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Parte 5Hasta dónde llega la amistad

Sobre la amistad · Cicerón · 5 min de lectura

33. Escévola: Tienes razón. Así que escuchemos. Lelio: Escuchad, pues, excelentes amigos, las cosas que con mayor frecuencia Escipión y yo discutíamos sobre la amistad. Aunque él solía decir que nada había más difícil que una amistad que permaneciera hasta el último día de la vida. Pues decía que a menudo ocurría que ya no convenía lo mismo a ambos, o que no se pensaba igual sobre la política; decía también que los caracteres de los hombres cambian con frecuencia, unas veces por circunstancias adversas, otras al agravarse con la edad.

Y tomaba el ejemplo de estas cosas de la semejanza con la edad temprana, ya que los grandes afectos de los niños a menudo se abandonaban al mismo tiempo que la toga pretexta.

34. Pero si hubieran llegado hasta la juventud, se rompían sin embargo a veces por una disputa, ya fuera por un matrimonio o por algún beneficio que ambos no pudieran conseguir a la vez. Y si algunos hubieran avanzado más lejos en la amistad, con frecuencia se tambaleaba de todos modos si caían en una disputa por un cargo público; pues decía que no había ninguna peste mayor para las amistades que en la mayoría el deseo de dinero, y en los mejores la competencia por el honor y la gloria; de donde habían surgido a menudo las mayores enemistades entre los más íntimos amigos.

35. Nacían también grandes rupturas, y generalmente justas, cuando se pedía a los amigos algo que no era correcto, como que fueran servidores de la lujuria o ayudantes para cometer una injusticia; quienes se negaran, aunque lo hicieran honradamente, eran acusados por aquellos a quienes no querían obedecer de abandonar el deber de la amistad. Pero aquellos que se atrevieran a pedir cualquier cosa de un amigo, con la misma petición declaraban que ellos harían todo por causa del amigo.

La queja inveterada de estos no solo solía extinguir las relaciones de cercanía, sino también engendrar odios eternos. Decía que estas desgracias, tan numerosas, se cernían sobre las amistades como si fueran hados inevitables, de modo que evitarlas todas le parecía que era no solo cuestión de sabiduría sino también de felicidad.

36. Por lo cual examinemos primero, si os parece, hasta dónde debe avanzar el amor en la amistad. ¿Acaso, si Coriolano tuvo amigos, debieron estos llevar armas contra la patria junto con Coriolano? ¿Acaso debieron los amigos ayudar a Vecelino cuando aspiraba a la tiranía, o a Melio?

37. Veíamos ciertamente que Tiberio Graco, cuando perturbaba la república, fue abandonado por Quinto Tuberón y sus amigos de la misma edad. Pero Cayo Blosio de Cumas, huésped de vuestra familia, Escévola, cuando vino a suplicarme —pues yo estaba en el consejo siendo cónsules Lénate y Rupilio— que lo perdonara, aducía como excusa que había valorado tanto a Tiberio Graco que pensaba que debía hacer todo lo que él quisiera. Entonces yo le pregunté: «¿Incluso si hubiera querido que llevaras antorchas al Capitolio?»

«Nunca habría querido eso, ciertamente —dijo—; pero si lo hubiera querido, habría obedecido». ¿Veis qué palabras tan nefastas! Y por Hércules que actuó así, o incluso más de lo que dijo; pues no obedeció la temeridad de Tiberio Graco, sino que la dirigió, y no se presentó como compañero de aquella locura, sino como líder. Así que, aterrorizado por esta demencia en un nuevo proceso, huyó a Asia, se pasó a los enemigos y pagó a la república castigos graves y justos.

No hay, por tanto, excusa para el error si has errado por causa de un amigo; pues como la opinión sobre la virtud fue la que propició la amistad, es difícil que la amistad permanezca si te has apartado de la virtud.

38. Pero si estableciéramos que es correcto conceder a los amigos todo lo que quieran, o conseguir de ellos todo lo que queramos, si fuéramos de perfecta sabiduría, el asunto no tendría vicio alguno; pero hablamos de aquellos amigos que están ante nuestros ojos, que hemos visto o de quienes hemos recibido memoria, a quienes conoce la vida común. De este grupo debemos tomar nuestros ejemplos, y sobre todo de aquellos que más se acercan a la sabiduría.

39. Vemos que Papo Emilio fue amigo íntimo de Luscino (así lo recibimos de nuestros padres), cónsules dos veces juntos, colegas en la censura; y está transmitido por la memoria que Marco Curio y Tiberio Coruncanio estuvieron estrechísimamente unidos tanto con ellos como entre sí. Por tanto, ni siquiera podemos sospechar que alguno de estos hubiera exigido de un amigo algo que fuera contra la lealtad, contra el juramento, contra la república. Pues en hombres tales, ¿qué sentido tiene decir que si lo hubiera exigido no lo habría conseguido?

Siendo ellos hombres santísimos, es igualmente sacrílego hacer algo así cuando te lo piden como pedirlo. Pero a Tiberio Graco seguían Cayo Carbón, Cayo Catón, y desde luego no entonces su hermano Cayo, aunque ahora es el más acérrimo.

40. Establézcase, pues, esta ley en la amistad: que ni pidamos cosas vergonzosas ni las hagamos cuando nos las piden. Pues es vergonzosa y totalmente inaceptable la excusa, tanto en los demás errores como si alguien confiesa haber actuado contra la república por causa de un amigo. Pues nos encontramos, Fanio y Escévola, en una posición tal que debemos prever con mucha antelación los futuros avatares de la república. La costumbre de los mayores ya se ha desviado bastante de su curso y camino habituales.

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