lejos un molino que gira el viento,
me pareció ver entonces tal construcción;
luego por el viento me refugié detrás
de mi guía, pues no había otra protección.
Ya estaba, y con temor lo pongo en versos,
allí donde las sombras estaban todas cubiertas,
y transparentaban como paja en vidrio.
Unas están tumbadas; otras están erguidas,
ésta con la cabeza y aquélla con los pies;
otra, como un arco, dobla el rostro hacia los pies.
Cuando hubimos avanzado tanto
que a mi maestro le plugo mostrarme
la criatura que tuvo el bello semblante,
se apartó de delante de mí e hizo que me detuviera,
"He aquí Dite", diciendo, "y he aquí el lugar
donde conviene que te armes de fortaleza".
Cómo me volví entonces helado y sin voz,
no lo preguntes, lector, que no lo escribo,
porque cualquier palabra sería poca.
No morí y no quedé vivo;
piensa ahora por ti mismo, si tienes algo de ingenio,
en qué me convertí, privado de uno y otro.
El emperador del reino doloroso
salía fuera del hielo desde la mitad del pecho;
y más me correspondo yo con un gigante
que los gigantes con sus brazos:
considera ahora cuán grande debe ser el todo
que se ajusta a semejante parte.
Si fue tan hermoso como ahora es horrible,
y contra su hacedor alzó las cejas,
bien debe proceder de él todo llanto.
Oh cuánto me pareció gran maravilla
cuando vi tres caras en su cabeza!
Una delante, y ésa era bermeja;
las otras eran dos, que se unían a ésta
sobre la mitad de cada hombro,
y se juntaban en el lugar de la cresta:
y la derecha parecía entre blanca y amarilla;
la izquierda a la vista era tal, como los que
vienen de allá donde el Nilo desciende.
Bajo cada una salían dos grandes alas,
cuanto convenía a tal ave:
velas de mar no vi jamás semejantes.
No tenían plumas, sino de murciélago
era su forma; y aquéllas aleteaban,
así que tres vientos se movían desde él:
de ahí que el Cocito todo se helaba.
Con seis ojos lloraba, y por tres barbillas
goteaba el llanto y sanguinolenta baba.
En cada boca despedazaba con los dientes
un pecador, a modo de agramadera,
así que a tres hacía así dolientes.
Para el de delante el morder era nada
comparado con el arañar, que a veces la espalda
quedaba de la piel toda desnuda.
"Aquella alma ahí arriba que tiene mayor pena",
dijo el maestro, "es Judas Iscariote,
que tiene la cabeza dentro y fuera mueve las piernas.
De los otros dos que tienen la cabeza abajo,
el que cuelga del hocico negro es Bruto:
mira cómo se retuerce, y no dice nada;
y el otro es Casio, que parece tan fornido.
Pero la noche resurge, y ya es hora
de partir, que todo lo hemos visto".
Como a él le plugo, el cuello le rodeé;
y él tomó el tiempo y lugar oportunos,
y cuando las alas estuvieron bien abiertas,
se aferró a los costados peludos;
de vellón en vellón descendió luego
entre el pelo espeso y las cortezas heladas.
Cuando estuvimos allí donde el muslo
se dobla, justo en lo grueso de la cadera,
el guía, con fatiga y con angustia,
volvió la cabeza donde él tenía las piernas,
y se agarró al pelo como quien sube,
así que creí volver de nuevo al infierno.
"Agárrate bien, que por tales escalas",
dijo el maestro, jadeando como hombre exhausto,
"conviene alejarse de tanto mal".
Luego salió por el agujero de una roca
y me puso en el borde sentado;
después me tendió su paso cuidadoso.
Yo levanté los ojos y creí ver
a Lucifer como lo había dejado,
y le vi las piernas hacia arriba;
y si me volví entonces confundido,
que lo piense la gente obtusa, que no ve
cuál es ese punto que yo había pasado.
"Levántate", dijo el maestro, "en pie:
el camino es largo y el sendero es malo,
y ya el sol vuelve a media tercia".
No era pasillo de palacio
allí donde estábamos, sino gruta natural
que tenía mal suelo y escasez de luz.
"Antes de que del abismo me separe,
maestro mío", dije cuando estuve erguido,
"para sacarme del error háblame un poco:
¿dónde está el hielo? ¿y éste cómo está clavado
así al revés? ¿y cómo, en tan poca hora,
de tarde a mañana ha hecho el sol el tránsito?".
Y él a mí: "Tú imaginas todavía
estar más allá del centro, donde me aferré
al pelo del gusano malvado que perfora el mundo.
Más allá estuviste mientras yo descendí;
cuando me volví, tú pasaste el punto
al cual se atraen de toda parte los pesos.
Y ahora has llegado bajo el hemisferio
que es opuesto a aquel que la gran tierra seca
cubre, y bajo cuya cúspide fue consumado
el hombre que nació y vivió sin pecado;
tienes los pies sobre la pequeña esfera
que forma la otra cara de Judeca.
Aquí es de mañana, cuando allá es tarde;
y éste, que nos hizo escala con su pelo,
clavado está aún tal como antes estaba.
Por este lado cayó del cielo;
y la tierra, que antes de acá se extendía,
por miedo de él se hizo velo del mar,
y vino a nuestro hemisferio; y tal vez
por huir de él dejó aquí el vacío
la que aparece de acá, y arriba se retiró".
Hay un lugar allá abajo de Belcebú remoto
tanto cuanto la tumba se extiende,
que no por vista, sino por sonido se conoce
por un arroyuelo que allí desciende
por el hueco de una roca, que él ha erosionado,
con el curso que él describe, y poco declina.
El guía y yo por aquel camino oculto
entramos para volver al mundo claro;
y sin preocuparnos de descanso alguno,
subimos, él primero y yo segundo,
tanto que vi de las cosas bellas
que porta el cielo, por un agujero redondo.
Y de allí salimos a volver a ver las estrellas.
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