Parte 7Amor, no interés: la raíz de la amistad
49. Pues ¿qué hay tan absurdo como deleitarse con muchas cosas inanimadas, como el honor, la gloria, un edificio, el vestido y el cuidado del cuerpo, y no deleitarse profundamente con un ser vivo dotado de virtud, que puede amar o, por así decirlo, corresponder al amor? Nada hay, en efecto, más agradable que la correspondencia del afecto, nada más grato que el intercambio de atenciones y favores.
50. ¿Y si añadimos además esto, que puede añadirse con razón, que nada atrae y arrastra tanto a algo hacia sí como la semejanza a la amistad? Sin duda se admitirá que es verdad que los buenos aman a los buenos y se los asocian como si estuvieran unidos por un parentesco y por naturaleza. Pues nada apetece más lo que es semejante a sí ni es más ávido que la naturaleza. Por esta razón, Fanio y Escévola, quede claro, según creo, que entre los buenos hay una benevolencia casi necesaria, que es la fuente de la amistad establecida por la naturaleza.
Pero esta misma bondad se extiende también a la multitud. Pues la virtud no es inhumana ni egoísta ni soberbia, ya que suele proteger incluso a pueblos enteros y velar óptimamente por ellos; cosa que sin duda no haría si se apartara del afecto hacia el vulgo.
51. Y además a mí me parece que quienes inventan amistades por utilidad eliminan el lazo más amable de la amistad. Pues no deleita tanto el beneficio obtenido mediante un amigo como el amor del amigo en sí, y entonces resulta grato lo que proviene de un amigo si proviene con entusiasmo; y tan lejos está que las amistades se cultiven por necesidad, que quienes más abundan en recursos y riquezas y sobre todo en virtud, en la que reside la mayor protección, menos necesitan de otro y son los más generosos y benefactores.
Y casi me atrevería a decir que ni siquiera conviene que nunca les falte nada en absoluto a los amigos. Pues ¿dónde habrían brillado nuestros esfuerzos si Escipión nunca hubiera necesitado ni mi consejo ni mi ayuda, ni en casa ni en campaña? Por tanto, no es la amistad la que ha seguido a la utilidad, sino la utilidad la que ha seguido a la amistad.
52. Así pues, no hay que escuchar a los hombres que se disuelven en placeres cuando hablen de la amistad, que no conocen ni por experiencia ni por reflexión. Pues ¿quién hay, por todos los dioses y hombres, que quiera, sin amar a nadie ni ser amado por nadie, nadar en toda clase de riquezas y vivir en la abundancia de todas las cosas? Esta es, sin duda, la vida de los tiranos, en la que no puede haber ninguna lealtad, ningún afecto, ninguna confianza en una benevolencia estable, donde todo es siempre sospechoso e inquietante, donde no hay lugar para la amistad.
53. Pues ¿quién amará a quien teme, o a quien cree que le teme? Sin embargo, son adulados, pero con fingimiento y solo por un tiempo. Y si por casualidad caen, como sucede casi siempre, entonces se comprende cuán pobres fueron en amigos. Cuentan que Tarquinio dijo que en el exilio comprendió qué amigos había tenido fieles y cuáles infieles, cuando ya no podía devolver favores a ninguno de los dos.
54. Aunque me extraña que con aquella soberbia e insoportabilidad pudiera tener algún amigo. Y así como el carácter de este que mencioné no pudo procurarle amigos verdaderos, así las riquezas de muchos poderosos excluyen las amistades fieles. Pues no solo la Fortuna en sí es ciega, sino que además suele volver ciegos a quienes ha abrazado; así que casi siempre se ensoberbecen con arrogancia y desprecio, y nada puede volverse más insoportable que un afortunado insensato. Y puede verse esto claramente: que quienes antes tenían un carácter agradable cambian con el mando, el poder y las circunstancias prósperas, desprecian las viejas amistades y se entregan a las nuevas.
55. Pues ¿qué hay más necio que, pudiendo muchísimo por sus recursos, medios y riquezas, procurarse lo demás que se procura con dinero —caballos, esclavos, vestidos espléndidos, vajilla preciosa—, no procurarse amigos, el mejor y más hermoso ajuar, por así decirlo, de la vida? Porque cuando se procuran lo demás, no saben para quién lo procuran ni por quién se esfuerzan (pues cada una de esas cosas es de quien las arrebata por la fuerza), pero a cada uno le queda la posesión estable y segura de sus amistades; de modo que, aunque permanezcan aquellas cosas que son como dones de la Fortuna, sin embargo la vida no puede ser agradable si está descuidada y privada de amigos. Pero basta de esto.
56. Hay que establecer, sin embargo, cuáles son en la amistad los límites y, por así decirlo, las fronteras del afecto. Sobre esto veo que se exponen tres opiniones, de las cuales no apruebo ninguna: una, que debemos estar dispuestos hacia un amigo del mismo modo que hacia nosotros mismos; otra, que nuestra benevolencia hacia los amigos debe corresponder igual y equivalentemente a la benevolencia de ellos hacia nosotros; la tercera, que cada uno sea valorado por los amigos en tanto cuanto él mismo se valora.
57. De estas tres opiniones no suscribo absolutamente ninguna. Pues no es verdadera la primera, que uno deba sentir hacia su amigo del mismo modo que siente hacia sí mismo. ¡Cuántas cosas, en efecto, que nunca haríamos por nuestra causa, hacemos por causa de los amigos! Suplicar a alguien indigno, rogar, y luego atacar a alguien con más acritud e increpar con más vehemencia, cosas que en nuestros asuntos no son del todo honorables, en los de los amigos resultan muy honorables; y hay muchas situaciones en las que los hombres buenos renuncian a muchas de sus ventajas y permiten que se les quite, para que sus amigos disfruten de ellas más que ellos mismos.
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